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Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 20 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
La noche oscura. Más allá del río. El leal caballero lo dio todo de sí. Tras enviar a Vlad por delante para sumar siquiera una ínfima brizna de esperanza, cercenó sin vacilación a su antiguo camarada que intentaba arrastrarlo a la muerte. "¡Ghaaa... aarrgh!" Y tras abatir a los espectros, dio con el sujeto que manipulaba a los muertos y le arrancó el corazón del pecho. "..." Al ver a aquel titiritero de la muerte desplomarse con tanta facilidad, Zayar comprendió que no se trataba más que de un simple peón movido por los hilos de alguien más; sin embargo, en lugar de perderse en conjeturas, optó por correr desesperadamente hacia donde se encontraba su señor. Nadando a través del río cuyas aguas heladas se habían fracturado, desanduvo el camino a toda velocidad. Aunque las ramas bajas del bosque le azotaban el rostro con violencia salvaje, Zayar continuó su carrera sin pestañear una sola vez. "¡Señor caballero!" En mitad del trayecto se topó de improviso con Goat, quien por alguna extraña razón había dado media vuelta, montó en el caballo y cabalgó sin descanso durante horas. Cuando finalmente alcanzó el campamento militar, la estampa que se desplegó ante sus ojos fue, tal como preveía, el caos absoluto dejado por la incursión espectral y... "¿Has vuelto ya?" La figura de Josef, sentado sobre una roca mientras contemplaba las montañas lejanas. Al confirmar con sus propios ojos que Josef se encontraba entero y con vida, Zayar sintió por fin cómo un hondo alivio le invadía el pecho, dejando escapar el aliento entrecortado que venía conteniendo. "¿Se encuentra bien, mi señor?" Quizá a causa de la terrible prueba por la que acababa de pasar, las densas ojeras que oscurecían la mirada de Josef se habían extendido hasta cubrir la mitad de sus mejillas. "Al menos estoy mejor que si hubiera terminado muerto." Josef esbozó una débil sonrisa hacia Zayar y volvió la mirada hacia las cumbres distantes. El alba comenzaba a despuntar en el horizonte. "Esta expedición ha sido un completo desastre." "... No tengo excusa que ofrecer, mi señor." Zayar inclinó la cabeza y dejó caer sobre la nieve los dos bultos que traía en las manos: la cabeza cercenada de un hombre desconocido y una siniestra caja de madera negra que aquel sujeto portaba consigo. "¿Es ese el culpable?" "Muy probablemente, mi señor." Era un diálogo lacónico del que se habían omitido incontables pormenores; mas para dos hombres que se entendían a la perfección, aquellas escasas palabras bastaban y sobraban. "Aunque haya sido un fracaso..." Josef contempló las montañas con la mirada perdida antes de añadir: "Al menos el camino de regreso se sentirá bastante ligero." "¿Acaso ese muchacho resultó de alguna utilidad?" "¿Que si resultó de utilidad?" Ante la pregunta de Zayar, Josef dejó escapar una sonrisa serena: "Creo que por fin lo he encontrado." "¿A qué se refiere, mi señor?" Zayar observó la faz sonriente de Josef. Aquella sonrisa que florecía con los primeros rayos del sol le recordaba con fuerza a la expresión que lucía Josef en los días de su infancia. "A quien se convertirá en mi propia espada." Aquel joven de semblante enfermizo y ojos ensombrecidos miró fijamente a Zayar y sentenció: "Ese chiquillo es una espada más brillante que cualquier otra arma sobre la faz de la tierra." Al pronunciar aquellas palabras, Josef sonrió con una alegría radiante, libre de cualquier atisbo de zozobra. Sobre su rostro bañado en complacencia se alzó el sol del nuevo día. Aquel sol del amanecer que con tanta desesperación habían anhelado durante la asfixiante pesadilla de la noche anterior. "Hace frío. Regresemos al campamento." "Sí, mi señor." Zayar sostuvo por el hombro a Josef, quien cojeaba visiblemente de un pie, y lo escoltó con cuidado hacia el interior de la tienda. Los dos hombres caminaron dejando a sus espaldas la alborada naciente. La expedición de subyugación había fracasado; sin embargo, en los labios de Josef bailaba una sonrisa. Pues aunque hoy hubiera tropezado, albergaba la certeza inquebrantable de que el mañana le pertenecería por entero. \* \* \* "Aaargh..." Vlad permaneció postrado en el jergón durante tres días completos. "Todavía siento como si me hubieran molido todos los huesos del cuerpo." \[La próxima vez deberemos andarnos con mayor tiento. Ni yo mismo imaginaba que el contragolpe sobre tu cuerpo fuera a ser de semejante magnitud.\] Un muchacho desprovisto de la debida preparación había tomado prestado a la fuerza el mundo interior de un alma ajena para proyectarlo en la realidad. "No había otra salida, qué se le va a hacer." A cambio de semejante proeza, soportar aquel tormento corporal era un tributo que debía aceptar con humildad. De no haberlo hecho, a estas alturas no sería más que un cadáver congelado bajo la tierra. "Creí que me arrojarían a la parte trasera de una carreta para hacerme rodar como un fardo por el camino, así que esto es todo un alivio." \[Parece ser que ese tal Josef se preocupa por ti bastante más de lo esperado.\] Josef había retenido a los mercenarios que deseaban marcharse y prolongó la estancia en el campamento únicamente para permitir que Vlad convalidara su convalecencia. Aunque tras semejante embestida lo más sensato hubiera sido retirarse a la mayor brevedad posible, Josef razonaba de un modo muy distinto: "Si su objetivo era atacarnos a nosotros, volverán a asaltarnos durante la marcha de regreso a Barna. Siendo así, resulta infinitamente más prudente reorganizar las filas aquí mismo, disponernos con todas las cautelas necesarias y movernos solo cuando estemos plenamente preparados." A lo largo de aquellos tres días de margen que se procuró, Josef se dedicó en cuerpo y alma a recomponer el campamento e investigar minuciosamente el escenario de los hechos. Era la viva imagen de un hombre que, habiendo fracasado, se negaba en redondo a darse por vencido. Gracias a ello, Josef logró recopilar valiosos indicios que bien merecían ser presentados ante su padre, Peter Bayezid. Quizá aquel informe que Josef se disponía a entregar en mano fuera infinitamente más valioso que la mediocre misión de exterminio de monstruos que le habían encomendado originalmente. "Qué frío..." Sorbiéndose la nariz, Vlad salió al exterior y echó un vistazo a su alrededor. El drástico descenso en el número de tiendas, la desolación que reinaba en el campamento y el extraño silencio sepulcral que envolvía a los mercenarios recordaban la atmósfera lúgubre de un ejército derrotado. "¡Jefe!" Una voz quebró el silencio del campamento llamando a Vlad. A lo lejos divisó a un hombre de mandíbula alargada que se aproximaba agitando la mano con entusiasmo. "Mira por dónde, el que más insistía en salir huyendo es el que más tiempo se ha quedado pegado." "¡Pues claro! Dijeron que si permanecíamos aquí hasta iniciar la marcha de regreso a Barna nos aumentarían la paga." Aquel cobarde timador no había huido aquella noche. En lugar de escapar en solitario dejando el peligro a sus espaldas, había dado media vuelta al caballo y galopado en dirección a Zayar. "Sabes perfectamente que arriesgué el pellejo volviendo a buscar a ese señor caballero solo para salvarte la vida a ti, ¿verdad, jefe? Tienes que hablar muy bien de mí cuando llegue el momento, ¿eh?" "... Está bien." Goat era un hombre avispado, como correspondía a su condición de estafador. Comprendió al instante que Zayar había enviado a Vlad de vuelta al campamento con el único propósito de ganar tiempo hasta su llegada. Percatándose de que la única solución real para zanjar la catástrofe era el pronto regreso de Zayar, Goat había montado a caballo para ir en su busca. Si bien no llegó a aproximarse a la orilla del río plagada de no-muertos y se limitó a merodear a medio camino. "Supongo que esta vez no pisotearás mi buena voluntad como la última vez, ¿no es así? Por muy bajo que caiga un hombre de los arrabales, no creo que tu catadura moral esté tan podrida." "Que ya te he dicho que me encargaré." Dado que pesaban culpas pasadas sobre sus hombros y era rigurosamente cierto que Goat se había desvivido por ayudarlo, por muy descarado que fuera Vlad, le resultaba imposible ignorar sus reclamos en esta ocasión. "Hablaré en tu favor. Aunque no tengo idea de cuánto peso puedan tener mis palabras." Solo tras escuchar la promesa de Vlad de interceder por sus méritos ante el vástago de la ilustre Casa Bayezid, Goat asintió con semblante satisfecho. "Así que ya puedes marcharte a atender tus asuntos." "Vaya, veo que sigues siendo tan frío y seco como de costumbre." Goat contempló la espalda de Vlad mientras este se alejaba, sumiéndose en sus propios pensamientos. 'Huelo a dinero.' A los ojos de Goat, Vlad era un auténtico bloque de posibilidades en bruto. Joven, dotado de un talento extraordinario y cobijado bajo la mirada de hombres poderosos. En pocas palabras: un individuo fuera de serie. 'A quien primero le eche el guante, suyo será.' Para amasar fortuna en este mundo, la habilidad más crucial residía en saber reconocer el valor de las cosas antes que los demás. Goat intuía con certeza que aquel muchacho llamado Vlad jamás se detendría en un lugar como este. "Además, ahora me debe un favor." Con ese pensamiento, Goat dio media vuelta. Para sepultar los cadáveres de los mercenarios caídos durante la noche del asalto, todavía restaba cavar una buena cantidad de fosas en la tierra helada. "¿Mmm?" Tras despedirse de Goat, Vlad caminaba por el campamento cuando vio a alguien haciéndole señas con la mano. "Señor sacerdote." Era el clérigo Andrea. "¿Ocurre algo, señor sacerdote?" "Me preguntaba si serías tan amable de prestarme tu ayuda con cierta tarea." Andrea sonrió con cierta turbación y señaló hacia el ataúd que yacía a sus espaldas: "Nadie se ofrece a mover este féretro." "..." La repentina incursión de la noche anterior se había cobrado no pocas víctimas mortales, entre ellas el caballero Roderick. Aquellos cuyos deudos pudieran hacerse cargo de sus restos serían trasladados en carretas para recibir sepultura en camposanto; pero quienes carecieran de allegados quedarían enterrados en este paraje, olvidados para siempre en la soledad del monte. Y allí, apartado de todos, descansaba un féretro que nadie quería tocar. "... Yo me encargaré." "¡Oh! Sabía muy bien que podía contar contigo, hijo mío." El ataúd que señalaba el sacerdote Andrea era aquel donde reposaba la mujer que había encarnado la peor de las pesadillas aquella fatídica noche. "Se trataba de una maldición de una naturaleza sumamente siniestra. Es imperativo trasladarla a Barna para que sea examinada con detenimiento." Sintiéndose apenado por pedirle un favor tan ingrato y macabro, el sacerdote Andrea alargaba sus explicaciones más de la cuenta: "Y además... como bien sabes, ¿no te parece un destino desgarradoramente lamentable?" "Lo sé muy bien." Vlad hizo un gesto con la mano para frenar al joven diácono, que se ofrecía a ayudarle: "Estas tareas corresponden a quienes tenemos fuerza en los brazos." "Aun así..." El joven diácono, cuya voz todavía sonaba rasgada y quebradiza a causa de los cánticos de aquella noche, dio un paso atrás ante la insistencia de Vlad. "Con las alabanzas que entonó aquella noche, su reverencia ya cumplió con creces con su deber." Ante las palabras del muchacho, el pequeño diácono sonrió avergonzado y se retiró a un lado. "¡Hup!" A pesar de que su cuerpo distaba mucho de haberse recuperado por completo, Vlad empujó el ataúd con sus propias fuerzas hasta colocarlo sobre la plataforma de la carreta. Había sido una mujer desdichada. Ignoraba quién era en vida y por qué motivos había tenido que padecer semejante infierno, pero Vlad sentía por ella una compasión sincera que le nacía de las entrañas. "Acércate, hijo mío. Te concederé una bendición por si acaso restara algún vestigio impío." Temiendo que pudiera quedar adherido algún resto de la ponzoña maldita, Andrea extendió la mano para tocarlo, pero Vlad lo detuvo: "Espere un instante, señor sacerdote." Al fin y al cabo, sus manos ya estaban manchadas; no pasaría nada por usarlas una última vez. Vlad tomó la caja de madera negra que Andrea había envuelto cuidadosamente en un paño blanco de lino. Aquella arqueta tenebrosa que todos rehuían incluso mirar. La caja que había constituido el epicentro de la atroz maldición y que aquella mujer había buscado con desesperación indecible durante toda la noche. "Vlad..." "Creo que esto es lo correcto." Chrrrk. La tapa del féretro, que aún no había sido sellada formalmente, se abrió emitiendo un crujido apagado. "Si con esto puede encontrar al menos una brizna de consuelo..." El cadáver de la mujer, hendido por la mitad. Y su rostro macilento, surcado por las marcas renegridas de las lágrimas derramadas. "¿Me permite hacer esto, señor sacerdote?" "Adelante, hazlo. Tienes todo el derecho del mundo a concedérselo." Vlad depositó con infinita delicadeza la caja de madera negra sobre el dorso de las manos endurecidas de la mujer. En el interior de aquella arqueta que portaba el nigromante yacía el diminuto cuerpo sin vida de un infante. "Aquí está. Tu bebé." Una madre y su criatura, asesinadas despiadadamente para servir como catalizadores de un maleficio. Aunque fuera en la muerte, aquella madre había logrado recuperar al hijo que con tanta agonía había buscado. Quizá por ello, a Vlad le dio la impresión de que las facciones rígidas y crispadas del cadáver parecían haberse relajado un poco. "... ¿Desea que asegure la tapa con los clavos?" "Te lo agradecería de corazón. Yo me encargaré de sellarla con una bendición solemne." Al contemplar a Vlad despidiendo con reverencia a aquella desdichada mujer a pesar de sus propios dolores corporales, el sacerdote Andrea recitó en silencio una plegaria en su favor. Por aquella desdichada a la que el mundo entero daba la espalda, un sacerdote devoto y un muchacho que cumplía con su fe empeñada velaban su descanso final. ¡Clac! ¡Clac! Semejante al tañido fúnebre de una campana por los difuntos. En medio del campamento militar, los golpes secos del martillo que Vlad descargaba resonaron con serena solemnidad. \* \* \* "Ya he llegado, mi señor." En la última velada antes de abandonar definitivamente el campamento, Josef hizo llamar a Vlad en privado. "Toma asiento." Vlad se sentó frente a Josef, encontrándose con la tenue sonrisa que Zayar le dirigía desde un costado. "¿Sabes beber?" "El lugar donde solía trabajar era un burdel que también servía licores." "Eso significa que sí sabes beber." Josef llenó la copa que reposaba frente a Vlad con un licor de tonalidad ámbar limpia y brillante. "¿Es whisky?" "Mi bebida predilecta." Al aspirar el aroma dulce y avainillado que desprendía el licor, Vlad tuvo la certeza absoluta de que se trataba de una bebida sumamente costosa. "Antes que nada, deseo expresarte mi gratitud." Josef tomó asiento con naturalidad en la cabecera de la mesa y prosiguió: "Habrías podido huir si así lo hubieses querido." "Teníamos un contrato sellado, mi señor." "Así es. Juraste entregarme tu fe y honor en lugar de una lealtad servil." Josef hizo girar suavemente la copa que sostenía entre los dedos y comentó: "Por más que fuera un pacto meramente verbal." Josef no solo estaba impresionado por la destreza marcial de Vlad, sino también por la inquebrantable rectitud de su espíritu. 'Es un talento que jamás debo dejar escapar.' Lo había catalogado inicialmente como un elemento aprovechable, pero la conducta exhibida por Vlad aquella noche había superado con creces cualquier expectativa previa. Resultaba inconcebible que un mocoso que apenas llevaba un puñado de semanas empuñando el acero hubiera sido capaz de liberar el Aura. Y que la hubiera blandido precisamente para protegerle a él, arremetiendo de frente contra una pesadilla maldita que encarnaba a la muerte misma. Aquel muchacho llamado Vlad no era un simple recurso útil; era un talento insustituible que debía adscribir a su causa a cualquier precio. "..." Vlad permanecía sentado con cierta rigidez protocolaria, sin atreverse a tocar la valiosa copa que tenía delante. Al ver su desconcierto, Zayar se burló amistosamente apurando de un solo trago su porción de aquel refinado whisky. "Siendo así, ha llegado el turno de que yo cumpla con mi parte del contrato." Tanto el vínculo feudal entre el monarca y sus vasallos como la lealtad que un caballero profesa a su señor son, a fin de cuentas, relaciones basadas en dar y recibir recíprocamente. Y Josef le debía la vida entera a Vlad. "Mi padre me inculcó desde la cuna que todo aquello que reciba de otro debe ser devuelto sin falta. Sea lo que fuere." Josef inclinó ligeramente su copa en dirección a Vlad y declaró: "Deseo invitarte a la hacienda de la Casa Bayezid. Y pagar allí la justa recompensa que te corresponde por esta hazaña." "..." Vlad contempló la copa que Josef le ofrecía y meditó en silencio. No había motivo alguno para rechazar la propuesta. Tan solo se requería de una pizca de determinación. "Será un inmenso honor, mi señor Josef." "Bebe." Y el muchacho siempre había anhelado sellar una determinación semejante. Algún día saldría de las cloacas para abrirse paso hacia un mundo mucho más vasto. Con el beneplácito de Josef, Vlad alzó la copa con ambas manos y bebió el licor de un trago. 'Jamás permitiré que mi existencia termine ahogada en el ron barato de los callejones.' En el pasado se había hecho semejante promesa, y hoy esa promesa comenzaba a materializarse ante sus ojos. "Está delicioso, mi señor." "Es la bebida de la nobleza." Aquel whisky pacientemente añejado y colmado de fragancias era el trago más dulce y exquisito que Vlad había probado en toda su vida. Y a la par del deleite de aquel primer sorbo de licor noble, el mundo de aquel muchacho comenzaba a ensancharse sin límites. \----- • Novela: El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas / 별을 품은 소드마스터 • Autor: Q10 • Traductor: Inmensurable ⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨
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Estás leyendo el capítulo 20 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 19 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.