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Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 198 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
A pesar de que en el norte los días eran breves, había un despacho situado justo en el rincón donde la luz del sol incidía con mayor generosidad. Era un espacio que la condesa Oksana había dispuesto con especial esmero; sin embargo, en aquel momento se encontraba sumido en un desorden tal que avergonzaba a la claridad que cruzaba los ventanales. "Lord Josef, le he traído el té". "… Déjalo y vete". "¿No preferiría descansar un poco mientras atiende sus asuntos?". Sir Bordan, habiendo llevado en persona la taza humeante, suspiró para sus adentros al contemplar la estancia atestada de enseres y legajos dispersos por doquier. 'Desde luego, es preferible a que se quede recluido en la más sombría melancolía, pero…'. Cuando regresó por primera vez a Sturma, Josef se había encerrado en sus aposentos sin la menor intención de asomarse al exterior. El agotamiento acumulado a lo largo del tiempo, sumado a la aplastante sensación de despojo por haber quedado eliminado de la disputa sucesoria, terminó por derrumbar su cuerpo. Según los rumores que circulaban, había llegado a debilitarse hasta el extremo de vomitar sangre; por ende, contemplar su fervor actual podía considerarse, en cierto modo, un alivio bienvenido. "Te he dicho que lo dejes y te marches". No obstante, la verdad era que ese brillo febril y desmedido en su mirada resultaba difícil de asimilar, incluso para alguien como Sir Bordan, que lo había servido con devoción durante largo tiempo. Sus ojos relucían como los de una fiera al acecho y, combinados con las densas ojeras que oscurecían su rostro, conferían a su porte un aire inquietantemente extraño. "… La señora Oksana mandó decir que desearía cenar con usted al caer la tarde". "Entendido". Sin dejar claro si de verdad lo había registrado o no, Josef se limitó a agitar la mano en el aire para despacharlo. Ante tal gesto, a Sir Bordan no le quedó más alternativa que retirarse con una expresión colmada de pesadumbre. "…". Una vez que Sir Bordan cruzó el umbral, el despacho volvió a sumirse en la soledad. Aunque la taza de té, enfriándose de manera irremediable, aguardaba por él, Josef mantenía la mirada clavada en el mapa desplegado ante sus ojos, con el ceño profundamente fruncido. '¿Por qué llevar las cosas hasta tal extremo?'. Era una carta geográfica monumental, con el tamaño suficiente para cubrir casi por completo una amplia pared. Mas aquel lienzo inmenso se hallaba colmado de nuevas líneas y anotaciones trazadas con tinta fresca; Josef se encontraba ahora absorto en una honda deliberación mientras las escudriñaba. 'Si solo ansiara el poder, no habría necesidad de despedazarlo todo hasta tal punto, ¿o me equivoco?'. A pesar de haber sido apartado de la pugna por el liderazgo del linaje, no lo había abandonado todo. Había circunstancias políticas que solo se volvían nítidas al dar un paso hacia atrás; y la estampa del imperio, apreciada desde una distancia reflexiva, no era otra cosa que un absoluto pandemonio. '… Las tierras centrales se encuentran divididas y enfrentadas entre la facción del Duque de la Sangre de Dragón y la del Duque de la Corte'. Las guerras territoriales que en ese mismo instante libraban las casas nobles de las tierras centrales, ya fueran menores o de gran envergadura, equivalían en última instancia a una sangrienta contienda delegada en favor del Duque de la Sangre de Dragón y del Duque de la Corte. Los señores feudales, alineados bajo diversos estandartes para cobijarse bajo la sombra de la autoridad central, perpetuaban ahora una espiral bélica imparable según la facción a la que pertenecían. 'En el este, el descontento hacia el bosque de los elfos no cesa de acrecentarse'. Ausrina, el bosque de los elfos marcado en el flanco oriental del mapa. Hacia aquel enclave convergían flechas gruesas y densamente trazadas. Cada uno de los vectores delineados por Josef tenía su origen en los señoríos del este. 'No es que no comprenda sus motivos, habida cuenta de que les han asfixiado de improviso las vías de comercio'. Los señores feudales del oriente, cuyo comercio había sido interrumpido de forma unilateral por los elfos, congregaban sus huestes en torno a la Casa del Conde Bitskaya. Para la comarca oriental, reabrir a cualquier precio las puertas de Ausrina era una cuestión perentoria para recuperar el aliento económico truncado. 'En cuanto al oeste, dicen que las aguas se han calmado, mas es imposible que la situación se detenga aquí'. Tras sufrir un devastador revés en el choque decisivo contra Bayezid, la Casa Gaidar se había resguardado más allá de las áridas gargantas; sin embargo, con toda certeza continuaban buscando la oportunidad propicia para reconstituirse y tomar venganza. No en vano, el Duque de Acero, Timur, había dispuesto la construcción de fortalezas de paso cerrando aquellos desfiladeros temiendo semejante contingencia. El norte se había independizado y el centro permanecía sumido en el desgobierno. El este ultimaba una ofensiva contra los elfos, mientras el oeste afilaba los colmillos hacia el septentrión. En lo tocante al sur, donde la red de información aún no se hallaba desplegada en plenitud, la certidumbre era menor, pero difícilmente guardarían un silencio pasivo ante tan turbulento panorama. "… ¿Qué se proponen al despedazar el imperio de esta manera?". Tan dilatada como la propia historia del imperio era la montaña de hostilidades acumuladas capa sobre capa a través de las eras: fricciones raciales, territoriales y religiosas. Y quien había arrojado la chispa sobre aquella pila de discordias no era otro que la Casa Dragulia. Al final, si uno recorría en sentido inverso las flechas inscritas sobre el mapa, todas señalaban sin excepción hacia Dragulia. "…". Únicamente conociendo las intenciones del oponente es posible articular una respuesta ante las cartas que este juega sobre el tablero. Mas en las maniobras desplegadas por Dragulia no había indicio alguno que permitiera adivinar su designio, de modo que las sombras bajo los ojos de Josef no hacían más que volverse más hondas y oscuras a medida que contemplaba el mapa. \* \* \* La hora de partida fue la misma, pero los rumbos que debían tomar divergían. Unos marchaban hacia el oeste; otros, hacia el sur. Tras abandonar Bastopol, la gran ciudad del Duque de Acero, los señores feudales empezaron a virar las cabezas de sus monturas para retornar a sus respectivos feudos. "Parece que nosotros somos los últimos". En la bifurcación del camino donde debían despedirse, Vlad contempló a Alicia, quien le extendía la mano. Al ver aquella mano inmaculada que emergía del carruaje, Vlad se apresuró a tomarla entre las suyas para evitar que el aire gélido la entumeciera. "Permítame escoltarla hasta Deomar". "No es necesario. Cuento con los caballeros que traje conmigo". Aunque no pudieran equipararse a la destreza de Vlad, tal y como aseguraba Alicia, no era un contingente insuficiente para garantizar el traslado hacia Deomar. "Siempre le he estado agradecida, Sir Vlad. Desde aquel encuentro en el panteón de mis padres hasta este mismo momento". La mirada de Alicia se posó sobre la impedimenta que cargaba Noir. El corcel negro, con una expresión hosca y displicente, transportaba los modestos obsequios que los señores del norte le habían entregado a Vlad antes de marchar. Podían antojarse presentes sencillos, pero cada uno de ellos constituía una muestra patente de consideración y respeto. "… Ahora que aún no he podido recompensarle debidamente por todo ello, no quisiera ser, al menos, un obstáculo en el camino que tiene por delante". Al contemplar todo aquello, Alicia no tuvo más remedio que admitirlo: el nombre de Heinal ya resultaba demasiado pequeño para retener a Vlad. La estampa de Vlad marchando por el corredor tras dejar a sus espaldas a los Siete Señores del Norte se veía más imponente que nunca, y a la vez resultaba evidente cuán libre era. "Márchese. Me he enterado de que debe partir hacia Sturma". "......". Al contemplar a Alicia, quien forzaba una sonrisa mientras le decía que se marchara, a Vlad le vino a la mente, de forma involuntaria, la figura de Jemina en Shoara. Fue porque la expresión de Alicia, afirmando que no deseaba ser un estorbo en aquella encrucijada donde debían separarse, era idéntica a la que antaño pusiera Jemina. "Aun así, sin falta, alguna vez...". "Iré a visitarla sin falta". '¿Cómo hice en aquella ocasión? ¿Cuáles fueron las palabras que pronuncié para consolar a Jemina cuando tanto le pesaba la despedida?'. "¿Cómo dice?". "No sé cuándo será, pero pasaré sin falta por Deomar". 'Ahora me marcho, pero volveré sin falta a verte'. Recordaba que Jemina le había sonreído tras escuchar aquellas mismas palabras. "Mire. Ahora lo guardo por separado". Vlad extrajo una pequeña bolsa de tela de entre sus ropas y la agitó frente a Alicia. Al abrirla para mostrársela, lo que apareció ante sus ojos fue un pañuelo primorosamente doblado. Al ver su propio pañuelo, conservado con tanto esmero para que no volviera a mezclarse con el de ninguna otra dama, Alicia no pudo evitar sonreír a pesar del pesar que anidaba en su corazón. Cuando el nido se vuelve pequeño, el ave parte; pero el único sitio al que regresa es, a fin de cuentas, su propio nido. Al ver a Vlad, quien consideraba a Deomar un nido al igual que La Sonrisa de la Rosa, Alicia pudo encarar aquella encrucijada de despedida sin que la partida le dejara un poso de amargura. \*\*\* No corría viento, pero las olas que embestían contra el muelle eran turbulentas. Eran ondulaciones nacidas del gigantesco movimiento que se aproximaba desde la lejanía. Debias, el mayordomo mayor de la Orden de Caballeros Matadragones, se subió el cuello de la capa al divisar el descomunal navío que se acercaba desde la distancia. "Pero ¿qué clase de barco es ese...?". Varios soldados soltaron exclamaciones ahogadas al contemplar la nave que avanzaba hacia el puerto. Tenía un porte colosal, abrumador incluso si se esforzaban en abrir los ojos de par en par. Y es que, a medida que se aproximaba a tierra firme, la sombra del navío, cada vez más imponente, caía sobre ellos envolviéndolos por completo. "¡Echen el ancla!". "¡Bajen la pasarela!". Rasgando los gritos ahogados de los soldados, el navío atracó en el puerto. En cuanto se plegaron las velas rojas, distinguibles incluso desde la lejanía, una larga pasarela de desembarco comenzó a descender desde el barco en dirección al suelo. "¡Jajaja! ¡Vaya, no me esperaba que salieras a recibirme en persona!". Acompañado por una carcajada jovial, un hombre bajó hacia el muelle. Aunque su ademán desenvuelto y algo fanfarrón era el de un típico marinero, las vestiduras que llevaba puestas consistían en finas y costosas sedas. "¡Tienes mucho mejor semblante que la última vez que te vi en mis tierras!". "Sea bienvenido, Duque Barbosa". La pasarela era lo bastante ancha como para que descendieran dos personas a la par, pero su corpulenta complexión ocupaba todo el espacio. A ello se sumaba una cabellera matizada del rojizo característico del sur. En la risa franca que exhibía aquel hombre se advertían el vigor y la veteranía que solo un varón en la cima de sus facultades podía poseer. "Debe de estar fatigado tras tan largo viaje". "¿Qué fatiga ni qué nada? Si me paso los días surcando estas aguas". Debias inclinó la cabeza con reverencia ante el Duque Barbosa, quien le palmeaba el hombro con total llaneza. Del hombre que se había aproximado con una sonrisa bonachona emanaba un penetrante aroma a salitre marino. "Hacía tanto que no pisaba tierra firme que hasta me está dando mareo". Asegurando que en ocasiones como aquella era indispensable beber un trago, el hombre al que llamaban Duque Barbosa extrajo una botella de licor de entre sus ropas. "Aunque sea con retraso, el Duque Dragulia me encomendó transmitirle sus felicitaciones por la conquista del archipiélago del sur". "Bueno, eso ya se lo escucharé en persona cuando vayamos a la capital imperial". El Duque Barbosa respondió como si no le diera mayor importancia, pero la hazaña que había consumado era verdaderamente formidable. A diferencia de otras regiones que ya poseían un orden firmemente establecido bajo el mando de potencias tradicionales como Rabnoma o Baranov, el archipiélago del sur era un territorio que, a lo largo de toda la historia del imperio, jamás había sido dominado por una sola familia. "Por cierto, me he enterado de que últimamente les ha surgido un dolor de cabeza, ¿no es así?". "Así es". Debias respondió con cortesía, pero sin apartar la mirada del arca que bajaban desde la nave. El cofre que los marineros transportaban resoplando por el peso estaba estrictamente sellado con cadenas de plata, como si contuviera una pieza de incalculable valor. "Al final, el norte ha declarado su independencia. Parece ser que la presión ejercida desde el oeste no bastó". "Hum. Menuda maravilla de país, qué bien rueda todo". El Duque Barbosa dio un trago a la botella que sostenía y, entornando un ojo debido al ardor punzante que le dejó en la punta de la lengua aquel licor de recia graduación, continuó hablando: "Por eso les advertí desde el principio que el Conde Gaidar no serviría para nada". Aunque había sufrido una estrepitosa derrota, el Conde Gaidar aún podía considerarse el amo del oeste. Sin embargo, el hombre llamado Barbosa se refería a él con llano desdén, tratándolo como a un subordinado insignificante. "Tanto que le insistí al Duque de la Sangre de Dragón en que los grandes asuntos deben tratarse con grandes hombres...". Tras arrojar la botella vacía a un lado sin el menor reparo, el Duque Barbosa se quitó el sombrero de capitán. A sus espaldas, una marea de oscuras siluetas comenzaba a aproximarse. Aquello que avanzaba a toda marcha desde el lejano mar azul no era otra cosa que la flota de corsarios de la que el Duque Barbosa tanto se enorgullecía. "De modo que, estando conmigo esta vez, no fracasarán". El guiño del duque parecía bromista, pero la marea que traía consigo no tenía nada de liviana. Al fin y al cabo, él era el único duque del sur: el Duque de Oro, Barbosa. Los cuatro nobles duques de los que se vanagloriaba el imperio: el Duque de Acero en el norte, el Duque de la Sangre de Dragón en el centro, el Duque de la Corte en el palacio imperial y, ahora, el mismísimo Duque de Oro en el sur. En un imperio donde ya solo restaba un emperador que gobernaba únicamente de nombre, cuatro soberanos se miraban cara a cara. Cada uno de ellos, por el mero peso de su nombre, poseía la fuerza suficiente como para fundar una nación entera. \----- • Autor: Q10 • Traductor: Inmensurable ⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨
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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 198

Estás leyendo el capítulo 198 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.