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Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 208 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Una pequeña nave hendía las olas del mar, escorándose con tal peligro que parecía a punto de zozobrar. Al ver a La Jemina Pelirroja intentar un viraje brusco con una inclinación inverosímil, varios enanos apretaron los puños sin siquiera darse cuenta. Precisamente porque entendían a la perfección el arte de la navegación, no podían evitar tensarse aún más ante semejante maniobra. "¡El barco de los humanos! ¡Se abalanza contra el buque insignia enemigo!" "..." A pesar de que el navío enemigo aparentaba ser el doble de grande, La Jemina Pelirroja cargó contra el buque insignia adversario sin titubear un instante. Esquivando a un lado y a otro las balas de cañón que volaban hacia ella mientras arremetía a toda marcha, la estampa de La Jemina Pelirroja era tan vertiginosa que resultaba imposible apartar los ojos. "¡Aferrarse al impacto!" ¡Crrr-craaash! Con un estruendo ensordecedor, La Jemina Pelirroja rompió al fin la resistencia enemiga y embistió de lleno contra la nave adversaria. Aunque su porte era reducido, la audaz contundencia nacida de su vertiginosa velocidad hizo que los enanos alzaran bien alto las hachas que empuñaban. "...¿Acaso no les dije con claridad que solo se limitaran a atraerlos?" "Así lo recuerdo yo también, Gran Caudillo." El Gran Caudillo Olmukar se rascó la barbilla por costumbre al contemplar cómo los tripulantes de La Jemina Pelirroja abordaban el buque insignia enemigo. Aquella estampa en la que humanos y elfos se movían mezclados al unísono le provocaba una extraña fascinación. 'Vaya que debían de estar furiosos.' Entre todos ellos, Olmukar observaba con especial atención al caballero rubio que marchaba a la vanguardia. En verdad, la proclama de Vlad, quien había afirmado con imponente dignidad ante sus ojos que demostraría su inocencia, no había sido vana. "Se han apoderado de la cubierta en un abrir y cerrar de ojos." "Son veloces." Los elfos blandían sus espadas sin perder un ápice de equilibrio, incluso sobre una cubierta que se mecía con violencia. A lo largo de la senda que iban despejando, un resplandor dorado comenzó a centellear en un frenesí letal. Era un destello tan nítido que podía distinguirse con absoluta claridad incluso en medio de la espesa niebla. "¡Hagan avanzar los barcos! ¡No podemos permitir que queden aislados!" La mirada de Olmukar, que blandía su bastón de mando, era gélida. La razón era que los navíos circundantes ya intentaban tender tablones de abordaje para auxiliar a su buque insignia, sumido repentinamente en un sangriento combate cuerpo a cuerpo. "¡Le han cortado la cabeza al comandante!" "¡El caballero de los humanos ha tomado el timón!" Sin embargo, la espada de Vlad había sido más rápida antes de que pudieran intervenir. Avanzando en línea recta y talando a cuantos obstáculos se arrojaban hacia él, la hoja de Vlad terminó por cercenar el cuello de Tolbin, quien aún se aferraba a la rueda del timón. "...Tendré que ofrecerle una disculpa como es debido." A medida que la distancia entre ellos se reducía, se revelaba una escena ante sus ojos. Aunque todavía mediaba trecho como para distinguir sus facciones con nitidez, Olmukar supo con certeza que aquellas pupilas azules en la lejanía lo miraban fijamente. El caballero de la armadura gris plateada trepaba por el mástil más alto. Empapado en sangre de pies a cabeza, Vlad subió hasta la cofa de vigía y clavó la mirada directamente en la posición de Olmukar. Al verlo agitar el estandarte de Barbosa, como si le preguntara si con semejante hazaña su inocencia quedaba demostrada, a Olmukar no le quedó más remedio que asentir con la cabeza. \* \* \* Diez buques de guerra enemigos en total. Frente a ellos, siete embarcaciones de Nidavellir. Para el Duque de Oro, aquella flota apenas constituía un destacamento de exploración; sin embargo, para plantarle cara, Nidavellir se había visto forzado a desplegar todo su poderío naval. De no haber sido por las trampas dispuestas con antelación y la feroz lucha de La Jemina Pelirroja, aquella batalla difícilmente habría concluido con tanta celeridad. "¡Capitán! ¡Piedad! ¡Cometí un grave error!" Sin embargo, a bordo de La Jemina Pelirroja no resonaba el júbilo de la victoria, sino únicamente los alaridos de desesperación de un hombre. Eran los gritos de súplica que profería un marinero que se mantenía precariamente de pie sobre un tablón suspendido sobre el mar. "¿Tus últimas palabras?" "¡Perdí el juicio por un instante! Fui incapaz de reconocer la generosidad del capitán, que me acogió cuando no era nadie..." "Qué trillado." Haben le dio la espalda, como si no tuviese la menor intención de seguir escuchando vanas excusas. Ante la mirada gélida y sombría de Haben, incluso Vlad guardó silencio por un momento. Por lo visto, cuando actuaba como capitán, Haben era alguien un tanto diferente del amigo que él conocía. "¡Capitán!" ¡Crac! A espaldas de Haben, que se alejaba sin la menor vacilación, relampagueó el hacha de Otar. Con un chasquido semejante al de la madera partiéndose en dos, un chorro de sangre escarlata salpicó sobre el mar. Para quien traicionaba a la organización, solo existía la muerte. El cuerpo semidestrozado del marinero se precipitó inerte hacia las aguas. "Lo lamento. Como capitán, debí haberlo comprobado todo con mayor cuidado." "Ya se ha solucionado, déjalo estar." Pese al consuelo de Vlad, Haben se limitó a inclinar la cabeza, abrumado por la culpa. Fuera con premeditación o por descuido, el hecho innegable era que la ubicación de la Isla de Lemnos había quedado al descubierto debido al orbe de cristal adherido a La Jemina Pelirroja. Aunque hubiesen restaurado su honor con el combate recién librado, el error cometido era algo imposible de borrar. "Además, creo que la quilla de La Jemina Pelirroja se ha combado. Sin una reparación de gran envergadura, será imposible soportar otro combate tan violento como este." "¿De verdad?" Al oír las palabras de Haben, Vlad entrecerró los ojos y contempló la proa de La Jemina Pelirroja. En efecto, la torcedura visible y el desequilibrio en su estructura dejaban en claro que, tal como decía Haben, requería una reconstrucción sustancial. "Si la quilla está dañada... ¿tendremos que cambiar de barco?" "Puede que no quede otra opción." Aunque La Jemina Pelirroja se había alzado victoriosa frente al buque insignia enemigo, el precio pagado por semejante triunfo no había sido en absoluto menor. Ante la sugerencia de Haben de que tal vez tuvieran que renunciar a la nave, Vlad se quedó mirando el mar en completo silencio. "Vlad, un momento." Era el sueño de Haben y el primer barco que él le había regalado. Al ver a Vlad extrañamente abatido por una decepción que no lograba disimular, Baradis, sentado sobre la borda, le hizo un gesto con la mano. "¿Qué ocurre?" "Parece que los he encontrado." ¿Habría sido a su manera una palabra de aliento? Baradis le transmitió a Vlad la presencia de los espíritus que acababa de detectar. "Los rastros de los espíritus que no se manifestaban en la isla están en el mar." "¿En el mar?" "Sí. En el mar. Me gustaría buscarlos con calma cuando tengamos ocasión." Había calamares que, en lugar del viento insuficiente, habían empujado el casco de La Jemina Pelirroja. Sin embargo, dado que Baradis había estado concentrado de lleno en el combate, no había podido discernir su verdadera naturaleza con exactitud, de modo que por el momento no le quedaba más remedio que conformarse con haber obtenido un pequeño logro. "Parece que se sintió atraída por la espada forjada por el Árbol del Mundo. Pude percibir con claridad una reacción". "...Ya veo". Vlad enderezó la espada que sostenía y la contempló en silencio. Al mirar aquella hoja inconclusa con el mar como telón de fondo, advirtió que en su interior albergaba un azul tan profundo como el océano, por más que su tonalidad fuera tenue. "Cargas con una espada bastante peculiar". Olmukar, que gobernaba su nave en paralelo junto a La Jemina, también observaba con atención la espada que Vlad acababa de blandir. Un caballero que empuñaba una espada informe sobre un navío en ruinas. No obstante, al contemplar aquella estampa que, pese a hallarse totalmente destrozada, guardaba una extraña y perfecta armonía, Olmukar se limitó a sacudir la cabeza, incapaz de descifrarlo en absoluto. ※※※※ ¡Clang! Sentado sobre el suelo gélido, Josef alzó la cabeza con cautela al escuchar el repentino chirrido de los barrotes al abrirse. "Lord Josef". "...Sí. Has hecho un gran trabajo". Aunque su semblante lucía algo pálido, la sonrisa con la que miraba a Vlad seguía siendo tan cálida como siempre. Mostraba una serenidad absoluta, desprovista de la menor tensión, como si hubiera sabido desde el primer momento que las cosas terminarían así. "¿Te has encargado de ellos?". "Eran unas diez embarcaciones. Aunque solo se trataba de una flotilla de exploración". "Como era de esperar de alguien con el renombre del Duque de Oro, incluso una flota de ese calibre no es más que una simple avanzada para él". Los marineros capturados de Barbosa se habían definido a sí mismos como una mera flotilla de exploración. Aquello significaba que los intentos del Duque de Oro por apoderarse de la isla de Lemnos ni siquiera habían comenzado formalmente. "Es un hombre que lleva el oro grabado antes de su título. Había oído los rumores, pero su riqueza parece ser colosal en verdad". El Duque de Oro, uno de los cuatro únicos duques de todo el imperio. Aquel magnate de quien se decía que empuñaba relucientes monedas de oro en lugar de una espada afilada era, con creces, el mayor adversario al que tanto Josef como Vlad se habían enfrentado jamás. "Parece que tiene frío". "La manta era demasiado delgada". Como si la frialdad de la celda aún no se hubiera disipado de su cuerpo, los hombros de Josef se estremecían levemente. Al notar aquel temblor que incluso Zayar contemplaba a su lado con mirada compasiva, Vlad extendió con amplitud la tela que había traído consigo. "El Gran Caudillo Olmukar desea conversar con usted, en parte para disculparse por el malentendido". "De acuerdo". Un denso olor a salitre impregnaba la tela que le cubría los hombros. Sin embargo, pese a aquel áspero hedor, Josef se limitó a sonreír. "¡Lord Josef Bayezid y Sir Vlad han llegado!". Aunque de por medio había habido un efímero equívoco, ahora comparecían con la dignidad de auténticos huéspedes de honor. Al contemplar a Josef, quien había ordenado a su propio caballero restaurar su honor mancillado, los once caudillos se pusieron en pie al unísono. Envuelto en el pabellón del Duque de Oro Barbosa como si fuera una capa a modo de trofeo de guerra, Josef era un hombre digno de merecer el respeto de todos los presentes. "Entonces, ¿retomamos la conversación que dejamos pendiente la última vez?". Era como asomarse a un pozo cuya profundidad no alcanzaba a vislumbrarse por más que se escrutara. Esa fue la impresión exacta que los caudillos de Nidavellir experimentaron al ver a Josef tomar asiento con ademán despreocupado, como si nada hubiera ocurrido. Consciente en todo momento de cuál era su cometido, Josef se limitó a disponer los siguientes pasos con una tenue sonrisa en los labios. ※※※※ "Ay, hombre. Te advertí que tuvieras cuidado". A cada paso que daba, los maderos crujían con un quejido precario. Sin embargo, Barbosa subió de un salto hacia el puesto del timón con un andar que denotaba una absoluta familiaridad. "Te dije que te limitaras a mirar desde la distancia... ¿y terminaste así por ser incapaz de hacer algo tan simple? Qué lástima". Al cruzar la mirada con Tolbin, Barbosa chasqueó la lengua con pesar, mas por mucho que preguntara, no obtuvo respuesta alguna. Con la cabeza cercenada del cuerpo, Tolbin permanecía inmóvil para la eternidad. "Envié diez naves y apenas regresa una... Vaya negocio ruinoso". Tras depositar la cabeza de Tolbin con delicadeza, Barbosa se rascó la coronilla contrariado mientras clavaba la vista en la niebla que se extendía al frente. En el corazón de aquella densa bruma aguardaban sin duda los enanos, un auténtico filón de oro, junto a los prodigios de su forja; pero aquel mundo herméticamente cerrado no parecía dispuesto a conceder la menor rendija a los invasores. "¿Y esa bandera qué significa? ¿Hay alguien que la conozca?". "...Es la primera vez que vemos un emblema con esa forma". "O sea, que no son sujetos de las tierras del sur ni del oeste". En aquel bajel destrozado y hendido, donde no restaba una sola tabla intacta, había algo que aún conservaba su porte intacto. Barbosa, que contemplaba la cofa donde antaño ondeaba su propio pabellón, soltó una carcajada incrédula al descubrir aquel estandarte insólito que no sabía a quién pertenecía. "...¿Será del norte, entonces?". Un solitario pendón flameaba al compás del viento. Al contemplar aquella tela con una rosa roja estampada, Barbosa sintió que su corazón volvía a latir con fuerza después de una larguísima temporada. Hacía tanto que no se topaba con el pabellón de un desafiante que Barbosa sintió como si sus vasos sanguíneos, anquilosados por los años, volvieran a ablandarse y a entrar en calor. "¡Vaya recibimiento más contundente para sus invitados! ¡Parece que no nos equivocamos de rumbo después de todo!". Era una voz descomunal, imposible de atribuir al alarido de un solo hombre. Su bramido retumbó como un trueno a lo largo y ancho de la vasta superficie marina. Bajo aquel jovial y bravío clamor, todas las naves situadas a su retaguardia pudieron percibir la densa y visceral furia que se agazapaba en su interior. "¡Todos a la niebla! ¡Allí dentro nos aguardan cosas resplandecientes!". Ante el rugido de Barbosa, las decenas de navíos apostados en apretadas filas negras comenzaron a internarse en la bruma. Se trataba de una flota de una magnitud colosal, un número de velas que ni sumando todas las embarcaciones del norte y del oeste se podría igualar jamás. "No sé quién será, pero conoce a la perfección las leyes del mar. Una declaración de guerra sumamente clásica". Una tierra nueva, una niebla extraña y un contrincante desconocido. En las facciones de Barbosa, que ponía proa firme hacia la isla de Lemnos, se dibujó de pronto una sonrisa profunda. Y junto a él, mientras sonreía, reposaba una arqueta fuertemente asegurada con cadenas de plata. \----- • Autor: Q10 • Traductor: Inmensurable ⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨
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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 208

Estás leyendo el capítulo 208 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.