Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 218 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Según antiguas leyendas, aquella espada ostentaba un resplandor de plata reluciente. Se decía que poseía voluntad propia, que elegía a su legítimo dueño y que era capaz de manifestar sus designios a través de una profunda resonancia.
\*Hummm, hummm, hummm...\*
Tal como aquella espada que ahora mismo se cernía sobre él.
¡Clang!
Incapaz de soportar la abrumadora presión desatada por el choque entre ambos aceros, el suelo terroso del invierno comenzó a levantar una violenta tolvanera. Sin embargo, en medio de aquella brumosa polvareda, Rodrigo era incapaz de apartar los ojos de la espada plateada que se cruzaba contra la suya.
'¡Acaso esto es...!'.
La espada estaba vibrando. Al unísono con la moneda de plata pura que él custodiaba en su pecho.
Al percibir la resonancia de la moneda naciendo desde el interior de su coraza, Rodrigo no pudo contener su estupefacción.
"¡Vlad Dragulia! ¡¿Dónde diablos aprendiste la esgrima de la corte imperial?!".
"......".
La estentórea voz de Rodrigo, que inquiría por el origen de Vlad, retumbó con fuerza; sin embargo, aquel a quien iba dirigida la pregunta se limitó a desvanecer su figura una vez más en la espesa polvareda.
En el instante en que el denso polvo engulló el fulgor dorado de Vlad, comenzaron a resonar los alaridos de los caballeros desde la vanguardia.
"¡¿Dónde está?!".
"¡Espalda con espalda! ¡Reduzcan los puntos ciegos!".
"¡Maldita sea! ¡Ese infeliz es demasiado rápido!".
¡Bum! ¡Clang! ¡Crac!
En medio de la visibilidad nula, cada vez que se trazaba una fina línea dorada, un estruendo ensordecedor sacudía los alrededores. Con cada impacto, las edificaciones contiguas se venían abajo sin excepción, y el polvo que se levantaba con los escombros cegaba los ojos de los caballeros.
"...... Si son la Gendarmería Imperial, debieron haber dado con él como correspondía".
El principio del golpe letal definitivo nace de controlar el campo de batalla. Desde el interior de la tormenta de polvo desatada para enfrentar a un enemigo numéricamente superior, emergió una voz gélida:
"Por culpa de incompetentes como ustedes, el verdadero culpable sigue paseándose a sus anchas en este preciso instante, ¿no es así?".
Tipos ineptos, atrapados en la niebla urdida por el adversario, incapaces de discernir siquiera lo que tenían delante de sus narices. Más que por el injusto recelo que pesaba sobre su nombre, Vlad ardía en cólera por el rencor sin saldar de Auguste.
"Malditos incompetentes plagados de aberturas".
En el fondo de sus pupilas azules comenzó a coagularse una mirada singular. El mundo de Auguste era aquel que escudriñaba la verdad oculta tras el reverso de las apariencias. La penetrante agudeza visual de Vlad, que destellaba incluso en medio de la vorágine de polvo, provenía indiscutiblemente de Auguste, el comandante de la Gendarmería Imperial.
"¡......!".
La respiración contenida de Vlad, tan tensa como la hoja en alto, se detuvo por una fracción de segundo. Dar el primer paso resulta arduo cuando uno ignora hacia dónde debe encaminarse.
Sin embargo, en la firme zancada que Vlad daba en este momento no se vislumbraba el más leve titubeo.
Porque sabía con absoluta certeza hacia dónde debía avanzar.
¡Fssshhh!
Junto al siseo del aire hendido, un tajo fulgurante se precipitó desde el polvo contra los caballeros. La esgrima forjada en tiempos remotos por aquel duelista que osó desafiar al más perfecto de los dragones. No obstante, el haz de luz que caía sobre los caballeros ostentaba una pureza infinitamente más cercana a su concepción primigenia.
"¡Kjhk!".
"¡Aaaargh!".
A uno en la coraza, a otro en la muñeca y a otro en la espada que empuñaba. Siguiendo las fisuras señaladas por Auguste, las líneas trazadas por la sangre derramada de los caballeros comenzaron a eslabonarse.
"¡¿Aun así sigo pareciéndoles el culpable?!".
La técnica que segaba sus carnes pertenecía a la antigua corte imperial, la mirada que anidaba en aquellos ojos azules era la del comandante de la Gendarmería Imperial, y lo que cantaba al unísono no era otra cosa que la espada plateada que refulgía con esplendor.
\*Hummm, hummm...\*
Aun en medio de los borbotones de su propia sangre, los caballeros de la Gendarmería abrieron los ojos desmesuradamente. Porque la esgrima más legítima e intachable de todas acababa de pasar rozándolos.
"...... Santo Dios".
Con el gemido desolado que Rodrigo exhaló, la blancuzca polvareda comenzó a asentarse. Al disiparse el polvo, la escena reveló a los caballeros de la Gendarmería, petrificados como estatuas de piedra, y la punta de la espada de Vlad que acababa de sobrepasarlos.
"¿Que dónde aprendí la esgrima de la corte imperial?".
Tras sacudir las gotas de sangre que manaban de su acero, Vlad alzó la espada en dirección a un Rodrigo paralizado por el estupor.
"La aprendí de esa persona".
La punta de la espada extendida era implacable, pero no apuntaba a Rodrigo. Tan solo señalaba hacia el estandarte de la Gendarmería Imperial que ondeaba a sus espaldas.
"¿De quién?".
Al compás de la respuesta de Vlad, los caballeros de la Gendarmería comenzaron a desplomarse con lentitud. Sin embargo, a pesar de que sus subordinados se derrumbaban justo ante sus ojos, Rodrigo no pudo sino girar el rostro, arrastrado por la dirección que marcaba la punta de aquella espada.
"¿El estandarte?".
La insignia de la Gendarmería Imperial ondeaba al vaivén del viento. Ante la pregunta de Rodrigo sobre de quién había aprendido la esgrima de la corte imperial, Vlad se limitaba a señalar el relámpago blanco bordado en aquel blasón.
※※※※
"¡......!".
Un hombre avanzaba a paso raudo por las galerías del palacio imperial. Eran unas zancadas tan apresuradas que desentonaban con su madura edad, rayando casi en la precipitación. No obstante, en su esfuerzo por aparentar compostura a pesar de la prisa, se traslucía una cautela consciente de las miradas ajenas.
"Mi señor duque. ¿Me permite entrar un momento?".
"...... Pasa".
La débil voz de Armand surgió desde el interior de la cámara. El hombre, que sostenía una pequeña misiva, escudriñó los alrededores para cerciorarse de que no hubiera moros en la costa. Dado que el palacio imperial se hallaba ahora ensombrecido por la presencia del dragón, era imperativo actuar con extrema prudencia en cada uno de sus pasos.
"Ha llegado el informe de Sir Rodrigo, quien partió en misión de campo".
Acaso por la tensión contenida durante el trayecto, la voz del hombre temblaba ligeramente al ingresar en la estancia.
"Aquí lo tiene".
"...... Bien".
De haber sido el Armand de antaño, sin duda habría percibido la respiración agitada de su hombre de confianza. Sin embargo, el Armand de ahora se limitaba a recostar la cabeza sin fuerzas, como una vela a punto de extinguirse, contemplando el fulgor de la chimenea.
"¿Dice si ya se cobró la venganza de Auguste?".
"Mi señor duque. No se trata de esa clase de noticia".
El mago de Armand acortó la distancia de un solo paso y depositó el papel en la palma yerta de Armand.
"Por fin lo hemos encontrado, mi señor duque".
"¿Qué...?".
Armand, cuya vitalidad languidecía poco a poco cual mecha consumida, desdobló la nota que sostenía al advertir la mirada del hombre fija en él.
"¡...!".
Las yemas de sus dedos temblaban, no a causa de la decrepitud de la vejez, sino presas de una honda conmoción. La nota que Armand había recibido era de idéntico tamaño a la que antaño le enviara Auguste, el otrora comandante de la Gendarmería Imperial.
"Acaso... esto... ahora...".
El noble linaje de la corte imperial ya se había extinguido, y el fragmento de dragón que debían custodiar había sido arrebatado por el dragón más ancestral. Por tal motivo, la vida carecía ya de propósito para Armand; no obstante, el papel que ahora sostenía entre sus manos parecía instarlo a inflamar una última llamarada.
"El relámpago blanco ha continuado sucediéndose".
Nadie en la corte imperial conocía el fin de Kihano Frausen, el Rey Fundador. Y es que, en su postrer instante, se había despojado de la gloriosa corona y abandonado el palacio imperial portando consigo tan solo una hoja plateada.
"Junto con la espada plateada que él empuñaba".
"¡Ohhh!".
Un júbilo incontenible brotó desde lo más profundo de aquel marchito cuerpo. La nota despachada por Sir Rodrigo era una noticia que Armand había aguardado con desesperación y sobre la cual ya casi se había resignado a perder toda esperanza.
"Ahhh...".
Temiendo que la exclamación de regocijo que escapaba de su garganta pudiera filtrarse hacia el exterior, Armand se apresuró a morder la manga de su sayo. Aquel clamor reprimido entre sus dientes apretados comenzó a encender, latido a latido, el gélido corazón del duque.
"Ven... acércate aquí".
"Sí, mi señor duque".
Ante el cauteloso ademán con que Armand lo llamaba, su hombre de confianza arrimó el oído de buen grado. Y es que los ojos del anciano, habiendo recobrado la vitalidad perdida, centelleaban de pronto con renovado brillo.
"Reúne a mis caballeros. Despacio. Asegúrate de que Sarnus no se percate bajo ninguna circunstancia".
"Entendido, mi señor duque".
Al ver a su confidente asentir y salir de la estancia, Armand arrojó de inmediato al fuego de la chimenea las dos notas que sostenía. Eran pliegos del mismo tamaño, aunque uno de ellos lucía arrugado y plegado por haber permanecido guardado durante incontables años.
"Gracias, Auguste".
Había conservado aquel pliego en memoria del caballero que lo acompañara durante largo tiempo, pero ahora ya no era necesario. La férrea voluntad que Auguste le legara había sido transmitida con certeza.
"Gracias a ti, podré enlazarlo de nuevo".
Se decía que el pacto imperial que mantenía encadenado al dragón más ancestral solo podía perpetuarse de dos únicas formas: una era mediante la sangre, y la otra, mediante la voluntad. Pese a haber sucumbido penosamente ante el asedio y las intrigas del Duque de la Sangre de Dragón, Auguste jamás había olvidado su deber hacia la corte imperial hasta el último instante de su vida.
\* \* \*
"¡Maldita sea!".
¡Bam!
El sordo bramido bestial que se entremezcló en aquel grito colérico no era fruto de la imaginación. Mircea, al contemplar cómo la mesa se resquebrajaba lentamente ante el golpe, se apresuró a retirar la copa de vino que reposaba sobre ella.
"¡Por eso jamás debí depositar mi confianza en esa escoria marina!".
En la carta arrojada con violencia sobre el suelo relucía un blasón grabado con ostentosas filigranas de oro. Aunque las apreciaciones pudieran variar según el gusto de cada quien, aquel emblema recargado en exceso rezumaba una insolencia imposible de disimular.
"El fragmento de dragón que debía entregaros se lo ha engullido limpiamente un tipo llamado Vlad. Bien se ve que la sangre de su linaje es brava por naturaleza, pues qué bien destazó a tajos a semejante dragón".
"¡De entre todos a quienes entregárselo, tenía que cedérselo precisamente a alguien de la sangre de dragón!".
Quizá se debiera a su aspecto, perceptiblemente más rejuvenecido que antes, pero cada movimiento del Duque de la Sangre de Dragón, incapaz de contener su furia, desprendía un calor ardiente e impetuoso.
"¡Apenas acababa de obtener lo que pertenecía a la corte imperial para darme por satisfecho, y ahora ese maldito del sur viene a atormentarme la paciencia!".
Bajo la camisa que Sarnus se desabotonaba con brusquedad se adivinaban incontables tatuajes desvaídos. Al contemplar aquellos trazos semejantes a zarzas espinosas que le ceñían la garganta, Mircea recogió la carta del suelo en absoluto silencio.
"Entonces, ¿los únicos fragmentos que restan son los dos que se hallan en el norte?".
Sarnus caminó hacia el ventanal y, cruzando los brazos a la espalda, clavó la mirada a lo lejos, en dirección a las tierras boreales.
"Vaya que os esforzasteis en despedazarlo en trozos tan menudos, Rey Fundador".
Contemplando el exterior a través del cristal, Sarnus evocó en su memoria a aquel dragón perfecto que, en épocas remotas, yacía abatido a los pies del Caballero Plateado. Y recordó también la figura de Kihano partiendo en cinco porciones aquel corazón sublime que aún palpitaba cubierto de sangre.
Sarnus, el dragón más ancestral, había sido testigo presencial de aquel instante legendario junto a los caballeros del Maestro de la Espada, y era también el único involucrado directo que aún permanecía con vida.
"¿Tú qué crees, Mircea? ¿Acaso ese rapaz seguirá añorando el regazo de su padre?".
"No sabría decirlo con certeza".
Aunque hasta hacía un momento resoplaba de cólera, el semblante con el que Sarnus se volvió lucía ahora rebosante de una serena afabilidad. Frente a un progenitor que exhibía tantas facetas como los incontables años que arrastraba a sus espaldas, Mircea se limitó a inclinar la cabeza.
"Esparcí esa semilla con la simple curiosidad de probar a qué sabría el potencial florecido en el fango, y pensar que ha crecido tanto en tan poco tiempo".
Haber sobrevivido más tiempo que nadie significaba también haber devorado más que ningún otro. Sarnus, quien soñaba con el potencial más perfecto cosechando las semillas que él mismo había sembrado, comprendió que había llegado la hora de actuar por su propia cuenta.
"Atacaremos el norte. Convoca a los señores feudales".
"Entendido".
"Ah, y otra cosa".
El dedo de Sarnus señaló la copa de vino que Mircea sostenía entre las manos.
"Tráeme otra copa".
Una estilizada copa que albergaba un vino de intenso color carmesí. Al bajar la mirada hacia su interior, Mircea descubrió que aún quedaban espesas gotas escarlatas que su padre no había terminado de apurar.
"Enseguida".
Al salir de la estancia, Mircea avanzó por un corredor harto conocido y abrió la puerta oculta que conducía al subterráneo. El aire húmedo arrastró consigo un denso hedor a dragón. Sin necesidad de una sola antorcha, guiado únicamente por la costumbre mientras sostenía la copa, sus pasos se internaron con naturalidad en la penumbra.
"Vaya...".
Sin embargo, al detenerse frente a los barrotes en lo más recóndito de la mazmorra, Mircea no pudo evitar soltar un leve suspiro.
Los grilletes y las cadenas yacían toscamente cercenados.
En el sitio donde sin duda debía aguardar intacto aquel barril de vino pelirrojo, únicamente restaban los abundantes vestigios dejados por un intruso.
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• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨

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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 218
Estás leyendo el capítulo 218 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.