Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 217 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
En una habitación donde el frío invernal aún no se había disipado, un anciano permanecía sentado en completa soledad. La alfombra que pisaba era mullida y los ropajes que vestía eran gruesos; sin embargo, como si un frío glacial le calara los huesos, el anciano no dejaba de inclinar la espalda una y otra vez hacia la chimenea crepitante.
"...Al final, así han resultado las cosas".
Armand, el Duque de la Corte. Un hombre que había renunciado al apellido que debía figurar tras su nombre con tal de cumplir el deber que lo precedía. De sus labios, marchitos por los estragos de la vejez, brotó una voz quebrada a la que ya no le quedaba remedio.
"Ni siquiera en la muerte tendré cara para presentarme ante ti".
Aunque la mirada de Armand apuntaba a los leños encendidos, sus manos resecas sostenían con firmeza una nota raída por el tiempo. Aquel pedazo de papel, que había atesorado con celo hasta ese momento, era el último despacho que Auguste, el antiguo comandante de la Gendarmería Imperial, le había enviado.
"..."
Al contemplar aquella nota que, a pesar de haber desplegado incontables veces, aún le dejaba un pesar inconsolable, el Duque Armand mostró un semblante ensombrecido por la amargura.
'Mi espada y la espada de la corte imperial. El caballero Auguste, el orgulloso comandante de la Gendarmería Imperial'.
El Duque Armand apretó con fuerza la nota que sostenía, evocando la memoria de aquel hombre al que ya jamás volvería a ver.
"...Sin embargo, aun si tú ya no estás, debo hacer lo que me corresponde".
Un anciano entristecido por no haber podido cumplir con el deber que se esperaba de él. Al igual que el calor menguante de los leños, el tiempo de Armand también se iba consumiendo; no obstante, el viejo duque todavía no se había rendido. Porque en el último despacho enviado por su leal caballero aún palpitaba una esperanza digna de encenderse.
'Aunque la sangre no haya tenido continuidad, perpetuaré al menos su voluntad'.
Aferrando aquella nota que Auguste le había enviado desde el bosque de los elfos, en la mirada de Armand todavía ardía un rescoldo que se negaba a extinguirse.
※※※※
"Tal y como decían los rumores: un cabello rubio intenso y ojos azules".
"..."
Vlad observó a los hombres que lo habían rodeado en un abrir y cerrar de ojos y depositó con cautela el vaso que sostenía. Había advertido al instante que los individuos que lo fulminaban con la mirada no eran rufianes comunes de taberna, sino espadachines de formidable destreza.
"¿Quiénes son ustedes para arrimárseme con tanta insistencia?".
"Soy Rodrigo, caballero veterano de la Gendarmería Imperial".
En el estandarte que portaban aquellos hombres estaba plasmado un rayo blanco que parecía hendir las tinieblas. Era el pendón que representaba al orgullo de Brigantes, la capital imperial, una fuerza de la que se decía rivalizaba a la par con la Guardia Imperial: la Gendarmería Imperial.
"...Si pertenecen a la gendarmería, ¿no deberían estar en la capital imperial?".
"Venimos a arrestar a un criminal".
¡Pum!
Quizá irritado por el porte imperturbable de Vlad a pesar de encontrarse cercado sin escapatoria, el hombre estampó una hoja sobre la mesa con un golpe seco y estruendoso. Aquel documento, extendido para que lo leyera, era una orden de arresto contra Vlad emitida a nombre de Armand, el Duque de la Corte.
"Quedas bajo arresto por el cargo de haber asesinado a Sir Auguste, antiguo comandante de la Gendarmería Imperial. Vlad".
"¿Qué?".
Cabello rubio intenso y ojos azules. La Gendarmería Imperial mostraba sus colmillos contra aquel caballero del norte, quien a todas luces descendía del linaje de los dragones. Y es que acababan de confirmar que la última persona que había acompañado a su trágicamente caído comandante era precisamente el joven dragón que ahora tenían delante.
"..."
Al escuchar un nombre familiar de labios de un desconocido, Vlad comenzó a leer la orden de arresto con manos ligeramente trémulas. En aquel pergamino redactado con una caligrafía escueta e inflexible figuraba, en efecto, su propio nombre junto al de Auguste.
"¿Ha fallecido... Sir Auguste?".
"¡No intentes eludirlo, vástago de dragón!".
Con el rostro endurecido por la conmoción, Vlad preguntó por la suerte de Auguste, pero los miembros de la gendarmería se limitaron a desenvainar sus hojas. Convencidos de que sus palabras no eran más que las burdas artimañas de un criminal, en los aceros que empuñaban fulguraba una cólera indisimulable.
"Tu culpa ya la prueban ese cabello rubio y esos ojos azules con los que naciste".
"..."
Ante aquel equívoco punzante e ineludible, las pupilas de Vlad temblaron.
Aquel viejo caballero le había dicho en su momento que fuera a buscarlo si alguna vez visitaba la capital imperial. E incluso, preparándose ante cualquier contingencia, le había asegurado que podía recurrir a su nombre si alguna vez se topaba con la espada de la corte imperial.
"¿Cuándo ocurrió? ¿A manos de quién?".
"...¡Miserable!".
En el nombre de Vlad concurrían múltiples facetas. Para Kihano, era una estrella que contemplaba el firmamento; para Auguste, el caballero que había protegido el retoño del Árbol del Mundo.
"¡Como era de esperar de la sangre de dragón, no muestras más que una cobarde hipocresía!".
Sin embargo, a ojos de Rodrigo, Vlad no era más que un dragón que había asesinado a su comandante.
Frente a aquel descendiente draconiano que fingía inocencia, los mundos interiores ocultos tras el ojo izquierdo de los caballeros comenzaron a manifestarse.
"¡Vlad Dragulia! ¡Quedas bajo arresto!".
Aquellos hombres lo llamaban por el nombre con el que simplemente había nacido, no por el que se había forjado con su propio esfuerzo. Ante quienes lo miraban como a un dragón y no como a un caballero, Vlad terminó por morderse el labio.
"...No fui yo".
Vlad lo comprendió de inmediato: el malentendido ya se había enredado como una madeja informe y él había caído de lleno en la trampa.
"Yo no maté a Sir Auguste".
Por lo tanto, debía demostrárselo a los caballeros allí presentes: que no era un dragón y que no había segado la vida de su comandante.
Pronunciando aquellas palabras, Vlad se puso en pie con lentitud y desenvainó su espada. El mundo interior con el que Vlad se disponía a probar su propia inocencia resplandeció con un fulgor dorado y señorial.
※※※※
¡Bummm!
El estruendo ensordecedor que resonó en el corazón de la urbe sobresaltó tanto al Barón Moldavir como a Josef. Fue una sacudida tan violenta que hizo temblar las tazas de té que sostenían.
"¡¿Qué ha sido eso?! ¡¿Qué ocurre?!".
Ante semejante conmoción repentina, el Barón Moldavir se levantó de un salto y corrió hacia el ventanal. La volatilidad con la que se venía transformando la situación en las tierras centrales le hizo temer que hubiera estallado un conflicto armado en sus propios dominios.
"P-Pero qué demonios...".
Sin embargo, las murallas hacia las que dirigió la mirada permanecían en absoluta calma. Solo se distinguía una densa polvareda elevándose a lo lejos, justo en medio del mercado.
Al reconocer un familiar destello dorado entre aquella densa nube de polvo, Josef depositó en silencio la taza de té que sostenía.
※※※※
"¡Maldita sea!".
"¡Rata escurridiza!".
"¡Ya lo sabías!"
Entre los escombros de la pared que reventaba con estrépito, varios caballeros salieron rodando por los suelos. Aquellos que no se habían dejado ver hasta entonces eran otros gendarmes que bloqueaban la ruta de escape desde el exterior del edificio.
'¡Seis en total!'.
Dentro de la taberna, cuatro caballeros habían cercado a Vlad, pero sumando a los que aguardaban fuera, eran seis en total. Gracias a su agudo oído, que le permitió discernir la posición exacta de quienes contenían la respiración, Vlad había acorralado a Rodrigo a propósito para estrellarlo contra el muro donde estaban apostados, desatando la confusión.
"¡Lord Vlad!"
"¡Tú quédate quieto!"
Nibelung hurgaba en su mochila con ademanes apresurados, pero en esta ocasión Vlad no podía permitirse aceptar su ayuda.
"¡Yo me encargaré!"
Aunque no fuera más que un caótico mercado, el lugar donde Vlad se encontraba ahora no distaba en nada de un tribunal. El único tribunal donde, a través de los caballeros que tenía ante sí, podría demostrar su inocencia. Y para alcanzar una absolución incuestionable, tendría que convencerlos única y exclusivamente con su propia espada.
¡Clang!
"¿Acaso pretendes demostrar tu inocencia con semejantes tropelías, Vlad Dragulia?"
"......"
Sin embargo, el trance de probar su inocencia jamás había sido un camino sencillo, como ocurría siempre. Del ojo izquierdo de Rodrigo, envuelto en un fulgor ardiente, brotaba la misma cólera encendida que había presenciado momentos antes. Aunque todo naciera de un trágico malentendido, la furia que aquel hombre albergaba era, al menos, del todo legítima.
"¿Antes me preguntaste cómo había muerto Lord Auguste?"
El mundo de Rodrigo era un universo de cadenas de hierro firmemente entrelazadas. Siguiendo el compás de aquel dominio impregnado por el frío color del metal, su espada comenzó a alargarse de forma paulatina.
"¡......!"
Su hoja, extendida hasta un punto en que ya resultaba imposible calcular la distancia, se curvó hacia Vlad como si se tratara de una soga dispuesta a apresar a un criminal sentenciado.
"¡Eso es precisamente lo que yo quisiera preguntarte a ti!"
¡Bum!
A simple vista parecía cimbreante, pero al tocar el suelo desató una fuerza colosal capaz de reventar el pavimento. Al ver el suelo del mercado destrozado con semejante violencia, los mercaderes de los alrededores comenzaron a proferir alaridos de espanto.
"¡Ahora!"
"¡Aprisiónenlo!"
Vlad se quedó atónito ante la acometida serpenteante de Rodrigo, semejante a un trallazo, pero de inmediato se vio desprovisto de aliento ante el embate conjunto del resto de los caballeros que se abalanzaron sobre él.
"¡Ríndete y acepta las cadenas sin oponer resistencia, bastardo de los Dragulia!"
La atroz muerte del comandante a quien habían jurado lealtad y seguido durante toda su vida. Aquel noble caballero, que bajo ninguna circunstancia debió haber caído ni perecido de tal manera, había regresado convertido en un cadáver gélido. Desprovistos de su líder, los caballeros volcaban ahora contra Vlad una rabia ciega que no hallaba otro cauce.
\['......¡Muévete deprisa! ¡Antes de que adopten su formación!'\].
"¡Tsk!"
Más cortante que la propia hoja extendida era la trayectoria con la que los caballeros cerraban el paso. Sus movimientos, clausurando metódicamente cada posibilidad de avance, oprimían a Vlad como si una red de hierro descendiera desde lo alto del cielo.
¡Clang! ¡Klang!
'¡No puedo permitir que me sigan arrinconando!'.
Comprendía sus intenciones, pero zafarse de la trampa resultaba una tarea titánica. Si bloqueaba una espada, otra se precipitaba de inmediato; y en cuanto parecía vislumbrar un resquicio para rechazar el golpe, otro caballero irrumpía ocupando el espacio vacío en un parpadeo.
'¡Maldita sea...!'.
Para colmo, la espada de Rodrigo volaba sin descanso en medio de aquella vorágine. El tenaz y pegajoso encono de los gendarmes, empeñados en capturarlo con vida a cualquier precio, entorpecía el juego de pies de Vlad.
\['¡Anticipa el siguiente movimiento! ¡Solo así lograrás zafarte!'\].
"¡......!"
Por las brechas visibles era del todo imposible escapar. Por lo tanto, no le quedaba otra alternativa que prever la abertura que estaba por formarse. Tras asimilar el consejo de Kihano, Vlad apoyó el pie con fuerza y retrocedió con presteza.
¡Bum!
El filo de la espada de Rodrigo volvió a hacer saltar por los aires la pared de otro edificio. En medio de la densa polvareda levantada por el derrumbe, a Vlad le costaba incluso respirar; aun así, se esforzó por mantener la compostura y alzó su espada con serenidad.
"......Esa postura..."
Aunque sus hombros subían y bajaban con violencia a causa del agotamiento, la agudeza de su mirada permanecía implacable. Al contemplar a Vlad empuñando la espada en alto y clavando los ojos sobre ellos, Rodrigo experimentó una extraña y desconcertante sensación.
Con el acero sostenido por encima del hombro, presto a dispararse como una flecha. La postura que Vlad adoptaba mientras contenía el aliento para condensarlo todo en un único golpe era, sin duda alguna, una posición que los caballeros de la Gendarmería Imperial conocían a la perfección.
\['¿Ahora lo ves?'\].
"Sí".
Entre los caballeros, desconcertados y descompuestos por un instante, se abrió una brecha. Era un resquicio que aún no existía, pero que quedaría al descubierto en el momento exacto en que la espada alcanzara su destino; y los ojos de Auguste ya lo habían discernido con claridad.
"Puedo verlo".
Escuchaba el estremecimiento de los músculos al tensarse. Veía los vestigios del vaho a punto de ser exhalado. Y, con ello, la brecha que estaban por manifestar.
\['¡Pues adelante!'\].
La técnica del antiguo comandante de la Gendarmería Imperial superpuesta a la esgrima de la corte imperial. Aunque solo fuera por una fracción de segundo, la figura de su difunto líder se reflejó con tanta nitidez en aquel muchacho que los caballeros de la gendarmería se estremecieron de asombro.
"¡Aaaah!"
Siguiendo los puntos débiles que la senda de Auguste revelaba, la espada de Vlad comenzó a cruzar el aire. De punto a línea, aquel tajo fluido se desplegó continuo como el trazo magistral de un pincel. Al ver la espada plateada pasar rozándolos, los caballeros de la Gendarmería Imperial sintieron una extraña resonancia brotar desde lo profundo de sus pechos.
\*Hummm... hummm, hummm...\*
La espada plateada que sostenía Vlad vibraba con un eco lastimero, al unísono con las monedas de plata pura que los caballeros llevaban guardadas sobre el pecho. Aquellas monedas, que jamás podían comprarse con riquezas sino únicamente con el honor, eran un metal noble que solo aquellos desprendidos de sí mismos podían portar; y procedían, además, de una misma espada.
"¡No puede ser...!"
Rodrigo abrió la boca de par en par al contemplar la hoja que, tras rebasar a sus subordinados, se precipitaba ahora hacia él. Pues, al oír el canto espontáneo de la espada plateada, acudió a su memoria el contenido de la nota que Auguste había dejado como último mensaje.
\*Ausrina. La Espada del Maestro de la Espada. Desenvainada.\*
"¡Con esta espada demostraré mi inocencia!"
Desgarrando las tinieblas engendradas por el malentendido, la esgrima del Maestro de la Espada avanzaba implacable. Sintiendo el lento repique de la moneda en su pecho al compás de aquella espada, Rodrigo al fin lo comprendió.
Que el joven dragón de la Casa Dragulia, aquel que había permanecido junto a su comandante hasta el mismísimo final, no era ningún asesino.
Solo entonces, contemplada bajo una nueva luz, la figura de Vlad no era la de un dragón, sino la de un caballero que había heredado la voluntad de alguien.
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• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨

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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 217
Estás leyendo el capítulo 217 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.