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Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 205 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Más allá de la vacilante luz de las velas, el enérgico subir y bajar de la nuez de Adán al tragar resultaba imponente. Sin embargo, era inevitable que, aun tras la mirada enturbiada por los vapores del alcohol, se vislumbrara una cólera que hervía a fuego lento. "No confiamos en los humanos". A pesar de ser un banquete dispuesto para agasajar a los huéspedes, en torno a la mesa donde se sentaba Josef flotaba una atmósfera plomiza. Ello aun cuando, con solo levantarse y dar unos pocos pasos, el salón bullía de hombres entregados a una alegre embriaguez. Sintiendo esa extraña tensión, como si aquel rincón estuviese aislado del resto del recinto, Josef depositó con serenidad la copa que sostenía entre las manos. "Aun así, si acudimos a ustedes fue porque vislumbramos un atisbo de esperanza". Eran fugitivos y supervivientes, y ahora una confederación tribal alzada en armas para emancipar a sus propios congéneres: Nidavellir. Aquel a quien bien podía considerarse el líder supremo de Nidavellir, el Gran Caudillo Olmukar, clavó una mirada inquisitiva en Josef, sentado frente a él. "Si te brindamos nuestra ayuda, ¿serás capaz de convertirte en el próximo señor de la Casa Bayezid?". "......". Olmukar no le formulaba semejante proposición a Josef por el simple mérito de haber rescatado a los jóvenes enanos. No existía mejor contraparte con la que tratar que alguien cuyos anhelos fuesen diáfanos, pues sus pasos se volvían previsibles. Habiendo quedado descartado de la pugna sucesoria por el liderazgo familiar, la precaria tesitura de Josef, que no le dejaba más alternativa que implorar auxilio exterior, constituía una opción sumamente atractiva para los intereses de Nidavellir. "La razón fundamental por la que acabamos reducidos a esta miseria fue haber confiado en los señores del oeste. Nidavellir jamás repetirá los errores de nuestros ancestros". Por haberse apoyado en manos ajenas en vez de en las suyas propias, habían terminado en aquel estado deplorable. Habiendo asimilado la lección a través de amargas épocas de dolor, los enanos deseaban ahora conservar la iniciativa sin importar las circunstancias. "Si nos prometes que te alzarás como señor de la Casa Bayezid y que atenderás a nuestras exigencias, podemos concederte el mayor de los respaldos ahora mismo". Podían proporcionarle navíos, conocimientos técnicos e incluso contingentes de tropas. A cambio de que, de ahora en adelante, acatase sus palabras. Aunque entablar un enfrentamiento directo contra la Casa Bayezid resultaba inviable, valerse del estandarte con el nombre de Josef para inclinar la balanza del poder era una apuesta que Nidavellir bien podía permitirse emprender. "He escuchado con atención las palabras que me brinda con tan buena fe, Gran Caudillo". Olmukar estaba plenamente convencido de que Josef no tendría más remedio que aceptar su propuesta. Para un hombre a quien le habían cercenado todas las oportunidades, la única tabla de salvación a la que aferrarse no era otra que Nidavellir. Si no deseaba quedar estancado como un simple perdedor, Josef estaba forzado a estrechar su mano. "Sin embargo...... me temo que ha sufrido un ligero malentendido. Lo que yo busco de Nidavellir no son tales cosas". No obstante, Josef se limitó a manifestar su cortesía ante la oferta de Olmukar, sin mostrar por ella el menor entusiasmo. En la figura de Josef, que acababa de posar la copa, no se advertía la menor urgencia propia de quien se halla contra las cuerdas; al contrario, solo destilaba un sosiego comparable al de una marea en calma. "¿Entonces con qué propósito has viajado hasta estas remotas tierras?". Habiendo declarado que no precisaba ni naves de guerra ni soldados, ante la interrogante de Olmukar, Josef extrajo con calma una misiva menuda. Una carta enteramente teñida de un tono renegrido. Era una carta que, a juzgar por su sola apariencia, parecía albergar toda clase de funestos presagios. "Eso es......". "Es una carta que alguien envió desde una ciudad repleta de niebla". Josef deslizó aquella siniestra misiva por debajo de su copa para empujarla hacia él. Sus pupilas oscuras, desprovistas ya de las profundas ojeras de antaño, observaban fijamente al Gran Caudillo de Nidavellir. "Para una magna empresa ineludible, les ruego que tengan a bien prestarme la reliquia sagrada de los enanos". "¿......Una reliquia sagrada?". Hasta ese instante, Olmukar había creído llevar las riendas de la conversación, pero aquello no había sido más que una vana ilusión suya. A un adversario cuyos deseos son evidentes se le puede predecir. Sin embargo, a Olmukar le resultaba absolutamente imposible discernir qué era lo que pretendía en verdad el joven que tenía sentado ante sí. \* \* \* Tanto en Shoara como en Barna, e incluso en Sturma, la edificación más alta y colosal de cualquier urbe era, sin excepción, el templo de la iglesia. "......Es monstruosamente inmensa. Casi parece una catedral". Y allí, en la isla de Lemnos, se erigía una construcción comparable a las catedrales de los humanos. Si acaso existía una diferencia, residía en que, lejos de la atmósfera glacial de un recinto sagrado, aquel lugar se hallaba envuelto en un calor sofocante e implacable. 'Es natural, puesto que se trata de una herrería. Para los enanos, no es otra cosa que su templo y el asiento de su fe'. El incesante estrépito de martillazos resonaba sin tregua. Al contemplar a los enanos que descargaban sus martillos empapados en sudor por doquier, Vlad se quedó con la boca abierta de pura perplejidad. Aquel espectáculo, tan abismalmente distante de la forja de los callejones, constituía en verdad para Vlad un mundo enteramente nuevo que presenciaba por primera vez. "¡Avanza de una vez, muchacho! ¡Deja de distraerte en un sitio tan peligroso!". Al ver a Vlad embobado contemplando los alrededores sin atinar a reaccionar, el anciano enano profirió un alarido áspero y estridente. Aunque eran palabras que advertían de tener cautela, a los oídos de quien las recibía lo primero que impactaba era la aspereza punzante de su voz. "Parece que estar frente al fuego agria el carácter de cualquiera". 'Llamémoslo espíritu artesanal'. El nombre del anciano era Rujta. Por haber vivido tantos años, conocía innumerables secretos arcanos de los enanos y, en igual medida, había padecido una despiadada explotación a manos de la Casa Gaidar en el oeste. Asimismo, era un individuo a quien, en un pasado remoto, Jorge le había salvado la vida mediante un auténtico milagro. "Despójate de la armadura". "¿Para qué?". "¿Cómo que para qué? ¿Qué otra cosa puede significar que un herrero te pida la armadura en mitad de su forja?". Rujta guio a Vlad hasta el taller más elevado, un recinto reservado exclusivamente para los maestros artesanos. Al ver a Vlad ascender hasta un estrato al que ellos jamás se atreverían a subir, varios enanos dejaron escapar hondos suspiros de asombro. "¿Acaso...... planea repararla?". "Así es". Ante la cautelosa pregunta de Vlad, Rujta asintió con un leve movimiento de cabeza. No era un hijo de su sangre, ni tampoco el heredero que hubiera continuado sus ideales; sin embargo, el único vestigio viviente que Jorge había dejado en este mundo era el muchacho que se alzaba ante él: Vlad. Por esa misma razón, Luhta estaba más que dispuesto a prestarle su martillo. Al fin y al cabo, la daga que Vlad llevaba al cinto no era sino la prenda de una promesa: devolver una deuda de gratitud que jamás pudo saldar en vida. "Verá, es que no tengo dinero." "... No pienso cobrarte nada, ¡así que dámela de una vez, hazme el favor!" Al oír a Luhta asegurar que lo haría de balde, Vlad se despojó con presteza de la capa y la armadura. De por sí, ya se debatía si comprar otra protección para reemplazar aquella obra de los elfos que nadie parecía capaz de reparar. "Tiene un alto horno aquí." "Es mi posesión más preciada." Vlad chasqueó la lengua al contemplar el familiar alto horno suspendido en el taller. Resultaba una sensación extraña tropezar una y otra vez con retazos de Shoara en una isla tan remota y ajena. De haber cerrado el ojo izquierdo, sin duda habría podido ver a esa pequeña lagartija meneándole la cola. "Deja también la daga antes de marcharte. Le daré un buen repaso." "Entonces, por casualidad, ¿la espada también podría...?" Al ver cómo Vlad intentaba colar con disimulo el encargo de la espada, los envejecidos ojos de Luhta se entrecerraron. Al parecer, aquel zopenco creía que lo que llevaba al cinto era una simple hoja. "La espada no." "... ¿Por qué?" "Porque no dispongo de los materiales adecuados para trabajar con semejante cosa." Vlad solo pretendía que le afilara un poco la hoja, por lo que no pudo evitar sentirse avergonzado al escuchar a Luhta hablar pomposamente de materiales. "¿Acaso hacen falta materiales para sacar un simple filo?" "Esa es esa clase de espada. Todavía está incompleta." Aunque poseía la forma de una espada, en realidad no era más que una posibilidad latente. Al contemplar aquel vestigio del Árbol del Mundo, que ignoraba en qué llegaría a convertirse, Luhta se limitó a desviar la mirada. Para afilar la hoja de semejante arma y hacerla más resistente, haría falta un metal a la altura de su categoría. "Ahora márchate. Me tomará varios días." "... De acuerdo." Luhta creyó que el muchacho protestaría al menos un poco, pero Vlad se limitó a rascarse la nuca con turbación y dio media vuelta. A decir verdad, cualquiera que viese a Luhta empezar a sumergirse en su labor comprendería al instante que perturbarlo era impensable. "Qué demonios andará haciendo por la vida para cargar una espada como esa al cinto... Tsk, tsk." Tras cerciorarse de que Vlad bajaba las escaleras, Luhta comenzó a examinar la armadura con los ojos entrecerrados. Los lazos con Jorge lo habían guiado hasta él, pero tanto lo que el muchacho vestía como lo que empuñaba distaban por completo de lo común. "¿Eh?" Mientras fruncía el ceño revisando las partes dañadas, los ojos de Luhta se iluminaron al reparar en una sección extrañamente discordante. A diferencia de la primorosa factura de la armadura, una pieza de metal con un temple completamente distinto estaba adherida al peto, como si hubiera sido colocada adrede. '-El caballero que protegió el aliento de los niños.-' Una sección del peto elaborada con un material por entero ajeno al resto de la armadura. En ella descansaba, grabada en caracteres menudos, una frase que le traía a la memoria escenas del pasado. '-Porque sí. Esos mocosos no paraban de llorar.-' "... En apariencia no lo sé, pero en carácter son idénticos." E incluso en sus actos. Luhta acarició con la yema de los dedos la inscripción que rezaba "El caballero que protegió el aliento de los niños" y asintió para sus adentros. Al parecer, la daga que había forjado en su día había encontrado a su verdadero dueño. \*\*\* El sol comenzaba a declinar lentamente sobre el puerto de la isla de Lemnos. Al contemplar la escena que se abría ante sus ojos, Haben mantenía la boca abierta de par en par, incapaz de dar crédito a lo que veía. Aunque no llegaban a su extremo, Otar y Nibelung, que lo acompañaban, también observaban pasmados el atracadero de La Jemina Pelirroja. "... Otar. ¿Qué demonios es lo que estoy viendo?" "..." "Esto es un sueño, ¿verdad?" La Jemina Pelirroja estaba ardiendo. Llamaradas voraces brotaban por doquier. Al contemplar cómo la embarcación se ponía al rojo vivo, semejante al tono encendido del cabello de la dama que le daba nombre, el sombrero de capitán de Haben cayó inerte al suelo. "¡¿Pero qué demonios están haciendo?!" Desplegando una velocidad inverosímil para alguien que dependía de un bastón, y antes de que Otar pudiera sujetarlo, Haben agarró del cuello al enano y prorrumpió en un rugido desaforado con los ojos inyectados en sangre: "¡Malditos dementes! ¡Deténganse ahora mismo!" "No, oiga, esto es..." "¡Que se detengan, bastardos!" ¿Cuántos capitanes serían capaces de conservar la cordura ante su barco envuelto en fuego? El enano que dirigía las maniobras comprendió que Haben sufría un gravísimo malentendido y se apresuró a abrir la boca: "¡Que no la estamos quemando!" "¡Devuélvanme a Jemina!" Mientras el mago recién llegado contemplaba el espectáculo con fascinación y el capitán perdía el juicio, únicamente el enano era consciente de que sus intenciones se habían cruzado por completo. "¡Digo que de vez en cuando hay que desinfectar el casco con fuego para purgar las alimañas que se carcomen la madera! ¿Acaso los humanos no le dan este mantenimiento a sus naves?" "¡¿Ustedes hacen el mantenimiento prendiéndole fuego?!" Para los enanos no era más que puro sentido común, pero para la humanidad seguía perteneciendo a lo desconocido. Haben, que solo sabía raspar los percebes y las algas adheridas a la quilla, no concebía en absoluto la idea de hornear un barco para esterilizar las bacterias; era inevitable que aquella estampa lo sumiera en el pánico. "¿Mmm?" Mientras Haben y el capataz se desgañitaban en medio de aquel choque de concepciones, uno de los enanos, que cargaba a cuestas un fardo llameante y chamuscaba en silencio el fondo de la nave, descubrió algo semejante a una perla que despedía un resplandor insólito... Ni siquiera tirando con la mano lograba desprenderla con facilidad; parecía adherida a conciencia con un pegamento tenaz. "... Esto no es una perla." Nibelung, que llevaba un buen rato contemplando con asombro la curiosa labor de los enanos, arrugó la nariz de repente. En la brisa que soplaba a lo largo del mar, había captado un rastro familiar. Un indicio de misterio que únicamente un mago era capaz de percibir. Solo entonces, al reconocer la perla reluciente, los ojos de Nibelung se entrecerraron con extrañeza. Aquella perla anómala, que brillaba con luz propia, continuaba parpadeando de forma intermitente en ese mismo instante, como si estuviera enviando algún tipo de señal. \----- • Autor: Q10 • Traductor: Inmensurable ⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨
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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 205

Estás leyendo el capítulo 205 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.