Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 239 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Las miradas circundantes eran punzantes. Zayar, que bebía a solas el licor de una cantimplora de cuero, cerró el tapón al percibir la fija atención de los decapitados erguidos a su lado.
"¿Qué pasa? ¿Acaso quieren un trago cada uno?"
Era un cálido día de primavera, pero en aquel rincón donde aguardaban los decapitados parecía como si aún cayera la escarcha. Con todo, Zayar no se inmutó por semejante frialdad y se limitó a sonreír con sorna ante aquellas miradas gélidas.
"Ah, claro. Había olvidado que no tienen bocas con las que beber. Qué descuido el mío."
Era el único ser con calor corporal en medio de los muertos. Su estampa desentonaba tanto con el entorno que parecía una figura arrancada de otro lienzo; no obstante, Zayar permanecía firme entre las huestes de la muerte, sin retroceder un solo paso.
"Zayar."
En medio de una atmósfera cada vez más sombría, llegó oportunamente un discreto ademán para llamar a Zayar. Era Josef, quien acababa de concluir su conversación con el Conde Bitskaya.
"¿Cómo resultó todo, mi señor?"
"Accedió a cooperar. A todas luces, el conde considera a Ausrina como su última tabla de salvación."
La obsesión del Conde Bitskaya por Ausrina ya ardía con ferocidad, alimentada por la leña del rencor y la codicia. Josef, tras acudir por orden de Lamashtu a constatar la fijación del conde, prosiguió con cautela al contemplar el panorama que se desplegaba ante sus ojos.
"Nos moveremos junto a los soldados del conde. Al fin y al cabo, lo más sensato es que los vivos marchen en compañía de los vivos."
Allí donde se posaba la mirada de Josef reinaba una multitud de presencias ominosas. Se distinguían decapitados devueltos de la muerte. También aberraciones malditas cuyas extremidades yacían completamente retorcidas. Espíritus lastimeros cargados de maldiciones que flotaban como sombras, e incluso colosales amalgamas de cadáveres de las que brotaban brazos y piernas en todas direcciones. Todas aquellas criaturas eran engendros perversos forjados por los magos negros atraídos por la vasta oscuridad encarnada en Lamashtu.
"...Visto así, es todo un espectáculo. Me pregunto cómo tantos pudieron permanecer ocultos durante tanto tiempo."
Frente a un campamento que parecía el mismísimo infierno materializado en el mundo de los mortales, incluso Josef, que siempre mantenía la compostura, terminó por fruncir el ceño. En tiempos ordinarios eran seres que no aparecían por más que se los buscase, pero ahora infestaban cada rincón visible. Por muy templado que fuese el carácter de Josef, conservar la calma ante tal panorama resultaba una tarea ingente.
"¿Quién diablos podrá purgar todo esto?"
Era una oscuridad excesiva para abarcarla con una sola mirada. Sombras tan densas que incluso a él, pese a estar prevenido, le resultaba doloroso contemplar a ojos abiertos. Sin embargo, todas aquellas perversas entidades no eran sino la escoria que quienes debían cumplir con su deber habían ignorado hasta el presente; a fin de cuentas, tarde o temprano alguien tendría que asumir el veneno que engendraban.
"Vámonos. Si me quedo más tiempo aquí, moriré asfixiado."
"Entendido."
Apartando la mirada a duras penas, Josef avanzó dejando atrás el campamento atestado de muerte para dirigirse al acantonamiento de Bitskaya. A fin de cuentas, todo aquello no era más que el karma acumulado a lo largo de los años. La nobleza debía sobrellevar deberes a cambio del poder, y el clero debía asumir responsabilidades a cambio de la fe; no obstante, los gobernantes de hoy no habían actuado de ese modo. Por esa razón, Josef no albergaba duda alguna de que las pústulas incubadas por todos ellos terminarían reventando en su propia generación.
\* \* \*
Era un bosque de exuberante verdor. Una arboleda tan densamente poblada que, contemplada desde las alturas, bien podía asemejarse a un mar teñido de verde. En el corazón mismo de aquella espesura, un joven Árbol del Mundo se alzaba asomando su silueta, dominando con la mirada aquel océano esmeralda.
"...¿Cuáles son los movimientos del ejército de Bitskaya ahora mismo?"
Sin embargo, incluso en medio de aquel pacífico paisaje, el rostro de Baradis permanecía severamente tenso. Siendo primavera, el panorama exterior ofrecía un espectáculo espléndido, pero en las facciones del elfo resultaba imposible hallar el más mínimo rastro de sosiego.
"A ojo de buen cubero, suman al menos un millar de soldados. Parece que esta vez el Conde Bitskaya se juega la vida en ello."
"Todo indica que ya han dispuesto los preparativos al completo. Según el informe de los exploradores, podrían iniciar la ofensiva en cualquier instante."
A la sombría pregunta le sucedieron respuestas apremiantes. La coyuntura era tan crítica que incluso los montaraces más curtidos denotaban tensión, conscientes de que el estallido de la contienda estaba a las puertas.
"Ya veo."
Al escuchar el informe, Baradis exhaló un leve suspiro para sus adentros. Casi un millar de soldados humanos, a los que se sumaban los resucitados que continuaban confluyendo sin cesar. Aun si las tropas humanas representaban una fuerza a la que podían plantar cara, la presencia de aquellos resucitados —que en el pasado ya habían irrumpido hasta las mismas faldas del Árbol del Mundo— carcomía poco a poco la templanza de Baradis.
"¿Cuándo dicen que se restablecerá la barrera?"
"Calculan que, aun en el mejor de los casos, tomará al menos un mes más."
Tras oír la respuesta, Baradis giró levemente la cabeza y miró a través de la ventana.
"Un mes."
Al pie del joven Árbol del Mundo, visible tras el ventanal, se congregaban ancianos encorvados que trazaban inscripciones con visible esfuerzo. Eran los ancianos del cónclave que, como correspondía a una raza longeva como los elfos, debían de haber vivido más que los propios árboles que poblaban la espesura. Pese a ello, en ese momento ignoraban la fragilidad de sus cuerpos seniles y consagraban todas sus fuerzas a reparar la barrera protectora del bosque, rota tiempo atrás.
'La situación dista de ser sencilla.'
Era un momento crítico en el que todo aquel dotado de alguna habilidad debía ponerse en movimiento sin importar su edad ni su rango. Quizá se trataba de una crisis todavía más grave que cuando los feroces dragones Nidhogg invadieron sus dominios; no obstante, la dura realidad a la que se enfrentaban los elfos era que no disponían de un solo rincón al que recurrir en busca de ayuda.
\*Toc, toc, toc.\*
"¿Mm?"
En ese instante, unos golpes resonaron en la puerta del despacho donde se encontraban Baradis y los montaraces. Sabiendo que a esa hora nadie debería acudir a buscarlo, Baradis miró con desconcierto al elfo que abría la puerta y entraba en la estancia.
"¿Qué sucede?"
"...Es que..."
El elfo que acababa de franquear la entrada era alguien que de ningún modo debería encontrarse en aquel lugar.
Porque él era un elfo que no debía apartar la mirada del Árbol del Mundo ni por un solo instante. Sin embargo, en ese momento, se encontraba allí de pie frente a Baradis con el semblante completamente pálido.
"Lo lamento, señor Baradis".
"¿De qué se trata?"
Era el elfo que custodiaba el Árbol del Mundo. Para ser más precisos, era quien resguardaba a la doncella del oráculo, la hermana menor de Baradis, junto con el propio Árbol del Mundo. Aquel elfo se hallaba ahora ante Baradis, bajando la cabeza con profunda vergüenza mientras hablaba.
"La doncella del oráculo ha salido al exterior".
"......"
Aquel era un momento en el que, más que nunca, la seguridad debía ser la máxima prioridad. No obstante, al oír la noticia de que la doncella del oráculo, a quien debían proteger con tanto celo junto al Árbol del Mundo, se había marchado al exterior, los semblantes de los elfos congregados en el despacho comenzaron a demudarse drásticamente.
"¿Por qué lo hizo? Debe de haber una razón, ¿no es así?"
"No lo sé. Insistió tercamente en que debía recibir a un huésped y simplemente se marchó sin que pudiéramos contenerla".
"¿Un huésped?"
La doncella del oráculo del Árbol del Mundo, a quien no habían podido detener sin importar cuánto se interpusieran en su camino. Ante sus actos de internarse en el peligroso exterior bajo las incomprensibles palabras de que había llegado un invitado, una extraña sensación de déjà vu asaltó a Baradis.
"Un huésped, dices......"
Si bien era una doncella que jamás había salido al exterior en toda su vida, hubo una ocasión en la que se empecinó de la misma forma para cruzar los confines del bosque. Acompañada por la afirmación de que llegaba un huésped ilustre a quien ella misma debía dar la bienvenida en persona.
Baradis recordaba a la perfección que aquella había sido la primera vez que se encontraron con el caballero de los humanos llamado Vlad.
"Envíen a los montaraces de inmediato. Escorten a la doncella del oráculo".
Poniéndose de pie al tiempo que daba la orden, Baradis se aproximó al ventanal y contempló al joven Árbol del Mundo en el exterior. Las hojas verdes parecían agitarse hoy con un fervor mucho más intenso de lo habitual. Entre el follaje que danzaba a pesar de la ausencia total de viento, incontables espíritus jóvenes revoloteaban y saltaban como si estuvieran henchidos de júbilo.
\* \* \*
A pesar de ser un bosque de elfos densamente poblado de árboles, en ocasiones existían claros colmados de radiante luz solar.
Un claro del bosque tapizado por un verdor de tréboles.
¡Plop!
En aquel paraje donde únicamente revoloteaban las mariposas en busca de flores, una criatura asomó la cabeza de pronto. El animalejo, que hasta hacía un instante vagaba bajo tierra, entrecerró sus diminutos ojos como si la luz solar que bañaba su coronilla le resultara deslumbrante y comenzó a agitar sus cortas extremidades delanteras.
"¿Ya está? ¿Podemos salir?"
¡Kyu-kyu!
"Si ya llegamos, apártate de una vez. ¿Hasta cuándo piensas quedarte encima de mi cabeza?"
Era la voz de un hombre que parecía contener a duras penas la irritación. Ante aquel tono lúgubre que brotaba desde las entrañas de la tierra, las mariposas que danzaban sobre los pétalos se asustaron y alzaron el vuelo hacia el cielo.
"......"
Por debajo del topo que mantenía la cabeza asomada, emergió con cautela la cabeza de una persona. A pesar de hallarse embadurnado por montones de tierra, se trataba de un varón de impresionante cabello rubio que refulgía bajo la luz solar.
"¿Qué es esto? ¿Dónde demonios estamos?"
Vlad, habiendo asomado la cabeza desde la oscura madriguera, comenzó a tensarse por completo ante el repentino festín de tonalidades verdes que se desplegaba ante él. Para Vlad, que hasta hacía apenas unos días se encontraba en medio del yermo desolado, era un paisaje al que le resultaba imposible acostumbrarse.
¡Kyu-kyu!
"¿Hasta dónde nos has traído exactamente, renacuajo?"
A pesar de la pregunta de Vlad, el topo resplandeciente simplemente se desplomó exhausto, como si ya hubiera cumplido con todo su deber. La criatura, que había excavado túneles sin descanso guiando al grupo hasta aquel punto, dejó caer su fatigado cuerpecillo al suelo y comenzó a jadear con la lengua afuera.
"......Está bien, descansa. Cualquier lugar será mejor que allá".
Vlad, tras observar fijamente al exhausto topo, lo depositó con cuidado sobre la tierra y comenzó a trepar hacia la superficie. La estampa de Vlad, aguzando los oídos con una postura enteramente alerta, recordaba a la de un lobo que acababa de emerger de su lobera.
"Es un bosque".
Tras valerse de sus agudos sentidos para cerciorarse de que no había nadie a su alrededor, Vlad pudo constatar que se hallaba en medio de un bosque. Y no solo eso, sino en el mismísimo centro de un campo de flores rebosante de colores vivaces.
"¿Acaso había un bosque de semejante magnitud a unos pocos días de distancia?"
Vlad no pudo evitar mascullar para sí mismo, desconcertado por el paisaje que lo rodeaba. Llevaban varios días caminando a través del túnel horadado por el topo resplandeciente, liderando a los refugiados de la tribu Luga. Sin embargo, por muy ignorante que fuera Vlad respecto a la geografía de las tierras centrales, sabía de sobra que a unos escasos días de camino no existía un bosque de tal envergadura.
"Eso se debe a que siguieron el sendero que los espíritus les señalaron".
"¡......!"
Una voz resonó de improviso junto al desconcertado Vlad. Habiendo comprobado momentos antes que no había presencia alguna, Vlad se sobresaltó violentamente ante la voz que se escuchó justo a su costado.
"......¿Tú?"
"Cuánto tiempo".
Sin embargo, la causante de que Vlad se sobresaltara se limitó a agitar la mano con expresión afable, como si no pasara nada.
"¿Le fueron de utilidad los dibujos que le envié durante este tiempo?"
Frente al campo de flores que se mecía con la brisa, se hallaba una joven contemplando a Vlad. La figura de la muchacha de pie ante el manto floral, tocada con un sombrero de ala ancha. Su silueta, erguida con absoluta naturalidad junto a las flores danzantes, no transmitía la menor disonancia, como si su presencia en aquel sitio fuera lo más natural del mundo.
"¿Por qué estás tú aquí?"
Al unísono con la incrédula pregunta de Vlad, los refugiados de la tribu Luga comenzaron a emerger uno a uno desde la madriguera subterránea. Desde infantes hasta ancianos, sin excepción alguna, salían cubriéndose los ojos con las palmas de las manos ante el deslumbrante resplandor, para luego abrir la boca de par en par, atónitos ante el espectáculo que se abría ante sus miradas.
"......Este lugar es".
No eran callejones mugrientos ni un páramo desolado, sino el bosque de los elfos, colmado por un océano de verdor. Los niños de la tribu Luga, tras recuperar finalmente la claridad en la vista, soltaron agudos chillidos involuntarios al divisar un árbol colosal en la lejanía.
"¡Es un árbol!"
"¡Vaya! ¡El árbol es inmenso!"
El bosque del confín oriental al que habían podido llegar únicamente gracias al camino trazado por los espíritus.
Ausrina.
El joven Árbol del Mundo, que contemplaba el bosque desde las alturas, agitaba sus hojas con regocijo, como dándoles una cálida bienvenida a los pequeños de la raza de las bestias que lo miraban con asombro.
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• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨

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Estás leyendo el capítulo 239 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.