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Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 206 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Sobre el mar cubierto de una densa niebla asomaba tímidamente una vara. Aunque Vlad la había descrito como una antena, en realidad se trataba de un periscopio que permitía otear el exterior desde las profundidades marinas. "... Maldición." Tras haber guiado a La Jemina Pelirroja y reanudado su labor original de vigilancia, Vulcano abrió los ojos de par en par al contemplar las siluetas que se aproximaban a lo lejos. A simple vista, debían de ser más de diez navíos. Al ajustar a toda prisa el ángulo del periscopio y alzar la vista hacia las velas, distinguió un ostentoso estandarte en el que ondeaba una espada dorada. "... ¡Barbosa!" Al identificar al adversario, Vulcano apretó los dientes. Si bien hasta entonces los humanos habían enviado algunos buques de reconocimiento, jamás habían despachado una flota de semejante envergadura. "¿Cuál es su rumbo?" A una orden de Vulcano, el enano que estaba a su lado se apresuró a calcular la dirección en la que avanzaban los navíos, embargado por la inquietud al ver que, a diferencia de ocasiones anteriores, navegaban en línea recta y sin el menor titubeo. "Avanzan en línea recta hacia el oeste." "¿Hacia el oeste?" "... Directo hacia la isla de Lemnos." Al percatarse de la verdadera naturaleza de aquel mal presagio, Vulcano envió con presteza una señal manual a la tripulación. Era la orden de inmersión de emergencia. "¡Regresemos a la isla lo antes posible!" "¡Entendido!" Ante los apremiantes ademanes de Vulcano, la nave con silueta de pez luna se sumergió con rapidez bajo las aguas. Al mismo tiempo, el chirrido de los pedales accionados con frenesí por los tripulantes comenzó a crujir con desesperada urgencia. "¡Debemos llegar antes que esos bastardos! ¡A toda marcha, avancen!" Una densa niebla donde ni el sol penetraba ni podían vislumbrarse las estrellas del firmamento nocturno. Salvo por el lecho submarino, no existía punto de referencia alguno en aquel paraje; y, sin embargo, los navíos de Barbosa avanzaban en derechura hacia la isla de Lemnos como si conocieran la ruta a la perfección. Impelidos por el colosal oleaje que levantaba la flota de guerra, los restos de barcos encallados entre los arrecifes comenzaron a ser arrastrados sin resistencia alguna. \*\*\* Al día siguiente de aquel banquete que bien pudo calificarse de frenesí, Vlad se encontraba tomando el té junto a Baradis. Aunque la incomodidad entre los miembros del séquito se había disipado bastante a lo largo del viaje, el único que aún podía aproximarse con naturalidad a los elfos seguía siendo Vlad. "Tanto en Deomar como aquí, adondequiera que vayas siempre te siguen los niños." "Por eso resulta tan molesto." Vlad exhaló un suspiro y miró hacia abajo. Al asomarse desde el balcón, tal como decía Baradis, el lugar bullía de niños enanos que lo contemplaban con ojos refulgentes. "¿Por qué no les saludas al menos con la mano?" "Por experiencia sé que si lo hago, se me pegan todavía más." Pese a que Vlad fulminaba a los chiquillos con una mirada hosca, a ojos de los pequeños incluso esa actitud parecía despertarles curiosidad. Además, aunque él lo ignoraba, entre aquellos niños se contaban algunos de los que había rescatado en Nassau. "¿Y bien? ¿Acaso quedan vestigios de los espíritus en este lugar?" "Mmm. Sobre eso es precisamente de lo primero que debía hablarte." Los elfos habían seguido el rastro del Árbol del Mundo Madre hasta aquella isla de Lemnos. Su montaraz supremo, Baradis, posó la taza de té con una expresión grave ante la pregunta de Vlad. "No he percibido el menor rastro de espíritus. Si acaso pudiera decirse que algo se siente, no sería más que ese pequeño lagarto que mora en la herrería." "Ya veo." "Sin embargo, hay algo mucho más importante que eso." Temiendo que los niños abajo pudieran oírlo, Baradis se inclinó hacia Vlad y susurró: "La isla se está muriendo." "... ¿Cómo?" "El flujo de la vida se extingue poco a poco. Es como si se estuviera asfixiando." Desconcertado ante una respuesta que en absoluto esperaba, Vlad vaciló un instante; pero Baradis se limitó a señalar varios puntos de la isla, instándolo a mirar. "Al principio creí que se debía a la tala indiscriminada, pero no son solo los árboles: las demás plantas también están muriendo." "..." "Por ahora, procura guardártelo. Aún debo investigar un poco más." En efecto, en cada rincón hacia el que apuntaba Baradis, la isla presentaba parajes desolados que parecían haber sido carcomidos por la polilla. A simple vista pasaba inadvertido, pero al examinarlo con atención, era indudable que aquellos rincones marchitos no eran casos aislados. "Vlad." Mientras Vlad fruncía el ceño contemplando los alrededores, alguien entró con cautela en la estancia. Era el caballero tuerto, Sir Zayar. "Concédeme un momento. Lord Josef te llama." "Entendido." Sir Zayar saludó con un leve ademán de ojos a Baradis, que aún tomaba el té, y con un discreto gesto de la mano indicó a Vlad que saliera. "¿Qué ocurre?" "Mmm." El pasillo estaba bañado por una radiante luz solar. Sin embargo, mientras avanzaba por él, el semblante de Sir Zayar permanecía pétreo, desprovisto de su distensión habitual. "No es nada del otro mundo, pero..." "Dígame." "Encarcelaron al capitán y al mago. Y también al muchacho de piel oscura." Ante aquellas palabras, Vlad se detuvo en seco. Sir Zayar se volvió y, al contemplar la expresión rígidamente petrificada de Vlad, se encogió de hombros. Aunque había pretendido amortiguar el golpe por pura consideración diciendo que no era nada grave, saltaba a la vista que era una noticia alarmante. "... ¿Por qué motivo?" "Eso es lo que Lord Josef está tratando de averiguar ahora mismo." "Comprendo. Vayamos deprisa." Haben, Nibelung e incluso Otar. Al enterarse de que los tres habían sido arrojados a las mazmorras, los pies de Vlad, que se habían detenido, aceleraron el paso con premura. Después de todo, aquellos tres no eran hombres avalados por la Casa Bayezid, sino que debían ser respaldados por la palabra y el honor del mismísimo Vlad Áureo. \*\*\* "¡Según el informe del capitán Vulcano...!" "¡Primero capturemos a los humanos y démosles un escarmiento!" "¿Por qué no vamos ahora mismo a tirar ese orbe de cristal o lo que sea a otra parte? ¡Dicen que vienen siguiendo ese maldito trasto!" Debía ser un cónclave solemne, pero toda suerte de gritos enfurecidos cruzaban el recinto sin tregua. En el epicentro de aquel clamor ensordecedor, Josef resistía a solas el peso de miradas feroces e implacables. Aunque hasta el banquete de ayer los caudillos tribales se habían mostrado cordiales y festivos, ahora lo fulminaban como si quisieran despedazarlo en mil pedazos. "Basta ya, todos." Ante la orden tajante del Gran Caudillo Olmukar, los demás caudillos comenzaron a enmudecer. "Me parece que requerimos una explicación sobre esta situación, Josef de Bayezid." "..." Tras aquel tenso silencio sobrevino una lluvia de miradas punzantes. Habiendo hallado indicios de espionaje entre quienes habían acudido en calidad de invitados, un ambiente tan hostil resultaba apenas natural. "No disponemos de tiempo. En este instante, antes que ponerme a dirimir culpas o inocencias, soy alguien que debe disponer las contramedidas para lo que se nos viene encima." El sonido del mango del hacha golpeando rítmicamente contra el suelo resonaba con una frialdad lúgubre. El enemigo se aproximaba y la posición de la isla que debían proteger ya había quedado expuesta. Consciente de que no podrían seguir ocultándose por más tiempo entre la niebla, Olmukar observaba a aquellos invitados —sin saber a ciencia cierta si eran amigos o enemigos— mientras sopesaba con gravedad qué destino darles. "¡Soy Vlad Áureo!" En ese instante, antes de que los guardias pudieran anunciarlo, un hombre irrumpió proclamando su propio nombre. Cabello rubio y ojos azules; un hombre envuelto en una capa confeccionada con piel de marta. Había entrado sin el permiso de nadie, pero Olmukar se limitó a asentir con la cabeza en silencio. "He oído que hay un malentendido". "Que sea un malentendido o no, lo decido yo, Sir Vlad". El caballero del norte que, según decían, había rescatado a los niños en la ciudad de Nassau. En verdad era tan joven como afirmaban los rumores, y poseía una presencia tan imponente como saltaba a la vista. "Si no logran convencerme ahora mismo, todos ustedes irán a parar a las mazmorras. No tengo la menor intención de dejar asuntos turbios a mis espaldas". Sin embargo, en este momento no eran benefactores, sino meros sospechosos. La desconfianza hacia los humanos, arraigada a lo largo del tiempo, encendió un brillo feroz en la mirada de Olmukar. "En ese caso, concédanos la oportunidad de demostrarlo, Gran Caudillo". Al ver que Vlad guardaba silencio, Josef dio un paso al frente por propia iniciativa. Aunque le había enseñado mucho, sabía bien que Vlad aún carecía de experiencia ante situaciones tan intrincadas como esta. "Es de público conocimiento que el Duque Barbosa del sur mantiene lazos estrechos con el Duque de la Sangre de Dragón. Siendo nosotros hombres del norte, no tendríamos motivo alguno para aliarnos con el Duque de Oro". "¿Y por qué razón debería creer en esas palabras?" Se hallaban en una encrucijada donde su nido, celosamente oculto, se veía amenazado. Al ver que Olmukar aún no apartaba sus ojos recelosos, Josef intuyó que persuadirlo no sería tarea sencilla; no obstante, en este instante solo quedaba una única salida. "Yo me quedaré aquí". "¿Qué?" "Yo permaneceré en este lugar, de modo que concédales a ellos la oportunidad de marchar al campo de batalla para demostrar su inocencia con sus propios actos". Más que diez palabras, valía una sola acción. Al ver a Josef ofrecerse por cuenta propia como rehén, Vlad no pudo disimular su asombro. "Tratándose de Josef Bayezid, ¿no cree que posee valor más que suficiente como rehén?" "...... Desde luego que sí". Por regla general, al pisar tierra extraña correspondía acatar las costumbres locales. Al ver a Josef expresarse esta vez no con la retórica de los nobles, sino al modo directo de los enanos, Olmukar se sumió en una honda deliberación. Pues fue capaz de advertir que en el rostro de Vlad, todavía perplejo, no anidaba la más mínima falsedad. \* \* \* "Lo siento, Vlad. Debí haber tenido más cuidado". "......" En medio del bullicioso puerto, Vlad volvió a ajustarse las correas de la vaina. Al ver cómo apretaba las tiras en silencio, Haben comprendió lo que sentía y se limitó a retroceder con discreción. Vlad había conservado exactamente ese mismo semblante al ver cómo Josef entraba a los calabozos en su lugar. "¿Y tu armadura?" "La dejé a reparar". "¿Y aun así pretendes marchar sin ella?" "Si no la tengo, ¿qué otra cosa quiere que haga?" Zayar no pudo evitar chasquear la lengua al ver a Vlad dispuesto a partir al combate sin armadura alguna, cubierto únicamente por su capa. Comprendía su frustración, pero eso no justificaba obrar de manera tan temeraria. "Ponte la mía. Por ahora yo no la necesitaré". "...... Pero..." "Tómala". Aunque no llegase al extremo de prestar la propia espada, ceder la armadura tampoco era algo común. Sin embargo, al observar a Zayar ofrecerle la suya sin titubear, Vlad pudo percibir que no lo hacía simplemente porque no tuviera uso para ella en ese momento. "¡Sir Vlad! ¡¿Dónde está Sir Vlad?!" En un muelle donde los enanos se agolpaban en tropel dirigiéndose hacia los barcos, un enano se abrió paso entre la multitud gritando con urgencia el nombre de Vlad. "¡Uff! ¡Uff! ¡Por fin lo encuentro! Menos mal que su cabello resalta tanto a la vista". Cargado con un pesado fardo a la espalda, el enano herrero exhaló una bocanada de aire entrecortado, visiblemente aliviado al divisar a Vlad. A juzgar por lo exhausto que lucía tras haberlo hallado a duras penas, resultaba evidente que había estado dando tumbos durante un buen rato. "Se la envía el maestro herrero. Las reparaciones están listas". "Vaya, qué puntualidad". Ante el anuncio de que la armadura estaba allí, Zayar, con un gesto algo azorado, volvió a atar las correas que acababa de desabrochar. "La ajustó a las medidas de la armadura anterior, así que la talla debería ser la adecuada". Por fortuna, la armadura de los elfos había regresado justo a tiempo. Sin embargo, Vlad no pudo evitar mudar el semblante a uno de desconcierto al contemplar las piezas que el enano descargó ante él. "Me parece que esto no es mío, ¿o sí?" "¿Cómo dice?" "A ver, mi armadura era plateada. Para empezar, ni siquiera tenía este aspecto". Y es que el arnés que el enano acababa de alzar en brazos, a diferencia del anterior, estaba teñido por entero de un tono gris plateado. Además, aunque cada una de las piezas que el artesano depositó exhibía una manufactura extraordinaria, diferían a las claras de las que solía vestir. "¡Ah, eso! La armadura original estaba tan destrozada que no hubo más remedio. ¡Hubo que rehacerla por completo y por eso terminó quedando así!" El enano herrero recordó a Rujta rezongando sin descanso mientras trabajaba en ella. Se la había pasado mascullando entre dientes contra qué demonios habría tenido que enfrentarse para dejar una armadura reducida a semejante guiñapo. "¡Le parecerá como nueva! ¡Pero le aseguro que la calidad está garantizada! Después de todo, es una armadura trabajada directamente por las manos del maestro herrero". El herrero enano alzó la armadura incitándolo a probársela. Al instante, los ojos de los enanos congregados en el muelle se clavaron al unísono en el arnés que sostenía. Era una armadura tan soberbia que incluso Olmukar, a bordo de su embarcación en la distancia, no pudo evitar desviar la mirada hacia ella por un momento. "...... Por favor, dígale esto al señor Josef". "¿Qué cosa?" A Vlad también se le había ido la mirada tras el arnés. Sin embargo, más que dejarse deslumbrar por su magnificencia, se limitó a calibrar en silencio las funciones prácticas que desempeñaría. "Que regresaré lo antes posible". La armadura que recibió de manos del herrero resultaba más liviana que antaño. Su porte, su peso y el reflejo de su tonalidad: todo en aquella armadura de los elfos había cambiado. Sin embargo, si había algo que permanecía intacto, eran las palabras que aún continuaban grabadas sobre el peto. "Regresaré pronto". "Ve". En sus días de escudero, el título de caballero de Josef había sido su orgullo, y la inscripción que lo proclamaba como el caballero que custodió el aliento de los niños, su más íntima honra. Y ahora, tras haber grabado todo aquello en su nueva armadura, Vlad echó a andar hacia el mar que lo llamaba. El caballero gris plateado avanzaba con paso firme para dar testimonio de su propio nombre. Los marineros, los elfos y un mago que cargaba a la espalda una mochila bien sujeta marchaban tras sus huellas. Por Josef, quien le había brindado una nueva oportunidad a pesar de haber sido él quien abandonó su cobijo, Vlad ajustó con firmeza las correas de aquella armadura desconocida. \----- • Autor: Q10 • Traductor: Inmensurable ⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨
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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 206

Estás leyendo el capítulo 206 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.