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Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 240 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Aquel era un lugar al que a los elfos comunes les resultaba difícil siquiera aproximarse. En lo más profundo de las raíces del Árbol del Mundo, donde se decía que solo aquellos autorizados podían ingresar, los ancianos de los elfos se hallaban reunidos. "Esta vez debemos tener éxito". "Por supuesto, Gran Anciano". Una tensión inocultable flotaba en los rostros de los ancianos que miraban al frente. Con toda probabilidad, esta sería la última vez. Pues ya no quedaban materiales disponibles ni tiempo suficiente para resistir. Sabiendo que esa única espada a la vista representaba la última oportunidad para erigir la barrera, en las expresiones de los ancianos que la contemplaban anidaba una solemne gravedad. "Que todos se preparen". En el pasado, aquel había sido el lugar donde descansaba clavado el Caballero Plateado que el Maestro de la Espada les había otorgado. No obstante, ahora se encontraba allí una espada de un color enteramente distinto, y sobre ella flotaban, como pinturas resplandecientes, las intrincadas fórmulas mágicas que los ancianos habían trazado con tanto esfuerzo. "... Comiencen". Círculos mágicos flotaban en el aire a lo largo de un haz de luz proyectado desde las alturas remotas. El Gran Anciano Gerónimo, que los contemplaba, alzó un dedo con voz firme, como si hubiese tomado una determinación inquebrantable. ¡Buummm! Junto con los conjuros que entonaban los ancianos, las fórmulas mágicas suspendidas en el aire comenzaron a trazar lentamente círculos. Con dimensiones que no encajaban entre sí y adoptando tonalidades dispares. A medida que los cánticos se prolongaban, de las frentes de los ancianos a cargo de cada círculo empezó a brotar un copioso e incontenible sudor. "¡Despacio!". El círculo mayor hacia abajo, el menor hacia arriba. Siguiendo el anciano dedo de Gerónimo, los círculos nacidos en un plano fueron acomodándose hasta formar gradualmente un cono gigantesco. "¡Ahora!". Bajo la dirección de Gerónimo, el mundo delineado por los ancianos comenzó a descender lentamente. Hacia el lugar donde antaño estuvo clavada la espada del Maestro de la Espada. Hacia donde ahora, sin embargo, yacía una espada por completo desconocida. ¡Krr-krr-krr! A medida que el cono descendía sobre la espada, una formidable vibración, imperceptible desde el exterior, comenzó a estremecer el interior del Árbol del Mundo. Era la fase más crucial y definitiva para activar el ritual de la barrera. Por fin, el mundo trazado por los ancianos empezó a grabarse como una estela de inscripciones recorriendo la hoja de la espada clavada. "¡Funcionó...!". Al presenciarlo, alguien comenzó a proferir un grito de júbilo. Con la esperanza de que, a pesar de los innumerables fracasos del pasado, esta vez tendría éxito. Y en efecto, a diferencia de las armas anteriores, la espada allí clavada manifestaba un resplandor visible y una resonancia expansiva completamente distintos. ¡Crac! ¡Cra-crac! Eso habría sido, de no ser por aquel siniestro crujido que resonó en ese instante. "No puede ser". Sin saber qué había salido mal, aquel mundo cónico que resplandecía con fulgor comenzó a inclinarse lentamente. Acompañado por el alarido desgarrador de la solitaria espada que sostenía ese mundo desde abajo. "¡Agáchense todos!". "¡Protejan al Gran Anciano!". Siguiendo el grito de un anciano que presintió el fracaso, todos ellos empezaron a agacharse. La estampa de los ancianos envolviendo al Gran Anciano para protegerlo ante una eventual catástrofe resultaba sumamente familiar. ¡Krr-grr-grr! Junto a los alaridos de los ancianos, la espada que brillaba con intensidad comenzó a parpadear de manera errática y a arder al rojo blanco. Como si consumiera su propio cuerpo al no poder sostener semejante resplandor por más tiempo. Ante esa imagen que se precipitaba hacia la destrucción, el anciano Gerónimo no pudo hacer más que contemplarla sin siquiera pestañear. ¡Bum! Incapaz de soportar el peso del mundo de los elfos, aquella espada estalló irremediablemente con un estruendo ensordecedor. Al ver cómo sus fragmentos salían disparados como estrellas fugaces, Gerónimo dejó escapar un suspiro de aflicción y agachó la cabeza. Pues aquella arma que acababa de hacerse añicos frente a él no era una simple espada, sino un fragmento de la esperanza que los elfos debían albergar. "... Después de todo, ¿acaso era indispensable la espada del Maestro de la Espada?". La barrera del bosque, concedida por el Árbol del Mundo y forjada por los antiguos elfos vertiendo su propia esencia. Al cargar con la supervivencia de toda una raza, aquella barrera conllevaba sin duda un deber demasiado pesado y abrumador. Por esa misma razón no había podido resistirlo y se había quebrado. "..." Gerónimo, contemplando en silencio los fragmentos de la espada que se enfriaban ante él, comenzó a acariciarlos con cuidado. Bajo las raíces del Árbol del Mundo, ahora sumidas en la penumbra, Gerónimo permaneció inmóvil con una figura encogida y abatida, incapaz de apartarse de aquel lugar durante un largo rato. ※※※※ Había una jovencita que caminaba por un amplio sendero de colina sosteniendo una larga rama de árbol. Y tras ella, una comitiva de refugiados de aspecto andrajoso la seguía. Los escasos guardias que escoltaban a la doncella del oráculo estaban sumamente tensos, disgustados por la situación actual, pero vista desde la lejanía, aquella comitiva resultaba, por algún motivo, bastante imponente. "Estuve esperando todo este tiempo. Es que últimamente mi hermano mayor... quiero decir, Lord Baradis, lo estaba pasando muy mal". Su modo de hurgar entre los matorrales sin motivo aparente con la rama que sostenía era, sin lugar a dudas, el de una niña. Sin embargo, Vlad sabía muy bien que dentro de esa inocencia infantil habitaba un misticismo que de ningún modo se podía pasar por alto. "¿Lord Baradis?". Ante las palabras de la niña que aseguraban que Baradis estaba sufriendo, Vlad no pudo evitar replicar con un deje de sorpresa en la voz. Baradis, el montaraz supremo de los elfos. El hombre que él conocía no era de los que flaqueaban con facilidad ante cualquier adversidad común. "Sí". Ante la pregunta de Vlad que le llegaba a la espalda, la doncella del oráculo giró la cabeza. Al encontrarse con su mirada, la figura de la niña de hacía un instante se había desvanecido como una ilusión. "Porque hasta ahora no había nadie que pudiera ayudarlo". Vlad detuvo el paso por un instante ante el repentino cambio en los ojos de la niña. Aunque su mirada parecía aletargada, como si estuviera sumida en un sueño, sintió no obstante la intensa fijeza con la que aún lo contemplaba. "Pero ahora todo estará bien. Porque Vlad ha traído consigo a mucha gente para ayudar". Sin embargo, en cuanto terminó de pronunciar esas palabras, la joven doncella del oráculo recuperó de inmediato su actitud inocente y comenzó a caminar de espaldas con pasos lentos. Sus saltitos se veían tan ligeros que daban a entender que su ánimo estaba bastante alegre. "Hay muchísima más gente de la que vi en mi sueño. En aquel entonces no llegaban ni a la mitad de los que hay ahora". "¿Un sueño?". La niña, que continuaba mirando a Vlad, ladeó levemente la cabeza y prosiguió mientras contemplaba a la gente de la tribu Luga que los seguía: "Sí. Un sueño. Vi esta escena en el sueño que me mostró el Árbol del Mundo". El Árbol del Mundo es el árbol más encumbrado que alcanza la voluntad de los dioses, y la joven, como su emisaria, contempla el porvenir a través de los sueños. No obstante, el futuro que ella vislumbraba por mediación del Árbol del Mundo ya había atravesado múltiples etapas, por lo que resultaba ser algo borroso e inconexo, semejante al dibujo de un infante. "Pero este topo no estaba en el sueño que tuve, ¿sabes?". Por ello, cuando el futuro que ella había contemplado se manifestaba en la realidad, a menudo difería en gran medida de lo visto en sus sueños. Tal como cuando Vlad empuñó la espada sobre el mar azul profundo para salvar a los enanos, y tal como este topo que, según ella, no había aparecido en su sueño. "Parece que a este lo trajo Vlad. ¿Será por eso que vino más gente?". "..." Aunque el tono de la niña era vivaz, una extraña tensión se asentó en el rostro de Vlad al escucharla. Porque sus palabras sonaban como si, de no haber sido por el topo, los refugiados de la tribu Luga se habrían reducido a la mitad. \[La ciudad está extraña, Vlad.\] Detrás de la jovencita, que acababa de pronunciar aquellas enigmáticas palabras, comenzaba a vislumbrarse poco a poco Ausrina, la ciudad de los elfos. Sin embargo, la ciudad de los elfos a la que regresaba tras tanto tiempo lucía un aspecto sumamente distinto al que presentaba cuando Vlad partió. \['A juzgar por la empalizada que han levantado en torno a ella, parece que se están preparando para una batalla. Y una de considerable envergadura.'\] Siguiendo las palabras de Kihano, que resonaban en su interior, Vlad examinó a la distancia la estampa de Ausrina. Tal como advertía Kihano, la urbe de los elfos que ahora se extendía ante su vista estaba colmada de empalizadas de estacas afiladas y erguidas con rigor. \*Creeeeck.\* Quizá al avistar a los refugiados de la tribu Luga, los portones de la empalizada de la ciudad de Ausrina comenzaron a abrirse con lentitud. En aquel acceso, vuelto tan imponente como las murallas de los asentamientos humanos, se hallaba de pie un hombre de cabello azul ultramar, observando a Vlad con los brazos cruzados. "Tal como sospechaba, eras tú. Vlad Áureo." Era Baradis, el montaraz supremo. Mientras esbozaba una sonrisa amarga al contemplar a la multitud de personas que su hermana menor había traído consigo tras escapar del hogar, levantó ligeramente una mano hacia la familiar cabellera dorada. \*\*\* "Como siempre, vas por ahí desatando acontecimientos imposibles de prever." "Te agradezco que nos abrieras las puertas, Baradis." "Las abrí por ti. No por los miembros de la raza de las bestias." Tras acomodar temporalmente a los refugiados de la tribu Luga en un aposento provisional, Vlad caminaba hacia el recinto donde se hallaban los ancianos, guiado por los pasos de Baradis. La morada de los elfos, construida en el interior de un colosal árbol, seguía siendo un espectáculo asombroso aun después de tanto tiempo, pero al Vlad del presente le faltaba sosiego para maravillarse contemplando las formas arquitectónicas de los elfos. "Así que no hay nada que agradecer. A fin de cuentas, mi autoridad es meramente provisional. Para acogerlos dentro de Ausrina, se requiere estrictamente el consentimiento del cónclave de ancianos." Los elfos constituían una raza que no concedía con facilidad el acceso ni a los humanos ni a ninguna otra especie. Para aquellos que habían subsistido hasta el presente gracias a semejante postura excluyente, la llegada intempestiva de cientos de refugiados no representaba, sin duda alguna, una presencia grata. "Son personas que carecen de un lugar al que ir. Además, yo también tengo responsabilidad en su peregrinar." "Tendrás que ordenar bien ese relato para explicárselo a los venerables ancianos a los que estás a punto de ver." Tras recorrer un buen trecho por el corredor, Baradis se detuvo frente al enorme portón que ya conocían y le dirigió un gesto significativo a Vlad con la mirada. "¿Estás listo?" "……Sí." Vlad resguardó con suavidad en su pecho al topo que aún dormitaba sobre su cabeza y tomó una profunda bocanada de aire mientras contemplaba la entrada de la sala de reuniones donde aguardaban los ancianos. "En ese caso, espero que obtengas un buen resultado." \*Creeeeck.\* Al compás del ademán de Baradis, una intensa claridad comenzó a derramarse a través de la hendidura del portón al abrirse. Una vez que sus ojos se habituaron a aquella luz, se reveló la vasta sala de asamblea. Sentados aquí y allá, sobre gigantescas raíces entrelazadas a modo de escalinatas, más de una decena de ancianos contemplaban a Vlad desde lo alto. "……Ha pasado mucho tiempo, caballero de los humanos. Vlad." Sentado en el punto más elevado de todos, el anciano elfo le hizo una seña a Vlad mientras esbozaba una fatigada sonrisa. El anciano Gerónimo, Gran Anciano de los elfos, recordaba con nitidez al joven caballero que había salvado el Árbol del Mundo de su pueblo, y dejaba traslucir su sincera complacencia ante el regreso de Vlad. "Parece que has atravesado innumerables vicisitudes en este tiempo. Te has vuelto mucho más imponente que en aquel entonces." Incluso cuando abatió a Nidhogg, el más afilado de los dragones, ya albergaba una posibilidad resplandeciente. No obstante, la figura de Vlad que Gerónimo contemplaba en ese instante había adquirido una madurez que no admitía comparación con la de aquellos días, por lo que el corazón del anciano pareció apaciguarse con satisfacción ante aquel joven potencial que, casi en un parpadeo, había florecido tanto. "……¿Se ha encontrado con bien durante todo este tiempo, Gran Anciano?" Sin embargo, del mismo modo en que los niños crecen, los ancianos envejecen. Aunque estuviera sentado en aquella cumbre, el vigor de Gerónimo había decaído de forma tan patente que Vlad pudo percibirlo al instante. "Quisiera decir que no nos ha ocurrido nada fuera de lo ordinario, pero la triste realidad que enfrentamos nos impide pronunciar semejantes palabras." Al contemplar el temblor sutil en los dedos de Gerónimo, Vlad comenzó a recorrer en silencio con la mirada a los demás ancianos que lo rodeaban. 'En verdad está sucediendo algo grave aquí.' Aunque no tanto como Gerónimo, todos los ancianos parecían carecer de fuerzas y vitalidad. Al advertir aquellos semblantes, Vlad comprendió que, al margen de la empalizada alzada afuera, un acontecimiento de enorme gravedad se cernía sobre Ausrina en esos precisos momentos. "No sé qué clase de problema sea, pero podré ayudarlos. Por lo tanto, le ruego que……" "Deseo que tomes a la tribu Luga y te marches." Por la actitud previa de Baradis, daba la impresión de que él anhelaba su permanencia en el lugar. Por ello, Vlad albergaba la esperanza de llegar a una resolución favorable para la tribu Luga, pero las palabras que brotaron de los labios de Gerónimo fueron insospechadamente categóricas. "De ser posible, convendría que partieran pronto. Será lo mejor, incluso por el propio bienestar de ellos." A pesar de que Gerónimo le instaba a marcharse de inmediato entrecortado por una fatigosa tos, en su temple no se apreciaba molestia ni intención alguna de desdén hacia ellos. "Dentro de poco, un señor feudal de los humanos marchará para invadir este lugar." "¿Un señor feudal de los humanos?" "Así es. Probablemente tú también lo conozcas. Se trata del Conde Bitskaya." Si se trataba del Conde Bitskaya, era ciertamente un nombre familiar. "Y, por si fuera poco, los resucitados acechan nuestro bosque bajo apariencias monstruosas. En pocas palabras, este sitio jamás podrá servir de refugio seguro para la tribu Luga." Y la mención de los resucitados también le resultaba tristemente conocida. "……Los resucitados." Eran nombres que resonaban de improviso en un rincón por completo inesperado. Vlad, que había marchado en busca de la tribu Luga para hacer frente a Frausen, también hallaba los vestigios de aquella amenaza aquí, en Ausrina. "¿Están marchando en estos momentos para atacar este bosque?" Tanto los nobles como los clérigos, e incluso la mismísima corte imperial, dueña y señora del imperio. Todos los que tenían el deber de responder daban la espalda a esa calamidad, pero Vlad había seguido el rastro de su existencia hasta alcanzar la lejana ciudad de Namarka. Aunque incluso allí acabó expulsado por el dragón más ancestral, jamás había extraviado su propósito original, ni siquiera en el instante en que su cuerpo fue doblegado. "Así es. Aún ahora tiñen este bosque de tinieblas y avanzan hacia nosotros." Al escuchar las palabras de Gerónimo, la mano de Vlad aferró la vaina de su espada de forma inconsciente. "……" A través del agarre crispado con fuerza, la ira de Vlad se transmitía con viveza. Por asemejarse con exactitud a su portador y comprender esa cólera, la Espada Matadragones comenzó a estremecerse poco a poco a lo largo del férreo apretón de Vlad. \*Krrk... krrr-rrrk...\* La espada de Vlad, que latía al unísono con las palpitaciones de su dueño, comenzó a agitarse con creciente ímpetu. Y junto a esa sacudida, la hoja de la Espada Matadragones, que se asomaba centímetro a centímetro fuera de la vaina, comenzó a proyectar un refulgente brillo de plata. "……¿Mmm?" Al reconocer aquella luz familiar, los ojos de Gerónimo se abrieron de par en par. No solo él; incluso varios de los ancianos que lo acompañaban comenzaron a inclinar sus cuerpos hacia adelante con lentitud, como si estuviesen hechizados por la visión. "Aun así, se lo suplico, Gran Anciano. Le ruego que conceda a la gente de la tribu Luga una tierra donde guarecerse temporalmente. Ellos ya no tienen ningún otro sitio adónde ir." A través de las despedidas que debió encarar, el joven caballero no era lo único que había madurado. La espada de Vlad tampoco estaba ya envuelta en la inmadura luz azulada del pasado, sino en un honorable resplandor plateado; y al percatarse de semejante cambio, los ancianos comenzaron a ponerse de pie, uno tras otro, desde sus asientos. "Si me concede esa gracia, yo también le corresponderé con mi espada." Estar en el lugar donde debía estar para hacer lo que debía hacerse. Lo único capaz de empeñar esa promesa no era más que la espada que sostenía entre sus manos. El joven caballero, que en el pasado empuñó la espada más honorable para proteger el Árbol del Mundo, hablaba ahora alzando una hoja enteramente suya. "……Caballero Plateado." Prometiendo que en esta ocasión, tal como en aquellos días, desenvainaría una espada del mismísimo fulgor. Aquel día, para salvaguardar al joven Árbol del Mundo, alzó la Espada del Maestro de la Espada; del mismo modo, la hoja que Vlad empuñaba ahora resplandecía con ese idéntico brillo de plata. \----- • Autor: Q10 • Traductor: Inmensurable ⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨
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Estás leyendo el capítulo 240 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.