Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 194 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Un dragón era, por naturaleza, perfecto.
Colosal, veloz, afilado, indestructible y, por encima de cualquier otra entidad en este mundo, la existencia más cercana a los cielos.
Qué embriagador resultaba el mero pensamiento de poder convertirse en un ser al que todos contemplaran con reverente sumisión.
¡Tum, tum!
¡Tum, tum!
Ahora mismo, desde las más insondables profundidades, yacían fragmentos que tentaban a Vlad. Fragmentos de dragón que ansiaban alcanzar la consumación de la perfección.
Kihano no era el único capaz de reconocer la más deslumbrante de las posibilidades.
"¡Ugh... aaaaaah!"
¡Pum! ¡Pum!
Por más que se esforzaba en serenarse, su corazón, que retumbaba con violencia desmedida, se negaba por completo a apaciguarse. Y, junto a ese estruendo palpitante, comenzaron a brotar la furia y la demencia.
Arrastrado por el indómito instinto de dragón contra el cual era incapaz de oponer resistencia, Vlad comenzó a rugir mientras aporreaba el suelo con desesperación.
"\[¡No mires hacia abajo! ¡Mira hacia arriba, Vlad!\]"
El clamor de Kihano resonó desde lo más hondo de su espíritu, pero el atronador palpitar de su corazón sofocaba su voz.
El gusano de la muerte que emboscaba a los peregrinos. El lindwurm que devoraba a los bárbaros. E incluso Nidhogg, que pretendía engullir a los tiernos espíritus del Árbol del Mundo. Dragones que habían intentado arrebatar lo que pertenecía a otros en vez de conformarse con lo propio.
Ante la aplastante verdad de que por su propio cuerpo corría exactamente la misma sangre que la de aquellas bestias, Vlad sucumbió a la indignación.
"¡¿Entonces qué sentido ha tenido todo lo que he hecho hasta ahora?!"
A medida que transcurrían los segundos, sus pupilas se teñían de un azul acerado y sus colmillos se afilaban. Al presenciar cómo Vlad sucumbía progresivamente al instinto de su sangre, los señores feudales del norte comenzaron a desenvainar y enarbolar sus aceros.
"¡Vlad! ¡Sir Vlad!"
Incluso la voz angustiada de Alicia, que gritaba al contemplar semejante escena, se tornaba distante y difusa, mientras la conciencia de Vlad comenzaba a sumergirse con lentitud hacia el abismo donde reposaban los fragmentos de dragón.
Aquella seducción emanada de los fragmentos, a la que incluso el lindwurm que yacía a gran distancia no había podido evitar responder, constituía un reclamo que resultaba casi imposible de rechazar para Vlad, quien apenas acababa de tomar conciencia de su linaje de dragón.
"..."
Del blanco al esmeralda. Del esmeralda al azul lunar, transitando por el dorado hasta desembocar ahora en un siniestro tono carmesí semejante a la sangre.
Al contemplar el mundo interior de Vlad, sumido en el caos de ignorar su propia identidad, Timur no lograba disimular la pesadumbre que embargaba su pecho.
"\[¡Aunque hayas nacido como un dragón, no tienes por qué vivir como uno!\]"
La voz de Kihano quedaba cada vez más sepultada bajo los desbocados latidos de aquel corazón. No obstante, las últimas palabras que Kihano anhelaba transmitirle lograron clavarse hasta alcanzar el rincón más recóndito del alma de Vlad.
No vivas conforme al molde en que naciste.
Te lo ruego: vive de la manera que anheles vivir.
Tal como en aquel tiempo en que, a pesar de haber nacido como un dragón, levantaste la mirada hacia las estrellas.
Vlad, que se hundía pausadamente siguiendo la llamada de los fragmentos, alzó la cabeza ante el último clamor de Kihano.
Allí, visible únicamente por haberse sumergido en semejante profundidad, flotaba una estrella que jamás había dejado de velar por él.
\*\*\*
"¡Kgh!"
Volkov se aferró con fuerza la mano entumecida y retrocedió de inmediato varios pasos.
Por desfavorable que fuera la compatibilidad entre sus armas, Volkov de la Jabalina era uno de los caballeros más representativos de todo el norte. Sin embargo, en aquel instante, bañado en sudor frío, apenas si lograba contener a duras penas las embestidas de Mircea.
'¡¿Acaso era así de fuerte?!'
Rápido, afilado y sólido.
Su postura, desprovista del más mínimo resquicio por el cual abrirse paso, encarnaba la perfección absoluta. Más aún, daba la impresión de que el aura que erigía se volvía más profunda con cada paso que daba hacia adelante.
"Tal como había oído, la hospitalidad del norte es ciertamente deplorable".
Cuanto más se aproximaba, más voraz se tornaba el ímpetu de Mircea. Volkov, incapaz de discernir el motivo de semejante despliegue, se limitaba a disponerse lo mejor posible con todo lo que tenía a su alcance.
"Haber volado desde tan lejos para encontrarme tan solo con esto..."
Ante el insolente desdén de Mircea, los caballeros que yacían derribados por el suelo comenzaron a removerse con lentitud. Con todo, la razón por la que no lograban ponerse en pie radicaba en que el golpe que aquel hombre les había asestado había calado con excesiva crueldad hasta sus huesos.
"Si esto es todo, me temo que estoy sinceramente decepcionado".
Al observar a Mircea pisotear sin clemencia el orgullo del norte, las cejas de Volkov se crisparon. El aura comenzó a condensarse en plenitud sobre la última jabalina que le restaba.
"Así me gusta. Al menos debías ofrecer algo a esa altura".
El porte que exhibía era decididamente temible, mas Mircea, que lo contemplaba de frente, se limitó a sonreír con complacencia.
Mircea disfrutaba de la situación presente mientras sentía una insólita euforia ascender desde lo más profundo de sus entrañas. Se deleitaba embriagándose en su propia existencia, la cual se aproximaba más a la perfección a medida que avanzaba hacia adelante.
"... No podemos permitir que te quejes de nuestra hospitalidad".
Sin embargo, resonó una voz que detuvo de golpe sus decididos pasos. Aquel sonido fluía desde la retaguardia de Volkov, quien hasta hacía un instante había estado reteniendo a Mircea.
\*Tiiing...\*
Una resonancia límpida y cristalina del acero vibrando.
Rutger, tras haber hecho chasquear su dedo contra la hoja de su espada, alzó con lentitud la cabeza. De su ojo izquierdo cerrado manaba un aura rojiza, densa y viscosa.
"En ese caso, a partir de este momento seré yo quien te atienda".
Un aura abrasadora y espesa como el magma se deslizaba a lo largo del filo del acero de Rutger. Su mundo era un dominio semejante a un volcán. En lo más profundo del pecho de aquel hombre que sonreía con fiereza, aún ardían con furia incontenible la herida y la cólera.
"Cobrándome también la parte de los caballeros que cayeron en mi lugar".
Aprovechando el tiempo que sus caballeros le habían ganado, Rutger había descendido hasta su rincón más abismal para extraer su propio mundo.
"¡...!"
La furia que Rutger había estado conteniendo durante todo aquel tiempo estalló como un volcán en erupción y fluyó desbocada en dirección a Mircea.
¡Bum!
Al blandir finalmente una sola estocada, los ventanales del corredor estallaron en añicos y las losas del suelo comenzaron a resquebrajarse. Entre los fragmentos que salían despedidos por el aire, una línea teñida de carmesí se lanzó al asalto.
"¡Por fin podré estamparle un buen golpe a esa fachada tan engreída!"
"¡Rutger... Bayezid!"
Los ojos azules y el mundo escarlata colisionaron a escasa distancia entre filo y filo.
Desprovistos ya de cualquier atadura que los frenase, ambos guerreros comenzaron a rugir el uno contra el otro.
\*\*\*
La sala de asambleas parecía haber quedado sumida en un silencio sepulcral, como si alguien le hubiera arrojado encima un balde de agua helada.
Vlad, de pie junto a la entrada, alzó la cabeza tambaleándose. La forma en que continuaba aferrándose el pecho dejaba en claro que su estado distaba mucho de ser normal.
"... ¿De verdad, de verdad puedo hacerlo?".
"¿Qué?".
Timur, que no apartaba la mirada de Vlad, quedó desconcertado por un instante ante aquella abrupta interrogante.
Bien comprendía que hablaba para sí mismo, pero no sonaba en absoluto como la pregunta de un desquiciado.
"De verdad... ¿como yo quiera?...".
Las pupilas de Vlad, tornadas de un azul intenso, aún no lograban enfocar. Parecían la mirada de alguien poseído, mas el penetrante fulgor de sus ojos resplandecía con tal viveza que parecía a punto de estallar.
"¡Mi señor duque!".
Timur giró la cabeza por un instante ante la voz de Fernand, quien lo llamaba a su lado con apremio.
"¡...!".
Era la verdad precisamente porque no cambiaba. Sin embargo, aquella balanza que pretendía revelar la verdad se estremecía en ese instante, inclinándose con lentitud hacia el lado opuesto. Ver cómo se revocaba una verdad ya dictaminada era una escena jamás presenciada, tanto para Fernand como para Timur.
"¡Joven dragón! ¡Por ahí no! ¡Mírame a mí!".
"¡No anheles aquello difícil de alcanzar! ¡Tan solo a tu alrededor ya está lleno de cosas que podrías acaparar con solo extender la mano!".
Aunque los gritos de los fragmentos resonaban en sus oídos, en este instante Vlad los escuchaba, pero no los miraba. Pues al alzar la vista, Vlad contempló primero a Timur ante él... y ahora, yendo más allá de este, miraba hacia el confín del techo.
"... ¿De verdad puedo hacerlo?".
Más allá de la espada sin ornamentos, dejando atrás la luna azul, en aquel cielo distante donde al fin era posible el encuentro, aguardaba una solitaria estrella. Al contemplar esa estrella, que resplandecía con mayor gloria que cualquier existencia con la que se hubiese topado jamás, Vlad alzaba la cabeza una vez más.
\*¡Rrrrummm!\*
"¡Mi señor duque!".
"¡¿Qué es esto?!".
"¡Aaaah!".
Ante el violento estruendo que de pronto se propagó desde las entrañas de la tierra, los señores del norte comenzaron a sumirse en el desconcierto y el pánico. Aquella vibración que sacudía la ciudad entera era semejante al alarido de los fragmentos, que se negaban a dejar marchar al joven dragón de semejante manera.
'¡... Conque de verdad es un dragón!'.
Como Guardián del pacto, Timur, el Duque de Acero, comprendía bien que la sacudida actual estaba siendo provocada por los fragmentos del dragón. De ser así, Vlad, quien estaba frente a él, debía de ser inequívocamente un dragón.
"... Sin embargo, se ha inclinado".
No obstante, la vieja balanza que no dejaba de temblar ya se había volcado por completo hacia el lado opuesto. La antigua moneda que descansaba sobre el platillo inclinado era una pieza acuñada con aquel metal honorable que, según decían, el Maestro de la Espada de antaño había desprendido de su propia hoja.
"¿Quién eres tú?".
Tanto los fragmentos del dragón como la balanza de la verdad aseguraban tener la razón. Incapaz de emitir un juicio entre el deber del pacto que le exigía blandir su espada para cercenarlo y el deber del caballero que le ordenaba protegerlo, Timur cerró en silencio su ojo izquierdo y contempló a Vlad frente a él.
"...".
Un mundo que se hacía visible al cerrar el ojo. En aquel mundo sosegado donde no se escuchaban ni el retumbar de la tierra ni los gritos de los señores feudales, Timur pudo divisar la silueta de espaldas de alguien. Aquel hombre que permanecía de pie interponiéndose ante Vlad aún mantenía ambas manos levantadas en ese preciso instante, cubriéndole los oídos al joven dragón.
\* \* \*
Todos los niños nacidos en este mundo habían extendido alguna vez sus manos hacia las estrellas. Y fue al comprender que, por mucho que cerraran el puño, jamás las alcanzarían, cuando se convirtieron en adultos.
"Mocoso. Si te da por albergar sueños en un lugar como este, el único que sufrirá serás tú".
Así lo había dicho también el viejo maestro herrero. Que si te empeñabas en perseguir sueños imposibles en un sitio del que no podías escapar, el único atormentado serías tú. A fin de cuentas, tal vez el destino de todos los niños fuera vivir tal como habían nacido.
"\[Así es. Tú naciste como un dragón\]".
Aun así, yo lo creía. Que esta vida mía no había nacido para arrastrarse sobre el fango. Aunque no fuese algo grandioso, yo era alguien que deseaba poseer su propia luz.
"\[Pero no hay ninguna necesidad de que vivas como un dragón\]".
Incluso si no logro alcanzar aquel firmamento, si deseo brillar por mí mismo, entonces seré una estrella. Y en el cielo hacia el que alzo la mirada, habrá sin duda, algún día, una luz que me reconozca.
"... Santo Dios".
La silueta de espaldas de un hombre reconocible precisamente por ser él el Guardián del pacto. Timur, habiendo conectado con ese mundo a través de su ojo izquierdo cerrado, solo pudo sobrecogerse de estupor al comprender la escena que estaba presenciando.
A espaldas de Vlad, quien contemplaba la estrella, un árbol brotaba y florecía. El color de aquel árbol era dorado, y crecía recto e imperturbable, elevándose hacia la estrella que flotaba en lo alto de aquel firmamento.
Una de las facetas que componían el árbol era Vlad de Shoara. Otra faceta era Vlad Áureo. Y la faceta restante era Dragulia, la cual no tenía más remedio que aceptar por haber nacido con ella. Habiendo asumido incluso su parte oscura como propia, por fin había llegado el momento de que Vlad hallara a su verdadero ser.
"\[¿Empuñarás la espada de ahora en adelante por el potencial de los niños?\]".
"Sí".
"\[Si te hallas donde debes estar, sin importar en qué lugar te encuentres, ¿no darás la espalda a tu deber?\]".
"Sí".
Teniendo al Guardián del pacto como testigo, se estaba llevando a cabo la ceremonia de investidura entre el muchacho y el caballero. Era un instante sagrado al que los rugidos del dragón que resonaban allá abajo jamás podrían alcanzar.
"\[Entonces, por último\]".
Kihano apartó las dos manos con las que cubría los oídos de Vlad, extrajo una espada de entre sus recuerdos y la posó sobre el hombro del joven. El caballero plateado que resplandecía con fulgor era mucho más imponente y luminoso que cuando lo vio por primera vez en el joven Árbol del Mundo.
"\[Por el bien de tu persona, que siempre habrá de mantenerse honorable, ¿podrás aceptar únicamente una justa retribución?\]".
No codiciar lo ajeno, no arrebatar nada a los demás y aceptar tan solo mi justa recompensa. Al escuchar aquel precepto de caballería que la luna azul le había enseñado en el pasado, Vlad pudo al fin cruzar su mirada con la de Kihano frente a él.
"Sí".
Al ver a Vlad jurar que, habiendo nacido como un dragón, viviría como una estrella, el Maestro de la Espada retrocedió lentamente.
"\[Tú, que has jurado cumplir con todos tus deberes, a partir de hoy eres el dueño de ti mismo\]".
Con la solemne proclamación de Kihano, entre los latidos de su palpitante corazón comenzó a asentarse una luz estelar, y no la sangre de dragón. No la figura con la que había nacido, sino la imagen de quien él deseaba ser.
De ese modo, Vlad contempló la solitaria estrella que anidaba en el interior de su corazón.
La espada sin ornamentos se había quebrado y, en última instancia, jamás alcanzó la luna azul; sin embargo, Vlad había sido capaz de albergar en su pecho una nueva estrella con la que volver a soñar.
Aquella estrella era la luz que con mayor cercanía había iluminado al muchacho hasta ese día.
Y al pronunciar su nombre en voz alta, era la estrella conocida como el Maestro de la Espada.
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• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨

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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela)
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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 194
Estás leyendo el capítulo 194 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.