Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 211 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Para algunos eran seres a los que se debía proteger, pero para otros no eran más que un botín listo para cosechar.
Al contemplar a los enanos que flotaban a la deriva sobre el mar, los marineros de Barbosa sonreían de oreja a oreja. Para aquellos que no veían a sus semejantes como personas, los enanos desvalidos que vagaban sin rumbo no eran más que relucientes monedas de oro.
"¡¿Acaso no son todos esos enanos?!"
"¡Jajaja! ¡Esto sí que es una mina de oro!"
Sin embargo, tal vez cegados por el júbilo ante aquella ganancia imprevista, no advirtieron a un navío que se desprendía lentamente del convoy. No, incluso si lo hubieran notado, apenas le habrían prestado atención. Después de todo, el barco que se les aproximaba en ese instante parecía demasiado pequeño y miserable como para representar una amenaza.
"¿...Qué es eso?"
De pronto, un fulgor destellante comenzó a reflejarse ante los alborozados marineros. A pesar de encontrarse en pleno mediodía, aquella luz brillaba con tal intensidad que, aun siendo diminuta, bien podía confundirse con el destello de un faro erigido en un puerto.
Aquel brillo no dejaba de acortar distancias.
Se aproximaba a toda vela a bordo de aquella minúscula y desgarbada embarcación a la que habían desdeñado.
El navío, cortando las aguas del mar con furia, cargaba en línea recta contra ellos.
\*\*\*
"¡Aaaaargh!"
"¡Va demasiado, demasiado rápido!"
"¡¿Se volvieron locos esos calamares?!"
Era como deslizarse sobre una bandeja de plata. Aunque las aguas debían lucir un azul profundo, la superficie que pisaba La Jemina Pelirroja en ese momento estaba completamente teñida de un resplandor plateado. Ante la refulgencia generada por aquellos bancos de calamares bioluminiscentes, incluso los buques de Barbosa a la lejanía parecían visiblemente desconcertados.
"¡Grrrgh!"
Era una velocidad tan descomunal que obligaba a apretar los dientes hasta a los marineros más experimentados. Las velas hinchadas ondeaban con tal violencia que parecían a punto de desgarrarse, y el viento de proa que los azotaba se había vuelto tan feroz que dificultaba la respiración.
"¡Todos, sujétense con fuerza!"
Aunque el avance de La Jemina Pelirroja semejaba deslizarse sobre hielo, el impacto que los tripulantes debían soportar era violentísimo, muy lejos de la ligereza que aparentaba desde fuera. Ante unas sacudidas capaces de desconcertar incluso a los elfos, dotados de un sentido del equilibrio prodigioso, el rostro de Josef ya se había tornado blanco como el papel.
¡Bum! ¡Bum! ¡Bum!
"¡Ataque de los navíos enemigos! ¡Son balas de cañón!"
Desde los buques de Barbosa, que reaccionaron con tardanza, comenzaron a llover puntos negros como el hollín. Al oír las fatídicas detonaciones en la distancia, los ojos de Haben, semiocultos bajo el ala de su sombrero de capitán, brillaron con agudeza.
"¡Uuuuf!"
¡Cruuuuj! ¡Creeec!
Un crujido siniestro brotó del timón, forzado hasta el límite. Era el alarido de agonía de La Jemina Pelirroja, incapaz de resistir su propia velocidad.
¡Pum! ¡Pum! ¡Chof!
Gracias a maniobras ejecutadas con todas sus fuerzas, los proyectiles de Barbosa pasaron rozándolos por un pelo. Incluso Baradis, quien jamás perdía la compostura, tragó saliva con dificultad al ver caer las balas de cañón justo a su costado.
"¡Ja! ¡Jajaja!"
A pesar de que a todos a bordo se les demudaba el semblante por el espanto, solo Haben exhibía una radiante sonrisa.
'¿Cuánto tiempo hacía que no corría sobre mis dos piernas?'
Aquel recuerdo lejano, que ya ni siquiera alcanzaba a evocar con claridad, parecía despertar poco a poco al compás del viento lacerante que soplaba contra ellos.
"¡Todos! ¡Prepárense para el impacto!"
¡Creeec! ¡Criiick!
Por todos los rincones de La Jemina Pelirroja resonaban ominosos crujidos. Eran los quejidos de agonía de Jemina: exhausta, maltrecha y cargando con una misión demasiado abrumadora para sus facultades.
Sin embargo, Haben confiaba en que, tratándose de aquella dama de la rosa escarlata, sin duda aguantaría hasta el último aliento.
"¡Vamos a chocar!"
"¡Aaaaargh!"
El viento desatado por los misterios y las corrientes forzadas por los espíritus impulsaron finalmente a La Jemina Pelirroja como si fuera un proyectil. Ante una aceleración tan repentina, los marineros de Barbosa no tuvieron más remedio que contemplar la escena petrificados.
¡Bum! ¡Crrraaaack!
Junto a un estruendo ensordecedor que pareció desgarrar el aire, las dos naves colisionaron y comenzaron a balancearse con violencia. La dama, aunque pequeña, demostró ser tenaz y consiguió abrir un enorme boquete en el flanco del invasor.
"¡Salten todos!"
"¡Uwaaagh!"
"¡Sigo vivo! ¡Todavía no he muerto!"
Sobre la cubierta de La Jemina Pelirroja que comenzaba a irse a pique, los tripulantes se lanzaron hacia adelante, cruzando a través del puente improvisado por el espolón incrustado en el casco enemigo. El pronunciado ángulo de la nave inclinada hacia el frente imprimía mayor ímpetu a su acometida.
"\[¿Cómo te dije que debías tomar la iniciativa?\]"
Y desde lo alto de la cofa que se desplomaba, una mirada contemplaba aquella embestida. Era la mirada de un hombre que vestía sobre su propio cuerpo los últimos vestigios de la agonizante Jemina.
"...¡Por todo lo alto!"
Aunque el espolón había penetrado en la bodega enemiga, la inclinada cofa de vigía de La Jemina Pelirroja descendía directamente hacia la cubierta rival. Desde aquel punto que caía con lentitud, una estela de oro resplandeciente se precipitó en picado.
Al mismo tiempo, un tajo descomunal hendió el aire.
La trayectoria de aquella hoja apuntaba con milimétrica precisión hacia el capitán enemigo, quien aún aferraba el timón.
"¡¿Qué locura es esta?!"
Los ojos del capitán, al alzar la vista, se inundaron de un deslumbrante halo de luz. Al cruzar sus miradas, las dos figuras acortaron la distancia y terminaron por rebasarse mutuamente.
Porque la línea trazada por la espada era una sola, y solo un hombre podía permanecer en pie sobre ella.
¡Fsshh!
Bajo un surco vertical de sangre brotante, el capitán comenzó a desmoronarse lentamente. El instante del cruce no fue más que un parpadeo, y la luz que lo segó resplandeció en un espléndido destello dorado.
"...Soy Vlad de Shoara."
El mástil de La Jemina Pelirroja, tras ceder inevitablemente, cayó sobre la cubierta con un estruendoso fragor. No obstante, Vlad no dirigió una sola mirada de conmiseración hacia la dama que se deshacía en pedazos.
"No escucharé excusa alguna de bastardos que osaron invadir el norte."
Lo que debía llevar consigo no era una forma maltrecha, sino tan solo el nombre.
Envuelto en el pendón de la rosa escarlata, un aura lúgubre y gélida comenzó a brotar del cuerpo de Vlad.
\*\*\*
Los barcos enemigos eran cinco en total.
Al percatarse de que La Jemina Pelirroja se había incrustado en su nave capitana, los demás buques, sumidos en el desconcierto, comenzaron a aproximarse a toda prisa.
"¡Hup!"
Tras el embate demoledor de un hacha pesada, otro marinero perdió la cabeza. Aquel hombre de piel oscura que se ocultaba en las sombras no era alguien a quien se pudiera detectar por el simple hecho de estar alerta.
"¡Haben!"
"...¡No te preocupes por mí y haz lo que tengas que hacer!"
Al ver a Haben sangrando de su pierna izquierda, Otar profirió un bramido, pero en ese instante no disponían de un solo segundo que perder.
"¡Tiene que ser ahora! ¡Todos, tomen sus posiciones!"
En la angosta bodega, enemigos y tripulantes se batían en un caótico torbellino. Aunque los elfos y Zayar luchaban con bravura, ni siquiera ellos serían capaces de frenar el fuego de cañón que amenazaba desde la distancia.
"¡Artilleros preparados! ¡Alcen las mechas!"
Haben rodaba por los suelos despojado de fuerzas y habiendo perdido su bastón, pero mantenía su sombrero de capitán firmemente sujeto con la mano. Había perdido su barco, mas los deberes de un capitán todavía no concluían; Haben era un hombre que debía abrirles camino a sus pasajeros costara lo que costara.
"¡Fuego!"
"¡Disparen los cañones!"
"¡El capitán ordena disparar!"
En medio del clamor ensordecedor, las órdenes se repetían sin cesar. Los tripulantes de La Jemina Pelirroja, tras haberse apoderado de la artillería enemiga, comenzaron a vociferar con todas sus fuerzas hacia las naves que se aproximaban.
¡Bum! ¡Buuum! ¡Bum!
La distancia era tan corta que volvía imposible eludir los impactos. Una humareda acre lo cubría todo por encima de las astillas y esquirlas que salían disparadas en todas direcciones. Los navíos enemigos, que jamás habrían imaginado que la cubierta artillada caería en tan poco tiempo, acabaron exponiendo sus flancos sin defensa alguna.
"¡No se detengan! ¡Sigan disparando!"
A partir de ese instante, solo la rapidez de sus manos podría salvarles la vida. Al percatarse de que el buque insignia había caído en manos rivales, los demás barcos comenzaron a abrir lentamente sus troneras. Las bocas relucientes de los cañones apuntaban a los marineros desde ambos costados.
"¡Emerjan de inmediato!"
En ese preciso momento, uno de los navíos enemigos que acababa de fijar la puntería se escoró con violencia, empujado hacia arriba sin piedad por una mole semejante a un pez luna que emergió desde el fondo marino.
¡Bum! ¡Bum, bum! ¡Bum!
Al perder el ángulo de tiro, las balas de cañón enemigas salieron disparadas hacia el cielo en vano. Al mismo tiempo, secundando la atronadora orden de Haben, el fuego comenzó a escupir llamaradas desde la cubierta de artillería. Por cada proyectil que surcaba los aires se alzaba un alarido de agonía. Cadáveres destrozados caían al mar uno tras otro.
—......
Por encima de los cuerpos que se hundían lentamente, ascendían burbujas. Eran burbujas que brotaban desde una abisal oscuridad donde jamás había penetrado un solo rayo de luz. Aquella turbia efervescencia, que albergaba el aliento de un ser viviente, parecía extender su mano hacia el faro de luz dorada que resplandecía sobre la superficie del agua. Pues, aunque de distinta tonalidad, despertaba la misma resonancia grabada en un recuerdo inmemorial.
※※※※
"¡No podemos avanzar debido a las cadenas de hierro!"
"Desvíense."
"¡Es imposible! ¡Hay arrecifes esparcidos por todas partes!"
Barbosa se rascó la coronilla con fastidio ante los informes que no dejaban de sucederse. Al parecer, la desesperada resistencia que habían presentado a pesar de no ser rivales para ellos tenía como único propósito preparar este preciso momento.
"... Vaya que son osados."
Barbosa soltó una carcajada atónita al contemplar la nave que tenía justo enfrente. Aquel navío provisto de una extraña rueda de paletas que los había atraído sin tregua hasta este sitio. Aunque su porte actual se veía maltrecho por el incesante castigo de los cañonazos, el buque insignia de Nidavellir había logrado cumplir con éxito su cometido al final.
"Dicen que el fondo del barco no tiene blindaje de hierro."
"Es la mejor noticia que he oído hoy."
La sangre manaba a borbotones por la frente del Gran Caudillo Olmukar, herida por las esquirlas. Sin embargo, no hacía más que sonreír, complacido por el reporte recibido.
"Avisen a los sumergibles: que perforen el fondo de sus barcos."
"¡Entendido!"
Aunque aquellos sumergibles habían sido construidos para labores mineras y no para la guerra, precisamente por eso les resultaría más sencillo horadar los cascos. A fin de cuentas, habían sido diseñados desde un principio para extraer minerales del lecho marino.
¡Bum! ¡Clang!
"¡Mi señor duque! ¡Ahora mismo, bajo el casco...!"
"Válgame el cielo. A estas alturas ya nada de lo que salga me causará sorpresa."
Ante los siniestros ruidos que resonaban bajo la nave, los marineros temblaban de zozobra, pero el Duque de Oro Barbosa se limitó a encogerse de hombros con desdén. Barcos que se desplazaban solos sin soplo de viento, extraños peces luna que merodeaban bajo las aguas y, por si fuera poco, cadenas de hierro amarradas con obstinación entre cada uno de los arrecifes. La meticulosa preparación de aquellos enanos en su desesperada lucha por sobrevivir había terminado por hastiar a Barbosa.
"Dicen que no hay nada más duro que la barba de un enano... pero, se mire por donde se mire, esos bastardos están completamente desquiciados."
No obstante, la codicia de Barbosa por el oro rozaba la auténtica demencia. En un hombre por cuyas venas corría fría moneda dorada en lugar de sangre carmesí, cada proeza de resistencia de los enanos no era más que otra resplandeciente moneda de oro.
"Ay, señor conde. Ya que las cosas han llegado a este extremo, ¿qué se le va a hacer? Hasta a mí me da lástima, de verdad."
Reconociendo que carecía de otra alternativa, Barbosa resolvió recurrir a la medida de contingencia que había traído consigo. En un inicio la había reservado para el Duque de la Sangre de Dragón, pero dadas las circunstancias actuales no quedaba otra opción.
"... Ruego para que caiga una maldición sobre ti y sobre toda la Casa Barbosa."
"¿Son esas las últimas palabras que deja el último Salbaraz?"
El hombre de mediana edad, atado de pies a cabeza con gruesas cuerdas, lo fulminaba con una mirada preñada de intenciones asesinas; empero, el Duque de Oro Barbosa contemplaba con absoluta indiferencia la daga desenvainada en su mano. Todo perro derrotado solía ladrar como aquel sujeto, y Barbosa era alguien que ya había escuchado demasiadas amenazas vacías a lo largo de su vida.
"A estas alturas, palabras semejantes ni siquiera me conmueven. Nada de nada."
"¡Gugh!"
Con un ademán diestro y certero, Barbosa le segó la garganta. De la punta de la daga que empuñaba gotearon las últimas gotas de sangre que albergaba el linaje Salbaraz.
¡Trrrr-k-k-k!
Conforme la mirada del Conde Salbaraz perdía el destello vital, una violenta vibración comenzó a resonar desde el interior de la arqueta que yacía a su lado. Era una arqueta que hasta ese instante había permanecido herméticamente sellada por cadenas plateadas.
"... Empieza a desbocarse, tal como decían."
Sin embargo, aquellas cadenas que parecían eternas se estaban oxidando a un ritmo vertiginoso en ese mismo instante. Puesto que el pacto transmitido por la sangre se había roto, ya no era posible sostener el noble juramento. El linaje meridional que había custodiado el pacto desde tiempos remotos hasta el presente acabó finalmente segado por un corsario desalmado.
Siguiendo los siniestros temblores de la arqueta, una sombra en las profundidades del mar se volvía cada vez más densa y oscura. Aquella silueta pertenecía a la entidad que había seguido el rastro de los fragmentos de dragón desde las lejanas tierras del sur.
※※※※
Al borde de un acantilado en la isla de Lemnos, un anciano contemplaba la inmensidad del mar. Los incapaces de combatir habían huido a refugiarse y todos los guerreros aptos habían marchado al campo de batalla, dejando la isla completamente desierta; no obstante, Rujta había resuelto quedarse para custodiar su forja. Porque, aun siendo un viejo insignificante, tenía un deber sagrado que cumplir hasta el final.
"¿Qué demonios es eso...?"
A pesar de la férrea determinación con la que había decidido permanecer allí, el espectáculo que contemplaba en ese instante superaba todo lo concebible. El mar se lamentaba en un bramido, sobrecogido porque desde sus profundidades ascendía una entidad que ni sus propias aguas podían contener. Ante aquel rugido titánico, las naves de Nidavellir se mecían precariamente, cual frágiles hojas caídas al borde del naufragio a merced de la corriente.
"... Por todos los cielos."
Una voz ronca y entrecortada escapó de los labios de Rujta. Ante sus ojos se desplegaba una escena de proporciones descomunales, tan titánica que resultaba imposible de creer aun viéndola directamente. Era una visión aterradora que ni siquiera alguien de tan dilatada existencia podía asimilar con templanza.
¡Graaaaooooh!
Desgarrando las olas del mar, un dragón alzó la cabeza. Era una mole tan colosal que su cuello erguido parecía rozar la bóveda celeste. Bramó con tal fiereza que hasta el firmamento se cubrió de densas nubes para ocultarse de su presencia.
"El más colosal... de los dragones."
El dragón más gigantesco: Leviatán.
La mayor de las entidades entre todos los vestigios consumados del dragón acababa de revelarse en las aguas litorales frente a la isla de Lemnos.
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• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨

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Capítulo 212
El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 211
Estás leyendo el capítulo 211 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.