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Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 207 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
En el interior de una celda vacía, había un hombre sentado a solas con la cabeza gacha. Era una prisión donde reinaba un frío glacial, tanto en el suelo donde se sentaba como en el muro sobre el que se apoyaba. Sin embargo, a diferencia de aquel entorno desolador, por alguna razón su semblante se veía apacible. "A estas horas ya habrá llegado." "Así debe ser." Zayar, de pie al otro lado de los barrotes de hierro, asintió en silencio ante las palabras de Josef. En efecto, a estas alturas Vlad ya debía de haberse topado con los navíos del Duque de Oro. "¿Se encuentra bien, mi señor?" No obstante, en aquel momento, la persona por quien Zayar se preocupaba más, por encima incluso de Vlad, que se hallaba en el campo de batalla, era Josef. Pues se trataba de un hombre al que el mismísimo aire invernal le resultaba penoso, obligándolo a toser con sequedad de continuo. "Sabiendo con absoluta certeza lo que debo hacer, el cuerpo sufre, pero la mente está en paz." "......" Aunque su rostro denotaba cierta palidez, la expresión de Josef a través de las rejas se veía verdaderamente tan serena como acababa de afirmar. Con todo, Zayar no pudo corresponder a su tenue sonrisa. Sabía con dolorosa claridad cuántas tribulaciones y angustias habían precedido a aquel gesto. "Ojalá hubiera vivido de este modo desde un principio." Sobre el vaho gélido que escapaba de los labios de Josef, los primeros rayos del sol matutino comenzaron a filtrarse. Era una luz que solía huir en la lejanía cuando uno intentaba perseguirla, pero que ahora, al permanecer sentado sin oponer resistencia, se acercaba a él por voluntad propia. \* \* \* ¡Kugwagwagwagwak! Sobre las olas que hasta hacía un instante permanecían mansas, una violenta columna de agua se alzó con estruendo hacia el firmamento. Era el clamor producido por uno de los navíos de guerra de Barbosa, catapultado por los aires hacia las alturas celestes. "...... ¿Pero qué demonios es esto?" Las frías gotas de agua marina que le salpicaban el rostro parecían una auténtica pesadilla. Tolbin, el comandante designado para aquella flotilla de exploración, contempló con la boca abierta el barco que ascendía en un ángulo inverosímil. Incluso para alguien que había consagrado su vida entera a navegar sobre los mares, semejante estampa era algo jamás visto. "¡El barco se desploma!" "¡Sujétense a las bordas!" Sin embargo, las cosas que caen carecen de alas. ¡Kwaaaang! Aquel navío de guerra, que pese a ser una simple embarcación había osado apuntar al cielo, cayó de bruces en picada y se despedazó en mil astillas al estrellarse contra la superficie. Entre los restos de la nave triturada, una colosal cadena de hierro, tendida de arrecife a arrecife, osciló con violencia salpicando espuma marina. "¡Es una trampa, capitán!" "¡Tenemos que salir de este lugar de inmediato!" Era una emboscada en toda regla. Aquella franja marítima en la que se encontraban. Este paraje al que habían ingresado persiguiendo el estandarte de la rosa escarlata estaba atestado de arrecifes por doquier y, además, se hallaba cercado por monumentales cadenas de hierro forjado. Era una trampa que jamás podría haberse dispuesto sin una prolongada y meticulosa preparación previa. "¡Esos bastardos han vuelto a salir!" "¡Agachen la cabeza todos!" ¡Fushuk! Hacia la nave del atónito Tolbin, una nueva lluvia de flechas afiladas comenzó a silbar a través del aire. Fuese quien fuese el tirador, eran saetas que, tras atravesar el denso y pesado viento marino, conservaban una penetrante puntería sin perder un ápice de ferocidad. "¡Kuaagh!" "¡Khhk!" Por toda la cubierta se multiplicaban los alaridos agónicos de los marineros. Varios de ellos, habiendo perdido ya toda voluntad de combatir, se hallaban postrados bajo las barandillas, intentando eludir la incesante granizada de flechas. "...... ¡Pónganse de pie! ¡Arriba! ¡Levántense todos y presenten batalla!" Tolbin, recobrando el juicio a duras penas, empezó a desgañitarse a gritos contra su tripulación. Por más que se tratara de una flotilla de exploración, era inadmisible que diez navíos de guerra se desmoronaran de una forma tan patética y absurda. "¡El barco no identificado! ¡Se aproxima otra vez! ¡Esta vez por la popa!" "...... ¿Qué?" A pesar de haber asestado un golpe demoledor mediante la trampa de cadenas, aquel enemigo de identidad desconocida no parecía albergar la menor intención de soltar el impulso que había tomado. En efecto, tal como anunciaban las voces alarmadas, un navío emergió a toda prisa de entre la espesa bruma. Era la nave que ondeaba el blasón de la rosa escarlata. '¡Si hace un momento estaban justo al frente!' Hasta hacía escasos instantes, era el mismísimo barco que los señoleaba provocadoramente cara a cara, pero, en un abrir y cerrar de ojos, había maniobrado hacia su retaguardia para amenazarles la nuca. Ante una movilidad tan elusiva e inexplicable que rayaba en lo sobrenatural, a Tolbin se le heló la sangre en las venas. "¡Preparen los cañones de a bordo!" "¡No están a tiro!" Aquel navío había brotado súbitamente a espaldas de la flota, como si hubiera emergido desde las mismísimas profundidades del océano. Los marineros de Tolbin prorrumpieron en agudos alaridos de pánico al ver resurgir a la embarcación en una posición donde, bajo ninguna lógica náutica, debería haber estado. "¡¿Entonces por qué los proyectiles de esos desgraciados sí nos alcanzan a nosotros?!" Como si hubiera escuchado el furioso bramido de Tolbin, el misterioso barco viró bruscamente de rumbo. Con la proa erguida en línea recta, enfiló directamente hacia el costado de su propia nave. "¡El buque enemigo se nos echa encima!" "¿Qué?" Habiendo atraído al enemigo, habiéndolo encerrado en una trampa mortal y, aun así, mostrándose de nuevo con insolencia: el navío del estandarte de la rosa escarlata. Al presenciar cómo aquella nave aprovechaba al máximo su reducido calado para deslizarse con diabólica soltura entre las aguas, los ojos de Tolbin se desorbitaron por entero. Su porte ciertamente era pequeño, pero el espolón que coronaba su proa era más agudo y despiadado que el de cualquier embarcación que hubiese visto jamás en su vida. ¡Kwaaaang! \* \* \* "¡Aférrense con fuerza!" "¡Hiiieeeek!" Sobre La Jemina Pelirroja, escorada hasta el punto de parecer a punto de volcar, toda suerte de pertrechos y bultos rodaban por la cubierta. El balanceo era tan violento que incluso los elfos, dotados de un sentido del equilibrio fuera de lo común, se veían obligados a aferrarse a la borda para resistir a duras penas. A pesar de semejante inclinación, si la nave conseguía preservar milagrosamente la estabilidad, era sin duda gracias a los minuciosos cálculos del timonel que empuñaba la rueda. "¡Manda viento, mago!" "¡No es algo tan fácil como soplar y ya!" De la proa a la popa del enemigo. La habilidad de pilotaje de Haben, que viraba con magistral pericia interponiendo la niebla entre ambos bandos, solo había sido posible gracias al denso manto de bruma que cegaba la visión enemiga y al misterio sobrenatural desplegado por el hechicero. "¡Ya no puedo más! ¡He agotado todo el viento que tenía almacenado!" "¡Maldita sea!" Nibelung había estado insuflando ráfagas de aire valiéndose de un extraño fuelle extraído de su morral, pero parecía que incluso ese recurso había tocado a su fin. En verdad, las velas que hasta hacía poco se hallaban hinchadas a punto de reventar por obra de las corrientes mágicas, ahora lucían visiblemente desinfladas y caídas. "Vlad. Ya no podemos seguir con esto. Si perdemos la velocidad, seremos nosotros los que acabemos cazados." "Entendido." Aunque La Jemina Pelirroja había hecho de la espesa niebla su mejor trinchera para atormentar sin descanso los puntos ciegos de las naves enemigas, aquella táctica había alcanzado su última maniobra. "Aun así, con esto basta." No obstante, gracias a sus maniobras, la flota enemiga había quedado desarticulada, por lo que la empresa podía considerarse un éxito rotundo. Aparte de los buques atrapados en la trampa de cadenas, las naves que se habían dispersado a ciegas más allá de la bruma se habrían convertido ya en presa de Nidavellir. "¿Qué hacemos? ¿Nos retiramos ahora? Creo que la misión de señuelo ya ha sido más que suficiente." "No." Vlad se llevó la palma de la mano a la frente para otear la lejanía y confirmó que, de los diez navíos de guerra que componían inicialmente la fuerza enemiga, ya solo restaban cuatro a flote. Y junto a ellos, vio cómo comenzaban a recortarse en el horizonte las naves de Nidavellir, aproximándose a toda marcha tras haber despachado presumiblemente a las embarcaciones dispersas. Al observar los navíos hostiles que ya extendían los remos por los costados en un intento desesperado por salirse de la ruta marítima y huir, Vlad afianzó su resolución. "Nos quedaremos con uno." "¿Qué?" "Debo capturar al menos uno con mis propias manos, cueste lo que cueste." Tomar la iniciativa con contundencia. Y una vez ganado el impulso, no detenerse jamás. El principio del golpe letal definitivo que conducía a la victoria no se limitaba exclusivamente a abatir al adversario en el choque directo. "Solo así podré arrancarle una disculpa a esos malditos enanos." Al rememorar a los enanos, Vlad apretó los dientes con tanta fuerza que rechinaron. Entendía de sobra que la situación actual nacía de un malentendido hacia ellos, pero eso distaba mucho de significar que estuviera dispuesto a aceptarlo de buen grado en su corazón. Josef, quien incluso ahora permanecía encerrado en una fría prisión, era para Vlad tanto un benefactor como una cuestión de orgullo que debía restablecer. "..." Vlad contempló en silencio a los elfos apostados junto a la borda. Los elfos de Ausrina, de quienes se decía que eran arqueros natos desde la cuna. Ellos, que con cada saeta atravesaban sin falta a un enemigo, asintieron ante la mirada firme y resuelta de Vlad. "Llegaremos hasta el final. No consideramos haber saldado la deuda por salvar el Árbol del Mundo con una nimiedad como esta". "Se lo agradezco". Al unísono con las palabras de Baradis, los elfos desenvainaron espadas en lugar de arcos. Al verlos y presentir lo que se avecinaba, los marineros empuñaron sus respectivas armas con los rostros encendidos. "...En toda mi vida, jamás creí que acabaría embistiendo el navío de Barbosa". Un nombre que cualquiera que se ganara la vida en el mar habría escuchado al menos una vez: el Duque de Oro, Kazan Barbosa. Al pensar que a partir de este instante embestirían contra aquel nombre colosal, a Haben se le nubló la cabeza por el vértigo. "No pasa nada. Al fin y al cabo, Jemina siempre fue buena dando cabezazos". "¡Esa es tu Jemina!". ¡Krrrrrr! Así era. De todos modos, eran vidas nacidas en lo más bajo. Aquellas existencias de los callejones, que no tenían nada que perder al no haber traído nada en las manos al nacer, comenzaron a rugir hacia el embravecido mar. "¡Y esta es mi Jemina!". Ante la señal de Haben, que apretaba los dientes, Nibelung reanudó una vez más su frenético bombeo de los fuelles. En respuesta, la embarcación, repleta de impulso acumulado, salió disparada hacia los buques de Barbosa. "¡Me muero...! ¡Nos vamos a morir todos a este paso!". Nibelung accionaba los fuelles sintiendo de verdad que la vida se le escapaba en bien de La Jemina. Sin embargo, extenuado hasta el extremo, era incapaz de notar que los fuelles que pisoteaba con todas sus fuerzas ya habían agotado su utilidad. "¡Prepárense todos para el impacto!". En lugar del viento insuficiente, densos cúmulos luminosos se apiñaban empujando la popa de La Jemina. Eran calamares que habían acudido en masa hasta allí, atraídos por la fragancia del Árbol del Mundo desprendida por la espada que Vlad había desenvainado. La insólita corriente marina que engendraban fluía en línea recta hacia los navíos de Barbosa. ※※※※ ¡Crrrash! "¡Nave enemiga...! ¡Ha embestido!". El estruendo de los tablones de madera desgarrándose fue ensordecedor. La cubierta bajo sus pies se sacudió como si un terremoto la azotara, y varios marineros que no alcanzaron a aferrarse a nada cayeron al mar. Pese a ser pequeña, era tan veloz que la sacudida que desató no pudo ser sino monumental. "¡¿Por qué demonios ni un solo cañón acertó?!". "¡Las maniobras del enemigo...! ¡Iba demasiado rápido!". "¡Maldita sea!". Una velocidad tan desmesurada que hasta a los marineros más curtidos les costaba concebir como posible. Habiéndose abierto paso a través de las balas de cañón que le rozaban el casco, La Jemina embistió al fin la nave de Tolbin y quedó clavada profundamente, como una saeta, sin amago alguno de soltarse. "¡Preparen el combate cuerpo a cuerpo! ¡Que los caballeros bajen a la bodega!". Tolbin bramó con exasperada furia y descargó un golpe contra la rueda del timón que sujetaba. Cuando esquivar a los barcos de los enanos que arremetían en ese instante ya era de por sí apremiante, verse inmovilizado por una minúscula nave resultaba absurdo incluso para él mismo. "¡Mueran, malditos!". "¡Empujen! ¡Que no entren!". Justo al lado, los enanos irrumpían a cada instante. Y desde abajo, los marineros enemigos penetraban como una marea incontenible. Debido a su escaso puntal, La Jemina había quedado incrustada no en la cubierta, sino en la bodega de carga, y de su interior comenzaron a brotar al instante hombres de mirada feroz. "¡¿Quién pretende detener a quién?!". En un principio, al tratarse de un boquete estrecho, irrumpir a través de él resultaba arduo. Sin embargo, si quien marchaba en vanguardia era un caballero que poseía su propio mundo interior, aquello difícilmente sería un problema. "¡Aaaargh!". "¡Es un caballero! ¡Un caballero que domina el aura!". Una sangre tan salada como el agua del mar manchaba densamente la armadura de Vlad. No obstante, si apenas se detenía sobre ella y resbalaba al instante, se debía sin duda a los secretos arcanos que el herrero enano había grabado en ella. "¡Otar! ¡Ve y libera a los remeros!". "¡Entendido!". Esclavizar enanos para usarlos como galeotes no era un privilegio exclusivo del oeste. Encadenados unos a otros sin poder moverse, los enanos remeros abrían los ojos de par en par al contemplar la súbita irrupción de Vlad. "¡Los demás, síganme!". Desde la bodega más profunda hasta la cubierta en lo alto. Hendiendo y cercenando a los tripulantes que se interponían en su camino, Vlad ascendía sin vacilar. "¡No se interpongan en mi camino, bastardos!". En aquel angosto espacio, la armadura gris plateada bloqueaba sin fisuras las espadas que caían sobre él sin cesar. Cada vez que el arte de la armadura de Justia repelía una hoja enemiga, las cabezas de combatientes anónimos rodaban decapitadas sin excepción. "¡Conque tú eres el afamado bastardo de Dragulia!". "..." Cada uno de los pasos que daba hacia la cima llevaba grabadas las huellas de otros. Si no hubiera sido por la ayuda de todos ellos, tal vez aún seguiría revolcándose en el fango. No, con toda probabilidad así sería. "...¿A quién acabas de llamar Dragulia?". Sin embargo, el hombre que era ahora podía resplandecer ostentando el nombre que él mismo había escogido. Ante el adversario que lo había llamado por un nombre erróneo, las pupilas azules de Vlad comenzaron a centellear. "¡¿A quién dijiste que era Dragulia?!". ¡Crrraaac! "¡Aaaargh!". No mediante esgrima ni trayectorias medidas, sino con pura y desmedida ferocidad. El caballero anónimo que bloqueaba las escaleras pudo contemplar con nitidez aquellas pupilas azuladas que penetraban destrozando su propio mundo. "¡Uaaagh!". Cargada de una cólera ciega, la espada de Vlad no menguó un ápice su ímpetu. Con el caballero aún ensartado en su hoja, Vlad embistió derecho hacia la cubierta superior. Los regueros de sangre que le caían sobre los ojos le nublaban la vista, pero ni aun así se detuvo. ¡Bum! ¡Bum! ¡Baaam! Destrozando la bodega con un estrépito colosal, Vlad ascendió. Cuando el fulgor dorado grabado en lo más hondo del pecho de Vlad iluminó el sombrío interior del barco, el grupo que lo seguía pudo divisar con claridad el sendero. Era el camino que conducía a las alturas. ¡Crrash! Al destrozar con un crujido estruendoso la puerta que le cortaba el paso y salir, el aire fresco acarició por fin las mejillas de Vlad. Era la cubierta hacia la que había avanzado, el mundo más elevado que se había fijado como meta. "¡¿T-tú quién eres?!". Pese a su estruendosa irrupción, lo único que le dio la bienvenida fue un silencio absoluto. Con un golpe seco de su espada, como quien sacude algo molesto, el caballero que tenía ensartado se hendió por la mitad. Y en medio de esa desgarradora fractura se asomaron unas pupilas azules. Al contemplar esa mirada que solo un depredador innato podía albergar, Tolbin tragó saliva sin proponérselo. "De Shoara...". Caía la lluvia. Una lluvia que lavaba la sangre derramada. Sobre los charcos viscosos como el fango de antaño, Vlad sintió en sosiego el caer del agua. "...Soy Vlad, caballero de Josef". Solo por hoy, en lugar del nombre propio que podía proclamar con orgullo, hablaría en nombre de otro. Por Josef, quien le había concedido estar de pie en este lugar, Vlad alzó su espada hacia el pendón dorado. Era una espada consagrada a Josef, aquel hombre que, en un remoto y gélido día de invierno, reconoció a la persona que era en verdad, aun cuando se presentaba bajo el nombre robado a otro. \----- • Autor: Q10 • Traductor: Inmensurable ⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨
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Estás leyendo el capítulo 207 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.