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Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 215 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Apenas despuntaban los primeros rayos del sol en aquella temprana mañana. Aunque el invierno tocaba a su fin, Vlad contemplaba la ciudad de Nassau sintiendo todavía la caricia gélida del viento. "Parece que, después de todo, este asunto resultó ser una ganancia para el capitán Haben." Ante la voz de Josef, que resonó a su lado, Vlad sacudió la cabeza en silencio. "Haben no pensará de ese modo. Le tenía un aprecio enorme a su barco original." "¿De verdad? Bueno, ciertamente daba la impresión de que el capitán le guardaba un apego fuera de lo común a su nave." El mar centelleaba al compás del sol naciente. Hendiendo aquella superficie brillante, un imponente navío abandonaba con lentitud el puerto de Nassau. Aquel buque de clase galeón, una estampa casi imposible de presenciar en el norte, era la misma embarcación que Vlad y los marineros habían capturado en su día a los subordinados de Barbosa. "Al menos es un alivio haber podido rescatar el pendón." Vlad habló en voz baja mientras observaba cómo el navío avanzaba en solitario hacia el mar abierto. Aunque había perdido su forma original, el nuevo barco de Haben al menos había heredado su nombre. Como si quisiera demostrarlo, ondeaba ahora en lo más alto del mástil un pendón que lucía una rosa roja grabada. Aquella era la única reliquia que Vlad se había esforzado en rescatar de La Jemina mientras se hundía en las profundidades. "¿Adónde se dirigirá ahora, milord?" Preguntó Vlad con la mirada fija en la nueva Jemina, que zarpaba rumbo al norte. Los asuntos con los enanos habían concluido. Gracias a lo sucedido, Josef había conseguido lo que deseaba, y Vlad había cumplido cabalmente con el pacto que consideraba haber dejado incompleto. En otras palabras, entre Josef y Vlad ya no existía obligación ni deuda alguna. "Iré a las tierras centrales. Para ser precisos, pienso reunirme con los señores feudales de la región fronteriza con el norte." "¿A las tierras centrales?" Josef, tras abrir la puerta de su carruaje, respondió con una sonrisa dirigida a Vlad: "Ya no me queda ninguna facción en el norte que me brinde su apoyo. Así que no tengo más remedio que intentar atraer partidarios de otros lugares." "Entiendo..." "Mi destino final es la Casa Condal Oscar, la familia de mi madre. Si voy allí, sin duda me concederán algo con lo que contar." Josef seguía asegurando que aspiraba a la jefatura de la Casa Bayezid, pero Vlad percibió una extraña e indescriptible sensación en sus palabras. A diferencia de su pasada actitud encarnizada, su sonrisa parecía haberse vuelto algo más sosegada. Ante aquel sutil cambio de talante, imperceptible para cualquiera que no lo hubiera observado de cerca, Vlad no pudo evitar sentir una discordancia difícil de expresar con palabras. "¿Y tú qué piensas hacer?" "Yo..." Ante la pregunta de Josef, Vlad se quedó momentáneamente sin palabras. Lo que debía hacer estaba perfectamente claro, pero aún no tenía la menor noción de adónde debía encaminarse en la práctica. "Dicen que los dragones están muriendo." "¿Cómo dice?" "Desde el oeste, según parece. Llegó información de que sus cadáveres yacen esparcidos por diversos puntos." Josef se encogió de hombros, como si estuviera al tanto de todas las tribulaciones del muchacho, y prosiguió: "Y la dirección que siguen esos rastros apunta, según se dice, hacia las tierras centrales, ¿no es así?" "..." Habiendo pronunciado esas últimas palabras, Josef subió al carruaje y asomó la cabeza por la ventanilla abierta. "Si quieres, en el camino puedo compartirte una fogata y algo de forraje para tu caballo." "Se lo agradezco." "Pero no podrás subir a mi carruaje. Este vehículo es bastante estrecho en comparación con el que tenía antes." Ya no se trataba de saldar deudas pendientes, sino de avanzar hacia los rumbos que cada uno debía tomar. Vlad apretó las riendas de Noir para marchar al paso del carruaje de Josef, que comenzó a avanzar con lentitud. Como si se alegrara de alejarse por fin del mar, el Hijo de la Estepa soltó un violento y enérgico resoplido. "Nos sigue de cerca." "Siempre ha sido un tipo con deseos muy claros." Josef contempló en silencio el exterior a través de la ventanilla ante el comentario de Zayar, sentado frente a él. Era un sendero invernal aún cubierto de hielo implacable. Sin embargo, no pasaría mucho tiempo antes de que los aires de la primavera alcanzaran aquellas tierras. "Aun así, parece que a diferencia del pasado, ha aprendido a captar las cosas al vuelo." Incapaz de soportar el frío hasta que llegara dicha estación, Josef abrió con delicadeza la caja que le habían entregado los enanos. En el interior de aquel estuche, que a ojos de cualquiera lucía de una elegancia sumamente vetusta, descansaba un juego de té. Las tazas guardadas allí exhibían una maestría artesanal tan exquisita que costaba atreverse a tocarlas; sin embargo, Josef extrajo los utensilios con ademanes absolutamente desprovistos de vacilación y comenzó a infusionar las hojas. "Qué alivio comprobar que el esfuerzo invertido en educarlo no fue en vano." Tanto La Jemina, como Vlad y el propio Josef; todos aquellos que alguna vez estuvieron en el lugar que les correspondía abandonaban ahora la ciudad de Nassau. En las profundidades de aquellas aguas marinas, ondas plateadas se movían al compás del barco que zarpaba con rumbo norte. En aquel abismo inaccesible para los seres humanos, una multitud de calamares nadaba hacia el norte en busca de un lecho más gélido. \* \* \* Una multitud de personas se alineaba a lo largo de un suntuoso salón fastuosamente engalanado. La alfombra roja que cubría el suelo estaba primorosamente bordada con hilos de oro, y las paredes de mármol blanco impoluto relucían decoradas con incontables joyas y flores de múltiples tonalidades. 'Al final... ha conseguido salirse con la suya.' Tan espléndido como el aspecto de aquel fastuoso salón de banquetes era el linaje de los individuos allí congregados: nobles miembros de la realeza, deslumbrantes aristócratas y caballeros colmados de honor. No obstante, en el rostro del Duque de la Corte Armand, quien ocupaba la posición más encumbrada entre todos ellos, se cernía una sombra que resultaba imposible de disipar. "...Desde el día en que se fundó el imperio hasta el presente. Me he devanado los sesos pensando de qué manera podría expresar mi gratitud al Duque de la Sangre de Dragón, quien ha cumplido con sus deberes de forma tan intachable." En aquel recinto colmado de presencias sublimes y resplandecientes, el primero en tomar la palabra fue un muchacho que parecía conservar aún los rasgos de la más tierna infancia. Sin embargo, sobre la cabeza del joven reposaba una pesada corona que a su edad parecía todavía insoportable de sobrellevar. "Por consiguiente, he tomado una decisión. He decidido otorgar una recompensa digna al Duque Sarnus, quien ha demostrado ser más leal que cualquier otro en la historia del imperio." Las palabras que pronunciaba eran fluidas, como si las hubiese ensayado, pero en realidad su voz temblaba sin cesar. Probablemente el joven emperador se sentía abrumado por la presencia del hombre que permanecía arrodillado ante él. "Levantaos, Duque de la Sangre de Dragón. Por la lealtad que me habéis profesado, os entrego este cofre en nombre del emperador del imperio." Bajo las órdenes del jovencísimo emperador, los sirvientes traían consigo un cofre de aspecto singular. Aquel cofre, que bien parecía un ataúd, se encontraba fuertemente encadenado de arriba abajo con eslabones plateados. "...... Es una merced inmerecida para mí, Majestad." El hombre que decía no merecer semejante favor, arrodillado ante el emperador, poseía una cabellera de un dorado resplandeciente. "Temo repetir los errores del pasado." Sus ojos, al alzar la mirada, albergaban un azul mucho más profundo que cualquiera de las joyas engastadas en aquel recinto. "Mas si este es otro deber que el imperio me encomienda, lo aceptaré de buen grado." Sin embargo, la imponente presencia que emanó al ponerse en pie superaba a la de cualquier otro presente en la sala. Mucho más avasallante incluso que la del joven emperador que se erguía ante él. "A... ahora este fragmento es vuestro, Duque Sarnus." El dragón más antiguo. Sarnus Dragulia. Él extendía la mano hacia el cofre que el rey fundador había fragmentado y que las sucesivas generaciones de duques de la corte habían custodiado. "Os lo agradezco, Majestad." El Duque de la Corte Armand, contemplando a aquel dragón más antiguo que extendía la mano hacia el fragmento más perfecto, no pudo más que esforzarse en desviar la mirada. Los ojos azules resplandecían. A través de unas pupilas que hasta hacía un instante pertenecían a un humano, pero que en algún momento se habían contraído por completo en finas rendijas verticales. Aquello que tanto había anhelado durante tantísimo tiempo se hallaba ahora ante sus propios ojos. ※※※※ "...... Vaya un sótano lúgubre para pertenecer a una casa ducal." La humedad que impregnaba los alrededores era densa. Los peldaños de la escalera de caracol de piedra resultaban resbaladizos, volviendo difícil dar un solo paso, y el aire, que se tornaba más helado a medida que descendía, todavía le erizaba la piel alrededor del cuello. "¿Acaso era necesario cavarlo a semejante profundidad?" En la capital, Brigantes, existía una mansión que albergaba sombras tan profundas como los años que habían transcurrido sobre ella. Los grabados esculpidos por doquier eran fastuosos, mas emanaba un aire sombrío por alguna razón, y tal vez por la orientación en la que fue construida, era de aquellas mansiones a las que rara vez llegaba la luz del sol. La mansión del Duque de la Sangre de Dragón Dragulia. El obispo Pierre, que recorría en secreto la mansión desprovista de dueño, iluminó el fondo de la escalera con la antorcha que sostenía. "...... Ni siquiera se vislumbra el final." Y es que lo único que alcanzaba a ver era una oscuridad tan densa que la luz de la que dependía parecía ridículamente insuficiente para desafiarla. Bajo los peldaños que la antorcha alumbraba, solo habitaban unas tinieblas que ni siquiera un devoto siervo de Dios se atrevería a ponderar. \*Crujido—\* Tras descender por la escalera que parecía interminable y alcanzar por fin el fondo, Pierre no pudo ocultar la tensión en su semblante ante el sonido sordo de algo que tropezó contra la punta de su pie. Con una sensación de inquietud, Pierre agitó a toda prisa la antorcha a su alrededor y pudo percatarse de que en ese instante se hallaba de pie en medio de un inmenso vestíbulo circular. '...... Es como si existiera otra mansión bajo la propia mansión.' Si hubiera sido una mansión ordinaria, jamás habrían excavado el subsuelo a semejante profundidad. Al contemplar el sótano secreto de Dragulia, cuyo propósito resultaba del todo incomprensible, Pierre sintió cómo renacían en su interior sus instintos como inquisidor. "...... P-piedad... sálvenme......" "......!" Una voz tenue resonó en aquel instante. Al oír la débil voz de alguien, que parecía a punto de extinguirse como una lámpara sin aceite, Pierre proyectó apresuradamente la antorcha hacia las tinieblas. "¿Quién anda ahí?" Alrededor del vestíbulo circular adonde alcanzaba la luz, había una multitud de barrotes alzados de manera insólita. Al contemplar aquellos recintos que parecían celdas de una prisión, el obispo Pierre trazó en silencio la señal de la cruz sobre su pecho y acercó la antorcha hacia la dirección de donde provenía la voz. "Urrgh......" En el corazón de la penumbra así iluminada, se encontraba un anciano. Un anciano seco y marchito, tal como una hoja caída en otoño. "Por favor... sáquenme de aquí......" El anciano, que agitaba las manos a ciegas siguiendo la luz que lo bañaba, reconoció los ojos grisáceos que lo observaban y su rostro adoptó una expresión extraña. "¿Obispo Pierre?" Un lugar al que llegaba por primera vez, un anciano al que jamás había visto. Sin embargo, al escuchar resonar su propio nombre con tanta familiaridad en semejante sitio, el obispo Pierre se esforzó por disimular su desconcierto. "¿Me conocéis?" "S-soy yo, obispo Pierre." Al contemplar la antorcha radiante que sostenía el sacerdote exorcista, los turbios ojos del anciano parecieron recobrar por fin su color original. "Soy yo, Radu. Radu Dragulia." "...... ¿Qué?" El color de la luz recuperada era azul. Aunque su rostro era un despojo marchito invadido por profundas arrugas, el matiz que había regresado a sus pupilas resultaba, sin duda alguna, inconfundiblemente familiar. "P-por favor, se lo suplico, sáqueme de aquí, Monseñor." "...... ¿Radu? ¿Radu Dragulia?" "¡Sí, sí! ¡Así es! ¡Por favor, se lo ruego, Monseñor!" Al ver al anciano sollozar con desconsuelo, el obispo Pierre retrocedió un paso de manera involuntaria. Aquello se debió a que un desagrado indescriptible, que brotaba desde lo más hondo de sus entrañas, le advertía que no debía aproximarse más. "...... Dignaos mirarme y responder a mi súplica. Dad luz a estos ojos para que no duerma en el sueño de la muerte." Siguiendo los versículos que recitaba el sacerdote exorcista, la antorcha que sostenía comenzó a arder con un fulgor resplandeciente. Acto seguido, una oleada de luz blanca y pura empezó a ondular desde las profundidades de la mansión Dragulia, donde antes solo reinaban las tinieblas. "...... Santo Dios." Sin embargo, el lugar que aquella luz sagrada reveló no era sino un infierno atroz. Una prisión semejante al averno concebida únicamente para dragones. Dentro de aquellos barrotes, un hedor viscoso y penetrante a sangre lo anegaba todo, hasta el punto de hacerle cuestionarse cómo no lo había advertido hasta ese momento. "Por favor... se lo ruego, sáqueme de esta guarida de vampiros......" En el profundo subsuelo oculto de Dragulia, resonaban por doquier los alaridos sofocados que proferían los dragones. Eran los gritos desgarradores de míseras ofrendas sacrificadas, condenadas a derramar su propia sangre en aras de la posibilidad más ancestral. \----- • Autor: Q10 • Traductor: Inmensurable ⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨
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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 215

Estás leyendo el capítulo 215 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.