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Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 209 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Era como un abismo marino donde la luz jamás había conseguido penetrar. Desde aquellas honduras ascendían unas burbujas blancuzcas. Nada más tocar la superficie, reventaban esparciendo el aliento que habían resguardado, disolviéndose en una niebla de su mismo color. "......" Al contemplar hacia arriba desde el fondo de las profundidades marinas, la superficie ondulante bien se asemejaría al cielo nocturno. Exactamente igual que a los ojos de aquel que miraba en este preciso instante. Ante aquel halo de luz dorada con el que se reencontraba tras una eternidad, los ojos que habían dormitado en las profundidades del mar comenzaron a removerse poco a poco. Desde la oscuridad emergían burbujas. Ascendían siguiendo la luz visible allá arriba, una tras otra. Sin detenerse. Quizás la niebla, más espesa de lo habitual, se debía a aquellas burbujas que afloraban sin descanso. ※※※※ "¡Oh, ooooh...!" La herrería de Nidavellir estaba colmada de un calor sofocante. Al contemplar los conductos de latón que escupían vapor sin tregua, Nibelung soltaba exclamaciones con arrobamiento. "No logro comprender bajo qué principio opera todo esto." "Cálmate un poco." "¿Cómo es posible que se mueva por sí solo? Por más que mire, no percibo rastro alguno de misterio místico." Cuando Vlad y Nibelung siguieron los tubos de latón con la mirada, descubrieron una hilera de fuelles del tamaño de un navío entero. Aquellos fuelles que insuflaban aire por cuenta propia, sin que hombre alguno los accionara, imponían una extraña opresión incluso a ojos de Vlad. "¿Para qué demonios te trajiste a ese gato que tienes al lado?" "...... Tampoco es que tuviera muchas ganas de traerlo." Como si los aspavientos de Nibelung le resultaran un tanto bochornosos, Vlad acabó soltando un suspiro. A decir verdad, las miradas severas que los herreros les clavaban desde hacía un buen rato ya empezaban a incomodarle. "La armadura nueva que me entregó es soberbia. Pensé que resultaría incómoda al ser más voluminosa que la anterior, pero en absoluto fue así." "¡Bah! Un mocoso que ya ha aprendido a adular con descaro. No auguras nada bueno." "Solo dije que me gustaba porque de verdad me encantó; no tiene por qué regañarme tanto." Tras adentrarse en el taller de Rujta, Vlad entrecerró el ojo izquierdo hacia el viejo alto horno. Allí, contemplado a través de su mundo interior, tal como había advertido Baradis, se encontraba un pequeño lagarto observándolo fijamente. "Cambiando de tema, ¿de verdad no hay nada que hacer con la espada? Me parece que no habrá nadie capaz de trabajarla aparte de usted, viejo." "¡Mocoso insolente! ¿Acaso me dejaste algo a guardar para que me lo exijas así? Confórmate con la armadura." "Yo no le he dejado nada, pero ¿acaso Jorge no le dejó bastante?" Aunque sacar a relucir antiguos lazos resultaba algo mezquino, Vlad no pensaba desperdiciar esta oportunidad. Pues ante él se hallaba el artesano más insigne de entre todos los herreros que jamás hubiera conocido. Vlad intuía vagamente que, si no era en este preciso instante, jamás lograría devolverle el filo a su hoja. "...... Maldito engendro." Cuando el viejo enano extendió la mano en silencio, Vlad, esbozando una sonrisa socarrona, depositó su espada sobre ella. Al presenciar la escena, el pequeño lagarto pareció reconocer el arma sobre la que había viajado y sus ojos comenzaron a destellar. "El precio de una vida es una carga tenaz. Tanto que ni a esta edad, cuando ya soy casi un cadáver andante, puedo librarme de ella." "Lo lamento. Pero pensé que nadie más que usted podría examinarla." Aunque el tono del enano era hosco, sus manos la recibieron con suma cautela. Rujta, tras escudriñar la espada de Vlad con una mirada penetrante, no pudo evitar soltar un leve suspiro para sus adentros. 'Conque por esto estaba así.' Examinada bajo los ojos del maestro artesano, la hoja azulada estaba, en efecto, tan deteriorada que justificaba la desesperación de Vlad. Tenía el filo tan mellado que resultaba admirable que hubiera sido capaz de cortar enemigos hasta el día de hoy. "Solo hace falta que le saque filo. Me las arreglaré para conseguir como sea los materiales de los que hablamos antes." "...... Aunque tuvieras los materiales, a esto no se le puede sacar filo." Un herrero que, habiendo pasado la vida entera junto al fuego, afirmaba ser incapaz de afilar una simple hoja. Al ver a Rujta declarar semejante cosa, Vlad se quedó petrificado por el desconcierto. "¿Ni siquiera afilarla? ¿Acaso el hierro meteorítico es tan difícil de forjar?" "No se trata de eso. No lo digo porque sea difícil desde esa perspectiva." Aquella espada concebida después de que la doncella del oráculo del Árbol del Mundo convocara al anciano herrero desde el umbral del más allá. Dado que tanto la materia prima como el proceso de forja habían sido extraordinarios, Vlad sabía que no sería fácil de manejar, pero jamás concibió que incluso Rujta sacudiera la cabeza en señal de impotencia. "¿Y cuál es esa perspectiva entonces?" "Me refiero a que, más allá de la técnica o de los materiales, nadie en este mundo sería capaz de afilarla. Porque......" Rujta, contemplando el arma en silencio, propinó un chasquido con el dedo sobre la superficie de la hoja. Un zumbido resonante se propagó por la herrería. Era una vibración tan nítida y pura que se distinguía con total claridad por encima del ensordecedor estrépito circundante. "Porque esto no es una espada." "...... ¿Qué?" "Quien la desbastó en un principio tan solo hizo que pareciera una espada, nada más." Ante el tañido de la espada que se expandía con lentitud, el pequeño lagarto comenzó a sacudir la cabeza como si estuviera complacido. Vlad, que mantenía el ojo izquierdo cerrado, pudo contemplar cómo una tenue estela de luz se filtraba desde su arma al compás de aquella resonancia. "...... No entiendo qué me quiere decir." "Aún eres demasiado joven para comprenderlo cabalmente." Rujta, que en algún momento le había dado la espalda a Vlad, ya empuñaba el martillo que antes había dejado a un lado. Acto seguido, el maestro enano golpeó el bloque de hierro incandescente sin pronunciar una sola palabra. Vlad no hizo más que contemplar la espalda de Rujta mientras este descargaba el mazo en absoluto mutismo. "No se le puede imponer una forma a ciegas a una joven posibilidad que aún desconoce en qué llegará a convertirse." ¡Clang! ¡Clang! Bajo el martilleo imperturbable, el metal al rojo vivo comenzó a cobrar figura poco a poco. Un lingote que había nacido como una roca desprovista de sentido, pero que renacía bajo una forma renovada ante el fuego y el martillo. No obstante, era imposible discernir si aquella figura en la que se transformaba era en verdad la que el propio metal deseaba. "Cuídate. Puede que hoy sea la última vez que tú y yo nos veamos las caras." Tras pronunciar aquellas palabras, Rujta se enfrascó de lleno en su labor sin decir nada más. Porque ya le había brindado todos los consejos que estaba en posición de ofrecerle. Comprender o desestimar aquel consejo dependía exclusivamente de Vlad, el dueño de la espada. "…Hablar de una última vez. Menudo pájaro de mal agüero." Vlad contempló la espalda del maestro herrero Rujta, quien ya no pronunció una sola palabra más, y comenzó a desandar con lentitud el camino por el que había venido. Al salir, notó que todos los herreros de la forja estaban sumidos en un ajetreo frenético, sin un solo segundo de respiro. A juzgar por las apariencias, todos se preparaban para la tormenta que se avecinaba, sacándole filo al acero. \* \* \* "La flota de Barbosa ha entrado en nuestras aguas." "Según los informes, se trata de una flota que supera por lo menos los cuarenta navíos." Ante los reportes que llegaban desde un flanco, los rostros de los caudillos tribales comenzaron a ensombrecerse. Cuarenta naves ya constituían una cifra abrumadora por sí sola, pero las fuerzas de combate que transportaban a bordo debían sobrepasar, como mínimo, el millar de hombres. Sin embargo, las fuerzas con las que Nidavellir podía hacerles frente se reducían a apenas siete buques de guerra y unos pocos cientos de enanos, por lo que resultaba natural que la atmósfera de la sala de reuniones se volviera sombría. "…Tenía que llegar tarde o temprano." A pesar de que el peligro se cernía sobre ellos a cada segundo, la mirada del Gran Caudillo Olmukar no mostró la menor vacilación. No solo Olmukar: todos los presentes sabían bien que, tarde o temprano, algo así ocurriría. Simplemente habían albergado la esperanza de que ese aciago día no fuese hoy. "¿Para cuándo calculan la llegada de la flota de Barbosa?" "Si no pierden el rumbo y navegan en línea recta… probablemente en menos de tres días." "Tres días." Tan corta era la distancia. La brecha que separaba a los humanos de los enanos. Aunque algunos caudillos aún insistían en contener el aliento y aguardar a que pasara la tempestad, Olmukar intuyó que ya no podían esquivar la amenaza del Duque de Oro. "Josef Bayezid. ¿Sigue en pie tu propuesta?" "Por supuesto, Gran Caudillo. Nuestro norte todavía desea forjar lazos estrechos con Nidavellir." "En ese caso, ¿podría el norte brindar algún tipo de apoyo ante la amenaza que tenemos encima?" "Podríamos hacerlo, pero el tiempo juega en nuestra contra." El enemigo estaba a las puertas, y para el norte, el puerto más cercano era únicamente Nassau. Hacer zarpar las naves allí ancladas para que alcanzaran este lugar en apenas tres días era materialmente imposible. "Eso lo sé de sobra. Tan solo quiero enviar a los niños y a los ancianos a un lugar seguro. ¿Sería posible al menos eso?" La idea de combatir de espaldas al río, sin posibilidad de retirada, era un concepto reservado únicamente a los guerreros. Como líder de Nidavellir obligado a prever siempre el porvenir, Olmukar planeaba evacuar de la isla al menos a los ancianos y a los débiles. "Respeto la decisión del Gran Caudillo. Algo de esa magnitud está plenamente dentro de las facultades de Bayezid." "Te lo agradezco." Decía un viejo adagio enano que solo quien tiende la mano en el momento de mayor crisis es un verdadero amigo. Aunque el norte y la Casa Bayezid pretendían obtener algo a cambio, ante una muestra de buena voluntad semejante bien podía juzgarse que eran humanos muy distintos a los del oeste. "¡A partir de este instante, requisen todas las embarcaciones, con excepción de los buques de guerra! ¡Me conformo incluso con barcas pesqueras a las que apenas se les hayan colocado tablas encima!" "¡Entendido, Gran Caudillo!" Desde la era cumbre de los dragones hasta la actual época imperial, siempre habían existido seres pisoteados bajo el inmenso peso del mundo, sin importar la época. Solo los nombres de los opresores cambiaban con el tiempo; en una realidad que no variaba un ápice, los desprovistos de poder tenían que abandonar una vez más la isla que había sido su hogar. "¡A qué viene este semblante fúnebre! ¡Sabiendo con certeza lo que debemos hacer, es mucho mejor!" ¡Bum! Tras ordenar una vez más a su pueblo que se preparara para emprender el largo camino del éxodo, tal como en los tiempos remotos, el Gran Caudillo no se esforzó por ocultar sus labios trémulos de cólera. "¡Si se acercan, los apartamos; si nos amenazan, los hacemos pedazos! ¡Puesto que no existe otra salida, no hay nada sobre lo que dudar!" De labios de Olmukar, dispuesto a librar la última resistencia, brotó un discurso encendido semejante al hierro candente. "¡Esta isla es nuestro último reducto! ¡Si perdemos también este enclave, nuestros descendientes vagarán errantes toda la vida al igual que la raza de las bestias, privados hasta del hogar al que regresar!" No podían permitirse repetir el mismo error del pasado. Ante las palabras de Olmukar exhortándolos a preparar la batalla final, los ancianos asintieron vigorosamente con la cabeza. Los únicos capaces de salvarse a sí mismos eran ellos. El Frente de Liberación Enano Nidavellir era el lugar donde se congregaban aquellos que habían jurado actuar bajo esa convicción. \* \* \* A diferencia del día anterior, la isla de Lemnos comenzó a bullir en un frenesí de actividad. Todos los que allí se encontraban sabían a la perfección que apenas les quedaba tiempo para abandonar la isla y escapar de la tormenta inminente. "Es la primera vez en mi vida que veo una fila de refugiados." "Yo ya la he visto." "¿Dónde?" "En un lugar llamado la Aldea de las Glicinas." Era exactamente la misma estampa de entonces. Los ancianos acarreaban pesados fardos a sus espaldas con gran fatiga, mientras las mujeres se apresuraban llevando a los niños de la mano; la escena actual no difería en nada. En el puerto, donde todos arrastraban unos pies que parecían negarse a avanzar, reinaba una atmósfera pesada y apesadumbrada. "¿Cuántos llevamos nosotros?" "¿Unos cincuenta? Sorprendentemente son pocos. La gente de aquí sabe de sobra que La Jemina Pelirroja necesita reparaciones." A Haben parecía desinflársele el ánimo ante la realidad de tener que transportar refugiados imprevistos en lugar de cobrar la recompensa esperada. Con todo, no lo exteriorizaba en su semblante, probablemente por consideración hacia los pequeños que pasaban rozándolo a su lado. "Pásalos a todos a otros barcos." "¿Eh?" "No admitas ni a un solo refugiado." Vlad, que llevaba un buen rato contemplando a los fugitivos, divisó a lo lejos a un grupo de herreros abordando un navío mientras sostenían un alto horno familiar. Al cerrar el ojo izquierdo y contemplar el viejo horno, vio asomar la cabeza de un pequeño lagarto que parecía estar decaído y compungido. "¿Por qué? Si ya de por sí faltan barcos para embarcarlos a todos." Vlad asintió al divisar a Baradis, quien lo observaba desde la cubierta del barco. La revelación de la doncella del oráculo, aquella que solo se reconocería en el preciso instante en que sus miradas se cruzaran. Habiendo experimentado ya una revelación en el pasado, Vlad resolvió no ignorar la advertencia que le dictaba su intuición. "Tengo un mal presentimiento." A espaldas del puerto donde caía el ocaso, el mar se cubrió de botes ligeros que abandonaban la isla. Siguiendo su estela, La Jemina Pelirroja también comenzó a desplegar con parsimonia las velas que habían permanecido recogidas. Sobre el velamen que se hinchaba con el viento, únicamente el ondeante pendón de la rosa apuntaba hacia la isla de Lemnos. \----- • Autor: Q10 • Traductor: Inmensurable ⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨
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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 209

Estás leyendo el capítulo 209 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.