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Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 225 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
"… Juraría que la había dejado cerrada". Avanzada la noche, al entrar a solas en su despacho, Josef vio que la ventana se encontraba ligeramente entreabierta. Preguntándose si habría cometido semejante descuido, caminó hacia el alféizar, donde, en algún momento, la nieve blanca ya se había acumulado en un suave manto. "Tendré que encender el fuego". Había entrado al despacho con la mera intención de atender unos asuntos breves, pero ante la molestia de tener que encender incluso la chimenea, Josef dejó escapar un leve suspiro. "Cof, cof". Al caer la cerilla al rojo vivo y prenderse la leña, el hollín que comenzó a ascender le arrancó un repentino acceso de tos. Era una tos profunda que le sacudía hasta los hombros, pero Josef, habituado a ello, se limitó a taparse la boca con un pañuelo. "¿Mmm?". Solo tras encender la chimenea pudo Josef advertir, bajo la luz titilante de las llamas, un objeto insólito. Sobre el escritorio gélido, donde aún no se disipaba el aire helado del exterior, reposaba una carta de un negro azabache absoluto. Era una misiva extraña que, a todas luces, no se encontraba allí durante el día. "… Ni siquiera tiene un sello". Al ver aquella carta carente del más mínimo sello oficial que permitiese identificar a su remitente, Josef se calzó los guantes por precaución. No obstante, contrariamente a sus recelos, la carta anónima no entrañaba peligro alguno y no contenía más que caracteres trazados con una caligrafía fluida y elegante. "El tiempo no es ecuánime para todos, Josef". Si acaso cabía destacar algo, era que la caligrafía empleada resultaba sumamente clásica. Josef ladeó la cabeza al contemplar aquel estilo arcaico que parecía haber estado en boga hacía varias décadas. "El tiempo puede ser para unos un lago apacible que parece estancarse en la eternidad, pero para otros no es más que una cascada que se precipita en un instante". Ignoraba de quién se trataba, pero era una carta escrita por alguien que, cuando menos, conocía a fondo las Sagradas Escrituras. Aquel mensaje anónimo que citaba las antiguas palabras de Dios fue cautivando paulatinamente la mirada de Josef. "Y en su caso particular, lo será todavía más, Josef". "Cof, cof. Mmm…". Deseaba concentrarse, pero la tos que brotaba desde sus entrañas no dejaba de martirizarlo. El frío que aún imperaba en la habitación era un veneno, y el hollín que se propagaba con el calor también era un veneno. En medio de aquel entorno saturado de ponzoña, Josef se esforzaba por descifrar las líneas de tinta negra y endurecida. "Percibo que su tiempo ha llegado a su término. Probablemente usted mismo lo sepa mejor que nadie". "¿Mmm?". Al alcanzar el borde final de la carta, Josef sintió que la hoja que sostenía comenzaba a calentarse poco a poco. Ante aquel calor repentino, Josef se desconcertó en gran medida, pero la enigmática carta negra se negó a despegarse de su mano, como si hubiera quedado adherida con cola. "¡… Maldición!". Bajo una voluta de humo negro y brillante, un pequeño sello comenzó a dibujarse. Aquel sello, cuya figura se iba manifestando gradualmente, era algo que Josef llevaba mucho tiempo buscando, a la vez que resultaba una aberración tan blasfema que costaba posar los ojos en ella. "Josef Bayezid. Una mísera piedra rota desde el mismísimo instante de su nacimiento". Y así, se terminó de estampar el emblema de aquel ser perverso que osaba profanar a Dios. Al ver aquel grabado, Josef comprendió quién era el remitente de la carta negra que sostenía. "La voluntad de Dios es implacable e infalible, de modo que sus designios no tardarán en salir a su encuentro". Tras terminar de leer la misiva y contemplar la última línea escrita, Josef apartó con cuidado el pañuelo que le cubría la boca. En el delicado pañuelo que su madre le había bordado con esmero se extendía, imposible de ignorar, una mancha escarlata de sangre vomitada. "Antes de que expire este año. Bajo el nombre de la muerte". "…". No por negligencia propia ni a causa de una maldición ajena, sino por pura y llana brevedad de su esperanza de vida innata. El curso del tiempo jamás era ecuánime para nadie, pero para Josef resultaba infinitamente más despiadado. \*\*\* \[¡Ahí viene!\] "¡…!". Allí, el hombre que clavaba sus ojos en mí sonreía. Aquel individuo de cabellera nívea como el invierno ya se abalanzaba sobre Vlad, recortándose contra la luna que colmaba el firmamento nocturno. "¡Frausen!". "¿Cómo te ha ido todo este tiempo?". Ante la abrumadora presión que se agigantaba a medida que se aproximaba, Vlad se apresuró a desplegar su mundo interior. Sin embargo, a diferencia de Vlad, la mansión de Arnstein parecía incapaz de soportar la presencia de Frausen. ¡Kbaaaam! Bajo aquel tajo implacable, la vieja mansión comenzó a rugir. Con una voz tan estruendosa que cualquiera en Valetta podría escucharla. En medio de la densa polvareda de escombros que se alzó tras el golpe, Vlad buscaba desesperadamente una senda por la que avanzar. \[¡Es un adversario que utiliza tu misma esgrima! ¡No tienes posibilidades de ganar en una embestida frontal!\] Pese a haber sido un golpe que apenas logró desviar de refilón, Vlad no flaqueó. Por el contrario, su espíritu combativo ardía con más fiereza al encarar a Frausen por encima del filo de las espadas. "Iba a buscarte de todos modos, así que viene de maravilla". "¿Y con qué propósito me buscabas?". Ante el tono socarrón con el que Frausen le devolvió la pregunta, el mundo interior de Vlad comenzó a convulsionar con vehemencia. Porque, mientras que para mí era un nombre que jamás había olvidado ni por un solo segundo, el Frausen que tenía ante mis ojos parecía haber borrado hasta el último vestigio de su existencia. "… Si lo has olvidado, tendré que refrescarte la memoria como es debido". Desde el párpado izquierdo cerrado de Vlad comenzó a filtrarse su luz primordial. Al ver cómo su propia espada era repelida lentamente ante aquel empuje, Frausen curvó los labios en una sonrisa de genuina curiosidad. "Es Justia". "¿Quién?". "El nombre de la caballera a quien mataste aquel día". ¡Crrrk! "Justia de San Rozino". En aquella ciudad colmada de niebla, hubo un canario que lloró por mí. Habiendo sobrevivido gracias a su muerte, yo era quien cargaba con el deber de consumar la venganza que ella no pudo llevar a cabo. "Hoy cobraré de tus manos el precio por la sangre de Justia". La mirada de Vlad, mientras murmuraba aquellas palabras como sellando un juramento, guardaba ya una marcada semejanza con la de un dragón. Aquel rasgo singular que solo yo poseía, y nadie más. La naturaleza de dragón, despertada al compás del lamento de la espada, comenzó a fluir junto a la sangre de Vlad. "Muy bien. Adelante, inténtalo". "¡…!". ¡Craaash! A una fuerza física descomunal e inverosímil le siguió una velocidad inconcebible. Vlad, habiendo repelido a Frausen a pura potencia devastadora, se lanzó de inmediato a la carga hacia donde este salía despedido por los aires. "¡… Qué rápido eres!". Como si aquella exclamación no fuera infundada, la espada de Vlad comenzó a copar por entero el campo de visión de Frausen. Eran las imágenes residuales de la Espada Matadragones, que se precipitaban trazando cada uno de los ángulos posibles de ataque. ¡Baaang! ¡Boom! ¡Boom! Allí donde el filo alcanzaba, las paredes estallaban hechas pedazos, y donde sus pies se posaban, el suelo se quebraba en añicos. Aquel relámpago dorado que fulguraba en mitad del pasillo se asemejaba, contemplado desde el exterior, a la luminosa reverberación de una serie ininterrumpida de explosiones. En medio de semejante tempestad de tajos furibundos, la figura de Frausen oscilaba de manera precaria. "¡Haaah!". Incluso en medio de aquel vendaval de ofensivas incesantes y arrolladoras, Vlad calculaba palmo a palmo la distancia idónea para asestar su próximo salto letal. Para enfrentarse a un espadachín que había fundado el mismísimo principio del golpe letal definitivo, se requería, sin lugar a dudas, un instante de pura imprevisibilidad. "¡Hoy pagarás el precio de la sangre de Justia!" Vlad, tras apartar de un empujón al vacilante Frausen, contrajo cada músculo de su cuerpo en una fracción de segundo. Todo en aras de asestar un golpe letal que ni siquiera él fuera capaz de prever. Y así, en las pupilas desorbitadas de Vlad, se dibujó de pronto un horizonte dorado trazado en una línea recta y perfecta. ¡Krrrrr! Nadie sobre la faz de la tierra sería capaz de detener al sol naciente. Incapaces de contener la abrumadora presión de la hoja desatada, las fracturas que hendían el pasillo corrían en estampida hacia Frausen. "…Vlad, Vlad. Eres un muchacho fascinante cada vez que te veo." El mundo de Vlad se abalanzaba sobre él con una ferocidad pavorosa; sin embargo, en el semblante de Frausen, que lo aguardaba de frente, no había ni un ápice de desconcierto. "Pero en verdad no recuerdo a ningún caballero llamado Justia." ¡Kbaaaam! Al fin, el golpe asestado por Vlad alcanzó a Frausen. Una estocada tan veloz como la luz y más pesada que el mismísimo sol naciente. Sin embargo, incluso aquel fulgurante impacto no hizo más que extinguirse lentamente ante el caballero desprovisto de color. Uuun… uuun… Con todo, el embate de Vlad no careció por completo de valor. Pues la Espada Matadragones que acababa de traspasar el pecho de Frausen le revelaba qué clase de entidad era su corazón palpitante. Al percibir cómo resonaban ambos fragmentos por haber surgido de un mismo origen, Vlad mudó el semblante en un gesto de puro espanto. "…¿Un fragmento de dragón?" Había jurado que regresó de la muerte para dar caza al dragón. Y, sin embargo, lo que ahora anidaba en su pecho era un fragmento de dragón. Vlad se quedó sin palabras ante la estampa de un Frausen sumido en la más absoluta contradicción. ※※※※ ¡Craaash! Una violenta sacudida atravesó la mansión de punta a punta. Ante un temblor tan colosal que hizo llover polvo de piedra sobre sus cabezas, Pierre, que corría a toda prisa por el pasillo, terminó rodando por el suelo sin miramientos. "…¡Desde que me topé con ese infeliz, no hay una sola cosa que me salga bien!" Mascullando su cólera entre dientes, Pierre cargó a sus espaldas a Radu, que yacía tendido a su lado, y se incorporó a duras penas, tambaleándose. "Maldición." No obstante, la puerta recta por la que debía avanzar era estrecha y el destino que anhelaba se hallaba demasiado lejos. Al divisar a los caballeros decapitados que ya avanzaban desde el fondo del corredor, Pierre no tuvo más remedio que sacar una pequeña vara ritual de entre sus vestiduras. "…Ya presentía que algún día moriría de esta manera." Del mismo modo que un soldado perece en el campo de batalla, un sacerdote debía morir bajo la voluntad divina. Habiendo imaginado aquel desenlace en incontables ocasiones, Pierre halló una calma inesperada y comenzó a recitar la palabra del Señor para cumplir con su deber hasta el último aliento. "Aunque camine en soledad por el valle de las tinieblas…" La mansión entera vibraba con estruendo, evidencia de que alguien todavía libraba una feroz batalla en algún rincón. Sin embargo, los caballeros decapitados que tenía delante solo dejaban entrever un lúgubre fuego fatuo bajo sus celadas, limitándose a marchar con paso lento y firme hacia Pierre y Radu. "…en mi desamparo solo podré confiar en la gracia que Vos me concedéis…" ¡Chr-chrrr! En ese instante, a espaldas de Pierre, que oraba con devoción, resonó un ruido tan frívolo como extravagante. Aquel tintineo, risible y casi infantil, no encajaba en absoluto con la atmósfera lúgubre y tensa del pasillo. "¡Señor obispo! ¡Ahora!" "…¿Canicas?" Pierre, que recitaba sus plegarias con fervor, soltó una exclamación perpleja ante semejante espectáculo. Por el medio del pasillo se desparramaba una auténtica cascada de canicas multicolores. Ante un panorama tan grotescamente ajeno a la gravedad de la situación, tanto Pierre como los caballeros decapitados se quedaron petrificados por la sorpresa. "¡Rápido, rápido!" Al oír la voz familiar a sus espaldas, Pierre volvió la cabeza a toda prisa. Escondida entre las columnas, asomaba con cautela una cola felina. El modo en que aquella criatura manipulaba los misterios jamás había sido de su devoción, pero, al menos en este trance, no existía una voz que pudiera alegrarlo más. "¡…!" Al ver a Pierre echar a correr en dirección contraria dejando las canicas atrás, los caballeros decapitados cargaron con furia, pero sus pasos resbalaron en el vacío más patético. ¡Cataplum! En cuanto Nibelung chasqueó los dedos, las canicas regadas por el suelo comenzaron a moverse a uno y otro lado como si tuvieran vida propia. Ante aquella suerte de oleaje diminuto compuesto de esferas, los pasos de los espectros perdieron todo equilibrio y resbalaron sin control. "¡Es magia!" "¡Mantengan la guardia!" Eran piezas diminutas, pero su superficie era tan resbaladiza que bastaba con que rozaran levemente las suelas de las botas para desestabilizar por completo el peso de las armaduras. El verdadero problema radicaba en que aquellas esferas rodaban incesantemente hacia los pies de los caballeros decapitados. "¡Bien hecho!" "¡Vámonos ya!" Pierre y Nibelung se regocijaron al ver a los caballeros decapitados caer despatarrados por los suelos, pero al darse la vuelta, la sangre se les heló en las venas. Al otro extremo del pasillo por donde pretendían escapar, un nuevo contingente de decapitados les cerraba el paso. "¿No te quedan más canicas?" "…Aunque parezcan simples baratijas, ¡cuesta muchísimo conseguirlas! ¡Tengo que ganárselas una por una a los niños jugando en las esquinas!" "¡¿Qué clase de sarta de estupideces estás diciendo?!" Pierre chasqueó la lengua al escuchar a Nibelung soltar semejantes disparates pese a no ser más que un gato, y depositó con suavidad en el suelo a Radu, a quien sostenía sobre sus hombros. Blandiendo de nuevo su vara ritual, se dispuso esta vez a entonar las Sagradas Escrituras con total seriedad. "Lo siguiente, otra cosa, algo más…" "¡Concéntrate de una buena vez! ¡Maldita sea!" Al ver a Nibelung hurgar frenéticamente en su morral, los ojos fantasmales de los decapitados brillaron con un resplandor siniestro. Para cualquier espadachín, concederle tiempo a un mago que manejaba los misterios equivalía a un error imperdonable. "¡Ataquen!" Al ver a los caballeros decapitados lanzarse a la carga a lo largo del pasillo, las manos de Nibelung se movieron con frenesí. Sin embargo, a pesar de la creciente prisa de sus garras, el artefacto que buscaba no aparecía por ningún lado, mientras las hojas de los soldados se cernían cada vez más cerca. ¡Krrrack! En ese preciso instante, un tremendo estruendo resonó mientras una lluvia de astillas de madera interceptaba a los caballeros que cargaban. Eran los restos de la puerta de la habitación donde se hospedaba Josef, que acababa de saltar por los aires hecha pedazos. "¡Sandor!" "¡Sir Marcus!" Eran dos nombres distintos, pero señalaban al mismo hombre. Aquel individuo que era a la vez Sandor y Marcus, empuñando un estoque en una mano y una daga de parada en la otra, se arrojó sin vacilar con certeras estocadas contra los caballeros decapitados. "…Yo me encargaré de abrir el camino." Las finas y ágiles hojas que el hombre blandía se clavaban con precisión quirúrgica en los intersticios de las armaduras, neutralizando por completo el avance de los espectros. Ante un despliegue de esgrima tan depurado que rayaba en lo milagroso, Pierre y Nibelung se quedaron boquiabiertos, olvidando por un segundo la desesperada urgencia de la situación. "Dejen también atrás a Sir Radu. Yo me haré cargo de él." "…¡Pero…!" "Él no es la prioridad en este momento." Marcus, que contenía con todo su cuerpo a la horda de decapitados, extendió la mano que empuñaba el estoque y apuntó con la punta de acero hacia el exterior de la ventana. "Porque la persona verdaderamente crucial ahora mismo no es otra que Vlad." Marcus, tras haber concluido una serie de asuntos inaplazables en la alcoba de Josef, debía encarar ahora el último cometido que le restaba. Y aquella tarea final que estaba obligado a desempeñar no guardaba relación alguna con Radu ni con Josef, sino pura y exclusivamente con Vlad. \----- • Autor: Q10 • Traductor: Inmensurable ⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨
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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 225

Estás leyendo el capítulo 225 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.