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Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 235 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Era un callejón sucio y sombrío. Un callejón de esos en los que, a cada paso que se daba, la basura tropezaba inexorablemente contra la punta de las botas. Sin embargo, en los ojos de quienes corrían por aquel callejón en este instante, anidaba una urgencia imposible de ocultar. "¡Silencio! ¡Están cerca!" Ante la apremiante advertencia que soltaban los hombres, de las bocas de la multitud volvieron a brotar gemidos ahogados. Ancianos, mujeres e incluso niños pequeños. Eran personas que debían abandonar una vez más un callejón al que apenas comenzaban a tomarle afecto; no obstante, ante la sola presencia de la Orden de Caballeros Matadragones, hasta el más mínimo atisbo de apego o lamento constituía un lujo inalcanzable. "Aquí estaban." A pesar de sus desesperados esfuerzos por contener el aliento, un hombre terminó por cortarles el paso en mitad de la callejuela. El sujeto, que exhibía con orgullo en su coraza el blasón de la Casa Dragulia, ladeaba la cabeza mientras contemplaba a los refugiados de la tribu Luga congregados ante él. "Tienen apariencia de gatos, pero sus actos son los de vulgares ratas." A espaldas del hombre, que esbozaba una burla despectiva, comenzaba a elevarse una densa cortina de humo recién nacida. Aquel humo, impregnado de un penetrante aroma a tabaco, cubría paulatinamente los callejones, aunque no parecía haber sido suficiente como para nublar la visión del caballero que acababa de interceptarlos. "Sea como fuere, a estos engendros de la raza de las bestias no se les puede quitar el ojo de encima ni un segundo; no hacen más que parir crías a montones." Bajo la mirada lúgubre del caballero, cortante como una hoja de acero, los niños de la raza de las bestias permanecían paralizados, incapaces de articular un solo movimiento. Era como si hubieran quedado aterrados por aquellos ojos gélidos que se negaban rotundamente a considerarlos sus semejantes. "¿... Mmm?" El ademán de los hombres de la tribu Luga, que empuñaron sus espadas pretendiendo hacerle frente, resultaba patético. No obstante, el caballero de la Orden de Caballeros Matadragones no pudo permitirse sonreír ante tan pobre espectáculo. "¿Quién anda ahí?" Hasta hacía solo un instante, allí no había la menor presencia, pero ahora sentía una mirada clavada directamente en su espalda. Y esa mirada se volvía cada vez más asfixiante, acompañada por el compás de unas pisadas firmes y resonantes. "Qué sujeto tan desprovisto de modales." "¡...!" Era una cabellera escarlata. Ese era el color distintivo del hombre que lo observaba desde el interior de la humareda creciente. Incluso en medio de aquel paisaje blanquecino y brumoso, aquel individuo irradiaba una presencia sobrecogedora; un hombre al que el caballero conocía a la perfección. "¿Acaso no es elemental presentarse primero antes de exigir el nombre ajeno?" Al toparse con un rostro tan familiar en un paraje completamente insólito, la perplejidad inundó el semblante del caballero. Y con justa razón: el Radu Dragulia que él recordaba debía ser un anciano moribundo, despojado por completo de su vitalidad. "¿Ra... Radu Dragulia?" "Puesto que me reconoces, supongo que en verdad perteneces a la Orden de Caballeros Matadragones." Radu avanzaba pisando el humo que fluía como un torrente a lo largo del callejón. Caminaba en dirección al caballero, quien no sabía cómo reaccionar ante su sola estampa. En aquella figura de Radu que acortaba distancias, por alguna extraña razón, no se vislumbraba el más leve indicio de debilidad o decrepitud. "Aun así, si me reconociste, debiste haber huido de inmediato." ¡Krac! "¡Kgh!" Al contrario, emanaba un ímpetu incomparablemente más siniestro y despiadado que en el pasado. Aunque el caballero se había puesto en máxima guardia ante semejante presencia, el frío aterrador que le perforó el pecho se produjo en un abrir y cerrar de ojos. Aquel era un movimiento a una velocidad inconcebible para el Radu que él conocía; sin embargo, en un parpadeo, esas pupilas azules ya se encontraban clavadas justo frente a su rostro. "Ghh..." "Te lo he dicho: soy Radu Dragulia." La expresión de Radu, quien sonreía con socarronería como burlándose de una presa indefensa, permanecía pálida. Sin embargo, sus colmillos prominentes conservaban un tinte carmesí, como si acabara de engullir un trago de sangre fresca. "Veamos un poco." "¡Aaaargh!" Radu alzó hacia lo alto la espada con la que acababa de empalar al caballero. Los estertores y forcejeos del hombre, incapaz siquiera de exhalar una bocanada de aire, resultaban lastimeros; no obstante, Radu se limitó a sonreír, deleitándose serenamente con los hilos de sangre que resbalaban por la hoja. "... Ya ni siquiera me conmueve ver sangre ordinaria." Murmuró, mientras sus pupilas brillaban con un fulgor azul más intenso que nunca. ¡Zas! Tras partir al caballero en dos mitades con una mirada cargada de hastío, Radu se internó de nuevo con total indiferencia en el callejón colmado de humo blanquecino. Aquel semblante atroz de Radu, sometiendo la violencia con una violencia aún mayor, encarnaba a la perfección la mismísima esencia del dragón que la Casa Dragulia exigía. \* \* \* "..." Mircea contemplaba en silencio el cadáver del hombre de la tribu Luga. Para ser exactos, observaba el extraño trazo que aquel sujeto se había esforzado por dibujar en el muro hasta su último aliento. "Es magia." Aquel varón de la tribu Luga no había soltado la tiza blanca ni en el instante de su muerte. En cuanto terminó de grabar el símbolo en la pared, una densa humareda blanquecina comenzó a brotar y arremolinarse en el callejón donde se hallaba Mircea. Un humo que desprendía una aspereza acre, similar al humo del tabaco al consumirse, lo que obligó a Mircea a fruncir el ceño. "... Y además, obra de un mago bastante refinado." Al volver la cabeza, Mircea no pudo evitar chasquear la lengua ante el entorno, que se había transformado en un abrir y cerrar de ojos. Era la estampa de unos callejones que no dejaban de retorcerse y mutar sin descanso, incluso en el breve lapso de un pestañeo. Cada vez que alguien sacudía la ceniza de una pipa en alguna habitación, o cada vez que expulsaba el humo condensado en sus pulmones, el paisaje que tenía ante sí se desdibujaba y perdía nitidez. "¡Aaaaargh!" "¡Maldito bastardo! ¡¿Quién eres?!" Las voces que resonaban por doquier le resultaban conocidas. Eran alaridos que parecían brotar justo a su lado pero cuya distancia resultaba imposible de calcular; ecos de alaridos que irritaron los sentidos de Mircea antes de desvanecerse en la nada. "Has crecido bastante. Excelente." Mircea, que permanecía inmóvil calibrando la situación, asintió con la cabeza como si ya hubiera adivinado la identidad de quien había acallado aquellos gritos. Los misterios arcanos de la tribu Luga eran ciertamente admirables, pero no poseían el calibre necesario como para cercenar a los caballeros bajo su mando directo. El único espadachín en estos miserables callejones capaz de blandir el acero en nombre de la tribu Luga no podía ser otro más que aquel sujeto. "Sí. Sabía muy bien que serías tú." Confirmando las conjeturas de Mircea, a lo lejos, en la profundidad del callejón, una silueta borrosa entre la bruma comenzó a ondular y abrirse paso. El hombre que emergió atravesando la niebla poseía, al igual que Mircea, una cabellera rubia y ojos azules. "¿A cuántos rebanaste?" "A unos seis, más o menos." Eran palabras que afirmaban haber segado a sus propios subordinados, pero Mircea se limitó a esbozar una expresión de satisfacción. Como si fuera natural que alguien de su misma estirpe supiera partir en dos incluso a los caballeros de élite del imperio. "¿Y qué piensas hacer con el resto?" "Radu se encargará de ellos." Vlad, sacudiendo la espada con indiferencia para despojarla de las gotas de sangre aún adheridas al filo, clavó la mirada en Mircea y dijo: "Le di a beber un poco de mi sangre y resultó ser bastante útil." "......Ja." Mircea dejó escapar un breve suspiro, atónito ante las palabras de Vlad de que había compartido su propia sangre con Radu. "A estas alturas ya deberías ser consciente de que tú también eres un dragón, ¿no?" La perfección transmitida a través de la sangre era una suerte de instinto al que ningún dragón podía evitar aferrarse. Puesto que eran seres nacidos para perseguir la perfección desde el principio, resultaba en cierto modo natural esa negativa a compartir su propio potencial. Sin embargo, la respuesta que brotó de los labios de Vlad no fue la que Mircea esperaba. "Es que no tengo la menor intención de vivir chupándole la sangre a nadie." \*¡Krrr-krrr-krrr!\* En un instante, la tierra comenzó a ceder y a desplazarse alrededor del pie que Vlad afianzó con una fuerza colosal. Al mismo tiempo, desde su ojo izquierdo cerrado, una línea dorada empezó a deslizarse hacia abajo. Aquel trazo, extendiéndose como pintura derramada, flotaba a su lado sin llegar a tocar el suelo. "No pienso vivir como ustedes." En medio del descampado anegado de niebla, Vlad declaraba su determinación. No viviría según los dictados de la sangre que había heredado. Como dispuesto a quebrar la correa impuesta bajo el nombre de instinto, Vlad se preparaba en ese preciso instante para descargar un único golpe. \* \* \* \*¡Baaaaang!\* Un estruendo titánico, que nadie habría podido prever, resonó a lo largo y ancho de la ciudad de Namarka. Incapaz de ser contenido siquiera por la barrera levantada a duras penas, aquel sonido fue tan descomunal que llegó a oídos de todos los habitantes de la urbe. "......Vaya." En el interior de la estancia vacía, atizando los misterios ancestrales, la Gran Madre de la tribu Luga contemplaba con asombro inocultable su pipa de tabaco, que se había curvado por completo. Era una reliquia transmitida de generación en generación que las matriarcas de la tribu Luga habían empuñado durante toda su vida, y sin embargo, no había sido capaz de soportar la sacudida de aquel único impacto. "Verdaderamente, es el dragón más perfecto." Y, al mismo tiempo, el más noble caballero. Cualquiera de esas dos cosas por sí sola ya habría bastado para maravillar al mundo entero, pero Vlad albergaba ambas en su ser; tanto así, que la Gran Madre sentía que su mente casi desfallecía ante la magnitud de su inconmensurable potencial. \*¡Claaaang!\* "¿En qué se convertirá esta vez? ¿En qué...?" Se le llamaba potencial precisamente porque era capaz de convertirse en cualquier cosa. Y la cristalización definitiva de ese potencial era, sin duda, el dragón más perfecto. No obstante, en la era pasada, el dragón más perfecto había aplastado y pisoteado todas las posibilidades de este mundo con el único fin de remontar el vuelo en soledad, dejando cicatrices de las que la mayor parte de las razas, incluida la de las bestias, aún no lograba recuperarse. "Ruego que su decisión sea la correcta, noble caballero." Tras vacilar un instante con aquellas palabras, la Gran Madre de la tribu Luga sacudió las cenizas de su pipa con dedos temblorosos. La agitación que emanaba de Vlad, imposible de contener por más que se intentara, ya había alcanzado una magnitud tal que incluso el dragón más ancestral, en los confines más remotos, sería capaz de advertirla. \* \* \* \*¡K-k-k-kraaaack!\* El fragor de los edificios desplomándose era ensordecedor. Eran los alaridos desgarradores de los caóticos e intrincados callejones de Namarka. "¡Has crecido bastante!" Aunque elogiaba a su adversario, la habitual compostura de Mircea se había evaporado por completo de sus facciones. Había tenido que encajar de lleno un golpe de Vlad que resultaba demasiado veloz para eludir y excesivamente pesado para desviar. "¡Parece que ya no te hace falta tener a Rutger a tu lado!" En Bastopol, la ciudad del Duque de Acero, Vlad había estado muy por debajo de Mircea. En aquel entonces, apenas si alcanzaba el nivel necesario para hacerle frente combatiendo hombro a hombro junto a Rutger, pero el Vlad de ahora parecía haber ascendido a una cumbre completamente distinta. \*¡Booooom!\* Ante el feroz e implacable ímpetu de la espada blandida por Vlad, Mircea fue repelido una vez más, quebrando y derribando muros a su paso. Sin embargo, en medio de la densa polvareda de escombros provocada por las estructuras colapsadas, el trazo continuo de luz dorada que Vlad dibujaba permanecía nítido, cautivando la mirada de Mircea como si fuera un halo suspendido sobre la línea del horizonte. "¿Por qué hablas tanto mientras peleamos?" "Es que me causas orgullo." "¿Orgullo? ¡Al carajo con tus estupideces!" No obstante, la luz que pugnaba por emerger a través del mundo interior de Vlad se percibía hoy extrañamente sofocada, como si se alzara en medio de una densa bruma marina. "¿Acaso no me engendraron con el único propósito de devorarme?" Aunque se esforzaba por mantenerlo oculto, en la voz de Vlad vibraba un irremediable rencor dirigido hacia el Duque de la Sangre de Dragón. "Enterarme del secreto de mi nacimiento por boca de otro fue la mierda más repugnante que he tenido que soportar." El filo entrelazado comenzó a volverse tan pesado como la cólera que Vlad albergaba en su pecho. Ante un equilibrio de fuerzas que empezaba a inclinarse de forma aplastante en su contra, Mircea no tuvo más opción que callar. "......Al final, la única que me da lástima es mi madre. Por haberse desgarrado para parir a un inútil de mierda como yo." Habiendo nacido como el bastardo de una ramera, jamás esperó nada de la figura de un padre. A lo sumo, había llegado a pensar que, si en algún momento de su vida se cruzaba con aquel hombre a quien llamaban su padre, tal vez podrían compartir un trago juntos. Sin embargo, la verdad que había terminado descubriendo a través de Radu aniquiló sin piedad hasta el último vestigio de esperanza que Vlad conservaba. "Los detesto. Maldita Casa Dragulia. De verdad tengo tantas ganas de matarlos a todos que no puedo soportarlo." La semilla de dragón esparcida en el norte. Vlad. Pensar que la única razón por la que un hombre como él había venido al mundo era para terminar sirviendo de bocado a otro. \*Vvvv-vvvv-vvvv—\* La espada vibraba con un lamento. La Espada Matadragones, comprendiendo la furia y el dolor de su amo, le gritaba a aquel hombre de cabello rubio y ojos azules que él no había nacido para vivir de semejante manera. \----- • Autor: Q10 • Traductor: Inmensurable ⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨
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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 235

Estás leyendo el capítulo 235 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.