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Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 222 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Sobre la llanura iluminada por la luna azul, un caballo se desplomaba. Acompañado por el vigoroso trazo de una fina línea plateada. Las dos sombras, que apenas acababan de hacer contacto, se cruzaron en un instante, y lo único que le aguardó al rezagado fue una violenta caída contra el gélido suelo. ¡Bummm! Con un estruendo ensordecedor, los copos de nieve blanca que cubrían la tierra se alzaron de nuevo hacia lo alto del firmamento. Para los caballeros de Arnstein que cabalgaban a la zaga, fue un espectáculo que semejaba una fuente de nieve inmaculada. "Los detesto." "¡...!" En el sitio por donde galopaba uno de los caballos fantasmas, un corcel negro ya había usurpado su lugar a la carrera. Era un equino en cuyo erguido cuerno reverberaban los gélidos matices del invierno. "Tanto como para desear decapitar de nuevo sus inexistentes cuellos." Los mundos que colisionaban debían elegir: si compartirían el camino o si pisotearían el mundo del otro. Y Vlad ya había decidido qué elección tomar. "¡Mocoso insolente!" "¡Un crío que desconoce el valor de su propia vida!" Al percatarse de la resolución de Vlad, los caballeros decapitados apresuraron sus estocadas, pero él ya no se encontraba allí. "No puede ser..." Lo único que quedaba en ese sitio no era más que la sombra que el corcel negro dejaba tras de sí. Montado sobre los movimientos de Noir, capaces de engañar incluso a los jinetes más veteranos, se había escabullido de allí en un abrir y cerrar de ojos. ¡Hiiii-iin! Aunque hasta hacía un instante el centro de gravedad se inclinaba hacia la derecha, la sombra del caballo negro ya se había deslizado hacia la izquierda. Ante aquellos movimientos deslumbrantes, las puntas de las espadas extendidas oscilaron al perder su rumbo. "¡¿Dónde están los niños?!" "¡Kuaak!" Cada vez que se trazaba una línea plateada, sin excepción, los caballos a la carrera se tambaleaban y comenzaban a brotar fuentes de nieve blanca. Pese a que hasta entonces se habían esforzado por no hollar la tierra, la punta de la espada de Vlad carecía de piedad, y los caballeros decapitados que volvieron a yacer en el suelo tras tanto tiempo no pudieron levantarse durante un largo rato. "¡¿Adónde se los llevaron?!" Arrollando a los jinetes que caían uno a uno, Noir comenzó a acelerar gradualmente. La sangre de unicornio que corría por sus venas era una sangre que no toleraba que ser alguno galopara por delante de él. Incluso si aquellos seres eran engendros que habían escapado de la muerte. "¡Maldito seas!" Cortando a uno, pisoteando a otro y destrozando a uno más, Vlad se abrió paso. De tal suerte, Noir embistió con rudeza con su hombro al último caballero decapitado al que logró darle alcance. Tratándose de un siniestro caballo fantasma al que cualquier otro equino detestaría siquiera aproximarse, para Noir, el Hijo de la Estepa, semejantes pequeñeces parecían no importarle en lo más mínimo. ¡Bummm! "... Bueno, después de todo, la regla básica para encontrar a alguien siempre ha sido agarrar a golpes a cualquiera primero." "¿Qué?" En la mano de Vlad, pegada ya al cuerpo del hombre, había unas riendas fuertemente sujetas. Sin embargo, no eran las riendas de Noir, sino las viejas riendas que el caballero decapitado debería haber estado empuñando. "¡Así que hablemos un momento!" "¡...!" ¡Crac! En ese instante, junto al escalofriante crujido de una armadura haciéndose añicos, el caballero decapitado comenzó a tambalearse violentamente. No obstante, aquel bamboleo no se debía a la espada que atravesaba su cuerpo, sino al impulso de Vlad, que había volcado todo su peso sobre él. "¡Kuuujjj!" Saltando sin vacilar sobre el caballo fantasma, Vlad sujetó al hombre decapitado y comenzó a empujarlo hacia afuera. Mientras tanto, con una mano continuaba hundiendo la Espada Matadragones. La espada plateada que perforaba la armadura de azabache parecía brillar hoy con un fulgor todavía más intenso. "¡Aaaahhhh!" Dos caballeros rodaron precipitándose desde lo alto de un corcel más veloz que cualquier otra cosa. En medio de una sensación de ingravidez tan vertiginosa que arrancó un alarido incluso a aquel que ya estaba muerto, Vlad contaba con una armadura sólida en la cual confiar ciegamente, a diferencia del caballero decapitado que caía desamparado. ¡Pum! ¡Cataplum! ¡Pum! Una armadura confeccionada por elfos y forjada por enanos. Aunque rodaba estrepitosamente, la llanura invernal que se revolvía junto a los mundos que lo acompañaban parecía ofrecerle solo a Vlad un lecho un poco más suave. "... Por todos los cielos." Sir Rodrigo y los caballeros de Arnstein, que lo seguían a considerable distancia, también contemplaban el espectáculo. Entre los dos caballeros que rodaban con estruendo como si se hubiera desatado un alud, destellaba una luz plateada. A pesar de su aspecto maltrecho, al ver aquel resplandor que aún brillaba con fuerza, Sir Rodrigo pudo tener la certeza absoluta de que había ido a buscar a la persona indicada. \* \* \* "Buen trabajo, Sir Vlad Áureo." El clima exterior era helado, pero el calor de la chimenea que alcanzaba su espalda resultaba reconfortantemente cálido. Era una calidez indispensable para Vlad, quien hacía apenas unos momentos se revolcaba en la nieve. "Gracias, mi señor conde." Vlad, bien arropado en una gruesa manta, sorbió la nariz al contemplar el vapor que se alzaba con sosiego de la taza de té. Aunque era una infusión servida personalmente por el Conde Arnstein, señor supremo de las tierras centrales, la expresión con la que el joven la contemplaba parecía reflejar una ligera pizca de decepción. "¿Lograron rescatar a los niños?" "A los niños que estaban en ese lugar, sí." "... Ya veo." Esta era una noche en la que hacía más falta un licor ardiente que una infusión tibia. Aun así, Vlad, que no tenía la menor intención de rechazar la hospitalidad del conde, bebió dócilmente el té mientras arqueaba una ceja. "Pensé que se trataba de un asunto turbio, pero jamás imaginé que una figura de semejante envergadura estaría detrás de todo esto." El rostro del conde, mientras bebía de su taza, rebosaba una preocupación inocultable. Y con justa razón: a pesar de que habían derribado a numerosos caballeros decapitados, el único que había permanecido era aquel al que Vlad había ensartado con su espada. El resto de aquellos hombres, al igual que había sucedido antaño en la aldea envuelta en niebla, ya se había hundido en los círculos negros para desvanecerse sin dejar rastro alguno. "Es una espada verdaderamente asombrosa. Mi mago también sospecha que tu espada fue la causante de este fenómeno". "¿Es así?". El Conde Arnstein contemplaba con una expresión peculiar la espada plateada que sostenía Vlad. Aunque Sir Rodrigo aún no se lo había revelado, si llegara a enterarse de la sospecha de que el arma de Vlad era el mismísimo Caballero Plateado, su actitud no sería tan sosegada como lo era en ese instante. "Por cierto, ¿dijiste que algo semejante ocurrió en la ciudad de Mosiam?". "Así es, señor conde". La tragedia que había azotado a aquella remota urbe norteña no había sido más que un vago rumor en las tierras centrales. Sin embargo, ahora el Conde Arnstein se hallaba en una posición en la que debía mendigar con urgencia hasta el más nimio detalle de aquel murmullo pasajero. "Sea lo que fuere, parece que algo tremendo ha descendido sobre nosotros". Mientras el conde se mesaba la barbilla como si le aquejara un dolor de cabeza, Pablo cruzó una mirada en silencio a espaldas de su señor. La gravedad de la situación le impedía permitirse mostrar alegría por el reencuentro, pero Pablo había sido el hombre que, utilizando su propio escudo a modo de pala, había desenterrado personalmente a Vlad de aquel campo nevado. "Una entidad nefasta capaz de devorar una ciudad entera...". No era un suceso inédito en la dilatada historia del imperio. En cualquier época o circunstancia, entidades siniestras habían operado en las sombras, y cada vez que ello sucedía, quienes debían solventar la crisis eran los legítimos dueños de la tierra: el emperador y los señores feudales. "... Se nos ha venido a presentar en una época sumamente engorrosa. Precisamente en un momento como este". Pero ahora, a diferencia de antaño, los propios cimientos del poder se tambaleaban más que nunca. Para el Conde Arnstein, que ya debía vigilar con recelo los movimientos de los señores vecinos que limitaban con su feudo, tener que preocuparse además por una abominación de naturaleza ignota no hacía sino sumarle una pesadumbre asfixiante. "¿Por qué no convocar a los sacerdotes de la Santa Sede? Si recurre a ellos, seguro que serán de gran ayuda". "Eso también resultaría problemático". Vlad consideraba que, aun tratándose de la Santa Sede con la que él mismo mantenía una relación espinosa, debían solicitar su auxilio para resolver aquella coyuntura. No obstante, la réplica que no tardó en ofrecer el conde no hizo sino revelar otros entresijos intrincados que Vlad desconocía por completo. "¿Por qué motivo?". "Porque pertenezco a la facción que sigue al Duque de la Corte". El Duque de la Corte o el Duque de la Sangre de Dragón. Las incontables guerras feudales que en ese momento sacudían las tierras centrales eran, en última instancia, guerras interpuestas libradas entre ambos contendientes. Y dado que el Conde Arnstein, a quien Vlad tenía ante sí, pertenecía a la facción leal al Duque de la Corte, resultaba evidente que la Santa Sede, aliada con el Duque de la Sangre de Dragón, jamás concedería un apoyo digno de tal nombre. "... En tal caso, ¿qué hay de la Iglesia Ortodoxa del Norte?". "Eso sería aún más descabellado". Los ojos del conde brillaron con frialdad al posar su taza de té. Era la auténtica estampa del conde, en la que se traslucía la sangre azul de la alta nobleza. "Extenderle la mano a la Alianza del Norte tras haber declarado su independencia equivaldría a regalarles una justificación política a los demás señores feudales. Sería lo mismo que arrojar mi propio cuerpo a una manada de chacales". "..." Vlad se limitó a inclinar la cabeza y guardar un profundo silencio ante las palabras del conde. A sus espaldas, la leña de la chimenea crepitaba con vivacidad, y frente a él se arremolinaba el denso vapor de la taza de té; sin embargo, por algún motivo, la estancia le pareció de pronto mucho más gélida. "Lo comprendo, señor conde. Al ser alguien con tanto por proteger, sus decisiones deben ser necesariamente prudentes". "Te agradezco que lo entiendas". Una entidad aberrante campaba a sus anchas, pero la Santa Sede se negaba a tender la mano debido a las pugnas de poder. Del mismo modo, el Conde Arnstein no albergaba la menor intención de pedir auxilio a la Iglesia Ortodoxa del Norte. Analizadas por separado, las razones de cada parte podían tener lógica, pero quienes terminarían sufriendo en medio de aquel tablero no serían otros que los desamparados. "El té está amargo". Todo sabía a amargura. Ante la certidumbre de que aquel mundo superior, al que tanto le había costado trepar a rastras, no era en el fondo más que otro vulgar callejón, Vlad no pudo más que tragar saliva con un regusto agrio. ※※※※ Bajo las luces del amanecer que comenzaba a despuntar, dos ancianos avanzaban a duras penas con la cabeza gacha. Sus ropajes estaban tan deshechos que parecían meros mendigos, pero entre ellos, en los ojos del anciano de estatura alta y desgarbada aún brillaba una chispa de viva lucidez. "Así que este lugar es...". "Valetta. Lo que deseabais". Ante las puertas de la ciudad, que se abrían con lentitud al compás de la claridad que ganaba el horizonte, la multitud que aguardaba comenzó a apiñarse. Digna de su fama como una gran metrópolis de las tierras centrales, bullía con una incesante marea de viajeros y mercaderes ambulantes. "Te agradezco que nos hayas guiado hasta aquí. ¿Dijiste que te llamabas Sandor?". "..." El hombre cubierto de cicatrices que había escoltado a los ancianos no pareció conmoverse en lo más mínimo al oír la gratitud del viejo. Ante la sequedad de aquel individuo, más dura e impenetrable que el pan negro, incluso el anciano que había hablado terminó mostrando un gesto de desconcierto. "Bienvenido a la Alianza del Norte, obispo Pierre". Un cuervo descendió planeando a espaldas del hombre mientras este daba media vuelta con parsimonia. "Confío en que actuaréis a la altura de la reputación que os habéis labrado". En aquel paraje que dominaba la ciudad de Valetta desde lo alto, el anciano y el hombre tomaron rumbos opuestos. Tras contemplar al sujeto surcado de cicatrices hasta que desapareció de su campo visual, el obispo Pierre sostuvo al otro anciano, que soltaba una débil tos, y reanudó la marcha hacia Valetta. "... Definitivamente, esos tipos del norte no me agradan en lo más mínimo". Aquel devoto siervo de Dios no albergaba arrepentimiento alguno por el camino recorrido, aunque carecía de certezas sobre la senda venidera. El obispo Pierre echó a andar con pasos extenuados para seguir, no el dictado de la Santa Sede ni el de la Iglesia Ortodoxa del Norte, sino simplemente el camino que conducía a Dios. \----- • Autor: Q10 • Traductor: Inmensurable ⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨
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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 222

Estás leyendo el capítulo 222 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.