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Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 219 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Era temprano por la mañana. Con el sol naciente despuntando a lo lejos, el cielo próximo al horizonte se teñía de amarillo, mientras que las alturas aún retenían la penumbra de la noche. Era una mañana de ese cariz. \*Clac, clac.\* En el interior del carruaje que se mecía con el traqueteo del camino, Josef garabateaba afanosamente con una pluma. La libreta del tamaño de la palma de su mano estaba atestada de diminutas letras apretadas, y la pluma de ave, tras deslizarse sobre el papel, acababa de trazar una línea para tachar uno de los nombres allí inscritos. "...El Barón Moldavir queda descartado." Donde había pasado la pluma de Josef quedaba una gruesa y negra línea vertical. Aunque se ignoraba el significado exacto de aquel trazo que cruzaba el nombre, la libreta ya estaba colmada de apelativos de nobles tachados aquí y allá. "Habría querido conversar un poco más con él; es una lástima." "¿Acaso podíamos hacer algo al respecto?" Al ver a Josef chasquear la lengua con pesar, Zayar, sentado frente a él, tomó la palabra. "Ese bribón de Vlad estuvo a punto de demoler la mitad del mercado de Kishinor. Era comprensible que el Barón Moldavir nos echara despavorido." Zayar se encogió de hombros y dirigió la mirada hacia atrás; en el extremo de su vista se hallaba Vlad, siguiendo en silencio la marcha del carruaje. Montado sobre su caballo negro de temperamento feroz, Vlad no hizo más que sonreír con torpeza al sentir sobre sí los ojos de Josef. "Ciertamente, de haber sido yo el barón, también los habría echado." Sin embargo, las oscuras pupilas de Josef ya no estaban fijas en Vlad. Observaban a los caballeros que cabalgaban a sus espaldas sosteniendo su propio pendón. "La Gendarmería Imperial, nada menos." Un relámpago inconfundiblemente blanco destacaba en medio del estandarte teñido de negro. Aunque su prestigio había mermado respecto a antaño, la Gendarmería Imperial, responsable de la seguridad de la capital, seguía siendo una de las órdenes más anheladas por los caballeros del continente. "Ahora marchas con un pendón bastante gallardo a tus espaldas, Vlad." Al ver a Vlad avanzar al compás de la aurora que despuntaba tras él, Josef esbozó una leve sonrisa. A pesar de que aquel no era más que un viaje enteramente sombrío, las nuevas brisas que Vlad traía consigo parecían darle a Josef un pequeño respiro. \*\*\* "Dicen que en la Casa Bayezid el sucesor ya quedó fijado en Rutger." "..." "Desde luego, ya habíamos investigado con antelación el estrecho vínculo que mantienes con Josef Bayezid." A sus espaldas, mientras cabalgaba en silencio, Vlad escuchó una voz poco grata. Pertenecía al hombre que no había dejado de seguirlo desde que salieron de la ciudad de Kishinor. "...¿Por qué demonios no deja de seguirme?" Tan pronto como se oyó el golpe seco de la ventanilla del carruaje al cerrarse allá adelante, Vlad volvió la cabeza hacia atrás y comenzó a gruñir: "Vaya deprisa a buscar al verdadero culpable que asesinó a Sir Auguste, se lo he dicho mil veces." Para cualquier otro caballero, cruzar miradas con la Gendarmería Imperial habría sido un inmenso honor, pero para Vlad no eran más que hombres inoportunos. No solo lo habían confundido con un criminal, sino que habían sido los causantes directos de que lo expulsaran de Kishinor. "Eso mismo estoy buscando ahora." "¡Le digo que yo no fui!" "Eso ya lo sé, pero tales son los procedimientos de la investigación." Aunque al principio Rodrigo rebosaba una furia incontenible, en ese momento se comportaba como un investigador completamente socarrón. "A fin de cuentas, tú eres el testigo que estuvo junto a Sir Auguste hasta el último instante. Para guardar las apariencias, ¿no debería al menos tomarte declaración antes de marcharme?" "Ja." Al oír la respuesta de Rodrigo, Vlad sacudió la cabeza de un lado a otro y soltó un breve suspiro de desdén. Las palabras de Rodrigo no carecían de lógica alguna, pero Vlad sabía perfectamente que el verdadero interés de aquel hombre apuntaba hacia un asunto totalmente distinto. "No se haga ideas equivocadas. Esta no es la Espada del Maestro de la Espada, se lo repito. Es solo mi espada." \*Hummm.\* Vlad desenvainó un poco la hoja para mostrársela a los caballeros, esperando disipar aquel grave malentendido al revelar la verdad; sin embargo, al quedar expuesta, la Espada Matadragones ignoró por completo los deseos de su amo y comenzó a vibrar con un imprudente zumbido metálico. "¡Oh!" "¡Ciertamente es el Caballero Plateado!" Al haber nacido de un mismo metal, ambas partes se reconocían con regocijo. Ante la resonancia que vibraba entre los metales afines, los caballeros de la Gendarmería extrajeron las monedas que llevaban consigo y comenzaron a prorrumpir en exclamaciones de asombro y devoción. "...Que no se trata de eso." "Aunque insistas en que no es verdad, es natural que mis hombres piensen de ese modo. La moneda comprada con honor solo reacciona ante la auténtica plata pura." "Por eso se lo vengo repitiendo desde hace rato: simplemente fundieron las monedas que ustedes tienen y forjaron esto." La moneda de plata pura era el precio del honor concedido exclusivamente a aquellos caballeros que se habían desprendido de todo orgullo personal. Se trataba de una moneda en extremo valiosa, inalcanzable a menos que se tratara de alguien como Sir Ramund, quien tras retirarse recorrió el continente para formar a las nuevas generaciones; del Duque de Acero, Guardián del Pacto; o de los propios caballeros presentes, quienes habían renunciado al apellido que portaban tras su nombre para ingresar en la Gendarmería Imperial. "No, esta moneda no se puede fundir, Sir Vlad." Al tratarse de una moneda tan singular, era inevitable que Vlad desconociera los secretos más profundos que la rodeaban. E ignoraba también cuán desprovistas de sentido resultaban las palabras que acababa de pronunciar. "La plata pura es un metal inmutable. No se oxida con el fluir de las eras, ni se quiebra ante la fuerza implacable." "..." Rodrigo le respondió con calma y una leve sonrisa a Vlad, quien bramaba de exasperación negándolo todo: "Y, por supuesto, tampoco se derrite ante el calor. En tiempos antiguos, incluso aquel legendario último alto horno de los enanos no hizo más que persuadir a la plata pura." "...Pero si un herrero hasta le sacó filo a esta espada." "Pues entonces ese herrero debió de persuadir muy bien a la espada." Para que cumpliera su cometido en el lugar donde debía estar. El auténtico color plateado pertenecía a un metal noble que comprendía qué forma debía adoptar en el lugar donde le correspondía estar. "De cualquier modo, esta espada no es la del rey fundador, sino verdaderamente la mía." "Digamos que es como tú dices, entonces." Sir Rodrigo, que se había acercado cabalgando a su lado sin que se diera cuenta, contempló hacia abajo la Espada Matadragones, que todavía zumbaba levemente, y prosiguió: "Sea como fuere, no cabe duda de que has sido elegido por la plata pura." Lo que debía transmitirse a través del tiempo no era la forma, sino el nombre. Se ignoraba de dónde provenía su linaje, pero allí estaba una espada imperial cercana a su forma primigenia. Y, además, una espada plateada bendecida por la protección de la plata pura. Aunque Vlad lo negaba con obstinada insistencia, Sir Rodrigo estaba convencido de que la voluntad de aquel soberano ciertamente había sido heredada. "Por cierto, ¿acaso se encontraba Su espada en el bosque de los elfos? Sir Auguste informó en una ocasión de que alguien había extraído una espada en aquel lugar." "...... De verdad que no tengo ni la menor idea de eso." Vlad pudo notar que los ojos de Sir Rodrigo, que lo observaban fijamente desde hacía un rato, se hallaban envueltos en un anhelo singular. Y supo también que, si llegaba a confesar que en verdad había extraído al Caballero Plateado en su momento, aquel ardor contenido en sus pupilas no haría más que avivarse. "Bueno, tenemos mucho tiempo por delante, así que ya lo indagaremos con calma. Después de todo, ya casi llegamos a la siguiente ciudad." "¿Piensa acompañarnos hasta allí?" Frente al carruaje de Josef, que marchaba a la vanguardia, comenzó a perfilarse una ciudad que se alzaba imponente en el horizonte. Era una urbe colosal, a una escala incomparable con Kishinor, la ciudad que acababan de dejar atrás. "Será mejor que vengan con nosotros hasta allí. Para nosotros, la ciudad de Valetta es prácticamente una base de suministros." La ciudad de Valetta. La urbe que poseía las murallas más inexpugnables de todas las tierras centrales. Y, al mismo tiempo, la capital del Condado de Arnstein. "Después de todo, el señor de Valetta, el Conde Arnstein, mantiene una estrecha amistad con el Duque de la Corte." Sir Rodrigo afirmaba que en Valetta le harían pagar el precio por haber sido expulsados de Kishinor, pero Vlad apenas prestaba atención a sus palabras. "...... Arnstein." A medida que se aproximaban, la ciudad de Valetta se revelaba ceñida de forma hermética por murallas tan colosales como las de Sturma, en el norte. Vlad pensó que el porte de Valetta, tan macizo y cerrado que parecía no albergar una sola brecha por la que penetrar, guardaba un calco exacto con cierto caballero al que se había enfrentado en el pasado. ※※※※ En una noche bañada por el claro resplandor de la luna llena, avanzaba en solitario un carruaje al amparo de las sombras. Aquel carruaje, escoltado por caballeros decapitados, se desplazaba pisando únicamente las tinieblas más densas, como si rehuyera incluso la luz lunar que caía del firmamento nocturno. "Como era de esperar, no late en absoluto." La mujer, cuya cabellera, antaño azulada en la raíz, se tornaba azabache hacia las puntas, posó la mano sobre el pecho de Frausen, sentado frente a ella, y sonrió con dulzura. "Y pensar que palpitaba con tanta violencia cuando os enfrentabais a un dragón..." "......" La sonrisa de la mujer era tan maternal y compasiva que incitaba a cualquiera a buscar cobijo en su regazo; sin embargo, Frausen, despojado por completo de todo color, permanecía sentado allí como si fuera un cadáver. Como si, a estas alturas, ni la más tierna de las sonrisas pudiera hacer palpitar su corazón. "...... ¿Marchan bien los preparativos de los que hablabas? Aquellos para hallar la tierra donde echar raíces." "Agradezco que mostréis interés en alguien tan indigna como yo, Majestad." Frausen contrajo levemente las cejas ante el tratamiento que la mujer le había conferido, pero de inmediato recuperó su semblante severo e imperturbable. "Todo avanza favorablemente. Esta vez, además, he conseguido a un talento bastante útil." La santa apóstata Lamashtu inclinaba la cabeza fingiendo sentirse sobrecogida ante la consideración de Frausen, pero en realidad sus manos desgarraban sin piedad el pecho del monarca. Pues para que el emperador que había regresado de entre los muertos pudiera moverse según su propia voluntad, era indispensable el sortilegio que ella inscribía en el fragmento. "¿Es alguien digno de confianza?" "Desconozco si es un hombre en quien se pueda confiar, pero..." Al compás del grácil movimiento de sus dedos, sobre los vestigios de sangre coagulada y ennegrecida, un fragmento carmesí comenzó a palpitar. Era el latido producido por el fragmento más perfecto de todos: aquel originado en el dragón supremo, transformado ahora en el corazón de Frausen. "Tengo la certeza de que, por muy perspicaz que sea un hombre, temerá la muerte que se cierne sobre él." "......" Con aquel latido que reanudaba su curso poco a poco, la mirada de Frausen fue recuperando la lucidez. Y el primer lugar hacia donde se dirigieron sus ojos fue el joyero que la mujer vestida de negro custodiaba con celoso recelo. "Si continúo avanzando paso a paso de este modo, sé que algún día encontraré una tierra donde morar junto a mis pequeños." La mujer que había huido de la muerte estaba enloquecida, y el emperador que había regresado de ella se encontraba consumido por el cansancio. Pese a ello, en el interior del carruaje donde ambos se hallaban frente a frente, solo reinaba un silencio sepulcral. "A diferencia de lo acontecido en Mosiam, espero que esta vez logres consumar lo que te propones." Dentro del joyero que Frausen contemplaba yacían colmadas las lágrimas de los árboles, ahora completamente frías. Procedían de los fragmentos del Árbol del Mundo Madre que el propio Frausen había trasplantado con sus propias manos en una época remotísima, cuando todavía poseía un corazón palpitante. "...... Solo así podré concluir también la labor que me he propuesto." Por un mundo desprovisto de los sufrimientos y tormentos causados por los adultos, en el que los niños pudieran sonreír. Por un mundo en el que ninguna posibilidad fuera pisoteada por el dragón supremo. "......" Para forjar semejante mundo, Frausen apartó con esfuerzo la mirada del joyero que derramaba su llanto. El joven caballero Kihano jamás habría obrado así, pero el anciano emperador Frausen era un hombre que, al final, había aprendido a transigir con la realidad. El carruaje proseguía su marcha. Aquel carruaje, que no hollaba el mundo concebido por Dios, se deslizaba incluso en aquel instante hacia algún rincón de las tierras centrales. Frausen acarició al Caballero Plateado, que ya no entonaba lamento alguno, y cerró sus pesados párpados. \----- • Autor: Q10 • Traductor: Inmensurable ⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨
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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 219

Estás leyendo el capítulo 219 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.