Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 202 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Trínova, una ciudad del oeste.
A salvo de las arenas desoladas que vagaban por el yermo, se erigía una mansión enclavada en pleno corazón de la urbe. Se trataba de una residencia tan colosal y espaciosa que resultaba inconfundible incluso a la distancia, aunque el halo sombrío que la envolvía difícilmente podía achacarse a una mera ilusión.
"Por eso detesto venir al oeste. No hay nada decente que comer ni nada en particular que beber".
"......".
"En fin, no tiene ninguna gracia este rincón".
El Duque de Oro, Barbosa, se quitaba las botas sacudiendo la arena de su interior a golpecitos secos mientras refunfuñaba. Aquello desentonaba por completo con la lujosa decoración de la estancia y constituía una falta flagrante de cortesía hacia el hombre sentado frente a él; sin embargo, él se comportaba con total desparpajo, como si nada de aquello tuviera la menor importancia.
"Por cierto, tu semblante se ve mucho peor que la última vez que nos vimos, Conde Gaidar".
"...... No podría ser de otra manera".
Barbosa, tras volver a apoyar sus botas sobre la arena crujiente del suelo, contempló al Conde Gaidar con una marcada sonrisa. Sin embargo, en contraste con su semblante risueño, la extraña inclinación torcida de su cabeza infundía en quien lo contemplara una opresión desconcertante.
"Aunque claro, después de haber estrellado y perdido a cinco mil soldados, tus entrañas deben de estar hechas pedazos".
"......".
"Y para colmo perdiste a Godin. En verdad fue una lástima lo de ese muchacho".
"Basta".
De complexión maciza y cejas espesas. Aunque la aplastante derrota lo había encogido en cierta medida, todavía soñaba con resurgir, conservando un brío que aún se negaba a doblegarse.
"¡Ciertamente fue una derrota dolorosa, pero yo, Sigmund, no soy de los que se desmoronan por un solo revés!".
"Hombre, te escucho perfectamente aunque hables más bajo".
No obstante, ante el arrebato impetuoso del Conde Gaidar, Barbosa se limitó a hurgarse la oreja con el dedo como si solo le resultara un ruido molesto.
"¿A qué ha venido hasta aquí alguien que debería estar ocupado con los asuntos del sur?".
"Vine a llevarme algo".
"¿El qué?".
Ante la réplica del Conde Gaidar, el rostro de Barbosa, que hasta entonces no había dejado de sonreír, comenzó a desfigurarse de un modo grotesco.
"¿Cómo que el qué? Deberías recordar algo con solo verme la cara".
"...... Eso es...".
"Pediste dinero prestado. Dinero. Esas cosas brillantes. Monedas de oro".
En un parpadeo, la cabeza de Barbosa se proyectó hacia el frente, plantándose justo debajo de la barbilla del conde. Parecía una serpiente henchida de veneno a punto de soltar la dentellada.
"Alimentar, vestir y armar a cinco mil soldados. Todo eso se hizo con dinero prestado, ¿no es verdad? ¿De dónde diablos iba a salir semejante fortuna en este pueblo miserable?".
"¡Ese dinero se lo pedí prestado al Duque de la Sangre de Dragón...!".
"Para ser exactos, es dinero que el Duque de la Sangre de Dragón me pidió prestado a mí".
Silenciando las palabras del conde con una sonrisa feroz, Barbosa extrajo un documento de su pecho y se lo arrojó al Conde Gaidar.
Una hoja de papel de un carmesí espeluznante. Era lo que solían llamar un ultimátum, el pliego más temido por cualquiera que hubiese contraído deudas con el Duque de Oro.
"Y pasando por ese intermediario, el deudor no es otro que tú".
Desde Rabnoma hasta Bayezid. Para que una empobrecida familia condal pudiera erigirse como dominadora de las tierras occidentales, requería un respaldo acorde. Sin embargo, el apoyo de Dragulia, devorado con la misma avidez que su hambre desmedida, terminó por convertirse en los grilletes que atenazaban los talones de Gaidar.
"Así que zanjémoslo aquí".
Levantando el documento carmesí con un ademán practicado, Barbosa lo empujó directo ante los ojos del Conde Gaidar.
"Solo tienes que entregarme una ciudad. Con eso, las cuentas cuadrarán más o menos".
Era una extorsión descabellada, pero la deuda era innegable. El Conde Gaidar, que ya vislumbraba vagamente este destino, se limitaba a temblar de labios, incapaz de articular réplica alguna. Y es que, según el informe que había recibido poco antes de que Barbosa irrumpiera en la sala, una marea de navíos de guerra se había abalanzado para ocupar su propia ciudad, Torcea.
"¿Para qué están los buenos vecinos si no es para esto? Si tan solo estampas tu firma aquí, yo mismo me encargaré de expulsar a esas escorias del norte".
¿Acaso era esto lo que llamaban una sonrisa escalofriante? En la comisura de los labios sonrientes de Barbosa destellaba un diente de oro grotesco y amenazador.
\* \* \*
Un chirrido estridente y desapacible brotó de la vieja puerta, descuidada por su dueño.
Sin embargo, más que aquel rechinido, lo que tensaba los nervios de Vlad eran las miradas feroces de los marineros apostados en el local. Al parecer, el rechazo instintivo hacia los extraños era igual en cualquier rincón del mundo.
"Aquí. Un vaso de brandy".
"Me parece que te has equivocado de sitio. Aquí no vendemos nada para críos".
"Batido, no revuelto. Cobradlo con esto".
Vlad extrajo una moneda de sus ropas y la depositó con deliberado estrépito ante el tabernero. Era una moneda tan deteriorada y carcomida por el óxido que nadie la querría ni regalada; no obstante, un fulgor inusual cruzó la mirada del posadero al verla.
"...... ¿De dónde viene?".
"Del norte".
"¿Del norte? ¿De qué parte del norte?".
Ante el burdo intento del tabernero por tantearlo, Vlad respondió con sorna:
"No tengo nada que revelarle a un palurdo de Nassau".
"...... Le informaré a quien corresponde que ha llegado un invitado".
Los de la misma calaña siempre se reconocen entre sí. Aunque Vlad parecía joven, desprendía el temple curtido de alguien que había rodado por los peores fondos, por lo que el dueño de la taberna recogió la moneda sobre el mostrador.
"Podría tomar algún tiempo".
"Más te vale que vuelva pronto".
Al ver que el posadero se despojaba del delantal preparándose para salir, Vlad señaló con el pulgar hacia su espalda y añadió:
"Porque lo que más detesto en este mundo son las miradas clavadas en mi espalda".
"Les diré que se anden con cuidado".
Tomando el vaso que el tabernero le había servido, Vlad miró de soslayo hacia atrás.
Hombres con las manos metidas dentro de sus ropajes abultados. Eran individuos de aspecto truculento que parecían dispuestos a desenvainar un cuchillo en cualquier instante; sin embargo, Vlad sonrió y alzó su vaso hacia ellos a modo de brindis.
"Por extraño que parezca, me resulta tan acogedor como mi hogar".
Lo que había pedido era brandy, pero lo que le sirvieron fue un brebaje de procedencia incierta mezclado con ron barato. Con todo, incluso la aspereza irritante de aquel aguardiente le resultaba familiar, de modo que Vlad se lo bebió de un solo trago sin inmutarse, antes de arrugar el ceño.
"Así que esta vez es el mar".
En la taberna solitaria, ausente el dueño y con los parroquianos en silencio, Vlad disfrutó de un momento a solas, sacó un pliego de papel de su pecho y clavó la mirada en él. En aquel dibujo tosco y desmañado, como si hubiese sido trazado por la mano de un niño pequeño, destacaba una solitaria luz dorada que cautivaba la atención.
\* \* \*
"¿Qué es esto?".
"Una revelación".
Una noche cualquiera tras haber partido de Sturma.
Baradis se aproximó sorteando las hogueras encendidas para el campamento.
"Te lo envía la doncella del oráculo. En verdad, bien podría decirse que vine hasta aquí solo para entregarte esto".
Baradis, quien había salido al ancho mundo en busca de los vestigios del Árbol del Mundo Madre, había resuelto sumarse a la comitiva que ponía rumbo a la isla de los enanos. Después de todo, aquel poniente hacia el que marchaban era el sitio exacto donde antaño se alzaba el Árbol del Mundo Madre, y para Josef, que partía en busca de oportunidades, tampoco existía motivo alguno para rechazar a los elfos.
"Ya veo. Se lo agradezco".
Aunque de palabra expresó su gratitud, en la mano que Vlad extendió hacia el dibujo anidaba una sutil vacilación.
"...Parece que su destreza con el dibujo sigue sin mejorar".
"Esa invariable constancia suya es precisamente el encanto de esa niña".
Una revelación transmitida por la doncella del oráculo de los elfos al caballero que salvó el Árbol del Mundo. No obstante, a diferencia del pomposo pretexto con que la recibió, el dibujo que sostenía en las manos no era más que un trazo desmañado y torcido, como si lo hubiera garabateado un infante.
"¿Qué es esto? ¿Por qué está todo tan negro alrededor?".
"El mar".
"¿Y qué es esto que flota aquí? ¿Un leño?".
"Un barco".
"......".
Era un desastre de tal calibre que ya resultaba hasta bochornoso seguir preguntando, pero aun así había un punto de luz que parecía distinguible. Un único destello que brillaba sobre la informe masa parduzca que la doncella del oráculo aseguraba que era un navío. Aunque carecía por completo de figura humana, Vlad entrecerró los ojos al contemplar aquel color que le resultaba tan íntimamente familiar.
"¿Acaso este soy yo?".
"Sabía que lo reconocerías a simple vista".
Visiblemente complacido de que reconociera la ilustración de su hermana menor, Baradis asintió con una sonrisa.
"Un caballero que alumbra una llama sobre un barco a la deriva en el mar...".
Nibelung, que en algún momento se había arrimado hasta quedar casi pegado a ellos, contemplaba el dibujo murmurando en voz baja. A juzgar por el brillo entusiasta de sus pupilas, la revelación transmitida por la doncella del oráculo parecía haber espoleado en él una inmensa fascinación.
"Jamás en mi vida había presenciado una revelación tan sumamente diáfana. Desconozco quién sea, pero la talla de la profetisa es de una eminencia indiscutible".
"¿Diáfana? ¿Esto?".
Sin haber pedido permiso alguno, Nibelung ya había extraído una lupa de su morral y escudriñaba cada rincón del pliego, soltando continuas exclamaciones de asombro. Al ver la meticulosa delicadeza con que lo trataba, como si manipulara una reliquia invaluable, Vlad no pudo evitar chasquear la lengua.
"...Identificar la hendidura del tiempo con semejante precisión. Sin duda desearía visitar el bosque de los elfos al menos una vez".
"Siempre y cuando sea en compañía de Sir Vlad".
"Quiero ir a toda costa. Vayamos juntos, se lo ruego".
Ante la condición de Baradis de que solo sería posible junto a Vlad, Nibelung juntó ambas manos en actitud suplicante. Las pupilas características de la raza de las bestias se le dilataron en dos esferas perfectas, aunque en realidad Vlad ni siquiera le estaba prestando atención.
"Esta vez es un alivio".
"¿El qué?".
Una luz vacilante que titilaba precariamente en mitad de un mar renegrido. Al contemplar ese matiz que a todas luces lo representaba a él, Vlad removió la crepitante fogata.
"Porque la persona a la que apunta la profecía soy yo".
En la ciudad de Mosiam hubo una canaria que cayó desplomada en mi lugar. Ella había sido el ave que hendió la noche más oscura para alumbrar la senda y guiarme por el camino correcto. Vlad, quien había sepultado en lo más hondo de su pecho la pérdida de Justia, sintió un hondo alivio al cerciorarse de que, en esta ocasión, el presagio funesto se cernía enteramente sobre él.
※※※※
"Aquí está el mapa".
"......".
"Y esto también".
El puerto de Nassau al caer el crepúsculo. El mar del oeste, mucho más tibio que cuando abandonaron Sturma un mes atrás, desperezaba sus aguas en aquel instante.
"¿Qué es esto?".
El contacto clandestino facilitado por el tabernero no era más que un ordinario estibador del puerto, como cualquiera de los que pululaban por los muelles. Habiendo cargado fardos tan pesados como los largos años que surcaban su rostro, el viejo permanecía de pie frente a Vlad frotándose la encorvada cintura.
"Una caracola. Es grande, ¿verdad?".
"¿Y qué es una caracola?".
"...Ah, es verdad, dijiste que venías del norte".
Era un objeto cuyo extremo se enroscaba en una singular espiral. Vlad arrugó el semblante con desconcierto ante aquella concha, incapaz de concebir que semejante cosa hubiera albergado vida alguna vez.
"En fin, no tienes más que usarla como una trompeta. Sabes lo que es una trompeta, ¿no?".
"¿Y con eso vendrán?".
Ante la pregunta de Vlad, el anónimo anciano del muelle se limitó a encogerse de hombros.
"Eso yo no lo sé".
"......".
"Lo único que puedo asegurarte es que el paraje marcado en el mapa está cubierto por una niebla tan espesa que hasta los capitanes más curtidos rehúyen poner proa hacia allá. Por eso mismo, de la nave no pienso hacerme cargo".
Lo único que sostenía en las manos era un tosco mapa trazado a desgana y los despojos inertes de lo que antaño fue una caracola. No obstante, al ser aquellas las únicas pistas para alcanzar la isla de los enanos, Vlad no tuvo más remedio que asentir con la cabeza.
"No se preocupe por el barco. Ya nos hemos agenciado uno".
"En ese caso, menos mal".
Consciente de que el contacto había concluido, el anciano cargó con esfuerzo el cesto de mimbre que traía consigo e inclinó la cabeza. Apenas un instante antes fungía como enlace clandestino, pero ahora volvía a ser la viva estampa de un simple jornalero portuario. Aunque Nassau era tierra de Bayezid, todavía conservaba las costumbres del oeste. Prestar auxilio a los enanos en semejante lugar era una empresa que, sin duda alguna, debía guardarse en la más estricta reserva.
"En tal caso, que no volvamos a vernos nunca".
"Tome esto".
Vlad hizo tintinear una moneda de oro arrojándola con el pulgar para retribuir el esfuerzo del viejo, mas este sacudió la cabeza y se la devolvió en silencio.
"Mi paga ya me la entregaron los enanos".
"......".
Vlad se rascó la mejilla mientras contemplaba al anciano cargar a duras penas con su fardo y perderse en la lejanía del puerto. Aunque a simple vista pareciera un viejo insignificante, era patente que guardaba en su fuero interno algo que el oro no podía comprar.
"Conque los otros barcos se niegan a ir...".
A solas en el muelle tras la marcha del anciano, Vlad echó a andar hacia el atracadero. El mar del poniente comenzaba a impregnar la brisa con los primeros aromas de la primavera. Al vislumbrar oportunamente una silueta familiar en medio del arrebol crepuscular que se tornaba cada vez más encendido, Vlad extrajo del pecho el dibujo que le diera la doncella del oráculo.
"Visto así, la verdad es que guardan cierto parecido".
Cuando lo miró a la ligera no era más que un manchón pardo, pero al contrastarlo cara a cara, ciertamente mostraba una innegable semejanza. Un mástil que se erguía desmesuradamente alto en proporción a su diminuto casco. Y en la cúspide, ondeando contra el cielo, una vela triangular blanca.
Una pequeña nave surcaba el resplandor del ocaso adentrándose en el puerto de Nassau. Al reconocer aquel barco familiar que había zarpado desde Shoara, Vlad alzó el brazo y lo agitó con entusiasmo.
"¡Por aquí, Haben!".
Nidavellir, el bastión del Frente de Liberación Enano. La embarcación que transportaría a la comitiva hasta aquel destino no era otra que La Jemina Pelirroja, con el Capitán Haben al timón.
\-----
• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨

Continúa leyendo
El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela)
Capítulo 203
El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 202
Estás leyendo el capítulo 202 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.