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Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 196 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Los fragmentos de dragón: aquellos que, según se decía, habían sido concebidos al desmembrar al dragón más perfecto de todos. Timur, el Duque de Acero, había previsto que una catástrofe semejante sobrevendría desde el momento en que recibió el fragmento de Rabnoma de manos de los peregrinos. Porque los dragones eran seres inmortales, entidades que convergían incesantemente en un afán por alcanzar la perfección. "Conde Bayezid". "...Mi señor duque". Aferrando su espada, Peter contemplaba el extremo del corredor, donde Rutger y Vlad luchaban más adelante. Su propio hijo y su caballero, esforzándose con denuedo por contener al dragón que avanzaba. Aunque deseaba correr hacia ellos en ese mismo instante, Peter tenía una labor ineludible que cumplir en aquel lugar. "No es allí. Nuestro cometido se encuentra aquí". Cada época acarrea sus propios deberes. Así como los caballeros de la presente era debían batirse allí al frente, los caballeros de la era pasada también cargaban con obligaciones que les correspondía asumir. "Debemos erradicar la raíz del problema". En cuanto Timur asintió en dirección a Fernand, este comenzó a trazar un amplio círculo en el vacío de la nada. Fue entonces cuando un pasaje secreto empezó a revelarse. El corredor que el mago, manipulador del espacio, se había esforzado en ocultar se desplegaba ante los ojos de Peter. "Tal como prometimos en el pasado, hazte cargo del fragmento de Rabnoma". "......". La presente catástrofe bien podría considerarse desatada desde el momento en que cayó la Casa Rabnoma de las tierras occidentales, la familia guardiana del pacto. Al hallarse próximos entre sí, los fragmentos se volvían más perfectos; para remediar semejante calamidad, se precisaba de una nueva familia que custodiara el fragmento en lugar de los Rabnoma. Y el único linaje capaz de tal proeza era la Casa Bayezid. "¿Bastará con la Casa Bayezid, mi señor duque?". "Si permaneces a mi lado, te estaré infinitamente agradecido". Al escuchar las palabras de Timur, Peter alzó la mirada hacia el techo. Los rugidos de los dragones resonaban sobre la estremecida ciudad. Aquel clamor se tornaba más feroz a cada instante que pasaba, intensificándose al compás de las violentas vibraciones de los fragmentos. "Entendido". A quienes ostentan el poder les corresponde una responsabilidad proporcional. Frente al tenebroso y lúgubre pasadizo, Peter asintió en señal de conformidad. "Yo seré el guardián del otro fragmento". Por la Casa Bayezid, y por mis hijos, que deben avanzar hacia el porvenir. Por la siguiente generación, Peter resolvió asumir sin vacilar el deber que el destino le imponía saldar. \* \* \* "¡Aaaaaagh!". Era un despliegue tan deslumbrante que hacía parecer estrecho el espacioso corredor. Suelo, techo y muros se veían intrincadamente surcados por estelas doradas. En medio de aquel festín de trazos veloces e ininterrumpidos, la mirada de Mircea comenzó a vacilar, incapaz de fijar un rumbo. "\[¡Es ahora!\]". El principio del golpe letal definitivo nacía de lo imprevisto. Y el maestro que mejor comprendía dicho principio no era otro que Auguste, quien compartía aquella misma esgrima. "¡¿Quién te dio permiso para llamarme Dragulia?!". La trayectoria trazada por la senda de Auguste, comandante de la Gendarmería Imperial, estaba construida de forma tan compleja e intrincada que engañaba incluso a la mirada del dragón. No obstante, a pesar de lo enrevesado del curso, su propósito era transparente: la esgrima del duelista, destinada a decidir el resultado en un único y fulminante embate, comenzó a brotar de la punta de la espada de Vlad. "...¡La esgrima de la corte imperial!". La espada del hombre a quien cualquier ser nacido como dragón no podía sino aborrecer con toda su alma. Al reconocer aquella técnica, los ojos de Mircea se desencajaron con malevolencia salvaje; pero ya era tarde para cuando la vio, y cuando la comprendió, el filo ya lo alcanzaba. "¡Yo no soy un Dragulia!". ¡Clang! ¡Clang! ¡Clang, clang, clang! Las estelas doradas continuaron proyectándose, destrozando implacablemente el antiguo corredor. En cada pisada que Vlad daba para hacer retroceder a Mircea, las ondas que Zayar había grabado en él vibraban con intensidad. "¡Soy Vlad de Shoara!". Atravesando pared tras pared, abriendo brechas entre los muros que obstaculizaban su paso, los dos caballeros colisionaban en medio de una densa polvareda de escombros. Al encajar el impacto de Vlad, quien parecía haber transformado todo su ser en una sola hoja afilada, Mircea dejó escapar un áspero rechinido de dientes. '¡Este tipo también está bajo la influencia de los fragmentos!'. Una fuerza y una celeridad reservadas exclusivamente a los dragones. Ante aquella potencia física que trascendía los estándares humanos, Mircea se vio nuevamente repelido lejos de los fragmentos de dragón. "\[¡Debes mantener el control del campo de batalla en todo momento! ¡Recuerda lo que dijo Zayar en el pasado!\]". El caballero tuerto, Sir Zayar, lo había dicho en su momento: solo una ofensiva continua y fluida como el agua podía doblegar al adversario. Aquello significaba, en suma, que siempre se debía tener preparado el siguiente movimiento. "¡Mi paciencia tiene un límite!". Incapaz de tolerar por más tiempo las arremetidas incesantes con las que Vlad lo empujaba hacia atrás, la espada de Mircea se disparó al contraataque. Con un aura policromática y resplandeciente, Mircea cortó el flujo de la acometida. Su mundo interior, capaz de truncar con absoluta pulcritud el avance lineal de Vlad, era ciertamente digno de vanagloriarse de la perfección. '¡No voy a esquivarlo!'. Sin embargo, la perfección implicaba la ausencia total de defectos. Si el adversario carecía de fisuras, Vlad decidió convertirse a sí mismo en la grieta que se incrustaría en dicha perfección. Después de todo, la pelea en el fango que estaba a punto de desatarse era el estilo en el que Vlad tenía mayor confianza. ¡Crac, crujido! "......!". La hombrera donde impactó la hoja se abolló bruscamente y la coraza comenzó a agrietarse. Aun así, su avance no se detuvo. Al ver a Vlad amortiguar el ataque con su propio cuerpo, los ojos de Mircea se abrieron de par en par con estupor. "¡Así es como se pelea en los callejones, bastardo!". Desviar la hoja aprovechando el ángulo de la armadura y resistir la sacudida resultante mediante el arte del fortalecimiento corporal. Era una embestida temeraria y salvaje hasta el extremo de la insensatez. Sin embargo, si no se sobrevivía al presente, jamás se podría soñar con el mañana; esa era la ley implacable de los callejones de Shoara. "¡Ugh!". La frente de Vlad pareció destellar por un instante antes de colmar por entero el campo visual de Mircea. ¡Paaaf! Un dolor lacerante sobrevino tras el fogonazo. Mircea acababa de experimentar hoy, por primera vez en toda su vida, lo que era recibir un cabezazo. "¡Miserable insolente...!". "¡Aaaaaagh!". Josef lo había afirmado en el pasado: la base de la guerra radicaba en negarle al enemigo todo cuanto deseara. El campo de batalla deseado, el momento oportuno deseado y el método deseado. Nacida en el fango de lo más profundo de los bajos fondos, la ofensiva de Vlad no le concedía a Mircea ni una sola de sus preferencias. "¡¿Quién soy yo?! ¡Dilo una vez más!". Era atroz por haber nacido como un dragón, y tosco por haberse criado en los callejones. Sin embargo, lo que blandía en sus manos era la noble esgrima de la corte imperial. Desde las raíces hasta los frutos cosechados, un sinfín de contradicciones e imprevistos rugía con bravura bajo el nombre de Vlad. "¡Atrévete a decirlo, Mircea!". El mundo de Vlad era un mundo polifacético. Un nombre que mudaba según los ojos de quien lo contemplara, y que solo él mismo tenía la potestad de definir. \* \* \* "¡Caballeros de Maringen, al frente! ¡Harkita, formen un cuadro defensivo! ¡Podmils y Romnie, escolten a los heridos!". Los señores feudales, tras salir precipitadamente del salón de asambleas, reunían con urgencia a los caballeros de sus respectivas casas. En lo alto del firmamento, la Orden de Caballeros Matadragones y los guivernos continuaban asolando Bastopol. No obstante, los caballeros, encabezados por sus señores, comenzaron a desplegar con presteza sus formaciones, como si al fin hubiesen hallado su lugar en el campo de batalla. ¡Fsssh! ¡Kieeeeeeek! De pronto, a la distancia, un guiverno se precipitó al vacío entre alaridos desgarradores y un escalofriante crujido. Desde la tierra, que hasta ese momento solo había soportado los embates, se alzó un haz de luz en línea recta. Era la jabalina de alguien, más veloz que una flecha y más afilada que una espada. "¡Es Sir Volkov!". "¡Volkov de la Jabalina!". Los caballeros de Baranov prorrumpieron en vítores al contemplar cómo el guiverno se desplomaba inerte contra el suelo. "...Ve y trae todas mis jabalinas". Volkov estaba tan exhausto que la orden que se esforzó por articular le salió temblorosa. La sangre, manchada de polvo, le corría desde la frente hasta las muñecas, y la armadura que vestía estaba resquebrajada por doquier, pero la mirada de Volkov aún no había muerto. "Tantas como esas malditas moscas que andan revoloteando allá arriba". Todo hombre tiene un lugar que le corresponde. Y para Volkov de la Jabalina, abatir a los guivernos que surcaban el cielo era una labor mucho más adecuada que medirse contra aquel dragón llamado Mircea. ※※※※ ¡Trrrr-trrrr-trac! El corredor continuaba estremeciéndose sin tregua. Pese a ser un pasaje entretejido de misterios arcanos, los fragmentos de dragón se revolvían con tal violencia que hacían retumbar incluso aquella galería. "...Comencemos". "Entendido". En lo más recóndito de aquella ciudad forjada en acero. Guiados por el mago Fernand a lo largo de un sombrío corredor, Timur y Peter por fin lograron plantarse ante las arquetas de sellado donde reposaban los fragmentos de dragón. ¡Trrrr-trrrr! ¡Clac-clac-clac! Las arquetas de sellado que contenían los fragmentos de dragón. Aquellos cofres que clamaban con todas sus fuerzas llamando a los suyos comenzaron a aullar con mayor ferocidad, como si hubieran advertido la presencia de Timur y Peter. "¡Huuuup!". El mundo interior de Timur fluyó a lo largo de su párpado izquierdo cerrado. Traspasando la cerradura que solo un Baranov podía franquear, la espada del caballero alcanzó el fragmento de dragón. ¡Kuaaaaaah! "¡Khhk!". "...!". ¿Acaso sonaría así si una bestia y un hombre mezclaran sus alaridos en uno solo? Ante aquel chillido grotesco e indescriptible con palabras, incluso veteranos tan curtidos como Timur y Peter se encogieron por un instante. "...Se ha calmado". "Solo ha perdido el conocimiento por un momento". De la espada ensartada manaba un tenue reguero de sangre. Al ver cómo la arqueta de los Baranov se apaciguaba a la par, Timur asintió con la cabeza. "Ahora es tu turno". Los dragones que causaban estragos afuera se hallaban bajo el influjo de estos fragmentos. Eran los despojos desprendidos del dragón más perfecto, calamidades destinadas a atraer a más bestias de su estirpe de manera incesante. A menos que se los contuviera, aunque fuera por un breve instante, las criaturas nacidas de la sangre de dragón pisotearían Bastopol sin descanso. "Voy a cortarla". "Estoy listo, señor conde". Al contemplar la cerradura de los Rabnoma, incapaz ya de cumplir su cometido, Peter cerró el ojo izquierdo. El mundo interior de Peter, que emanaba con parsimonia, guardaba semejanza con las murallas inquebrantables de Sturma. "¡Hup!". ¡Zas! Peter rebanó la resquebrajada cerradura de la caída Casa Rabnoma. De inmediato, el fragmento de dragón que pugnaba por escapar de la arqueta de sellado comenzó a debatirse con desesperación. "¡Rápido, pronuncie el juramento ante la arqueta del Maestro de la Espada!". Invocando los misterios arcanos en sincronía exacta con ese instante, Fernand conjuró un espacio pesado y colosal para sellar la parte superior de la arqueta de sellado. ¡Bummm! A través de la visión distorsionada, el espacio de Fernand vislumbrado fugazmente parecía una montaña comprimida a una escala diminuta. Y si la tierra aún temblaba a pesar de cargar con el peso de semejante montaña, era muestra de lo desesperado que se hallaba el fragmento de dragón. "De aquí en adelante, continuaré ocupando el lugar que me corresponde y cumpliendo con mi deber...". ¡Crac! Gracias a la ayuda de Fernand, Peter hundió su espada donde antes yacía la cerradura. Desde la punta de su hoja empezó a resonar de nuevo aquel chillido grotesco. "Puesto que asume la responsabilidad, el nombre que pagará el justo precio es Bayezid". La expresión de Peter comenzó a desfigurarse mientras recitaba el juramento. A diferencia del caso de Timur, esta vez su propia sangre se drenaba a lo largo de la espada clavada. "Hasta el instante en que este nombre se extinga, Bayezid jura salvaguardar vuestra encomienda". Nadie podía pronunciar semejante juramento a la ligera. Solo la garantía de alguien con verdadero poder confería validez al compromiso de proteger algo. Aquellos que durante largo tiempo habían sido el pilar del norte y los protectores del último vástago de Rabnoma; aquellos que habían doblegado a los Gaidar del oeste y ascendido un peldaño más: solo los Bayezid poseían la investidura necesaria para dotar de eficacia a semejante juramento. Y la arqueta de sellado del Maestro de la Espada juzgó asimismo que el voto de Peter era legítimo y adecuado. "¡Kuuuup!". La sangre de Peter, drenada a través de la espada, comenzó a congregarse en un solo punto: el mismo lugar donde, hacía apenas unos instantes, reposaba la cerradura de Rabnoma. En sustitución de aquella cerradura que ya no podía cumplir con su deber debido a la ruina de su linaje, un nuevo cerrojo moldeado con la sangre de Peter comenzó a cerrarse. ※※※※ Bastopol, la ciudad donde aullaban los dragones. Sin embargo, la urbe que hasta hacía poco se estremecía en un precario equilibrio empezó a recuperar lentamente la calma. "...!". "...!". Y lo mismo hicieron aquellas pupilas azules que se encaraban con fiereza. Los guivernos que arremetían allá en las alturas también aleteaban con torpeza, agobiados por un repentino peso de impotencia. 'Uuugh'. \[¡No sueltes la espada! ¡Solo acabas de volver a tu estado normal!\] Vlad, que hasta entonces se hallaba embriagado por una incesante exaltación, quedó desconcertado ante la pesadez repentina de su cuerpo. Y él no era el único consternado por la situación. '¿Se ha detenido? ¿El fragmento de dragón?'. Existía una llamada que se volvía más intensa y perfecta a medida que se acercaba. Mircea pretendía consumar su misión guiándose por ese reclamo, pero lo que acontecía difería por completo de las palabras de su padre. '¿La de los Baranov todavía tendría sentido, pero incluso la arqueta de los Rabnoma?'. En el caso de los Baranov aún quedaba un amo legítimo, pero apaciguar la arqueta de una casa tan caída en desgracia como Rabnoma debió ser imposible. A diferencia de lo que suponían Timur o Fernand, una arqueta de sellado que había perdido a su custodio legítimo era algo que nadie, sin importar quién fuera, podía aplacar. \[¡Parece que está listo! ¡Vlad!\] A menos que mediara el reconocimiento del mismísimo Maestro de la Espada. El poder que uno ostentara era solo una condición para convertirse en guardián. Precisamente porque ante Kihano la Casa Bayezid había protegido, nutrido y creído en esa joven posibilidad llamada Vlad, Peter pudo erigirse como el nuevo guardián del pacto. "...!". Vlad apretó los dientes al percibir el inmenso calor que emanaba a sus espaldas. El cometido del ojeador consistía en colocar la presa justo frente al cazador. Al clavar los ojos en el objetivo al que debía retener hasta el último instante, Vlad empuñó la espada con redoblada firmeza. "Si de casualidad logras sobrevivir, dile a ese sujeto que se hace llamar mi padre...". "...¿Qué?". Desde la mansión que acababa de derrumbarse, un volcán teñido de un rojo incandescente emergía arrastrándose. El nombre de aquel volcán era Rutger Bayezid. "Que algún día iré sin falta a por él". Era el Matadragones Rutger Bayezid. "¡Mircea!". Aquel volcán, que había alcanzado los confines más profundos de su mundo interior para hacerlo estallar, comenzó a abrirse paso hacia la realidad. El matiz con el que Rutger teñía su mundo era enteramente carmesí. "¡Acabemos con esto!". Aunque había nacido sobre un páramo de nieve inmaculada, el mundo de Rutger, más ardiente que ningún otro, se abalanzaba contra el dragón desprovisto de alas. Directamente hacia el punto exacto al que el ojeador de dragones lo había acorralado. ¡Bummm! Un calor insoportable comenzó a abrasar la punta de los dedos de Mircea. Ahora que el reclamo de los fragmentos se había desvanecido, lo que revestía a Mircea no era más que un simple cuerpo humano. "¡Kjuuuuk!". 'No es posible que esto esté sucediendo. Yo debía haber arrebatado los fragmentos de este lugar, guiado por la incesante llamada del dragón. Entonces, ¿qué demonios era esa presencia del Maestro de la Espada que mi padre afirmó haber sentido?'. "...!". En ese instante, una corazonada indescriptible cruzó la mente de Mircea como un relámpago. La ciudad de Mosiam, el Maestro de la Espada, la espada imperial. Porque la persona vinculada a todas y cada una de aquellas cosas se encontraba ahora mismo clavándole la mirada. \----- • Autor: Q10 • Traductor: Inmensurable ⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨
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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 196

Estás leyendo el capítulo 196 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.