Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 234 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Bajo el Árbol del Mundo Madre, donde revoloteaban al viento las hojas de arce escarlatas, Kihano contemplaba en silencio a Vlad, quien permanecía sentado con la cabeza hundida entre las rodillas. Y es que la espalda de Vlad, sentado y mudo tras haber huido hasta el mundo de otro, le recordaba inevitablemente a su propia estampa en tiempos pasados.
"\[... En el corazón de Frausen hay incrustado un fragmento de dragón\]".
No le resultaba sencillo articular palabra, pero al ver la espalda encorvada de Vlad, que no daba señales de querer incorporarse, Kihano decidió hablar. Aunque no fuese el camino adecuado, alcanzaba a sopesar el peso de la aflicción que abrumaba al muchacho.
"\[Aunque solo sea por un instante, si consigues detener ese fragmento, Frausen también cerrará los ojos por fin\]".
El Rey Fundador y Maestro de la Espada. Por más que hubiese sido resucitado de una manera tan vil y miserable, para Vlad constituía una muralla insalvable. Kihano comprendía a la perfección que, para doblegar a semejante figura, Vlad ya no podría limitarse a perseguir los métodos ortodoxos.
"¿Cómo?".
"\[Divide tu mundo\]".
No para quebrar al resucitado Maestro de la Espada, sino al fragmento de dragón que este cobijaba en su pecho. Aquel era un sendero que solo Kihano, quien ya había quebrantado la perfección en el pasado, estaba en condiciones de sugerir.
"\[A través de tu mundo así fragmentado, inflige una mella en la perfección que posee el fragmento\]".
Vlad alzó la cabeza con lentitud ante el tono de Kihano, que sonaba distinto al habitual. Para Vlad, la existencia conocida como Kihano siempre había sido un faro que únicamente le señalaba el sendero recto y justo; sin embargo, en aquel instante, resplandecía con una aspereza feroz.
"\[... Para herir el mundo de otro, uno mismo debe estar dispuesto a salir herido\]".
Los ojos de Kihano, con los que se cruzaron los suyos, denotaban cierta melancolía. La hondura de aquel pesar, difícil de concebir para Vlad, provenía de memorias de un pasado sumamente remoto, y a la vez se volcaba sobre el joven caballero que ahora debía abrirse paso a través de una realidad despiadada.
"\[Caballero Vlad. ¿Estás preparado para ser herido con tal de cumplir con tu deber?\]".
Aquel que cargaba las heridas más profundas del mundo entero preguntaba. Preguntaba a quien, a partir de ahora, saldría herido en su lugar.
"......".
'A tus ojos, ¿cómo me veo en este momento?'.
En medio del prolongado silencio que guardaba Vlad, Kihano rememoró a aquel dragón más perfecto al que se había enfrentado en tiempos remotos. Por tratarse de una posibilidad radiante, el dragón más perfecto había sido capaz de adoptar cualquier forma imaginable; sin embargo, hasta el instante mismo de su muerte, jamás llegó a saber qué era lo que él mismo deseaba ser.
"...... No hace falta que seas tan considerado conmigo, Kihano".
Pese a todo, la respuesta que brotó de Vlad tras la pausa fue muy distinta a la de aquella época.
"Al fin y al cabo, soy alguien que juró hacer exactamente eso desde el principio".
Nacidos de la misma entidad primordial, mas ofreciendo respuestas completamente dispares. Al escuchar lo que Vlad decía ahora, Kihano pudo confirmar que la elección tomada en aquel tiempo no había sido errónea. A diferencia de aquel dragón más perfecto del pasado, el Vlad que tenía ante sí era alguien que sabía con total certeza quién era.
\* \* \*
"¡Abran paso!".
"¡Guardias, abran las puertas de la ciudad!".
En el preciso instante en que Vlad y la Gran Madre se miraban cara a cara, un tumultuoso repiqueteo de cascos de caballos estremeció las murallas de la ciudad de Namarka. Era el estruendo de unos quince corceles que galopaban a toda marcha. No obstante, los centinelas encargados de custodiar las puertas, lejos de detener a los jinetes que se abalanzaban, se apartaron a toda prisa al divisar el estandarte que marchaba a la cabeza.
"¿La Orden de Caballeros Matadragones?".
"Pero ¿por qué esta gente...?".
Una urbe carente de un señor legítimo y, por ende, sin nadie dispuesto a asumir la responsabilidad. Hacia aquella ciudad avanzaban implacables los estandartes. Erguidas con una ferocidad tan temible que parecía dispuesta a rebanar a cualquiera que se cruzara en su camino, las banderas exhibían el trazo de una larga línea cercenando el cuello de un dragón.
"¿Dónde estás, Vlad?".
Al contemplar la ciudad en la que acababan de irrumpir, los ojos de Mircea brillaron con un fulgor azulino. La presencia de Vlad, perceptible con absoluta nitidez debido a la cercanía, hacía palpitar su corazón con violencia.
"...... Es por allí".
Aunque no alcanzaba la talla de su padre, el Duque de la Sangre de Dragón, Mircea era el primogénito legítimo que había asimilado por entero la sangre y la disciplina marcial de los Dragulia. Al explorar el Mundo del dragón a través de su ojo izquierdo cerrado, Mircea confirmó cómo un mundo dorado ondulaba al fondo de un callejón visible a la distancia.
"Todavía sigues recluido en lugares que no te corresponden, Vlad".
A pesar de poseer una sangre noble y proyectar una luz espléndida, su medio hermano continuaba refugiado únicamente en rincones miserables. Aunque era un adversario al que debía medirse, semejante estampa le disgustaba en extremo; Mircea frunció el ceño y apretó con fuerza las riendas de su montura.
"En marcha".
"¡Sí, señor comandante!".
El último refugio de la tribu Luga, que durante incontables eras jamás conoció un reposo apacible y solo se dedicó a vagar sin rumbo. Hacia aquel rincón avanzaban los estandartes del dragón, cabeceando con un vaivén funesto. Igual que la mirada de Mircea, quien avanzaba encabezando a la Orden de Caballeros Matadragones.
\* \* \*
"¡Gran Madre!".
Una voz apremiante quebró el aire tenso y paralizado de la habitación. La pesada atmósfera que reinaba al abrir de par en par la estancia no era algo que cualquiera osara turbar a la ligera, pero para el varón de la raza de las bestias que acababa de irrumpir, nada de eso importaba en lo más mínimo.
"¡Es la Orden de Caballeros Matadragones! ¡La Orden de Caballeros Matadragones avanza hacia aquí a toda prisa!".
"......".
Habiendo discernido a Kihano dentro de Vlad y, en consecuencia, comprendido qué clase de existencia era aquel muchacho al albergar a Kihano, la Gran Madre de la tribu Luga posó la pipa que sostenía ante la repentina y nefasta noticia.
"Al final, todo termina resultando de este modo".
La mirada con la que contemplaba a Vlad se ensombreció por completo. Aunque hacía apenas un instante había asimilado cuán misteriosa era la presencia ante sus ojos, para los suyos los dragones jamás dejaban de ser más que heraldos de la desgracia.
"Ustedes siempre acaban pisoteando nuestras tierras. Tanto en los tiempos más remotos como en el presente".
"......".
Por más que fueran incontables las posibilidades pisoteadas por los dragones a lo largo de la historia, nadie había padecido una tragedia tan desgarradora como los miembros de la raza de las bestias, quienes no solo perdieron su territorio ancestral, sino que terminaron viéndolo hundirse en el abismo del mar. Quizás fuera debido a semejante rencor que habían transmitido un misterio semejante a una maldición al Maestro de la Espada.
"Yo soy diferente de los que están afuera. Al fin y al cabo...".
"Por mucho que te empeñes en explicarlo con palabras, no te conozco".
Los gritos que resonaban en el exterior se tornaban cada vez más ensordecedores. Eran los alaridos caóticos y desesperados que proferían los hombres-bestia de la tribu Luga ante la intromisión súbita de seres contra los cuales no tenían forma de oponer resistencia.
"Por lo tanto, entrégame tu daga".
"¿Mi daga...? ¿Por qué tan de repente?".
Por mucho que él afirmara ser distinto, a los ojos de la Gran Madre de la tribu Luga, la faceta del Vlad que tenía delante no dejaba de ser la de un dragón.
Y no se trataba de un dragón cualquiera, sino de los vestigios del dragón más perfecto, transmitidos una vez más a través de un linaje innato: tal era la verdadera naturaleza de Vlad que la Gran Madre acababa de discernir. Sin embargo, la situación que encaraban era apremiante y no contaban con nadie a quien pedir auxilio, por lo que la Gran Madre de la tribu Luga se vio forzada a tomar una decisión.
"Si deseas convencerme y recibir además el grabado para dar muerte a un dragón, tendrás que entregármela de inmediato".
Con aquellas palabras, la Gran Madre de la tribu Luga extrajo una gran pluma sujeta a su vincha y procedió a sumergirla en un recipiente de tinte azabache que reposaba a su lado. A pesar de haberla introducido apenas un poco, la pluma, antes vistosa y colorida, se volvió de un negro impenetrable, delatando que se trataba de un sortilegio forjado a través del misterio.
"Los dragones son criaturas codiciosas que jamás sueltan lo que aferran en sus manos. Porque pretenden alcanzar la perfección acumulando todo cuanto toman".
Empuñando la pluma impregnada de tinta, la Gran Madre de la tribu Luga comenzó a trazar una figura sobre la daga de Vlad. No parecía más que un dibujo plasmado con tinta, pero, por algún motivo, fue arraigando en la daga de Jorge hasta convertirse en un diseño indeleble.
"Pero como aseguraste ser distinto, demuéstralo con esto".
En medio de los apremiantes gritos que resonaban desde el exterior, el trazo quedó finalmente completado y, sobre la daga de Jorge, se grabó una marca de una negrura absoluta. Aunque no había hecho más que deslizar la pluma por la superficie, el grabado se había fijado con tanta firmeza como si lo hubiesen incrustado a golpe de martillo, adoptando la forma de un lazo provisto de afiladas púas erizadas.
"Veremos si de verdad eres diferente a los demás dragones".
"......".
Al recibir la daga, Vlad no articuló palabra, pero comprendió a la perfección lo que la Gran Madre de la tribu Luga esperaba de él.
Criaturas que solo poseían y jamás compartían: tales eran los dragones. Sin embargo, la Gran Madre le estaba advirtiendo que, si deseaba demostrar su sincera resolución, debía someter incluso los propios instintos del dragón.
\* \* \*
"Grrrgh...".
Sentado dentro de la celda, Radu tiritaba de pies a cabeza presa de un repentino escalofrío. Su rostro palidecía hasta quedar blanco como la cal, mostrando un aspecto tan demacrado que cualquiera habría advertido que su estado distaba de ser normal.
"¿Qué te ocurre? ¿Acaso has pescado un resfriado?".
"Urrgh... Ya viene... Ya está aquí".
Pierre, que se encontraba a su lado, se aproximó a Radu mientras este temblaba convulsivamente, pero el origen del escalofrío que lo estremecía no radicaba en la enfermedad, sino en el terror.
"Es-Está cerca... Mircea... Mircea ha venido".
"¡...!".
El hijo de Dragulia que, después del Duque de la Sangre de Dragón, había heredado la sangre draconiana más concentrada. Por muy debilitado que se encontrara, Radu seguía siendo un dragón por derecho propio y, por ende, era capaz de percibir la proximidad de Mircea. Sin embargo, aquella presencia que se aproximaba momento a momento no era para él otra cosa que una sentencia de muerte.
"Tenemos que salir de aquí ahora mismo, tenemos que...".
"¡Guardias!".
Consciente de la gravedad del asunto, Pierre llamó a voces a los carceleros que debían vigilar fuera de la celda, pero solo obtuvo un vacío silencio por respuesta. Tan apremiante debió de haber sido la urgencia que los guardias habían huido sin dejar a un solo hombre atrás; por consiguiente, los únicos que permanecían en la prisión eran Pierre y un Radu estremecido por el pánico.
"¡Vlad! ¡Por aquí!".
Sin embargo, el clamor de Pierre no fue en vano, pues desde la penumbra que se extendía más allá de las antorchas emergieron figuras que se aproximaban a toda prisa. Al distinguir aquellas siluetas familiares, Pierre agitó los brazos con desesperación para señalar su ubicación.
"¿No tienen la llave?".
"¡¿Acaso crees que seguiría encerrado aquí si hubiera tenido la llave desde el principio?!".
"Entonces apártense".
¡Crac!
Pierre le había increpado con exasperación ante semejante pregunta absurda, pero enmudeció al instante al ver cómo los barrotes se venían abajo en pedazos. Por muy oxidados que estuvieran, frente a la espada que Vlad blandió con fuerza implacable, parecían simples cañas secas.
"Levántate".
"¡Argh!".
Al ingresar en la celda, Vlad obligó a ponerse en pie a Radu, quien aún tiritaba repitiendo que Mircea había llegado. Radu, ya de por sí prematuramente envejecido, quedó suspendido precariamente bajo el tosco tirón de Vlad.
"Dijiste que acabaste así porque te arrebataron la sangre, ¿no?".
"A-Así es".
Los ojos con los que Vlad miraba fijamente a Radu brillaban con un fulgor azulino. Aquella mirada, perceptible para Radu al pertenecer a la misma estirpe de los dragones, comenzó a disipar con lentitud las briznas de terror alojadas en su alma.
"Entonces, ¿qué hay que hacer para que recuperes tu juventud?".
"¿Qué?".
"¡Atraigan a esos bastardos al interior del callejón!".
"¡Pongan a salvo a la Gran Madre primero!".
Los gritos que resonaban fuera de la prisión cobraban cada vez mayor fuerza. Aquello denotaba que la Orden de Caballeros Matadragones se hallaba tan cerca que su avance se advertía únicamente por el clamor, y también significaba que a Vlad apenas le quedaba tiempo.
"¿Basta con que bebas sangre otra vez? ¿Rejuvenecerás con eso?".
"......".
"En tal caso, no sé si a Mircea, pero ¿podrás contener a los demás caballeros?".
Radu Dragulia. El bastardo incompleto que había heredado los ojos azules, mas no la deslumbrante cabellera dorada. Aunque ahora su propio padre le hubiese arrebatado todo su potencial, él también había gozado de una época en la que brilló con esplendor como caballero.
"¡Por supuesto! ¡Dentro de la Orden de Caballeros Matadragones, los únicos capaces de detenerme a mí, Radu Dragulia, eran mi padre y Mircea!".
Pese a su arrogancia, ante la vehemente fanfarronería de un Radu que parecía haber recobrado su antiguo temple, una fugaz sonrisa asomó al rostro de Vlad. Sin embargo, en contraste con esa leve expresión, un corte profundo ya se abría paso en la palma de su mano.
"No olvides por qué te entrego esta sangre".
"¡...!".
A lo largo de la daga con el extraño grabado, gruesas gotas de sangre caían una a una sobre el suelo de la celda. Al reconocer el resplandeciente potencial del dragón que refulgía en su interior, los ojos de Radu se inyectaron en sangre.
Una sangre de dragón tan densa que no podría obtenerse ni cazando a docenas de bestias de su linaje. Aquella sangre goteaba con lúgubre cadencia, tentando irresistiblemente a Radu.
"Ayúdame a contener a la Orden de Caballeros Matadragones, Radu Dragulia".
"¡Gup...! ¡Gulp...!".
Como si no tuviera tiempo ni para respirar, Radu abrió la boca de par en par hacia las gotas de sangre que descendían. Pese a ser gotas diminutas, a medida que tragaba cada una de ellas, el vigor de su potencial fue colmándose, y Radu volvió a tomar conciencia de que él también era un dragón.
"¡Krrraaaagh!".
Con cada convulsión de su nuez de Adán, sus colmillos se alargaban visiblemente y la musculatura de todo su cuerpo comenzaba a hincharse con ímpetu renovado. Y con cada trago de la sangre de Vlad, una serie de marcas de forma insólita se estampaba alrededor de su cuello.
"Por todos los cielos...".
Al contemplar a Vlad compartiendo su propio potencial y a Radu engulléndolo con una voracidad insaciable, Pierre se quedó mudo por un instante. Fue entonces cuando sus ojos captaron los extraños grabados que se propagaban sin tregua en torno a la garganta de Radu.
Dichos grabados se extendían lentamente con una negrura absoluta alrededor de su cuello, asemejándose a un lazo trenzado con ramas de espino.
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• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨

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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela)
Capítulo 235
El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 234
Estás leyendo el capítulo 234 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.