Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 204 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
"Llegan informes de que el barco que zarpó de Nassau acaba de alcanzar la zona de niebla."
"¿De verdad?"
En el interior del sombrío despacho, un hombre que sostenía una fruta roja sonrió ante el informe recibido.
"Parece que por fin esos bastardos del norte van al encuentro de los enanos."
El hombre cortó la fruta en trozos, uno a uno, y comenzó a alimentar al loro posado sobre su hombro. Al colorido animal pareció agradarle el sabor agridulce que le ofrecía su amo, pues entrecerró los ojos con deleite.
"¿Sobornaron debidamente a ese marinero?"
"Así es. Ya hemos introducido también el orbe de cristal en el navío."
"Bien."
Satisfecho con el contenido del informe, el hombre retiró los pies que descansaban con indolencia sobre el escritorio, subió al loro a su dedo y se acercó a la ventana.
"Por fin podré verla con mis propios ojos. Esa llamada isla de los enanos."
A través de la ventana abierta de par en par, la luz del sol se derramó a raudales hacia el interior, revelando a su vez el mar azul. Al sentir el viento salobre del océano que entraba por el vano, el hombre echó a reír.
"Yo también debería ir preparándome."
Sin embargo, por más azul que fuese el mar, el puerto contiguo estaba completamente ennegrecido por las naves alineadas en hilera. Y sobre las velas de cada uno de aquellos navíos ondeaban banderas con un mismo blasón.
Eran los emblemas de la Casa Barbosa, enteramente engalanados en oro.
\*\*\*
La Jemina Pelirroja avanzaba mecida por las olas apacibles. Al hallarse inmersos en la niebla, todo lucía idéntico mirasen adonde mirasen, y los alrededores estaban plagados de restos de naves destrozadas a causa de los arrecifes; no obstante, en las maniobras de Haben al sujetar el timón no se apreciaba la menor vacilación.
Aquello se debía a que, en aquel vasto océano donde no había absolutamente nada, por fin habían encontrado un punto de referencia que seguir.
"Esa cosa se ve igualita a un pez luna."
"¿Y qué es un pez luna?"
"Un pez que tiene esa misma forma."
"... Si me lo explicas así, ¿cómo quieres que lo sepa?"
Vlad ignoró las palabras sin sentido de Haben y dirigió la mirada al frente. En ese instante, La Jemina Pelirroja seguía a un navío de estructura extravagante, difícil de describir con precisión.
Era corto de eslora, pero de gran altura, por lo que incluso a ojos de un profano como Vlad parecía un barco de equilibrio sumamente precario.
"Aun así, ¿un barco que nada bajo el agua? Aunque se lo cuente a la gente, nadie me va a creer."
"Tienes razón."
Vlad respondió a Haben mientras bajaba la vista hacia la proa de La Jemina Pelirroja. No solo Nibelung, que siempre perseguía enigmas y misterios, sino también Josef, Sir Zayar e incluso los elfos de Ausrina estaban allí reunidos. La incómoda atmósfera que había reinado hasta entonces se había esfumado sin dejar rastro, y todos juntaban las cabezas exclamando que jamás en su vida habían visto un artilugio tan insólito.
"Hay barcos que navegan sin viento, y barcos que nadan bajo el agua."
Vlad se llevó una mano a la ceja y alargó la vista hacia la lejanía. El viento que acariciaba sus cabellos traía una sensación fresca, a diferencia de los instantes previos.
"Me pregunto qué más habrá allí afuera."
La pura luz del sol comenzó a rozar el dorso de la mano que Vlad mantenía sobre los ojos. Junto con ello, como por arte de magia, la niebla blanquecina empezó a disiparse. A medida que la densa bruma que bloqueaba la visión se desvanecía, de los labios de los miembros del grupo brotaron exclamaciones de asombro espontáneas.
"Parece que esa de ahí es la isla de los enanos."
"Sí."
Vlad asintió con la cabeza mientras contemplaba la dirección señalada por el dedo de Haben. Una isla solitaria flotaba bajo una bandada de gaviotas que sobrevolaba el mar azul. Más allá de la luz solar que centelleaba como si fuera a fragmentarse sobre la superficie del agua, la isla que el grupo tanto había buscado reveló por fin su figura.
La isla de los enanos.
Lemnos.
Tal como Ausrina lo era para los elfos, el último bastión de los enanos daba la bienvenida a la comitiva.
\*\*\*
"Supongo que aquí debemos despedirnos."
Desde la cubierta del navío medio sumergido, un enano emergió y agitó la mano hacia Vlad.
"Por la gracia de haberme salvado en aquella ocasión... se lo agradezco de todo corazón."
El capitán de aquel extravagante navío que los había guiado hasta ese momento era Vulcano, un guerrero de Nidavellir. Habiendo estado encerrado junto a los jóvenes enanos en la taberna de Nassau, él mismo se había ofrecido como voluntario para cumplir con esta misión.
"En realidad, no entré allí con la intención expresa de salvarlos..."
"Aun así, lo hizo."
Cumplir con el deber que correspondía en el lugar donde debía estarse.
Vulcano recordaba con nitidez al caballero que había sido capaz de arder en una cólera genuina al presenciar a aquellos pequeños prisioneros.
"Avancen hacia donde alcanza su vista. Nidavellir les da la bienvenida."
Con aquella última despedida, Vulcano se adentró en la chimenea, y el peculiar navío que semejaba un pez luna comenzó a sumergirse nuevamente en el mar. Al ver cómo la embarcación desaparecía dejando tras de sí únicamente espuma, tal como la primera vez que la encontraron, algunos de los marineros dejaron escapar gemidos ahogados por el asombro.
"A mí también me gustaría montar en esa cosa al menos una vez."
Tras mirar con cierto anhelo la nave que se hundía, Haben desplegó por completo las velas que hasta entonces habían permanecido a medio abrir. De inmediato, impulsada por el viento que soplaba desde popa, La Jemina Pelirroja comenzó a avanzar con vigor hacia adelante. A diferencia de cuando navegaba atrapada en la niebla, el porte del navío avanzando hacia un destino claro infundía en quien lo viera una refrescante sensación de alivio.
\*\*\*
El puerto de la isla de Lemnos rebosaba de enanos congregados tras haber recibido la noticia. Así como los enanos resultaban una fascinante novedad para los habitantes del norte, para los pobladores de esta isla de Lemnos la presencia de humanos y elfos parecía ser la de unos huéspedes sumamente insólitos.
"Pero... ¿no nos habían dicho hace un momento que nos darían la bienvenida?"
"... Por regla general, cuando uno va a tierras ajenas, debe someterse a las costumbres locales."
Como si se hubiesen rendido, Josef y Vlad mantenían ambas manos en alto, cruzando miradas en silencio. No solo ellos dos, sino todos los miembros de la comitiva que habían desembarcado estaban siendo sometidos en ese instante a una minuciosa inspección por parte de los guerreros enanos.
La expresión de Vlad se crispaba cada vez que las gruesas manos de los hombres tanteaban su cuerpo, pero al ser esta una isla donde la seguridad equivalía a la propia vida, resultaba un trámite inevitable.
"Tengan un poco de paciencia, por favor. Les aseguro que más tarde los atenderé con la hospitalidad que se merecen."
Al percatarse de la tensión cada vez más agria en el ambiente, Sigurdsson, quien ya los conocía, se esforzaba afanosamente por apaciguar al grupo. Aun siendo uno de los doce caudillos que integraban Nidavellir, ni siquiera él podía eludir un procedimiento tan severo como este.
"¿Me permite ver su espada?"
"¿Qué?"
Sin embargo, a pesar de sus intentos de conciliación, en las pupilas de Vlad terminó encendiéndose inevitablemente una llamarada azulina.
"Tenemos que verificar si llevas algo extraño encima, así que la espada..."
"Exigirle la espada a un caballero... ¿De verdad me estás diciendo eso a mí ahora mismo?"
Lo que se oía eran palabras humanas, pero lo que resonaba era el gruñido de una fiera salvaje. Ante la mirada de Vlad, que se tornaba de un azul cada vez más gélido e intenso, el guerrero enano retrocedió un paso sin darse cuenta.
"... Entonces entrega al menos la daga que llevas al cinto."
"¿Acaso una daga no es una espada?"
Para un caballero, la espada era su propia identidad. Ante las palabras del enano que le exigían desprenderse de ella, la ferocidad dormida en el interior de Vlad comenzó a revelarse poco a poco.
"Atrévete a tocar una sola de mis cosas. Te aseguro que lo primero que haré será arrancarte ese cuello rechoncho de cuajo."
"..."
Hablaba en un tono bajo, casi en un susurro, pero en su voz se entrelazaban la aspereza de los callejones y la salvaje crueldad de un dragón. Aunque el guerrero enano encargado de la inspección era un hombre curtido por la experiencia, no pudo evitar vacilar un instante ante la despiadada y gélida amenaza que escupía Vlad.
"¡Mocoso! Deja de intimidar a quien no tiene la culpa y desenfunda esa daga, tal como acabas de decir."
"..."
"No te quedes mirándome con los ojos desorbitados y sácala de una buena vez."
En ese instante, un anciano enano se abrió paso entre la multitud e increpó a Vlad con una voz metálica y estridente. Era un viejo que se esforzaba por mantener erguida con ayuda de un bastón su espalda, encorvada por el peso implacable de los años.
"¿Y quién demonios es usted, viejo?"
"¿Y para qué diablos quieres saberlo? ¿Acaso te servirá de algo?"
A pesar de la cortante pregunta de Vlad, el viejo enano se acercó a él sin inmutarse lo más mínimo. Para un hombre que había consagrado su vida entera frente al hierro fundido que borboteaba al rojo vivo, la amenaza de un dragón novato no significaba absolutamente nada.
"Por cierto, ¿cómo es que traes hecha pedazos una armadura que debió estar intacta? Al contrario de esa cara bonita que tienes, se ve que tus maneras son de lo más toscas."
"..."
A simple vista parecía intacta, pero tal como señalaba el viejo enano, la armadura de Vlad estaba resquebrajada en varios puntos. Vlad, que hasta hacía un instante resoplaba con aspereza, se quedó ligeramente atónito al ver a un anciano capaz de discernir el estado real de su coraza con un solo golpe de vista.
"Por mucho que insista, viejo, no le voy a entregar mi espada."
"Tampoco la quiero. Ni falta que me hace semejante birria de espada."
Ante el calificativo de 'birria', una vena se hinchó en la frente de Baradis, pero la actitud del anciano no admitía reparos. Para ser exactos, nadie en aquel lugar era capaz de detenerlo.
"¡Sigurdsson! ¿Es este chico?"
Al escuchar el grito del anciano, Sigurdsson, que se encontraba más adelante, asintió vigorosamente con la cabeza confirmando que sí. A Vlad le resultaba indignante el descaro con el que el viejo lo ninguneaba abiertamente, pero al ver la mirada angustiada de Josef a su lado, se contuvo y tragó saliva.
"... Veamos entonces."
\*Ssshhk.\*
La sensación vertiginosa de que una mano ajena desenvainara lo que le pertenecía. Ante esa repugnancia insoportable, la hostilidad combativa de Vlad volvió a entrar en ebullición.
"Suelta eso, viejo. Antes de que pierda los buenos modales."
Ante el repentino cambio en la atmósfera, las miradas de todos los presentes en el puerto convergieron de golpe sobre Vlad.
"Te he dicho que la sueltes."
"..."
Aunque Vlad le exigía la devolución de la daga con los ojos encendidos en un fulgor azulino, el maestro herrero se limitó a sonreír con regocijo. Había descubierto en la hoja desenvainada los antiguos vestigios que él mismo había grabado tiempo atrás.
"Es esta. Sin duda alguna."
Con manos temblorosas, pero en una postura reverente, el viejo enano devolvió el arma a su funda y alzó la cabeza para contemplar a Vlad.
"Pero ¿adónde fueron a parar las demás? Me parece recordar que forjé como unas diez."
"¿Qué?"
"Dime, ¿cómo se encuentra Sir Jorge? Debe de hacer ya más de diez años que no lo veo."
Vlad, que gruñía como una bestia acorralada, se quedó de pronto sin palabras al escuchar al viejo enano mencionar a su antiguo jefe.
"... ¿Jorge?"
Sin embargo, más allá del desconcierto de escuchar un nombre familiar en un paraje tan remoto, lo que verdaderamente desarmó a Vlad fue la mirada con la que el anciano lo contemplaba.
Aquellos ojos parecían extraviarse buscando algo en los confines de un recuerdo muy lejano.
\*\*\*
Sobre un mar en calma se extendía una playa de arena blanca y desierta, bañada únicamente por la luz de la luna. A diferencia de su apacible estampa exterior, aquel paraje estaba colmado de gemidos ahogados y del llanto desconsolado de niños pequeños.
"Viejo, ¿acaso te volviste senil por la edad? Esa olla es para cocer gachas."
"Ya lo sé."
Mientras escuchaba aquellos lamentos desgarradores que llegaban inevitablemente a sus oídos, el viejo enano calentaba la olla con semblante grave y concentrado. Porque esto era lo único que podía hacer por el caballero del que estaba a punto de despedirse.
"..."
Pedazos de hierro carcomidos por la herrumbre arrojados al caldero calentado por la hoguera. Tras espolvorear sobre ellos unos polvos que albergaban fórmulas secretas ancestrales para fundirlos en una sola masa, el anciano vertió de inmediato el hierro fundido al rojo vivo en moldes toscos hechos de astillas de madera.
"Gracias. Por habernos protegido."
"... No me mires así. No lo hice porque quisiera."
El anciano, tras verter con sumo cuidado el metal fundido, alzó la cabeza y contempló al caballero que aguardaba solitario bajo la luz de la luna. Al observarlo con detenimiento, vio que sobre su armadura resquebrajada se extendían innumerables heridas en carne viva.
"Lo hice simplemente porque los mocosos no paraban de llorar."
Un hombre que estuvo en el lugar donde debía estar. Por ello, habiendo obedecido a los preceptos de su conciencia en lugar de a las órdenes de sus señores, Jorge solo relajó su semblante adusto al divisar los barcos que se aproximaban desde el horizonte.
"Ya han llegado. Es hora de separarnos."
"Espera un momento."
Al ver a Jorge disponerse a marchar sin esperar recompensa alguna, el anciano enano se apresuró a sujetarlo por la pretina del pantalón.
"Toma... Llévate al menos esto."
"¿Qué es esto?"
"Dagas."
Jorge contempló las dagas que el viejo le ofrecía con insistencia. Habiendo presenciado el proceso de forja justo ante sus ojos, no albergaba grandes expectativas sobre ellas; sin embargo, bajo el fulgor lunar, desprendían un brillo singularmente nítido e inconfundible.
"Ahora solo puedo darte esto, pero si nos volvemos a cruzar en el futuro..."
"¿Volver a cruzarnos? Ni lo sueñes."
Comprendiendo el afán del anciano por retribuirle de algún modo, Jorge las tomó con sus manos envueltas en vendajes. Quizás porque habían sido forjadas con calidez humana en lugar de mero ardor destructivo, las hojas se sentían simplemente tibias a pesar de haber sido recién templadas.
"Tanto para ti como para mí, lo mejor será que no volvamos a vernos nunca más."
Con aquellas palabras de fría despedida, el caballero de Gaidar se limitó a agitar la mano con desgana y se alejó en solitario por la arena blanca. Y mientras solo la luz de la luna escoltaba su silueta en retirada, el viejo enano permaneció largo tiempo de pie sobre la playa, contemplando su espalda.
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• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨

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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 204
Estás leyendo el capítulo 204 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.