Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 231 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Aunque era la época en que el prolongado invierno llegaba a su fin, una atmósfera gélida todavía flotaba en el aire de Sturma. Se decía que se debía a la propia naturaleza del norte, donde el invierno se negaba a retirarse con facilidad, pero eso solo no bastaba para justificar la densa melancolía que impregnaba cada rincón de la mansión.
"… Hay demasiados documentos."
A pesar de ser pleno día, la luz solar resultaba insuficiente en aquel lúgubre despacho. Allí, sosteniendo una pluma, Rutger contempló las pilas de papeles acumuladas a ambos lados de su asiento y su semblante volvió a endurecerse.
"No tiene fin. Simplemente no tiene fin."
Eran asuntos que había pasado la noche en vela resolviendo, pero las tareas de hoy habían vuelto a acumularse. Al ver aquellos documentos que lo aguardaban una vez más, Rutger se pasó las manos secas por la cara, sintiendo que perdería la cabeza.
Toc, toc, toc.
"Adelante."
El sonido de los golpes en la puerta fue breve y ligero. Habiendo reconocido ya quién lo buscaba por el eco de sus pasos, Rutger habló sin siquiera levantar la cabeza:
"Lord Rutger. Aquí estaba."
"Últimamente siempre estoy aquí. Parece que tu interés en mí ha disminuido, Dorothea."
Hablaba en tono de broma, pero la comisura de sus labios al sonreír denotaba una profunda amargura. Las tareas se multiplicaban al mismo ritmo frenético en que cambiaba la situación política. Al encontrarse frente a Rutger, Dorothea vaciló unos instantes, moviendo los labios ante la actitud sombría que él proyectaba.
"Tengo un despacho para usted."
"¿De parte de quién?"
"Es un despacho que vino de parte de… Sir Vlad."
Por esa razón, apresuró la mención del nombre de Vlad. Atribuirle el respetuoso título de 'sir' a aquel muchacho que ni siquiera sabía montar a caballo como era debido resultaba sumamente extraño, pero ver a Rutger abrir los ojos con sorpresa pareció servirle de pequeña recompensa.
"¿Qué ocurre? ¿Había alguna razón para que él se pusiera en contacto conmigo por separado?"
Para Rutger, el nombre de Vlad era sin duda grato de escuchar, pero en igual medida era un nombre que le provocaba inquietud. Sabía perfectamente que la melancolía que ahora deambulaba por la mansión había tenido su origen justo al lado de Vlad.
"… ¿Se trata de Josef?"
"No. No es nada de eso."
Dorothea apoyó con cuidado las notas que traía consigo y abrió la boca:
"No conozco el motivo, pero me preguntó acerca de la tribu en la que nací."
"¿Tu tribu?"
Ante una respuesta del todo imprevista, los ojos de Rutger se entornaron. No guardaba relación con el asunto de Josef, ni tampoco con Radu o Pierre; de la nada, se trataba de Dorothea.
"¿Y le respondiste?"
"… Bueno. No había ninguna razón para no decírselo."
A diferencia de otras razas que echaban raíces y vivían en un solo lugar, la raza de las bestias, habiendo perdido su territorio ancestral, solía vagar sin cesar de una ciudad a otra. Para dar con el paradero de aquellos miembros de la raza de las bestias, resultaba inevitable contar con la ayuda de alguien de su misma tribu.
"Me dijeron que este año se encuentran en la ciudad de Namarka."
El dedo que señalaba el mapa desplegado sobre el escritorio se detuvo en un punto específico. La ciudad de Namarka. Una urbe ubicada en las proximidades del sur, dentro de las tierras centrales. No obstante, la mirada de Rutger no se fijaba en el dedo de Dorothea, sino en el despacho de Vlad que ella acababa de dejar sobre la mesa.
"… No sé qué es lo que planea hacer, pero de seguro se las arreglará bien."
Dado que a través de un despacho arcano solo se podían intercambiar mensajes breves, este se limitaba a unas cuantas palabras. Por esa misma razón era un mensaje redactado con suma precisión, pero al final de las palabras de Vlad figuraba, sin lugar a dudas, un saludo de cortesía dirigido a cierta persona. Aunque no fuesen más que unas pocas palabras, en estos momentos no habría un consuelo más grande que aquel para la señora Oksana, quien había perdido toda su vitalidad.
\*\*\*
"Ya sea Namarka o Nimirka, ¿por qué demonios tiene que estar en un lugar tan recóndito?"
Quizás porque la tierra congelada comenzaba a derretirse, el sendero por el que avanzaban era puro fango. A pesar de ir a lomos de su caballo, el lodo salpicaba hasta sus muslos, lo que hacía que Radu frunciera el ceño y refunfuñara sin parar.
"Si vas a seguir quejándote, lárgate al norte."
"…."
Sin embargo, ante la lúgubre voz que resonó a su lado, Radu no tuvo más remedio que cerrar la boca de inmediato. Aunque era cierto que el destino hacia el que se dirigían no era de su agrado, seguía siendo infinitamente mejor que marchar hacia el norte.
"Solo lo decía por hablar. ¿Por qué tienes que ser tan extremista? ¿Acaso todos los norteños son así?"
"Sí. Todos somos sumamente extremistas. Así que haz el favor de callarte la maldita boca."
No solo eran extremistas, sino que tenían un temperamento insoportable. No obstante, dado que la persona que sostenía la cuerda de su vida era precisamente Vlad, Radu se vio forzado a enmudecer.
"Te digo que regresemos al norte ahora mismo. ¿Por qué tienes tantas ansias de meter la cabeza en las fauces del dragón a cada instante?"
"Ya es tarde. Nos dijeron que no podemos pasar, ¿qué otra cosa quiere que haga?"
El grupo que había partido del territorio de Arnstein no avanzaba hacia el norte en ese momento, sino que, por el contrario, se dirigía hacia una ciudad situada en el sur. A Pierre tampoco le agradaba aquella dirección y comenzó a refunfuñar, pero Vlad tenía un motivo plenamente justificado para marchar hacia ese lugar.
"Marcus me dijo con claridad que el camino hacia el norte está completamente infestado por la facción del Duque de la Sangre de Dragón. ¿Acaso cree que con los pocos que somos podremos atravesar todo eso?"
"¡Maldita sea! ¡En definitiva, no hay una sola cosa que me agrade de esos malditos bastardos de los dragones!"
"… ¿No estará diciendo eso para que lo escuche yo, verdad?"
El Condado de Arnstein estaba ubicado en una zona cercana al centro de las tierras centrales. Eso significaba que, para que Vlad pudiera dirigirse hacia la seguridad del norte, debía cruzar bastantes territorios de las tierras centrales, lo que en última instancia implicaba que sería prácticamente imposible romper el cerco tendido por la Orden de Caballeros Matadragones. Por supuesto, Vlad no había tenido la más mínima intención de marchar hacia el norte desde un principio.
"Hay señoríos que el Conde Arnstein anotó personalmente para nosotros. A partir de ahora, avanzaremos hacia el norte siguiendo los territorios donde se encuentra la facción del Duque de la Corte, tal como él nos indicó."
Ante las palabras de Vlad de que elegirían únicamente lugares seguros siguiendo la ruta más confiable posible, incluso Pierre se vio obligado a asentir con la cabeza a regañadientes.
"¡Ya se ve! ¡Allí está Namarka!"
"Ah. Parece que hoy al fin podré dormir en una posada."
Junto al suspiro de alivio que exhaló Radu, al final del dedo que señalaba Nibelung al frente, se divisó una ciudad que se extendía de forma desordenada. La urbe, rodeada por una empalizada de madera que no podía ser más precaria, daba una impresión peligrosa y frágil; sin embargo, las siluetas de las personas que pululaban en su interior mostraban una actividad incesante y caótica.
"… Conque Namarka."
Vlad, que contemplaba la panorámica de Namarka desde lo alto de la colina junto a Noir, comenzó a sonreír con ferocidad ante el espeso hedor que le recordaba, de algún modo, a su tierra natal.
"Ver ese lugar me devuelve la calma después de tanto tiempo".
La ciudad de Namarka. Un territorio que tres señores feudales vecinos insistían en reclamar como propio. Precisamente por esa disputa, al no encontrarse bajo el dominio de ninguno de ellos, las gentes de los alrededores solían llamarla la Ciudad de los Forajidos.
\*\*\*
"¿Adónde van?"
"¿Y a ti qué te importa?"
"... Soy un guardia, ¿sabes?"
"Ah, ¿en serio?"
Al cruzar la empalizada de madera que apenas merecía llamarse puerta de muralla, Vlad miró al hombre que lo detenía. El centinela, que lucía una dentadura plagada de huecos notables, mostraba una expresión apática, como si estuviera más que acostumbrado a que lo trataran con semejante desdén.
"Pues debiste decirlo antes. Es imposible distinguirte de los maleantes que tienes al lado".
Por muy desquiciado que estuviera un señor feudal, la norma dictaba que al menos a los soldados apostados en las puertas se les dotara de un equipamiento decente. Sin embargo, la ciudad de Namarka distaba mucho de albergar a un gobernante; bullía de organizaciones criminales, por lo que el aspecto de los guardias no difería en absoluto del de cualquier rufián.
"Identificación".
"No tengo".
A pesar de que Vlad respondió con total desfachatez, el guardia extendió la palma de la mano con pasmosa naturalidad, como si ya se lo hubiera esperado. La fachada del grupo, recreada con vívida maestría por alguien que antaño había vivido en los bajos fondos, encajaba a la perfección con la fila de personas apostadas ante la empalizada, de modo que el centinela no halló motivo alguno para recelar.
"¿En cuánto está la tarifa de peaje hoy en día?"
"Haz tu oferta primero".
"Vamos, no empieces con eso".
Auténtica ciudad de forajidos. Al oírlo recurrir a esa oferta previa, costumbre arraigada casi como una ley no escrita en el norte, Vlad se rascó la frente mientras se apartaba el cabello revuelto. Si bien el porte bien parecido de su rostro, despejado al recogerse el pelo, resultaba llamativo, la sonrisa curtida en sombras callejeras desbordaba una aspereza tan cruda que volvía innecesario preguntar de dónde procedía.
"Dos viejos, un gato y un mocoso...".
Tras relajarse ante la actitud descarada de Vlad, el guardia echó un vistazo a la comitiva que aguardaba detrás. Al observar a los ancianos que tosían con estrépito y al hombre de la raza de las bestias con las pupilas descentradas como las de un bizco, concluyó que formaban una comparsa lamentable de la que poco o nada se podía sacar.
"Tres monedas de plata. A los viejos te los cuento como uno solo".
"Qué buen comerciante. Tómalo".
Con ademanes diestros, Vlad le deslizó las monedas de plata en el pecho al guardia y apresuró el paso para introducir al grupo tras el puesto de control. Pierre, que temblaba de furia contenida, se plantó erguido durante un instante, pero a ojos del centinela no era más que un anciano flaco y desgarbado.
"E-Ese canalla insolente...".
"Tendrá que aguantarse, ¿qué otra opción nos queda? Debemos cruzar por aquí para llegar al siguiente feudo".
Tras apaciguar a Pierre con esfuerzo, Vlad contempló el panorama de Namarka; tal como cabía esperar, era un absoluto desastre.
"... Una ciudad sumida en la perdición. Dios me somete hoy una vez más a prueba".
Mendigos que se abalanzaban en cuanto se abría el más mínimo resquicio y prostitutas que aguardaban de pie en las esquinas de los callejones con el torso descubierto a plena luz del día. Por si fuera poco, los borrachos desplomados aquí y allá estaban en tal estado que ni siquiera resultaba fácil distinguir si estaban vivos o si eran cadáveres.
"Radu. Ven aquí".
"... ¿No se supone que soy tu hermano mayor?".
Aunque Vlad llamaba a su hermano de sangre tal como quien silba a un perro, Radu no estuvo en posición de manifestar su queja. Si seguía a Mircea moriría, y si subía al norte corría el riesgo de terminar encerrado de por vida, de modo que la única persona a la que podía aferrarse era Vlad.
"Guárdate esto en el bolsillo y quédate parado en la calle un momento".
"¿Eh?"
A pesar de no conocer la topografía de la urbe, Vlad, guiado por su experiencia en los callejones, había descifrado el pulso del entorno y se detuvo frente a una avenida donde predominaban los miembros de la raza de las bestias por encima de los humanos. La sutil demarcación en la atmósfera a lo largo del camino indicaba con claridad que, a partir de ese punto, comenzaba el territorio de las bestias.
"¿Y esto para qué?".
"Parece que todavía no lo sabes, pero los norteños somos gente bastante impaciente".
"... ¿En serio?".
"Anda, ve rápido".
Con la bolsa de monedas tintineando en la mano, Radu se quedó plantado en medio de la avenida sin comprender el propósito de la orden. Con esa postura incómoda al borde del camino, como si todo a su alrededor le resultara ajeno, personificaba la viva imagen de un anciano desorientado.
'Parece que no fue solo el cuerpo lo que le envejeció...'.
Oculto en un rincón sombrío fuera de la vista de los transeúntes, Vlad chasqueó la lengua mientras lo observaba. A pesar de haber sido alguien que llegó a liderar a la Orden de Caballeros Matadragones, el Radu actual ni siquiera se había percatado del carterista que acababa de rozarle el costado al pasar.
"Veamos adónde vas".
El ladronzuelo caminaba con fluidez, fundiéndose entre la muchedumbre, pero los ojos azules de Vlad lo tenían perfectamente enfocado. No perdía de vista las orejas erguidas por la tensión ni la cola del joven de la raza de las bestias, que no paraba de agitarse. Tras mirar a su alrededor para cerciorarse de que nadie lo seguía, el menudo carterista comprobó la bolsa que acababa de arrebatarle a Radu y se escabulló en las profundidades de un callejón tenebroso.
\*\*\*
Un felino azabache corría a toda prisa por un laberinto de callejuelas enmarañadas. Su respiración agitada delataba el largo trecho que había recorrido, pero la velocidad del joven gato no menguaba en absoluto.
"¡Maldita sea!".
El pequeño ratero, que saltaba muros y se ocultaba aprovechando su familiaridad con los callejones, se sobresaltó hasta los huesos al escuchar una voz repentina.
"¿Es aquí?"
"¡...!".
En medio de la penumbra del callejón, una cabellera rubia y unos ojos azules destacaban con nitidez. La mirada con la que Vlad contemplaba al carterista, como burlándose de que toda su carrera hubiera sido en vano, rebosaba un destello abiertamente pícaro.
"¡Qué idiota! ¡Seguirme hasta este lugar!".
Al ver a Vlad, el pequeño carterista empezó a sonreír con descaro. La sorpresa de hacía unos instantes desapareció por completo, dando paso a una sonrisa socarrona mientras, a sus espaldas, comenzaban a emerger otros jóvenes de la raza de las bestias que habían permanecido apostados al acecho.
"Siempre hay tipos así. Idiotas que no aprecian su vida y solo van tras el dinero...".
"Sí, lo sé de sobra. Sé que me atrajiste a propósito".
Sin embargo, Vlad se limitó a asentir ante la burla del muchacho.
"¿No tienen a otros hermanos mayores a quienes llamar? A ser posible, preferiría que fueran de los de más arriba".
Jorge solía decir que el cebo que no sabe que es un cebo es el mejor de todos. Vlad esbozó una amplia sonrisa al contemplar al joven carterista que lo había guiado hasta las profundidades del callejón donde moraba la tribu Luga.
Aquel callejón donde Vlad sonreía era territorio de la raza de las bestias. Y, en particular, el asentamiento de la tribu Luga, la misma estirpe a la que pertenecía Dorothea.
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• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨

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Estás leyendo el capítulo 231 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.