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Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 237 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Había vivido casi quinientos años en soledad. Había presenciado con sus propios ojos la prosperidad y el ocaso de los dragones que antaño gobernaron el mundo, y era también un ser que había sobrevivido saboreando la humillación bajo la nueva era de los hombres. \[¡Sarnus! ¡Recuerda el juramento que me hiciste!\] Haber sobrevivido era una prueba en sí misma: la certeza de que, en este mundo donde se devora o se es devorado, la propia existencia no había sido consumida en provecho ajeno. Aquel dragón más ancestral llamado Sarnus, que había perdurado de tal modo, era una entidad que había erigido una jerarquía propia que nadie en este mundo osaría desafiar. "¿Un juramento?" Ante el grito apremiante de Kihano, extraños tatuajes comenzaron a brotar en la nuca de Sarnus. Espinas azabache que sobresalían con aristas afiladas fueron estrangulando lentamente el cuello de Sarnus según la voluntad de quien ostentaba el dominio. "...¿Kihano?" Cuando aquel antiguo pacto que tanto había temido volvió a constreñirlo, Sarnus no disimuló su desconcierto. Sin embargo, el asombro grabado en su rostro no se dirigía al yugo que le oprimía la garganta, sino hacia el caballero de cabellos dorados que tenía enfrente. "Ah... vaya." Aquel arcaico pacto que solo podía accionarse mediante la sangre fluyente o la voluntad heredada. Había sido en virtud de ese mismo pacto que Sarnus sirvió con lealtad al imperio y protegió a la familia imperial a lo largo de cientos de años. "Eres tú. Eras tú." ¡Crac! Pero Sarnus ya no temía al juramento contraído con él. Tan solo se limitaba a arrancar con serenidad las ataduras que pretendían someterlo. "Si eras tú, todo esto tiene sentido." Al reconocer a Kihano en el interior de Vlad, Sarnus comenzó a reír entre dientes como si al fin lo comprendiera todo. El vestigio del más noble caballero anidado en el alma de un dragón. Sabiendo lo que aquello significaba, Sarnus no ocultó el éxtasis que brotaba desde lo más recóndito de su pecho y estalló en una carcajada demencial. "¡Al fin ha nacido! ¡El dragón más perfecto!" La ciudad de Namarka temblaba. El estremecimiento de la urbe, que vibraba ferozmente como si fuera un terremoto, no era más que el gemido de la propia tierra, incapaz de soportar la abrumadora presencia de Sarnus. \[...Maldición.\] Sarnus desgajaba y arrancaba sin cesar las espinas del pacto que brotaban desde su garganta extendiéndose por todo su cuerpo. Al verlo avanzar hacia él sin perder la sonrisa, a Kihano no le quedó más remedio que dar la espalda. \[¡Huyan todos!\] Pues en ese momento tenía una existencia a la que debía proteger más que a nada en el mundo. Dejando de lado incluso su propio orgullo para escapar, Kihano gritó con todas sus fuerzas hacia el grupo que venía tras él: \[¡Retrocedan de inmediato!\] Advirtiéndoles que él, reducido a un alma completamente desgarrada, ya no era capaz de soportar la jerarquía de aquel ser. "¡Kihano! ¡Kihano Frausen!" La presencia del dragón más ancestral, que se antojaba más colosal cuanto más se la contemplaba desde abajo, los miraba mientras huían. Aunque se había detenido en seco por culpa de la última espina del pacto, la agigantada sombra de Sarnus ya pisaba los talones de Kihano. "¡Por fin eres tú quien huye al verme!" La risa enloquecida del dragón más ancestral resonó estremeciendo la vasta tierra. Habiendo demostrado su valía por haber sobrevivido, y con su estatus elevado tras haber engullido una pizca de perfección, su presencia se había encumbrado a un punto tal que ni siquiera el más noble de los caballeros podía hacerle frente. \* \* \* El grupo, tras reunirse con Vlad... no, con Kihano, corría apresuradamente hacia alguna parte. Con la ayuda de un guerrero de la tribu Luga que había estado aguardando, alcanzaron las inmediaciones de la muralla y, sin poder contener el aliento entrecortado, se apresuraban a deslizar sus cuerpos a través de una pequeña abertura. "¿Qué es esto? ¿Un agujero para perros?" "¡Solo dese prisa y pase! ¡Al menos agradezca que existe esto!" Al ver a Radu vacilar frente a aquella angosta brecha, Nibelung soltó un chillido agudo. Ante una reacción tan inusual en él, a Radu no le quedó más remedio que meter la cabeza resignado. "¿Pero qué clase de humillación es esta? ¡Maldita sea!" Radu, tras asomar la cabeza, soltó una maldición por lo bajo al ver a Pierre esperando al otro lado de la muralla. Aquel excéntrico inquisidor que pretendía llevarlo a las frías tierras del norte, donde residía el Duque de Acero. Sin embargo, a diferencia de sus dudas de antaño, los movimientos de Radu para acercarse a él fueron sumamente ágiles. "¡Ya viene!" Tanto el medio dragón como el mago que perseguía misterios, e incluso el devoto sacerdote de Dios, estaban consumidos por el pánico. Aunque cada uno poseía un mundo interior inquebrantable, les resultaba del todo imposible librarse de la sobrecogedora presencia del dragón que los perseguía. "...¿Por qué hay un ejército aquí?" Apenas habían conseguido escabullirse fuera de la ciudad, pero no había tiempo para soltar un suspiro de alivio. La polvareda de soldados que cabalgaban bordeando la muralla ya se divisaba justo frente a ellos. "¡Suban rápido!" "¿Qué es esto?" "¡Idiota! ¡No preguntes y súbete de una vez!" La estampa de aquellos hombres, parados rígidamente sobre una alfombra raída extendida en el suelo, resultaba ridícula. No obstante, Radu, arrastrado del pescuezo por Pierre, se quedó pasmado al ver cómo la alfombra flotaba de pronto en el aire. "¿Por... por qué flota esto?" "¡Ya estamos todos! ¡Vámonos!" Ignorando la pregunta de Radu a la que nadie respondió, la alfombra de Nibelung empezó a surcar el yermo. En ese mismo instante, una lluvia de flechas cayó rozándolos por escasos centímetros. Al ver las saetas clavadas densamente en el lugar donde acababan de estar, Radu tragó saliva con dificultad. "¿Por qué irrumpió un ejército en un sitio como este? ¿Para atraparnos a nosotros?" Nibelung, que pilotaba sujetando los extremos de la alfombra, miró hacia las tropas a lo lejos sin poder disimular su perplejidad. "No puede ser solo por nosotros." Tal como había advertido Nibelung, la silueta de la urbe se divisaba en medio del paisaje que retrocedía a la distancia. En tiempos habituales habría sido una ciudad destartalada a la que nadie prestaría la menor atención; sin embargo, en ese momento se hallaba colmada por una densa marea negra de soldados centrales cuyo número, a simple vista, alcanzaba con facilidad las decenas de miles. "Por fin están listos. Preparados para marchar hacia el norte". Radu, que no perdía de vista a la caballería que cargaba por el flanco, desenfundó su espada y continuó hablando. ¡Clang! Creyendo haber encontrado al fin una oportunidad, los jinetes se abalanzaron contra la alfombra. Radu los repelió con ferocidad, pero su semblante se endureció al ver que la caballería aún los perseguía como una plaga implacable. "¿Hacia el norte?" "Significa que van a aplastar a la Alianza del Norte. Su plan original era desarticularlos antes siquiera de que levantaran su estandarte, pero..." Las tropas que se congregaban en Namarka junto al Duque de la Sangre de Dragón Sarnus eran fuerzas centrales enviadas directamente por la corte imperial. Y aquellas huestes que marchaban hacia el norte, tras aglutinar no solo a la facción imperial sino a todas las casas nobles leales al imperio, continuaban engrosando sus filas a cada instante reuniéndose en la capital, Brigantes. "… Si las cosas hubieran salido bien allí, yo también habría podido ocupar un puesto de honor..." Tras exhalar su postrero lamento contra el viento que azotaba con violencia, Radu fue arrancado de las glorias del pasado y devuelto de golpe a la realidad por un filo aguzado que se cernía justo ante sus ojos. "¡¿Es que esta cosa no puede volar más rápido?!" "¡Le digo que llevamos demasiado peso encima!" En la ciudad de Mosiam, la alfombra surcaba los cielos sin problemas. No obstante, con Radu y el guerrero de la tribu Luga a bordo, la carga superaba la capacidad permitida por dos personas enteras; lejos de remontar el vuelo, a duras penas conseguía deslizarse a ras del suelo. "¡Llega como sea hasta esa montaña de allí! ¡Los caballos no podrán seguirnos montaña arriba!" Como si hubiera determinado el rumbo, Radu señaló con el dedo la montaña visible al frente. Coronada por una tenue columna de humo, como si aguardara la llegada del grupo, aquella montaña marcaba el inicio de una cordillera nacida en el agreste norte, por lo que su orografía era excepcionalmente abrupta. "¡Rápido!" Como si hubieran alcanzado a escuchar sus palabras, la ferocidad de los jinetes perseguidores se tornó aún más implacable. Su determinación de frenar la alfombra a toda costa antes de que alcanzara la falda de la montaña era más que evidente. ¡Ruuuuumble! Una persecución frenética al límite. En medio de aquel trance donde detenerse significaría una captura inevitable, un estruendo ensordecedor semejante a un trueno retumbó de súbito desde la ciudad. "¡Puaj!" "¡Aaaagh!" A la par de aquel bramido, la alfombra en la que viajaban comenzó a aletear sin fuerzas, perdiendo sustentación. Y junto a ella, le ocurrió lo mismo a los jinetes del ejército central que les pisaban los talones. Ante el rugido salvaje de Sarnus, quien al fin se había despojado de los grilletes del pacto, no solo los caballos de carne y hueso, sino incluso el misterio imbricado en la alfombra perdieron su poder y comenzaron a tambalearse. ¡Cataplúm! ¡Bum! Entre corceles que colisionaban y rodaban enredados en el caos, la alfombra de Nibelung terminó hundiéndose irremediablemente contra el suelo. Arrastrados por la inercia con la que se desplazaban, todos los miembros del grupo salieron despedidos, revolcándose aparatosamente por el áspero páramo en una caída atroz. "Uuuugh..." "Aaaah..." Entre la densa tolvanera que se alzó en el aire, el lugar se llenó de los lastimeros quejidos del grupo. "¡Cof! ¡Puaj!" Sin embargo, quien padecía un tormento infinitamente más insoportable que el anciano Pierre era Radu; aquel rugido monumental emanado desde el mundo del dragón resultaba mucho más letal para él que para cualquier otro de los presentes. "Padre... Padre, me equivoqué... Perdóname..." Aunque invisible a la vista, la abrumadora presencia de Sarnus se palpaba en el ambiente. Al contemplar a Radu suplicar clemencia incapaz siquiera de incorporarse, Kihano desenvainó su espada como si no quedara otra alternativa. "Prestadme vuestro misterio y vuestra divinidad. Ahora es el único camino que nos queda". Quizás aturdidos por el espantoso rugido del dragón, los jinetes que los habían perseguido yacían derribados allá adelante; no obstante, los estandartes que se divisaban a la distancia continuaban avanzando implacables hacia ellos. '...' El dragón más ancestral, marchando hacia él respaldado por un ejército de decenas de miles. En ese preciso instante en que un torbellino de pensamientos cruzaba la mente de Kihano ante aquel tétrico y desesperanzador panorama, un pequeño surco comenzó a horadarse en la tierra desde la montaña a sus espaldas. "Cuando camino a solas por el valle del abismo..." "¿Q-Qué se supone que deba sacar en un momento como este?" La sofocante presión de Sarnus sobre el grupo se volvía cada vez más despiadada. Hasta el punto de que ahora Nibelung y Pierre, que carecían de linaje draconiano, también podían percibirla con claridad. Su presencia, que había comenzado como una marea informe, cobraba ahora una solidez asfixiante que los aplastaba, por lo que el crujido del suelo hundiéndose a su alrededor no era una mera alucinación de Kihano. ¡Toc! Avanzando más allá del sacerdote que recitaba las sagradas escrituras y del mago presa del pánico, el surco originado en la montaña alcanzó finalmente la puntera de la bota de Kihano. Absorto en sus cavilaciones, Kihano no había advertido su aproximación hasta sentir aquel leve toque contra su pie, lo que le obligó a bajar la mirada. "… ¿Eh?" Era una criatura minúscula. No obstante, lejos de acobardarse ante el fiero poder del dragón que se cernía implacable frente a ellos, el pequeño ser alzó su dedo con aún más resolución. ¡Kyuuu! ¡Crrraaaack! Con un estruendo atronador, la tierra comenzó a desplomarse. Fue como si el dedo en alto del topo hubiera servido como la señal convenida. "¡Aaaaargh!" "¡¿Qué demonios es esto?!" Un foso tan abisal que parecía conducir a una caverna sin fin. Al presenciar cómo el terreno colapsaba bajo sus pies sin el menor indicio previo, incluso los ojos de Kihano se abrieron desmesuradamente. ¡Kyu, kyu! Al ver al grupo precipitarse al vacío junto a él, el topo sonreía como si por fin hubiera cumplido su cometido. Era el espíritu de la tierra, que tras recorrer la vasta cordillera que nacía en el norte, había descendido finalmente hasta este paraje. Con su pequeño dedo todavía erguido, el topo resplandecía con un fulgor áureo, conservando su brillo original tal y como lo había hecho en Dobrechti. \----- • Autor: Q10 • Traductor: Inmensurable ⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨
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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 237

Estás leyendo el capítulo 237 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.