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Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 214 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
La línea dorada que se trazaba sobre el Leviatán comenzó a volverse cada vez más densa. Aquella línea, que resplandecía con mayor intensidad debido a que tanto el mar como el cielo estaban sumidos en una negrura absoluta, semejaba desde la lejanía un horizonte que albergaba al sol naciente. "Vaya. El que nace fuera de serie, fuera de serie se queda. La casta no se pierde jamás". Un dragón que da muerte a otro dragón. El Duque de Oro Barbosa se quedó boquiabierto, presa de una sincera admiración, al contemplar a Vlad hendir el colosal cuerpo del Leviatán mientras corría. ¡Gwaaaaaaah! A medida que el trazo hendido se prolongaba, los alaridos del Leviatán se tornaban cada vez más desgarradores. Barbosa comenzó a aplaudir suavemente al ver a Vlad recrear lo que parecía una escena salida de una leyenda. "Capitán". "......". "¿Capitán?". Aquel prolongado aullido llegó a su fin, y el alba comenzó a despuntar sobre el mar. El lugarteniente de Barbosa, contemplando cómo las aguas se apaciguaban paulatinamente, comenzó tardíamente a buscar a su capitán. Pues acababa de percatarse vagamente de que la batalla contra los enanos, iniciada con una desproporción de cuarenta y tres naves contra siete, se había diluido por completo con la imprevista irrupción del dragón y del Kraken, y que incluso dicha coyuntura se volvía ahora sumamente desfavorable para ellos. Criiick... criiick... "¿Qué ocurre?". Sin embargo, Barbosa, quien hasta hacía solo un instante aplaudía a Vlad, ya no se encontraba en su puesto. En algún momento se había deslizado hacia una esquina de la borda y se hallaba bajando a solas y en silencio un bote salvavidas. "......¿Qué está haciendo ahora mismo?". Ante la atónita pregunta de su lugarteniente, Barbosa se limitó a encogerse de hombros. "Oye. ¿Sabes qué es más valioso que el oro en este mundo?". "¿Cómo?". Tras soltar aquella desconcertante pregunta y arriar el bote salvavidas, Barbosa subió con presteza a la barandilla y dijo con una sonrisa socarrona: "Es la propia vida. La vida. Ya nos volveremos a ver si es que logras sobrevivir". ¡Plaf! Con esas palabras, Barbosa se arrojó al mar sin la más mínima vacilación ni remordimiento. Aunque el lugarteniente quedó anonadado un instante ante semejante despropósito desplegado ante sus ojos, muy pronto abrió los ojos desmesuradamente como si hubiese comprendido algo y alzó la mirada hacia el firmamento. \-....... El dragón más colosal se había desplomado, y ahora solo el Kraken permanecía erguido sobre las aguas marinas. Desde aquella altura, los ciclópeos ojos que contemplaban a los humanos comenzaron a estrecharse con fijeza. "......Maldita sea". Ante una atmósfera que se tornaba por momentos más ominosa, los tripulantes de Barbosa empezaron a murmurar presas del pánico. Pues en el cielo que contemplaban, un tentáculo gigantesco se elevaba ya a alturas vertiginosas, cerniendo su sombra. "Eso... eso...". "¿No será lo que creo, verdad?". Sin embargo, a pesar del ferviente deseo de creer lo contrario, los malos presentimientos nunca erraban el tiro. Aquel tentáculo del Kraken, erigido hacia el cielo semejante a una torre alargada, terminó por curvarse implacablemente como un látigo descomunal. "¡Aaaaargh!". "¡Huyan! ¡Láncense todos al mar!". El tentáculo del Kraken no titubeó lo más mínimo ante los gritos de los marineros. Frente al inconmensurable reino de los espíritus, los navíos traídos por los hombres no eran más que meras tablas de madera. ¡Kboooom! "Uf......". Sobre las columnas de agua que se alzaban furiosas como fuegos artificiales se cruzaban toda clase de alaridos agónicos. Al contemplar los restos astillados de los navíos flotando a la deriva con espantosa ligereza, los enanos encogieron sus cortos pescuezos. El sol comenzaba a ascender sobre la línea de horizonte que Vlad había trazado en el cuerpo del dragón. Dejando a sus espaldas la isla de Lemnos, irremediablemente reducida a ruinas. Sobre el mar, teñido de un rojo denso por la sangre del dragón, el estandarte dorado de Barbosa flotaba a la deriva, desprovisto de toda gloria. ※※※※ "¡Puaj!...". Sobre un mar donde rompían olas de un rojo escarlata teñidas de sangre, sentado al borde de un arrecife que se erguía en punta, Vlad sufría arcadas con el rostro lívido. La cabeza le daba vueltas y sentía sus manos carentes de toda fuerza, una sensación extremadamente similar a la de antaño, cuando tomó prestado por la fuerza el poder de Kihano. "......Esto acarrea un buen problema, después de todo". Vlad se limpió la comisura de los labios y bajó la mirada hacia la espada que hasta hacía unos momentos hendía al Leviatán. Pues, si bien un sentimiento de exaltación arrolladora lo había desbordado al recibir el poder del fragmento, las repercusiones posteriores distaban mucho de ser desdeñables. Hummm, hummm, hummm. La Espada del Árbol del Mundo, que era verdosa cuando la empuñó por primera vez, pero que ahora se hallaba revestida de un metal plateado. No, aquella arma a la que ahora correspondía llamar Espada Matadragones por albergar el fragmento del dragón pareció percibir la mirada de Vlad posándose sobre ella y comenzó a vibrar con un zumbido, como si pronunciara palabras. "¿Qué estás diciendo?". Sin embargo, aquel zumbido todavía no alcanzaba plenamente el entendimiento de Vlad. Pese a que el caballero y la espada guardaban un parecido indiscutible, aún no se habían asimilado de forma profunda en los mundos del otro. Aún requerirían un poco más de tiempo para encomendarse por entero de manera recíproca. "......¿Por casualidad todavía me está mirando?". \[Así es.\] "¿Le parece que está furioso?". \[No.\] Al escuchar la respuesta de Kihano, Vlad alzó la mirada con cautela. Allí arriba permanecía el colosal ojo contemplando fijamente a Vlad. El ancestral espíritu del mar: el Kraken. Aquel ser que acababa de pulverizar cuarenta y tres navíos posaba ahora su gigantesca pupila exclusivamente sobre Vlad, observándolo sin parpadear. "No me estará recriminando por haberme comido unos cuantos calamares en el pasado, ¿verdad?". \[Quién sabe.\] El Kraken contemplaba a aquel joven caballero que era un dragón y a la vez no lo era. Pues de la espada empuñada por Vlad emanaba una energía profundamente familiar, y en los ojos azules que lo miraban habitaba el glorioso caballero con quien se había encontrado en tiempos remotos. \[Me parece que me está mirando a mí antes que a ti.\] Sin embargo, todo indicaba que el glorioso caballero no lograba reconocerlo. En verdad, en aquellos tiempos él no era tan colosal como ahora, por lo que resultaba natural que no lo reconociera. No obstante, a pesar de que no lo recordara, el Kraken decidió darse por satisfecho con aquel reencuentro predestinado, atraído únicamente por esa entrañable luz. \[Se sumerge.\] "Fiuuu......". Con el suspiro de alivio exhalado por Vlad, el Kraken comenzó a hundirse nuevamente en las profundidades del mar para cumplir con su labor. Pues el ancestral espíritu del mar, que debía reemplazar al Árbol del Mundo Madre, tenía el deber de salvaguardar a los jóvenes espíritus del calor de los volcanes que continuaban estallando sin cesar. ¡Ruuuumble! Junto con un estruendoso clamor, olas de sangre espesa brotaban a borbotones desde el mar herido. Aquella sangre ardiente y viscosa continuaba esparciéndose en ese mismo instante no solo por la isla de Lemnos, sino por todos los rincones del mar, atestiguando su propia presencia. "¡Lord Vlad! ¡Suba deprisa!". El mar en el que se había sumergido el Kraken. La lava que fluía incesantemente desde la cumbre colapsada de la montaña. Vlad, que sentado a solas y en silencio sobre el arrecife marino grababa en su mirada la magnitud de aquellos mundos ciclópeos y arrolladores, volvió la cabeza al escuchar el angustiado llamado. "¡Debemos pasar de inmediato a ver al maestro herrero! ¡La isla se está derrumbando!". "......". Al escuchar los gritos de Vulcano, Vlad enfundó en silencio la Espada Matadragones mientras contemplaba el mar que se calentaba por momentos. Aquella arma, que no había cesado de zumbar, pareció comprender que era momento de guardar quietud y se dejó acoger mansamente por la vaina. ※※※※ Había transcurrido una semana desde que los volcanes del oeste entraron en erupción. El mar de la isla Lemnos, antaño cubierto por una densa niebla, se hallaba ahora colmado de cenizas volcánicas, y los enanos que se habían refugiado en la ciudad de Nassau descansaban sus exhaustos cuerpos en los espacios dispuestos para ellos dentro de la urbe. "Gracias por cumplir tu palabra, Josef de Bayezid." "Era mi deber, Gran Caudillo." Olmukar sostenía el vaso de whisky que Josef le había ofrecido, vacilando con el licor entre los labios. El aroma que se esparcía sobre la punta de su lengua era sin duda magnífico, pero en ese momento carecía del sosiego y del derecho necesarios para deleitarse con él. "... Aun así, no podemos vivir arrimados a este lugar para siempre." Por muchas consideraciones que Bayezid hubiese tenido, era un hecho irrefutable que los enanos habían perdido su hogar una vez más. Si llegaban a perder incluso el núcleo que representaba Nidavellir, se verían abocados al mismo destino errante de la raza de las bestias. "A fin de cuentas, no nos queda más remedio que aceptar la propuesta de la Alianza del Norte." Al compás del vaso depositado sobre la mesa, un profundo suspiro brotó finalmente de los labios de Olmukar. Haber sobrevivido era un alivio, pero para prolongar ese aliento tan duramente preservado tendrían que luchar de nuevo. Al percatarse de que la única cuerda de salvamento a su alcance era la Alianza del Norte, Olmukar sintió como si una bilis amarga le subiera desde las entrañas. "No se arrepentirá de esa decisión." Josef, que contemplaba el exterior con las manos a la espalda, divisó un carruaje que se aproximaba hacia la mansión. Era un carruaje de un diseño muy habitual en las tierras del norte, pero el estandarte fijado en lo alto no pertenecía a esas comarcas. "La última Rabnoma lo prometió. Si le prestan su auxilio para expulsar a Gaidar, la ciudad de Torcea será de ustedes." Tras confirmar que Charl Rabnoma había llegado a la residencia, Josef alzó su taza de té mientras miraba a Olmukar. Aquella era la ciudad portuaria de Torcea, antaño posesión de Gaidar hasta que el Duque de Oro, Barbosa, la arrebató. Sin embargo, el paradero de Barbosa seguía siendo un misterio absoluto, por lo que una Torcea sin señor no podría defenderse de ningún asalto armado. "... Preferiría confiar en Bayezid antes que en una Rabnoma que solo conserva el cascarón de su nombre." Olmukar miró a Josef, aún de pie junto al alféizar, y extrajo una carta de sus ropajes. Aquella misiva, empapada de una ominosa negrura, era la misma que Josef le había entregado cuando arribó por primera vez a la isla Lemnos. "Tal como deseas, te entregaré la reliquia sagrada que custodiábamos. Solo espero que esto sirva como prueba de nuestra alianza." "Por supuesto, así será." "Y por favor..." Habiendo concluido cuanto tenía que decir, Olmukar se puso en pie. Como despedida, dirigió a Josef una mirada cargada de una pesadumbre imposible de ocultar antes de añadir: "Sé que no estoy en posición de aconsejar a nadie, pero te ruego que cuides de ti mismo." "... Agradezco su consideración." La preocupación sincera que nacía del líder de un pueblo despojado de su tierra. Ante la realidad de que incluso Olmukar, agobiado por el sombrío porvenir que se cernía sobre los suyos, le dedicara una inquietud tan genuina, una punzada de amargura rozó el pecho de Josef. "Aun así, es algo que debo hacer." Apartando levemente la cabeza de la ventana, Josef contempló la carta negra dispuesta sobre el escritorio. En aquel pliego, donde figuraba grabado un blasón blasfemo contra Dios, anidaba una tiniebla tan densa que ni siquiera la luz del sol que se filtraba por el ventanal lograba disipar. \*\*\* ¡Clang! ¡Claang! En algún rincón del puerto de la ciudad de Nassau. Aquel solía ser un callejón apartado y desierto al que nadie acudía, pero en esos momentos una multitud se agolpaba hasta el punto de no dejar un solo palmo de suelo despejado. "¡Oye, me acabas de pisar el pie!" "¡Fórmate en la fila de una vez! ¿Acaso no estabas detrás de mí hasta hace un segundo?" "¡Haber cuidado tu sitio si no querías que te lo quitaran!" Frente al gentío que forcejeaba y disputaba a gritos, se erigía un pequeño edificio cuya chimenea no cesaba de escupir humo. Tiempo atrás no había sido más que una forja ruinosa y abandonada, pero ahora había reabierto sus puertas de manera provisional por orden expresa de Josef. \*Fuuuuu—\* "Un anciano y una criatura pasando tantas penurias... es lamentable." Vlad chasqueó la lengua al observar al pequeño lagarto que resoplaba fuego sin descanso dentro del viejo alto horno. Aquel animalillo que soplaba llamaradas con tanto empeño para aportar su grano de arena conmovería el corazón de cualquiera. "No hay otra alternativa. Cuando no se tiene un lugar al que arrimarse, hasta los más tiernos deben revolcarse por el suelo." Sin embargo, a su lado, el maestro herrero Rujta martillaba el hierro con absoluta impasibilidad, como si la escena no le produjera la menor emoción. Habiendo sobrevivido a una dura existencia de servidumbre como esclavo, el anciano enano sabía de sobra que, en circunstancias semejantes, hasta los más jóvenes debían cumplir con su parte. "Pero dime, ¿a qué has venido? Estamos tapados de trabajo." "He venido a despedirme." Al escuchar a Vlad anunciar su partida con voz despreocupada, las cejas de Rujta se arquearon levemente. "¿Adónde vas?" "Quién sabe. La verdad es que aún no tengo nada decidido..." Ante la pregunta de Rujta, Vlad se rascó la nuca con desgano. Tenía deberes pendientes que cumplir, pero todavía no había fijado un destino exacto. "Aun así, de todos modos tengo que marcharme." Vlad era el hombre que había prometido recuperar el nombre de Kihano. Sin embargo, en esos instantes el nombre de Kihano se hallaba escindido a la mitad, vagando por los confines del imperio envuelto en una oscuridad siniestra; de modo que, para cumplir a cabalidad su promesa, debía encontrar al hombre que se hacía llamar Frausen. "... Aún me quedan algunas deudas por saldar." Y también lo hacía por Justia, que había muerto por él. Vlad no tenía la menor intención de olvidar jamás a la pequeña canaria que se había esforzado por mostrarle el camino. "Dámela." "¿Qué cosa?" "Tu espada, idiota. Entrégame la espada." Rujta extendió la mano hacia Vlad sin molestarse en girar el rostro. "Habías dicho que no podías repararla." "Eso fue en aquel momento." Porque antes de que el caballero que los había defendido emprendiera la marcha, debía corresponderle con una última muestra de gratitud. Rujta asintió mientras recibía en sus manos la Espada Matadragones, que Vlad le tendió con sumo cuidado. "Ahora la cosa es distinta." Aquella arma por fin había adoptado la forma que deseaba poseer. La Espada del Árbol del Mundo, anhelando compartir la carga de su señor, había acogido los fragmentos del dragón siniestro hasta forjar una naturaleza completa. Aquella joven hoja, que antes vacilaba al borde de los confines del mundo, se había fundido por entero en este plano a través de Vlad; por ende, el martillo de Rujta ahora sí sería capaz de alcanzarla. "Al menos podré sacarle filo a la hoja." \*Uuuum... uuuum...\* Las llamas exhaladas por el pequeño lagarto envolvieron la espada, que vibraba en un gemido sordo. Aunque el proceso de calentamiento al rojo vivo distaba de ser indoloro, la Espada Matadragones decidió soportarlo con entereza. Había comprendido que, para madurar su propia existencia, un temple semejante resultaba imprescindible. "Aguarda un poco. No tardaré nada." ¡Clang! ¡Claang! Aglutinando el aliento del joven espíritu, el último artífice de los enanos martillaba el acero una y otra vez. Lo hacía albergando en el corazón el anhelo de que la espada que golpeaba se volviera aún más dura y resistente, en honor al caballero que los había protegido. "..." Al presenciar la escena, a Vlad le vino a la memoria, por alguna extraña razón, la imagen de la vieja herrería de Shoara. Abrigado por el ardor de la fragua que templaba los últimos estertores del invierno, Vlad permaneció sentado en silencio, contemplando el vetusto alto horno con la mirada perdida en la lejanía. \----- • Autor: Q10 • Traductor: Inmensurable ⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨
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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 214

Estás leyendo el capítulo 214 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.