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Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 241 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Hace mucho, muchísimo tiempo. En los albores del imperio, una era remota que ya nadie recordaba. Por aquel entonces, el este del imperio no era más que un páramo desolado en el que no existía absolutamente nada. A diferencia del fértil oeste, donde se alzaba el Árbol del Mundo Madre, aquel inhóspito erial de oriente, donde apenas lograba brotar una mísera brizna de hierba, era una tierra a la que ni siquiera los señores de los alrededores se dignaban a mirar. "...Parece que los niños han pasado mucha hambre". Una tierra reseca y desolada. El hombre que recorría aquel paraje con la mirada esbozó una sonrisa amarga al advertir los ojos de los pequeños clavados en él. Pues, a pesar de ser un desconocido forastero, los ojos de los niños que lo seguían destellaban con la anhelante expectativa de recibir algo que comer. "Porque apenas hay comida". "¿Acaso es una tierra que ni siquiera los elfos pueden revivir?". A cada paso que el hombre daba, los niños de la aldea se iban aproximando poco a poco hacia él. Sin embargo, al comprender que los pequeños que se le arrimaban no lo hacían movidos por una ingenua curiosidad infantil, el hombre sintió una punzada de pesadumbre. "...No se trata de nosotros, los elfos. Viniera quien viniese, es una tierra a la que nadie podría devolverle la vida, Su Majestad". El joven Gerónimo llamó «Su Majestad» al hombre que llevaba la capucha de su túnica calada hasta muy abajo. Era un título reservado con exclusividad para un solo hombre, el soberano supremo del continente; no obstante, aquel a quien Gerónimo miraba lucía una estampa demasiado andrajosa y mísera como para ostentar tan gloriosa dignidad. "¿Qué le parece ahora que lo ve en persona? ¿Se siente por fin aliviado?". Las holgadas mangas ondeaban sobre su cuerpo esquelético. En los ojos de Gerónimo, consumidos tras haber repartido incluso su propio bocado de comida, parecía no quedar ya nada más que un amargo veneno. "Al fin y al cabo, el rey de los humanos solo pensó en los suyos. No cabe duda de que las palabras del antiguo anciano eran ciertas". "..." Hubo antaño un caballero que albergaba una convicción tan deslumbrante como las estrellas. Había sido el hombre que, con el único fin de aniquilar a la criatura conocida como el dragón más perfecto, reunió la posibilidad de todas las razas del mundo en el filo de su propia espada. "...Lo lamento". Sin embargo, el hombre que ahora se despojaba de la túnica ya no era aquel caballero resplandeciente del pasado. Aquel anciano que, sobre un rostro surcado de arrugas, solo había acumulado remordimientos, no era más que un embustero incapaz de cumplir la promesa que empeñó. "Para dar muerte al ser más perfecto, tomé prestadas demasiadas cosas. Y al esforzarme por pagarlas todas, acabé por desatenderlos a ustedes". "Márchese". Deteniendo el paso, Gerónimo habló en un murmullo sosegado. Mas, a pesar de su tono calmo, su voz nítida caló en lo más hondo del pecho de Frausen, hundiéndose con pesadez. "Le agradecería que regresara y se limitara a enviarnos las provisiones con las que habremos de mendigar para no morir". Frente a la punta de sus pies detenidos se alzaba un retoño diminuto. Aquella planta menuda, cuya altura ni siquiera alcanzaba la cintura de un hombre adulto, lucía tan precaria sobre la tierra árida que parecía a punto de marchitarse y fenecer en cualquier instante. "Ruego que, por su misericordia, logremos superar el invierno de este año". "Gerónimo". Un elfo que mendigaba alimento y un retoño del Árbol del Mundo que ni siquiera había conseguido echar raíces firmes. Al contemplar semejante cuadro de desolación, Frausen se vio embargado por un amargo arrepentimiento al percatarse de lo tarde que había acudido a ese sitio. "...No mendiguen. Porque ustedes son personas que merecen mantenerse en pie con la frente en alto". Aquellos elfos que tuvieron que sacrificar al Árbol del Mundo Madre para destruir al dragón más perfecto. Sin embargo, su presente carecía por completo de la gloria de antaño, reducida a una existencia en la que debían extender la palma de la mano pidiendo limosna ajena. \*Ssshing.\* "¿Su Majestad?". 'La miseria de esta gente es, al fin y al cabo, culpa mía'. 'La culpa de haber cumplido mi cometido como caballero, pero haber fracasado por entero en mis obligaciones como emperador'. "Lamento saldar esta deuda tan tarde". ¡Clac! Habiendo desenvainado su acero, Frausen clavó al Caballero Plateado frente al retoño del Árbol del Mundo sin la menor vacilación. Aquella espada que, aun cuando su dueño había envejecido hasta volverse una sombra andrajosa, todavía conservaba intacto su fulgor plateado. "...Es una espada obtenida de la Dama del Lago, ungida con la bendición divina y gobernada por un fuego que jamás se extinguirá". "¿Qué cree que está haciendo?". El joven Gerónimo quedó atónito ante la repentina acción de Frausen, mas en el semblante del anciano emperador que lo miraba solo se dibujaba una sonrisa desahogada. "No desentierren esta espada. No hasta que los niños de este lugar dejen de pasar hambre". Tras hincar el arma con firmeza en el suelo, Frausen contempló los ojos de los pequeños que no le quitaban la vista de encima y sonrió. "Y hasta que el joven Árbol del Mundo hunda firmes y rectas sus raíces". En cuanto una hierba lozana y fresca comenzó a brotar pausadamente alrededor del Caballero Plateado, los infantes, que habían nacido en aquel erial y jamás habían visto el color verde, abrieron los ojos de par en par, colmados de asombro. \*Hummm...\* Aquel hombre que descendió por voluntad propia del trono glorioso para cargar sobre sus hombros los deberes que aún le restaban por cumplir. El Caballero Plateado emitía una vibración quejumbrosa al contemplar cómo la figura de su amo se distanciaba poco a poco, pero su señor se limitó a acariciarla una última vez antes de cubrirse de nuevo con la capucha. "Aun así, es un alivio saber que no he llegado demasiado tarde". Un páramo donde no existía nada, una tierra donde los niños morían de hambre. Y el suelo donde, en algún momento venidero, la espada allí clavada sería liberada. El nombre con el que aquel lugar sería conocido en el futuro remoto era el bosque de los elfos, Ausrina. \* \* \* La alta empalizada de madera poseía un porte imponente, pero resultaba incapaz de contener la atmósfera nefasta que se propagaba desde más allá del linde del bosque. Al advertir cómo su aldea se volvía cada vez más ajena con el ajetreo febril de los adultos, los pequeños elfos de Ausrina no hacían más que mover sus redondos ojos, presas de la intranquilidad. "\[Miren, allí hay niños reunidos\]". "..." Y la misma escena se repetía entre los niños de la tribu Luga. Al observar a aquellos pequeños que, pese a poseer rasgos y apariencias distintas, compartían la misma angustia en la mirada, Vlad echó a andar hacia el frente en absoluto silencio. "El ejército de los humanos ronda el millar de efectivos". "Parece una cifra manejable". De acuerdo con lo expresado por Baradis, quien caminaba a su costado, las tropas que el Conde Bitskaya había conseguido reunir con desesperación sumaban alrededor de mil hombres. En contraposición, los elfos de Ausrina que les hacían frente eran cerca de setecientos, de modo que, mientras combatieran resguardándose tras la empalizada, no parecía haber razón alguna para hallarse en desventaja. "...El verdadero problema son los resucitados". No obstante, el Conde Bitskaya no se hallaba solo. A sus espaldas se aglomeraban incontables magos negros que habían acudido al llamamiento de Lamashtu, los cuales muy probablemente continuaban engrosando sus huestes en ese preciso instante, ardiendo en codicia por Ausrina. "Hace apenas tres días confirmamos que su número ascendía a cerca de dos mil. Si los combinamos con el ejército de los humanos, representan un total de tres mil enemigos". "..." "E incluso es muy probable que continúen multiplicándose ahora mismo". En ese instante, a causa de una repentina ráfaga de viento, el penetrante hedor a aceite de la antorcha a su costado los envolvió de golpe. El viento del sudeste, que se originaba en la ciudad de Tanovo y soplaba hacia Ausrina, era también un presagio de que la batalla venidera jamás sería sencilla. "Por eso necesitamos una barrera capaz de revertir la situación actual." La barrera que envolvía a Ausrina se había mantenido en pie gracias a una promesa inmutable llamada la Espada del Maestro de la Espada. No obstante, dado que el resucitado Frausen se había llevado dicha espada, la fórmula de la barrera que los elfos habían erigido a lo largo de cientos de años se hallaba en un estado en el que era incapaz de cumplir su función, semejante a una caja fuerte que ha perdido su llave. "Te lo ruego encarecidamente." Junto con esas palabras, Baradis se detuvo, como indicando que su labor de guía concluía allí. Frente a él, apostados ante el Joven Árbol del Mundo, los ancianos del cónclave aguardaban la llegada de Vlad. La mirada con la que esperaban al nuevo Caballero Plateado era tan ferviente y suplicante como la de los niños que acababa de ver. "...Baradis." "¿Mmm?" Mientras caminaba siguiendo aquellas miradas anhelantes, Vlad se giró de pronto para contemplar a Baradis, como si algo le hubiera venido a la mente. "Gracias por lo de entonces." Al volverse, Vlad sonreía. Aunque no era una sonrisa tan radiante como para arrancarle otra a quien lo viera, aquel gesto desahogado y sereno alivió un poco el corazón de Baradis. "Intentaré saldar la deuda con esto. El valor de toda la ayuda que me has brindado hasta ahora." Desde la ciudad de Deomar, devastada por la guerra, hasta Lemnos, la olvidada isla de los enanos. Vlad recordaba con total claridad al elfo que lo había acompañado a lo largo de todo aquel periplo. "Después de todo, un caballero solo acepta una justa recompensa." Por el elfo que había permanecido a su lado en silencio durante los momentos de mayor necesidad. Al ver a Vlad dispuesto a saldar la ayuda recibida mediante esta oportunidad, Baradis se quedó sin palabras por un instante. "...De acuerdo." Pronunciando esa única palabra, Baradis permaneció de pie durante un largo rato, observando la espalda de Vlad alejarse poco a poco. Aunque marchaba a asumir un inmenso deber, en los pasos de Vlad hacia el Joven Árbol del Mundo no se apreciaba el menor atisbo de vacilación. ※※※※ "¡Escuchen! ¡Soldados míos!" Bordeando el límite del bosque de un verde sombrío, las tropas se alineaban en formación. Divididos a grandes rasgos en dos frentes, los soldados diferían tanto en su apariencia como en la posición que ocupaban conforme a sus respectivos roles. "¡Ustedes también deben recordarlo! ¡A esos malditos elfos que nos traicionaron de improviso!" Los muertos permanecían en silencio, y los vivos, acompasándose a ellos, contenían el aliento. En aquella formación reinaba un silencio tan extraño que difícilmente auguraba una batalla inminente, pero solo el Conde Bitskaya continuaba vociferando a todo pulmón hacia la multitud. "¡Seguro que también recuerdan el tormento que padecimos por su culpa! ¡Probablemente ahora mismo sus familias se estén muriendo de hambre en sus hogares!" Tal como clamaba el conde, en esos instantes el pueblo de su feudo padecía una hambruna desoladora. Al haberse interrumpido el comercio con los elfos, el Condado de Bitskaya se asemejaba a un campo de cultivo al que le habían cegado los canales de riego. Con el apoyo del Duque de la Sangre de Dragón también revocado en aquel trance, el único método que quedaba para salvar a su dominio, consumido por el dolor del hambre, era arrebatarle lo suyo a los demás. "¡Miren al frente! ¡Contemplen ese frondoso bosque! ¡Mientras sus familias se consumen en la inanición, esos perversos elfos deben de estar holgazaneando allí dentro, hartándose de comida y disfrutando de un descanso dulce como la miel!" La ira que no tiene adónde ir busca un objetivo al que calcinar, y los agravios acumulados exigen una grieta por donde estallar. Ahora que, más allá del bien o del mal, solo se necesitaba un blanco sobre el que desahogarse, para las gentes de Bitskaya la existencia de los elfos no era otra cosa que leña inmejorable para la hoguera. "¡Tiene razón! ¡Si no fuera por esos bastardos, jamás habríamos caído en semejante miseria!" "¡Todo esto se lo buscaron los elfos! ¡Fueron ellos los que empezaron primero!" Para sobrevivir bastaba con el valor de apartar la mirada de ciertas verdades y una minúscula justificación que permitiera lanzarse a despedazar al prójimo en cualquier momento. Cumplidas todas esas condiciones mediante una sola arenga, desde el ejército de Bitskaya comenzaron a brotar clamores coléricos dirigidos contra los elfos. "A fin de cuentas, ellos también pretenden matar a otros para sobrevivir." "..." Y en el otro bando, había quienes los contemplaban. Eran aquellos que se erguían en medio de unas huestes atestadas de toda clase de difuntos y entidades aciagas. "¿Cómo lo ve usted, Josef? ¿Acaso considera justo el acto de pisotear a los demás para sobrevivir?" Aquella estampa parecía la mismísima muerte. La figura de la mujer que lo contemplaba, ataviada con un riguroso luto negro. La mujer que rehusaba posar la punta de sus pies sobre el suelo, rechazando el mundo concebido por Dios, observaba a Josef con una expresión en verdad enigmática. "Dios es sumamente cruel, ¿no le parece? Después de todo, fue Él quien creó una cadena en la que es necesario matar a alguien para poder vivir." "..." Vista de cerca, era una mujer en extremo compasiva. Su figura, acogiendo en su regazo uno por uno incluso a los niños muertos, recordaba a la mismísima Santa Madre enviada por los cielos. Sin embargo, Josef era capaz de vislumbrar la sobrecogedora locura que se ocultaba tras su cálida sonrisa. "Por eso debemos destruirlo todo. Para que nunca más nadie vuelva a morir." Algunos por deseos viles, otros por sueños frustrados o por tragedias desgarradoras. Todos los magos negros que habían acudido hasta allí atraídos por la oscuridad tendrían sus propios motivos, pero Josef estaba convencido de que no existía nadie tan desquiciado como la Lamashtu que tenía ante sus ojos. "Y luego, volvamos a crearlo." Porque ella, con una pasión más pura que la de nadie, rechazaba en su totalidad este mundo creado por Dios. Josef no pudo más que quedarse paralizado ante la sonrisa empapada de demencia con la que Lamashtu lo miraba. Rrrrummm... En ese instante, ante la repentina sacudida del suelo que comenzó a retumbar, el ejército de Bitskaya empezó a agitarse. Frente a aquella intensa vibración, imposible de experimentar en circunstancias ordinarias, no solo los vivos, sino también los resucitados se tambaleaban incapaces de mantener el equilibrio. "¿Un terremoto?" "No." Lamashtu, descorriendo ligeramente su velo, alzó un pálido dedo y señaló hacia el corazón del bosque de los elfos. En la dirección a la que apuntaba, se erguía un árbol colosal que se elevaba hacia lo alto del firmamento. "Parece que, después de todo, los elfos tampoco están dispuestos a morir de brazos cruzados." A lo lejos, el Joven Árbol del Mundo resplandecía. Más allá del verdor que le era propio, brillaba con una miríada de tonalidades luminosas. "Es la fórmula de la barrera." Aquellas nítidas luces de colores, perceptibles incluso para quienes se encontraban fuera del bosque, parpadeaban sin cesar en ese preciso instante, iluminando el hogar de los elfos al igual que un faro. \----- • Autor: Q10 • Traductor: Inmensurable ⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨
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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 241

Estás leyendo el capítulo 241 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.