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Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 210 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
El mar permanecía en calma y en silencio bajo una densa niebla marina que devoraba hasta el más mínimo sonido. Lo único que se escuchaba era el rumor de las proas hendiendo el agua al avanzar. Sin embargo, por mucho sigilo con el que se desplazaran, resultaba imposible ocultar por completo el estrépito que generaban cuarenta y tres navíos. "¡...!" Y Nidavellir, que hasta ese instante había contenido el aliento en las sombras, aguardaba con precisión aquel sonido. "¡Ataque enemigo!" Junto con el grito desgarrador del vigía, el fuego comenzó a propagarse desde la niebla. Aquel fulgor, nacido en un punto invisible, ya surcaba el viento volando con ferocidad hacia la flota de Barbosa. "¡Vienen proyectiles!" "¡Son los enanos! ¡En pie todo el mundo!" ¡Kboom! El inicio había sido sigiloso, pero el impacto resultó catastrófico. Astillas de madera saltaron disparadas en todas direcciones. Al unísono, los alaridos despavoridos de los marineros comenzaron a resonar con fuerza, quebrando la espesa bruma. "¡Impacto certero en el enemigo!" "¡La mayoría de los proyectiles dieron en el blanco!" Una emboscada milimétrica y un ataque preventivo. Aprovechando la ventaja táctica de la niebla, la ofensiva de Nidavellir castigó sin piedad a los navíos de Barbosa. Al contemplar cómo el enemigo ni siquiera era capaz de responder al fuego de manera adecuada, los tripulantes enanos prorrumpieron en los vítores que habían contenido durante tanto tiempo. "...Con razón avanzaban con tanta lentitud". Sin embargo, a pesar de tan ventajoso desempeño, la expresión de Olmukar permanecía tensa y sombría. Aunque la andanada de proyectiles había sido devastadora, ni un solo navío de Barbosa se había detenido. "¿E... eh?" "¿Qué demonios son esas cosas?" Los marineros, que disparaban proyectiles con entusiasmo entre ovaciones, también percibieron una anomalía y comenzaron a desconcertarse. Al disiparse la densa humareda de la pólvora, el panorama que finalmente se reveló ante sus ojos difería por completo de lo que aguardaban. "Esos bastardos dementes..." La flota de Barbosa, compuesta por cuarenta y tres barcos organizados en una formación romboidal, continuaba avanzando imperturbable. Pese a que los buques situados en la periferia de la formación habían quedado deshechos tras el bombardeo previo, no habían interrumpido la marcha en absoluto. Significaba que, aunque el exterior había sufrido un castigo atroz, los mecanismos internos continuaban intactos. "¡Blindaje de hierro! ¡Es blindaje de hierro!" "¡Esos desquiciados recubrieron los barcos con placas de hierro!" El viento soplaba favorable, pero el avance enemigo resultaba insólitamente pesado. No podía ser de otro modo, dado el descomunal tonelaje del blindaje que arrastraban. "...¿Qué clase de despilfarro demencial es este para llegar a semejante extremo?". Los enanos de Nidavellir se quedaron sin palabras al observar la minuciosa coraza de hierro fijada en cada uno de los navíos. Siendo a la vez guerreros y artesanos de la forja, sabían a la perfección la exorbitante cantidad de recursos y monedas de oro que requería semejante revestimiento metálico. "Todavía es muy pronto para que se sorprendan". En el corazón de la formación romboidal, bajo una llamativa vela carmesí, un hombre sonreía. Contemplaba el estandarte que flameaba en lo alto mientras calibraba con parsimonia la dirección del viento. "¡La flota enemiga! ¡Han abierto las troneras!" "¡Toda la flota a máxima velocidad! ¡Nos retiramos ahora mismo!". Devolver lo recibido era la ley de cortesía en el sur. Olmukar, al percatarse de que el viento soplaba hacia ellos favoreciendo el ataque adversario, ordenó de inmediato virar y abandonar el campo de batalla. "¡¿A dónde van con tanta prisa, hermanos enanos?!". ¡Bum! ¡Bum, bum! ¡Bum! Desde aquellas murallas flotantes que surcaban las aguas, llamaradas espectaculares comenzaron a alzarse. Siguiendo la corriente del viento, en dirección a los ángulos previamente calculados. "¡Deben llevarse al menos una cantidad equivalente a la que dieron!". La barba rojiza de Barbosa vibraba con excitación. Sus sentidos salvajes le aseguraban que este contragolpe culminaría con éxito rotundo. Sin embargo, aunque conocía los secretos del mar como nadie, ignoraba por completo qué clase de seres eran los enanos. "...¡¿Pero qué es esto?!". Calcular la distancia con el adversario era una virtud primordial para cualquier capitán de navío. No obstante, el Duque de Oro Barbosa no pudo evitar alzar la voz con absoluto desconcierto al presenciar cómo aquella distancia se quebraba de pronto de manera incomprensible. ¡Fuuuuuu—! A menos que estuvieran remando con una fuerza titánica, e incluso si ese fuera el caso, semejante maniobra desafiaba toda lógica. Sin embargo, los barcos de Nidavellir ya habían girado la proa, esquivando por un margen milimétrico el radio de alcance del bombardeo. "¿Ruedas de paletas?". Eran navíos que, expulsando columnas de vapor blanco, se desvanecían en el seno de la niebla. Al ver cómo los barcos de Nidavellir se esfumaban ante su mirada en un abrir y cerrar de ojos, el Duque de Oro Barbosa dejó escapar un murmullo atónito. "...Los atraeremos hacia la zona de arrecifes tal y como estamos. Envíen una señal a los sumergibles". "¡Entendido!". Una flota que no se detenía sin importar cuántos cañonazos encajara en su coraza, y otra que navegaba veloz sin someterse a los caprichos del viento. Barbosa y Olmukar contemplaban por primera vez un territorio ajeno a todo lo conocido, con la mente sumida en un mar de incertidumbre. \*\*\* "¡¿Qué es eso?!". "¡Son barcos de guerra! ¡Es el estandarte de Barbosa!". Mientras dentro de la niebla retumbaba el fragor de un fiero bombardeo, en las aguas que conducían hacia el norte resonaban gritos impregnados de terror. Eran los alaridos lanzados por la procesión de evacuados que intentaba alcanzar Nassau para ponerse a salvo. "Nos han tomado la delantera. Jamás imaginé que se moverían con semejante rapidez". "...". Al escuchar el lamento de Josef, Vlad bajó bruscamente el catalejo. A través de la lente de largo alcance, había divisado a los navíos que obstruían con precisión quirúrgica el paso marítimo hacia Nassau. En aquellas embarcaciones, confirmadas en un total de cinco buques, ondeaban ostentosos estandartes dorados jamás vistos hasta entonces en las tierras del norte. "Son mucho más veloces de lo que indicaban los informes de inteligencia. Es muy probable que el Duque de Oro ya haya consolidado las aguas occidentales bajo su propio dominio". "¿Y qué haremos ahora?". Ignoraban si su intención era emboscar a los refugiados, pero los buques del Duque de Oro ya habían penetrado de lleno en las aguas septentrionales. Esas naves que cerraban el paso debían de ser las vanguardias despachadas por Barbosa para cortar de raíz cualquier posible socorro proveniente del norte. "...Tampoco es que yo tenga una solución para todo". Josef, tras romper el silencio con cautela, volvió la cabeza para contemplar la inmensidad del mar. Hacia donde se dirigía su mirada, no se veían más que desvencijadas barcazas de pesca atestadas de enanos que temblaban de pura zozobra. "No es que tengamos una alternativa brillante, pero la necesidad de actuar sigue siendo inmutable." Al tiempo que pronunciaba aquellas palabras, las miradas de Josef y de Vlad convergieron al unísono sobre un mismo individuo: se clavaron en Haben, el dueño y señor de la nave. "...Ya se los dije antes. El estado del barco apenas si da para llegar a duras penas hasta Nassau. ¡Y además, para colmo, ellos son cinco navíos enteros!" "Ya lo conseguiste una vez." "¡Aquello fue entonces! ¡En esta ocasión no tenemos apoyo de ninguna clase!" Incluso mientras sostenían aquella discusión, los navíos de guerra de Barbosa continuaban acortando distancias. No obstante, frente a aquellos colosos que se aproximaban con parsimonia inexorable, el único barco capaz de presentar batalla era La Jemina Pelirroja. Por más cuentas que echara en su cabeza, la situación no ofrecía salida alguna, lo que llevó a Haben a mesarse los cabellos con auténtica desesperación. "No hay niebla en la que ocultarse, ni cadenas de hierro tendidas entre los escollos. Si cargamos a ciegas como la última vez, nos harán trizas con una andanada de cañonazos antes de que podamos siquiera entablar el abordaje." "..." Mientras La Jemina Pelirroja permanecía detenida en medio de la indecisión, hubo una extraña antena que avanzó en solitario hacia la vanguardia. Eran los rastros del sumergible de Vulcano, que surcaba las profundidades marinas abriéndose paso al frente. "Vulcano nos abrirá el camino. Solo tenemos que aprovechar esa brecha." "De acuerdo. Al final, lo que me pides es que me lance de cabeza, ¿no?" Ojalá uno pudiera esquivar los peligros durante toda la vida, pero tarde o temprano llega el instante en que no queda más remedio que encarar el desafío de frente. Mucho más cuando, como ahora, se lleva a la espalda una multitud de vidas a las que se debe proteger. "...Qué más da. De todos modos, si no fuera por ti, jamás habría llegado a ser capitán; habría muerto consumido en aquel cuartucho asfixiante." El semblante de Haben al encarar a Vlad reflejaba aún una profunda preocupación, pero el ángulo con el que volvió a calarse el sombrero de capitán rezumaba una firmeza implacable. "Está bien. Habrá que hacerlo, ¿qué otra opción nos queda?" De ser el amo de una habitación miserable a convertirse ahora en el capitán del vasto mar. Aunque lo que lo rodeara por los cuatro costados no fueran más que muros insalvables, Haben ya comprendía a la perfección que, al final, la única alternativa residía en avanzar hacia adelante. "¡El señor caballero ordena que carguemos una vez más! ¡Todos a sus puestos!" "¡Sabía que esto acabaría pasando!" "¡Maldita sea! ¡Al final voy a palmarla en el maldito mar!" Al percatarse de la determinación de su capitán, los marineros corrieron con presteza a ocupar sus respectivas posiciones. Con todo, si no se escuchaba queja alguna ante una orden a todas luces descabellada, era porque, para ellos, Vlad y Haben encarnaban el orgullo mismo de sus vidas. Eran hombres nacidos del mismísimo fango, pero que se habían transformado en su mayor motivo de orgullo. "¡Hechicero! ¡Ve a tu puesto de inmediato!" "¿Y desde cuándo es ese mi puesto?" Al verse reducido a la categoría de mero generador de energía, Nibelung protestó entre dientes, rompiendo con su habitual circunspección; sin embargo, a bordo de aquel barco, la palabra de Haben era ley suprema. Tras musitar para sí que, al menos, era una suerte haber acumulado el calor de las fraguas de la isla de Lemnos, Nibelung extrajo con gesto diestro un diminuto fuelle de su morral y se apostó tras el mástil. "Vlad, espera un momento." En tanto cada cual ocupaba la posición que había desempeñado con anterioridad, una voz detuvo a Vlad en el instante en que este se disponía a encaminarse hacia la proa. "¿Qué ocurre, Baradis?" "Puedo sentirlo. Esta vez es seguro." Al volver la cabeza, Vlad contempló a los elfos congregados en torno a Baradis. Los elfos de Ausrina, incluso en medio de aquella situación apremiante donde los marineros corrían de un lado a otro, permanecían prácticamente aferrados a la borda, escrutando la superficie marina. "Hay espíritus merodeando en las proximidades. Se han congregado muchos más que la vez anterior." El dedo con el que Baradis señalaba hacia el mar se desvió entonces para apuntar a la espada de Vlad. "Son espíritus emanados del Árbol del Mundo Madre. Aunque han permanecido separados durante una eternidad, parece que la reconocen." Ante las palabras de Baradis, Vlad se apresuró a entornar el párpado izquierdo. Y en efecto, en aquel mundo revelado ante su visión, tal como había afirmado el elfo, pudo percibir el fulgor azulino que emanaba con fuerza desde el interior de su vaina. "¡Suelten los cabos de las velas! ¡Despliéguenlas todas al máximo!" "¡Aaaah!" Siguiendo la dirección marcada por el índice de Baradis, la superficie del mar apareció de pronto anegada por una miríada de ondulantes destellos luminosos. Al presenciar aquella luz, Vlad comprendió al instante que el lugar donde debía hallarse no era la proa del navío. "¡Despídanse todos de Jemina! ¡Porque a partir de ahora nos dirigimos directos al mismísimo infierno!" Sobre el velamen desplegado por manos humanas comenzó a soplar un viento cargado de misterio arcano. Acto seguido, La Jemina Pelirroja se deslizó hacia adelante como patinando sobre una superficie pulida. No obstante, al percatarse de que aquella fuerza de propulsión rebasaba con creces cualquier cálculo previsto, Haben miró a Nibelung con ojos desorbitados de asombro. "¡Esta vez no he sido yo!" "...¿Entonces qué demonios es?" Al ver deslizarse a La Jemina Pelirroja sin levantar una sola onda en el agua, los enanos de las inmediaciones abrieron los ojos de par en par, atónitos. No era solo la insólita fluidez del desplazamiento lo que los maravillaba, sino que el matiz del agua brillaba con una claridad inusitada, del todo distinta a la ordinaria. \[¡No hay tiempo que perder! ¡Libera tu aura ahora mismo!\] Kihano le lanzó una advertencia apremiante mientras Vlad trepaba por el mástil. Pues el mundo contemplado hacia abajo ya estaba repleto de calamares luminosos. "¡Ya lo sé!" Sabía muy bien dónde le correspondía estar. El lugar que debía ocupar en aquel instante no era la vanguardia absoluta, sino la cúspide más elevada. Porque solo de esa manera conseguiría que los vestigios del Árbol del Mundo que fluían a través de su espada fueran visibles en la lejanía. "¡Qué buena decisión fue no haber subido a los refugiados desde el principio!" No había podido proteger Justia, pero en esta ocasión deseaba que fuera distinto. Aunque se dijera que una revelación solo se comprende cuando se choca de frente con ella, anhelaba prepararse al menos un poco. Respaldada por semejante determinación, La Jemina Pelirroja era capaz de embestir ahora hacia adelante sin el menor titubeo. "Fuuu..." Una vez alcanzó la atalaya de la cofa a una altura vertiginosa, Vlad desenvainó su espada con todas las fuerzas de su ser. En ese preciso instante, un resplandeciente mundo de tonalidades doradas bañó los alrededores. Siguiendo la estela de aquel universo que destellaba como un faro en la noche, las espumas del mar comenzaron a bullir en un borboteo frenético. Era una solitaria luminaria dorada que resplandecía sobre un mar embravecido por momentos. Contemplada desde la distancia, aquella estampa era el vivo y exacto reflejo del dibujo plasmado por la doncella del oráculo del Árbol del Mundo. \----- • Autor: Q10 • Traductor: Inmensurable ⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨
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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 210

Estás leyendo el capítulo 210 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.