Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 195 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
La mansión de los Dragulia en la capital imperial, Brigantes.
El Duque de la Sangre de Dragón, Sarnus, permanecía de pie junto al ventanal contemplando el lejano norte. Reflejado en el cristal, su rostro lucía notablemente demacrado, acaso a causa de los vendajes albos que le envolvían el cuello.
'...... La espada del Maestro de la Espada ha sido desenvainada.'
Aquel día en que el antiguo pacto se activó de forma imprevista, Sarnus lo comprendió con absoluta certeza: en algún rincón del imperio, el acero del Maestro de la Espada había abandonado su vaina. Aunque solo hubiera sido por un brevísimo instante, el juramento sellado con el Swordmaster únicamente podía revivir a través de la sangre o de una voluntad indómita.
'¿Acaso fue el Duque de Acero? ¿O tal vez Bayezid?'
Frausen ya había perecido hacía mucho, por lo que resultaba inconcebible que un heredero surgiera de la nada; la única explicación plausible era la propia espada del primer maestro. Además, según los rumores que llegaban a la capital, un relámpago blanco había hendido la niebla que asolaba la ciudad de Mosiam.
'Si tan solo doy con ella y la erradico, seré verdaderamente libre.'
Nacido para ser un depredador que arrebata a su antojo, pero atado por un pacto que lo constreñía a ser un guardián protector, Sarnus ansiaba la libertad con cada fibra de su ser. Y al término de ese anhelo aguardaba la ansiada perfección que la sangre de dragón reclamaba con voracidad.
"¿Hum?".
Sin embargo, en ese preciso segundo... Fue apenas un instante fugaz, pero Sarnus experimentó una punzada aguda que le taladró la nuca. Difería de las sensaciones del pasado; no obstante, era un dolor que le resultaba escalofriantemente familiar.
"...... ¿Sangre?".
Apenas un destello que semejaba un espejismo. Al alzar los dedos para palpar el vendaje, Sarnus se turbó al descubrir un fluido carmesí manchando las yemas de su mano.
"¿Acaso la espada no había sido desenvainada ya?".
El acero podía ser arrancado de su letargo; empero, al carecer de un legítimo heredero que enarbolara su voluntad, el caballero plateado debía permanecer sumido en el silencio. Con todo, en las vendas inmaculadas que ceñían el cuello de Sarnus florecía en ese instante una gota de sangre viva y escarlata.
Era una huella ínfima, sí, pero proclamaba su existencia con rotunda claridad.
※※※※
¿Acaso quien se alzaba ante ellos era un dragón o un caballero?
Con las espadas desenvainadas, los señores feudales del norte clavaban la mirada en Vlad, quien permanecía con la cabeza gacha en silencio. El caballero rubio que instantes atrás había rugido con ferocidad desmedida lo había hecho, sin sombra de duda, con la voz de un dragón.
"Debemos decapitarlo ahora mismo".
"...... Aguardad un momento".
"Conde Peter. Comprendo vuestro pesar, pero se trata de una medida ineludible por el bien mayor".
"......".
Ante la voz apremiante que resonaba a su lado, Peter apretó los labios con fuerza. Tenían razón: en la posición que ostentaba, era su deber inexorable. Para un norte que requería unirse como un solo puño, la sangre de los Dragulia no era otra cosa que veneno puro.
"Aun así, esperemos unos instantes más".
Con todo, la espada de Peter se negaba a descender. Aquel joven caballero nacido en los callejones de Shoara y descubierto por la Casa Bayezid... Peter recordaba con nitidez al pequeño escudero que blandía su espada sin descanso bajo las murallas de Sturma. Y, junto a ese recuerdo, rememoraba la radiante sonrisa de su propio hijo al traerlo a su hogar.
"Se mueve".
Vlad, quien yacía con una rodilla en tierra y la frente inclinada, comenzó a ponerse en pie con lentitud. Al advertirlo, las miradas de los señores feudales se afilaron como puñales; varios de ellos ya invocaban su aura a través de su ojo izquierdo cerrado.
"Sir Vlad......".
Apostada tras la hilera de nobles, Alicia contemplaba al muchacho enmudecido con una congoja que amenazaba con hacerla estallar en llanto. Las inexplicables vibraciones que hacían estremecer los cimientos sacudían sin piedad su acongojado corazón.
Cruuujiiiido.
Polvo de piedra caía en cascada desde las bóvedas del techo. En medio del clamor desesperado de los fragmentos de dragón que aullaban exigiendo su atención, Vlad abrió los ojos en silencio. Aunque sus pupilas conservaban aquel azul límpido de siempre, su foco de visión era firme e inquebrantable.
"Vlad Áureo".
En medio del sepulcral mutismo, la voz del Duque de Acero, Timur, retumbó desde el sitial más encumbrado del salón de asambleas. Pese a que intentaba dominarla, un temblor inocultable quebró el final de sus palabras:
"Respóndenos a todos los presentes. ¿Quién eres tú?".
En el seno de su propio mundo interior, Timur había presenciado un prodigio que desafiaba toda creencia. Aunque los demás señores lo ignoraran por completo, Timur, en su condición de Guardián del Pacto, había visto con sus propios ojos a un joven dragón siendo investido como caballero bajo el amparo de un árbol resplandeciente.
"Yo soy Vlad".
¿Cuántas personas en este mundo sabían con certeza quiénes eran? Sin embargo, Vlad había comprendido por fin su propia identidad en esta mismísima jornada. Porque había descubierto la raíz de la que procedía y el ideal al que consagraría la totalidad de su existencia.
"El dueño de mí mismo. Vlad".
Al pronunciar aquellas palabras, Vlad dio la espalda al umbral que le habría otorgado un linaje de noble cuna. Ya no requería de un nombre impuesto por la benevolencia ajena.
¡Bum-dum!
En su pecho, que apretaba con firmeza, una estrella solitaria continuaba brillando con fulgor perenne. Vlad congregó aquel fulgor y lo canalizó serenamente hacia la Espada del Árbol del Mundo. Guiada por el latido del corazón de dragón, la hoja comenzó a resplandecer con una luz sagrada.
"Si me disculpan, iré a cumplir con mi deber".
Nadie le concedió permiso para marcharse; no obstante, Vlad echó a andar resueltamente hacia las puertas por las que había ingresado. Aquellos mismos portones que tanto empeño le había costado cruzar quedaron atrás, sin que su espalda revelara la menor vacilación.
※※※※
Respondiendo al clamor desgarrador de los fragmentos de dragón, los guivernos hendían los cielos con feroces bramidos. A medida que aquellos vestigios aullaban, las escamas de las bestias aladas se endurecían hasta el punto de desviar las flechas como si fueran paja, mientras sus llamaradas acorralaban sin tregua a los caballeros de Bastopol.
Frente a unas criaturas que alcanzaban la perfección a medida que se aproximaban a los fragmentos, a los caballeros del norte solo les restaba resistir apretando los dientes.
"¡¿Acaso esto es todo lo que tienes, Rutger Bayezid?!".
"¡......!".
¡Klaaaang!
Las espadas colisionaron; no obstante, el estrépito semejó la detonación de un proyectil. Siguiendo la ola de calor sofocante que inundó el pasillo, el rugido de Mircea resonó con salvajismo:
"¡Qué lástima da ver en qué ha quedado tu arrogancia de hace un momento!".
A través de las hojas trabadas a escasos centímetros de sus rostros, la fiera sonrisa de Mircea se revelaba implacable. Aunque su cabellera dorada presentaba manchas tiznadas como si hubiera sido chamuscada por el fuego, sus pupilas azules destellaban con la misma demencia de siempre.
"¿Por qué no repites ese insolente golpe una vez más?".
"Si tanto lo deseas...... te complaceré con gusto".
Por encima del chirrido metálico de las espadas que crujían bajo la presión, las miradas de ambos guerreros se entrelazaron. Olvidando sus rangos y la refriega que los rodeaba, ambos se hallaban completamente volcados en su rival.
"¡...... Toma esto!".
Descargando un tajo furibundo para romper el bloqueo, Rutger aprovechó el rebote para alzar su acero hacia las alturas una vez más. Aquel era su propio mundo: una fuerza extraída desde las profundidades abisales que estallaba a través del cráter de su cólera. El aura ardiente condensada en la punta de su hoja evocaba el magma hirviente expulsado por un volcán en erupción.
'¡Puedo verlo!'.
Sin embargo, ante el acero descendente de Rutger, Mircea se limitó a sonreír. Cuanto más cerca se hallaba de los fragmentos, más perfecta se volvía su percepción sensorial. La mirada draconiana, capaz de desentrañar existencias en la lejanía, le reveló con exactitud milimétrica el punto donde caería el golpe de su oponente.
¡Kbaaaang!
Junto a un estruendo ensordecedor, esquirlas de piedra derretidas por el aura saltaron por los aires; no obstante, la estocada de Rutger tan solo cercenó el aire vacío.
"¡......!".
"Ya te lo advertí antes".
Rutger percibió una presencia helada rozándole la oreja. Una voz susurrada como un soplo, pero que perforaba con la agudeza de un estilete. Guiado por un instinto más veloz que el raciocinio, Rutger rodó de inmediato por el suelo del pasillo.
"¡Eres demasiado lento!".
¡Craaac-booom!
El embate de Mircea desgarró el espacio donde Rutger se encontraba apostado un segundo antes. Incapaz de contener semejante violencia, el muro del corredor no solo fue rebanado, sino empujado y pulverizado en su totalidad. Ante una fuerza descomunal que rebasaba con creces los límites de la condición humana, un frío mortal recorrió la espina dorsal de Rutger.
"...... Conque esto era".
Mircea contemplaba el pasillo anegado por el polvo blanquecino con una sonrisa de embriaguez. Aquel impacto resultaba formidable incluso a sus propios ojos. Una sensación electrizante le recorría los brazos hasta alcanzar los confines de su mente:
"Esto es lo que significa ser un dragón".
Reconocer la propia grandeza a través del enemigo destrozado. Al divisar a lo lejos a Volkov y a los caballeros norteños tendidos en el suelo, y a Rutger arrojado contra los escombros por la mera onda de choque, Mircea comprendió al fin su verdadera naturaleza.
Él era un dragón. Un ser supremo y perfecto al que semejante gentuza jamás podría detener.
"Pongamos fin a esto. Ya no tengo nada que hacer contigo".
Hacía apenas un instante, Rutger se medía de igual a igual frente a él; sin embargo, bajo el prisma de la mirada draconiana, el heredero de Bayezid se había convertido en una existencia inferior. Si algo yace a tus pies, aplastarlo y continuar mirando hacia la cumbre es el instinto primordial de un dragón. Para salir al encuentro de un reino superior como el del Duque de Acero, Mircea decidió trepar sobre el cadáver de Rutger.
"Aquí nos despedimos".
"...... Inténtalo si puedes".
Viendo a Mircea disponerse para el tajo final, Rutger respiró hondo en silencio. Ignoraba la causa, pero su adversario se volvía más poderoso por momentos. Antes de que el ímpetu de Mircea se transformara en un torrente insalvable, Rutger debía cercenarlo a toda costa.
"......".
A través de su ojo cerrado, el mundo interior de Mircea semejaba una gema deslumbrante. Esculpido por manos maestras, su dominio perseguía una pureza inmaculada que no admitía la más mínima imperfección.
¡Bum-dum!
No obstante, Mircea fue incapaz de desatar el poder que yacía en lo hondo de su ser: acababa de advertir una presencia que se precipitaba desde la espalda de Rutger a una velocidad vertiginosa.
"¡¿Quién anda ahí?!".
Una celeridad que ni la agudeza visual de un dragón podía aprehender con facilidad. Y la luz que cargaba contra él era de un dorado refulgente y fastuoso como ningún otro.
¡Klaaaang!
Más veloz que el más raudo de los dragones.
Más afilado que el más temible de los dragones.
"¡Soy Vlad de Shoara!".
Dos mundos colisionaron al fin. Y los dos jóvenes que chocaban de frente compartían unos ojos azules idénticos.
※※※※
Ruuuuumble.
Al encontrarse dragón con dragón, los fragmentos sepultados en las profundidades comenzaron a rugir con frenesí. Eran las presencias más cercanas a la perfección que jamás hubiesen convocado; reconociendo aquel fulgor insondable, los vestigios clamaban exigiendo que los reclamaran.
"No deberíamos estar enfrentándonos de este modo, ¿sabes?".
"¿Y qué clase de relación se supone que deberíamos tener?".
Al hallarse trabadas, las espadas resonaban con un bramido feroz. Entre aquel que pugnaba por avanzar y aquel que cerraba el paso no mediaba la menor fisura.
"A estas alturas tú también lo sabes. Quién eres en realidad".
¡Krrriiiik!
El equilibrio entre ambas hojas se inclinó abruptamente en contra de Vlad. La potencia colosal propia de un dragón empujaba al muchacho sin darle cuartel.
"Ggggh......".
\[¡Sal de ahí de inmediato! ¡No intentes medirte con él bajo los estándares de un mortal!\]
Las baldosas de mármol bajo los pies de Vlad se hacían añicos sin piedad. Aunque aquel suelo había resistido el paso de los siglos, sucumbía pulverizado ante una presión tan despiadada.
"Ven con nosotros, hermano menor. Para el hombre en que te has convertido hoy, tu derecho y tus méritos sobran con creces".
El vástago más brillante entre todas las semillas esparcidas por su padre. En la invitación de Mircea a unirse a la Casa Dragulia residía una sincera certeza: al fin y al cabo, así era como siempre se había preservado el linaje de los Dragulia.
"¡Vete a la mierda......!".
"¡......!".
Lejos de conmoverse, la propuesta de Mircea solo encendió una llamarada de cólera ciega en el pecho de Vlad:
"¡Esa soplipollez debisteis haberla dicho antes de que muriera mi madre!".
"¡......!".
Si tan ilustres y formidables eran, deberían haber acudido a tenderle la mano en aquel entonces. Cuando su madre exhaló el último suspiro, el invierno era tan gélido y él era tan pequeño que ni siquiera fue capaz de erigirle una tumba decente.
¡Krrrk-craaac!
Al compás de la furia de Vlad, la Espada del Árbol del Mundo recuperó la simetría milímetro a milímetro. Una fuerza colosal capaz de repeler la propia potencia draconiana brotó desde los músculos de Vlad.
"Si no estuviste allí en aquel momento, ¡¿cómo coño podrías ser mi hermano ahora?!".
¡Baaaaam!
Si tú eres un dragón, yo también lo soy. Junto al amargo poso de sus recuerdos, Vlad aceptó su naturaleza vinculada a los Dragulia. Aun cuando detestara y quisiera rechazar la sangre que corría por sus venas.
"¡Kgh!".
Acostumbrado a blandir semejante poder pero habiéndolo recibido por primera vez en su vida, Mircea retrocedió despedido varios metros a lo largo del pasillo ante la violencia del contraataque.
"¡Lord Rutger!".
"Comprendido".
Hay pensamientos que se transmiten sin necesidad de mediar palabra. Cruzando sus miradas, ambos guerreros supieron con exactitud qué hacer gracias a las incontables batallas compartidas.
"¡Gáname algo de tiempo!".
¡Clavada!
Hundiendo su acero en el suelo, Rutger cerró de inmediato el ojo izquierdo y se sumergió nuevamente en las simas de su propio mundo. Más hondo que antes, hasta rozar el núcleo mismo de su ser. Aprovechando el tiempo que el más formidable cazador de dragones de Bayezid le ganaba con su resolución.
"¡Vlad! ¡Vlad Dragulia!".
"¡No te atrevas a llamarme Dragulia!".
Frente a un Mircea que avanzaba desde la penumbra, Vlad bramó a voz en cuello: aceptaba haber nacido con esa sangre, pero no consentiría jamás que lo llamaran por ese apelativo. Porque ese no era más que el nombre con que ellos pretendían encasillarlo:
"¡Porque yo jamás viviré como vosotros!".
Vlad, Vlad, Vlad.
Enarbolando con orgullo el nombre que él mismo se había forjado, Vlad comenzó a erigir su propio mundo rememorando a cada una de las personas que lo habían ayudado a obtenerlo. Aquel árbol áureo brotado de su alma se cimentaba sobre la tierra fértil que sus maestros le habían brindado:
"¡No viviré como un dragón, sino como un caballero!".
El paso firme con que hollar la tierra, aprendido de Zayar.
La técnica con que ladear y desviar los embates en la coraza, heredada de Yustia.
La senda óptima para abalanzarse sobre el enemigo, transmitida por Auguste.
La energía inquebrantable que envuelve el cuerpo, legada por Ramund.
Y el misterio del golpe letal absoluto que desataría a partir de este instante, otorgado por el caballero entre caballeros: el Maestro de la Espada.
"¡Hyaaaaaaaah!".
Acompañando el rugido atronador de Vlad, la Espada del Árbol del Mundo destelló con una luminosidad descomunal. Aquella luz procedía de su mundo abisal, arrastrada al unísono por el latido de un corazón que palpitaba junto a las estrellas.
Mírame bien, dragón.
Mira quién soy.
Aquel que ya no necesita del nombre de nadie para brillar, pues resplandece con luz propia.
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• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨

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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela)
Capítulo 196
El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 195
Estás leyendo el capítulo 195 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.