Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 224 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Era una noche en la que las estrellas suspendidas en lo alto brillaban con esplendor, sin una sola nube a la vista. El Duque de Acero Timur contemplaba la hoguera que chisporroteaba ante él, teniendo como alfombra la blanca nieve acumulada. Hacía mucho tiempo que no pasaba una noche fuera de sus murallas de acero, y hacía muchísimo más aún que no se sentaba frente al hombre que sonreía con socarronería ante sus ojos.
"¿Cuándo perdiste los incisivos? ¿Acaso alguien te dio un golpe?"
"Recibí uno, desde luego. De ese canalla llamado tiempo."
Quizá por culpa de los dientes ausentes su sonrisa resultaba cómica, pero el anciano que compartía el calor de la hoguera frente al Duque de Acero había sido antaño un caballero de Baranov que grabó un nombre ilustre por doquier. Con el fluir de los años se había retirado tras deponer la espada, mas la inevitable alegría de reencontrarse con él nacía de los entrañables recuerdos compartidos a lo largo de tanto tiempo.
"Por eso te advertí que moderaras la bebida."
"Los viejos tiempos eran mejores. De joven, podía tragarme un barril entero de este aguardiente y al día siguiente amanecía como si nada."
Rememorando los años idos, el anciano volvió la cabeza para contemplar la casa sobre la cual la blanca nieve yacía amontonada. Aunque la mayoría de las viviendas de los alrededores estaban hechas de troncos de madera, la que él contemplaba era una construcción de ladrillo imponente y espaciosa, levantada con primoroso esmero.
"Aun así, después de tantos años he conseguido mi propio feudo, así que no creo que haya sido una vida del todo vana."
"¿Ah, sí?"
Timur se llevó a los labios la botella que sostenía mientras observaba a su antiguo subordinado lamentarse del paso del tiempo. Aquel feudo al que el anciano aludía era una merced otorgada en persona por Timur, una honorable dádiva con la que recompensar la lealtad que le había consagrado a lo largo de toda su vida.
"Por cierto, he oído que piensa medirse con esos canallas de las tierras centrales, ¿es verdad?"
"Habrá que hacerlo. Si esos malnacidos pretenden meterse hasta aquí arrastrándose, ¿qué otra opción me queda?"
"¡Ah! Hacía tanto que no escuchaba hablar de batallas que siento palpitar el corazón."
El anciano habló con entusiasmo mientras sostenía la costosa botella que el propio Timur le había entregado. No obstante, al contemplar cómo el veterano se embargaba cada vez más en el fervor del momento, en la comisura de los labios de Timur solo se dibujaba una sonrisa amarga.
"Debe de andar sumamente atareado. Y aun así, que no me haya echado en el olvido y haya venido a visitarme..."
"¿Cómo podría olvidarte?"
Timur tragó el sorbo de licor que retenía en la boca. Quizá por puro agotamiento inclinaba la cabeza con pesadez, mas sus ojos centelleaban con una férrea resolución.
"Por supuesto que jamás te olvidaría. A ti, mi leal vasallo."
"¿Señor?"
\*Ssshing.\*
Las llamas de la hoguera reverberaron sobre la hoja del acero. Desconcertado ante el repentino desenvainar de Timur, el anciano abrió los ojos desmesuradamente, sin saber cómo reaccionar.
"Por si acaso, traje incluso un antídoto, pero ha resultado del todo inútil."
"Lord Timur..."
"A decir verdad, lo que acabas de beber no era aguardiente, sino veneno."
Aquel leal caballero que había permanecido a su lado durante toda una vida. No obstante, quien ahora se hallaba ante sus ojos no era más que un cobarde fugitivo que intentaba escapar de la muerte. Era una ponzoña capaz de abatir incluso a un corcel de guerra colosal, pero al ver al anciano habérsela tragado sin mostrar la menor reacción, Timur alzó la espada en silencio.
"... Por favor, no vayas a ese lugar y permanece como mi caballero hasta el final."
Quizá este fuera el último regalo de retiro que pudiera ofrecerle. Por aquel subordinado que había traicionado sus convicciones, Timur, en silencio, le devolvió el honor que había dejado caer.
¡Zas!
Sobre la melancólica trayectoria que trazó la espada, una cabeza ascendió por los aires. El rostro del anciano, recortado contra el firmamento nocturno sin una sola nube, reflejó en su semblante la luz de la luna antes de descender lentamente hacia los pies de su señor.
"... Caven la fosa profunda. Que nadie pueda comprobar lo que hay en ella."
"Sí, señor duque."
Para disponerse ante una gran guerra, era menester compactar primero la tierra sobre la que se pisaba. Timur se sintió aliviado de que tales preparativos no hubiesen llegado a destiempo, mas al mismo tiempo lo embargaba el duelo.
"..."
Tras tachar un nombre del papel que sostenía en la mano, Timur contempló la hoguera que menguaba paulatinamente. Habiendo arrojado un viejo recuerdo al fuego que aún ardía, apuró el último trago de licor que le quedaba.
\* \* \*
'No confíes ciegamente en Josef Bayezid'.
'Si la Santa Sede fue tras él, es porque existía una razón de peso'.
"..."
Había un hombre sentado en soledad, dando la espalda a la luz de la luna que se filtraba por la ventana. Sus cabellos dorados bañados por la azulada claridad lunar lucían ya con una apostura imponente, pero él carecía de la serenidad necesaria para apreciar semejante estampa.
"¿Qué demonios pretende ganar tratando de hacerme vacilar?"
Masticando las últimas palabras que Sir Rodrigo le había legado antes de partir, Vlad se devanaba los sesos intentando descifrar las verdaderas intenciones que aquel caballero había querido transmitirle.
"¿Acaso esto también responde a... una maniobra para mantener a raya al norte?"
El veterano caballero de la Gendarmería Imperial había intentado sembrar una semilla de recelo en el pecho de Vlad, mas tal semilla ya se había marchitado sin dejar el menor rastro. Así de inquebrantable era la fe que Vlad depositaba en Josef. Antes que dudar de Josef —su señor, su benefactor y quien le había permitido llegar a ser lo que era hoy—, resultaba un juicio infinitamente más sensato desconfiar de Sir Rodrigo.
\*Toc, toc, toc.\*
"¡...!"
Sin embargo, ¿sería acaso por hallarse absorto en tan hondas cavilaciones? Vlad advirtió demasiado tarde la silueta oscura que daba toques en la ventana. Aquel intruso, aproximado en absoluto sigilo sin que nadie lo notase, era tan furtivo que ni el finísimo oído de Vlad había logrado captarlo, y tan diestro que burlaba incluso la percepción que mantenía desplegada a su alrededor.
"El viento de la noche cala hondo. Ábreme la ventana, haz el favor."
"¿Marcus?"
Al ser un ventanal ancho, parecía haber espacio suficiente para plantar los pies en la repisa. Al toparse con él en un lugar tan insospechado, Vlad fue incapaz de ocultar su perplejidad.
"Pero ¿cómo es que estás aquí...?"
"Tengo un recado urgente que transmitirte."
El cuervo de Bayezid salvó el alféizar con pasmosa naturalidad y se sentó a la mesa de visitas que había delante. El aplomo con el que tomó la tetera caliente para servirse una taza resultaba tan desenvuelto que fue Vlad quien enmudeció.
"Por cierto, todavía me llamas Marcus."
"¿Ha vuelto a cambiar de nombre?"
"Últimamente respondo al nombre de Sandor."
De invasor a invitado en cuestión de un parpadeo.
Aquel hombre, cuyo rostro plagado de cicatrices impedía reconocer sus facciones originales, bebió del té recién servido y extrajo en silencio una carta para mostrársela a Vlad.
"¿Qué es eso?"
"Una carta que la Iglesia Ortodoxa del Norte te ha enviado. Para ser exactos, proviene de Sir Günter, el comandante de la Segunda Orden de Caballeros de la Iglesia Ortodoxa del Norte."
El paladín junto al cual había combatido codo a codo contra la mujer de negro en aquel Mosiam anegado de niebla. Al evocar la figura de Günter, Vlad se apresuró a tomar la carta que Marcus le ofrecía.
"Estos documentos me resultan bastante familiares..."
"Es una indulgencia."
Dentro del sobre había varias hojas de papel. Una de ellas era la carta que Günter había redactado de su propio puño y letra, pero las que venían tras ella no eran más que pliegos notariales atestados de un formulismo inflexible.
"Como era de esperar, habiendo rasgado una en el pasado, la reconoces al instante."
"¿Por qué me entrega esto a mí?"
Aquella indulgencia por la que otros se desvivían de codicia no despertaba en Vlad más que ingratos recuerdos. Por añadidura, a diferencia de la Santa Sede corrompida por lo mundano, la Iglesia Ortodoxa del Norte no solía otorgar indulgencias a la ligera, de modo que era perfectamente natural que Vlad sintiera perplejidad al recibirla.
"Ya se encuentra firmada. Y por la mismísima mano del Papa."
"Por eso mismo pregunto, ¿por qué...?"
"La Iglesia Ortodoxa del Norte desea que mates a una persona."
Una indulgencia redactada por el comandante de la orden de la Iglesia Ortodoxa del Norte, suscrita por el noble Papa y entregada por el filo encubierto de Bayezid. Vlad intuyó que el pecado que se pretendía expiar a través de aquel pliego distaba mucho de ser leve, y tragó saliva sin poder evitarlo.
"¿A quién quieren que mate?"
Asaltado por un mal presentimiento, Vlad clavó la mirada en el rostro de Marcus, mas las desfiguradas facciones del hombre no albergaban el menor atisbo de emoción.
"A Josef Bayezid."
De la taza de té que Marcus acababa de posar brotó un tintineo sordo, al unísono con el violento vuelco que dio el corazón de Vlad.
"Ruego que con tus propias manos des muerte a esa mancha del norte, confabulada con una entidad perversa."
La mano de Vlad comenzó a temblar ante la familiar resonancia de aquellas palabras. Josef Bayezid. El nombre pronunciado por aquel cuervo ominoso había sido el primero en reconocer su valor en este mundo, y constituía el cimiento más profundo sobre el que se erigía el universo de Vlad.
"¿Pero por qué demonios...?"
¡Baaang!
Vlad pretendía inquirir el motivo tras una situación que desafiaba toda comprensión, mas el ensordecedor estruendo que retumbó acto seguido hizo que su cuerpo entero se tambaleara.
"...Parece que hemos llegado un poco tarde."
"¡Es un asalto! ¡El enemigo ataca!"
"¡Han vulnerado las mazmorras subterráneas!"
Una densa humareda se elevaba desde el exterior. Y cabalgando sobre ese humo, ascendían los alaridos desesperados de los soldados. Aunque el repentino estampido hacía vacilar su visión, Vlad se asomó a toda prisa por la ventana destrozada.
'Despliega tu Aura, Vlad. Él te está mirando ahora mismo'.
Sin embargo, tal como había advertido Kihano, al asomarse comprobó que había una mirada clavada directamente en él. El hombre apostado a lo lejos, en lo alto del campanario, se hallaba completamente descolorido; no obstante, la abrumadora presión que emanaba resultaba más pesada que la de cualquier caballero habido y por haber.
"...Frausen."
¡Tun-tum!
El corazón de Vlad latía desbocado. Junto a una estremecedora vibración, el mundo que hasta entonces lo había sostenido se convulsionaba por entero; a pesar de ello, su espada gimiente relucía con filo mordaz, advirtiéndole que debía enfrentar al ser que tenía ante sus ojos.
\*\*\*
"¡Deténganlos!"
"¡Malditos sean!"
"Vaya que han entrado con gran escándalo."
Hasta hacía apenas unos instantes, aquel lugar no era más que una prisión donde no penetraba un solo rayo de luz, pero ahora se había transformado en un recinto abierto de par en par desde el que incluso se contemplaba el cielo. Sir Zayar, que descendía por las escaleras semiderruidas, abatió a los guardias que le cerraban el paso e hizo una seña con la mano hacia Josef, que venía a su espalda.
"En marcha, señor Josef."
"...No había necesidad de que tú llegaras a estos extremos."
Ante las palabras de Josef, Sir Zayar se sacudió el polvo de piedra posado sobre su parche y negó en silencio con la cabeza.
"No se preocupe por mí. Después de todo, de no haber sido por la señora Oksana, mi vida se habría extinguido hace mucho tiempo."
'Consagrar mi espada a quien reconoció mi valor'. El caballero tuerto que había seguido a la señora Oksana desde la Casa Oscar hasta Bayezid sabía a la perfección que ahora le correspondía ofrendar hasta su propio honor por el bien del hijo de su señora.
"Haga lo que anhela y lo que debe hacer, se lo ruego. Eso es lo único que deseo para usted, señor Josef."
"..."
Había sido un caballero terco y obstinado desde la primera vez que lo conoció. Consciente de que ninguna vana persuasión suya haría claudicar a Sir Zayar, Josef se limitó a apresurar el paso escaleras abajo para cumplir con su cometido.
"Qué grato es no quedarse sin aliento. ¿Conque así es como vivía el resto del mundo?"
El clima era gélido, el descenso resultaba accidentado y aun en ese instante llovían filos acerados por doquier; sin embargo, la anatomía de Josef no vacilaba ni se encogía lo más mínimo. Experimentando un sentimiento que bien podría describirse como una sensación de liberación, Josef corrió a toda prisa hacia las entrañas más hondas de las mazmorras subterráneas. El latir de su corazón siempre había sido una carga asfixiante para él, pero en este día, por primera vez, resultaba enteramente placentero.
"Tú eres..."
"Vengo enviado por Lady Lamashtu."
En lo más profundo de las mazmorras subterráneas de Arnstein, suspendido y flotando en el aire entre cadenas, se hallaba el Caballero decapitado. Eran cadenas a las que se habían atado, en cada tramo envuelto, tiras de papel con versículos sagrados inscritos.
¡Clang!
En un instante, el cerrojo macizo saltó cercenado por el golpe implacable asestado por Sir Zayar. El mundo interior de Zayar, manifestado con mayor nitidez que nunca, parecía dar testimonio de cuán inquebrantable era su determinación.
"Ahora mismo te liberaré."
Aquellos talismanes, que constituían un veneno inescapable para los muertos, no eran más que meros pedazos de papel para los vivos. Sobre la cabeza de Josef, que extendía la mano en auxilio de un ser perverso, brillaba la luz de una solitaria estrella.
"...Hoy el cielo está despejado."
'Aunque mi auténtico ser, despojado de su cascarón, sea tosco y miserable, aun así deseo resplandecer. Incluso si he sido una piedra quebrada desde el instante mismo de mi nacimiento, anhelar el fulgor es de lo más natural'.
Por esa razón, Josef había tomado esta decisión. Pues aunque hubiera permanecido postrado en un rincón donde nadie pudiera verlo, la llama que encendería a partir de ahora ardería con el mismo brillo que las estrellas que moraban en lo alto.
¡Rasg!
Cada aspecto de la existencia dependería de su propia elección. No había podido hacerlo al momento de nacer, pero Josef estaba resuelto a que, al menos en la muerte, esta adoptara la forma que él mismo deseara.
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• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨

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Estás leyendo el capítulo 224 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.