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Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 193 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Un corredor largo y espacioso. A lo lejos, un hombre avanzaba pisando el amarillo intenso del crepúsculo. Aquel corredor por el que transitaba en ese momento era un camino reservado exclusivamente para la más encumbrada nobleza, y al final de ese sendero aguardaban los señores feudales, la máxima cúspide del poder del norte. "..." El Duque de Acero Timur mantenía los labios firmemente apretados mientras observaba a Vlad aproximarse hacia la sala de deliberaciones. Un cabello dorado y resplandeciente, y ojos de un azul profundo. A ello se sumaba una fisonomía de porte netamente aristocrático. 'Ahora que lo miro con detenimiento... es indudable que se le parece'. Al contemplar a Vlad acercarse siguiendo la estela del sol poniente, el Duque de Acero Timur fue capaz de rescatar un recuerdo sumamente antiguo de las profundidades de su memoria. Alguien con una presencia tan imponente que resultaba imposible de olvidar. El Duque Sarnus Dragulia. Hasta el punto de preguntarse cómo no lo había advertido antes, la apariencia actual de Vlad guardaba una similitud pasmosa con la estampa que recordaba del Duque de la Sangre de Dragón. "Mi señor duque". Timur, que cavilaba sin apartar los ojos de Vlad, desvió sutilmente la mirada ante el tenue llamado de Fernand. "Está oscilando". "... Hum". La balanza que sostenía el anciano mago se mecía sin descanso. Era una pequeña balanza que cargaba en uno de sus platillos un ornamentado broche con la figura de un dragón esculpida, mientras que en el otro descansaba una vieja moneda grabada con el emblema de una espada. "¿Hacia cuál de los dos lados se inclina?". "Me temo que solo podremos saberlo cuando se aproxime un poco más". Tal y como decía Fernand al admitir su incertidumbre, la vetusta balanza que portaba no cesaba de balancearse de un lado a otro. Y aquella oscilación se volvía cada vez más turbulenta a medida que los pasos de Vlad se acortaban. "... Parece ser que ni esa cosa es capaz de discernirlo". Timur sentía que comprendía el desconcierto que embargaba a la vacilante balanza. Pues la sombra del atardecer, volviéndose más densa conforme se reducía la distancia, velaba el rostro del joven que caminaba hacia ellos. ¿Acaso lo que avanzaba hacia él desde el confín del ocaso moribundo era un dragón o un caballero? Sin embargo, a Timur le daba la impresión de que, sin importar cuánto se acercase Vlad, seguiría siendo incapaz de reconocer quién era en verdad. \* \* \* \*Creeeck...\* Con un chirrido pausado, la silueta de Vlad fue desvaneciéndose tras las puertas que se cerraban. Los siete caballeros que habían permanecido allí por su estricto deber de guardia se quedaron en el corredor, contemplando en silencio su partida. "A juzgar por la entrada de Sir Vlad, parece que la reunión casi ha concluido". "Todo apunta a que así es". "Tal como se planeó, lo mejor será que esto tenga un cierre impecable". Los caballeros comprendían a la perfección qué significaba el ingreso de Vlad. La asamblea había finalizado y lo único que restaba por delante era una proclamación conjunta y un juramento de unidad. En un marco semejante, lo único que podría hacer falta sería, acaso, un brindis de celebración para avivar los ánimos. "¿Decían que apenas tiene veinte años?". "Con razón suele decirse que los talentos excepcionales nacen en épocas convulsas; parece que el viejo dicho no mentía". Un emperador sin legitimidad que ascendía al trono, la guerra de las tierras centrales que aún rehusaba extinguirse, y ahora, entidades perversas que acechaban el norte. En medio de un panorama plagado de noticias desalentadoras, la figura de Vlad constituía, sin duda, uno de los pocos estandartes en los que el norte podía hallar consuelo. "¿Mm?". Mientras los caballeros se hallaban congregados departiendo entre sí, Rutger sintió un repentino erizamiento en la piel y se llevó la mano a la nuca. '¿Qué es esto?'. Era una sensación idéntica a la de una hoja fría y afilada rozándole el cuello. Aquella helada advertencia, captada antes por el puro instinto, trepaba a lo largo de su nuca y se propagaba progresivamente por todo su cuerpo. "..." "..." Al recorrer los alrededores con la mirada presa de esa extraña turbación, Rutger cruzó en ese mismo instante los ojos con Volkov. Aquella no era una simple aprensión personal; era una percepción que Volkov también había registrado. Al mirarse mutuamente, ambos comprendieron al unísono que aquel escalofrío no era fruto de una paranoia solitaria. "¡Algo se aproxima!". "¡Hup!". \*¡Fiuuuuush!\* Un corredor en penumbras, una distancia remota cuyos confines no alcanzaba la vista. Sin embargo, en dirección a aquel punto invisible pero plenamente perceptible, Volkov arrojó su jabalina sin el menor asomo de vacilación. Fue un movimiento corporal incomparablemente más veloz que el propio grito de alerta de Rutger. "¡Ugh!". "¿Pero qué demonios...?". Ante el agudo estruendo del aire desgarrado que resonó justo a su lado, Duncan y Ernst se cubrieron instintivamente los oídos. "¡...!". La mirada de Volkov, fija en el extremo del pasillo, se tornó lacerante. Si bien el objetivo no estaba a la vista, el tiempo transcurrido bastaba con creces para que el proyectil hubiese hecho impacto. No obstante, el esperado sonido de la jabalina ensartando un blanco jamás se produjo; el oscuro pasillo permanecía sepultado en una quietud imperturbable. "... ¡Maldición!". \*¡Fwoooosh!\* Volkov, que escudriñaba el tenebroso corredor, abrió los ojos con desmesura. Había visto la jabalina regresar hacia él envuelta en un ímpetu tan feroz y colosal como aquel con el que había sido arrojada. '¿Acaso la atrapó al vuelo?'. Se trataba de un tiro que incluso el Lindwurm, el más veloz de los dragones, apenas si lograba esquivar con desesperación. Con todo, el adversario no la había esquivado ni desviado; parecía haberla sujetado limpiamente con la mano. \*¡Claaaang!\* "¡Ghk!". Entre la lanza que Volkov blandió a toda prisa para desviar el proyectil y la jabalina que regresaba, saltó un torrente estruendoso de chispas incandescentes. Tan solo con la cortante onda expansiva que se propagó al unísono con aquel destello, los caballeros que aún no habían forjado su propio mundo interior trastabillaron con violencia. "¡¿Una emboscada?!". "... Parece que han logrado infiltrarse". Al advertir la gravedad de la situación ante el chispazo fulgurante, Karoly y Guillermo se interpusieron con presteza al frente del grupo. Aquel era un recinto dispuesto en las entrañas más profundas de una ciudad que bajo ninguna circunstancia debía ser vulnerada. Que alguien hubiese alcanzado ese punto sin levantar la menor señal de advertencia era, a su vez, una prueba fehaciente de que el asaltante que aguardaba frente a ellos poseía una destreza fuera de lo común. "¡¿Quién demonios eres?!". Con un chirrido de dientes apretados por la furia, el ojo izquierdo cerrado de Karoly comenzó a emitir un tenue resplandor. Bastopol, la ciudad de la que se afirmaba que jamás había caído en toda su historia. Aun cuando Karoly no fuera un caballero al servicio de la Casa Baranov, la fortaleza de Bastopol representaba prácticamente el orgullo mismo de los caballeros del norte. "¡Deja de esconderte y sal de una buena vez!". Acompañado por un rugido estentóreo destinado a imponerse desde el inicio, Sir Karoly afianzó su postura defensiva enarbolando el hacha en alto. Si en las tierras centrales existía un Pablo de Arnstein, en el norte se erigía Karoly de Harkita. Semejante a murallas de fortaleza, la postura de ambos ostentaba una solidez inquebrantable que no cedería con facilidad frente a nadie. \*¡Boooooom!\* Sin duda, así debió haber sido. Tal era la inquebrantable firmeza de la postura defensiva de Karoly. "¡Gah!". Una silueta brotó desde la negrura. Mas para cuando lograron percatarse, el atacante ya se cernía sobre ellos, dedicándole a Karoly una sonrisa cargada de frialdad. '¡Esto es...!'. En el instante en que el hacha y la espada colisionaron, comenzó a desatarse una marea embravecida semejante a un tifón. Fue un impacto de tal magnitud que con solo percibir la ráfaga de viento azotando la piel se podía deducir el descomunal caudal de fuerza liberado en aquel único golpe. "¡Agh!". Incapaz de resistir semejante embate, Karoly salió despedido contra el muro soltando un alarido seco. Aquella postura defensiva que asemejaba a una sólida muralla fue erradicada de cuajo ante un solitario y fulminante mandoble. "¡Karoly!". "¡No es un rival cualquiera!". Al ver cómo Karoly era derribado de manera tan estrepitosa, Guillermo y Ralf se lanzaron al asalto al unísono. Ahora era la luz de la luna, y no la del crepúsculo, la que se filtraba por el sombrío pasillo. Allí, en completa soledad, un hombre de cabellos dorados contemplaba a los feroces caballeros del norte que se abalanzaban sobre él y sonreía con fría indiferencia. "¿La Orden de Caballeros Matadragones?" Bañado por la luz lunar que caía a raudales, Guillermo blandió su espada con furia mientras distinguía el blasón que resplandecía ante sus ojos. Los dragones que matan dragones. Por encima de la armadura grabada con el blasón de Dragulia, los ojos azul intenso de aquel hombre refulgían con nitidez. ¡Dum-dum! "Es demasiado predecible." "¿Qué?" La esgrima de Romnie ostentaba el renombre de ser capaz de desorientar a cualquier caballero, sin importar quién fuese. Sin embargo, aquel hombre de mirada azulina fue capaz de frenar en seco las incesantes variaciones de Guillermo con una única estocada. "Digo que tus intenciones son demasiado superficiales." "¡...!" Al contemplar a Mircea sonriéndole de frente, a Guillermo se le erizó la piel por completo. Fue porque, al compás de aquella sonrisa, sintió el gélido tacto del acero hundiéndose en sus carnes. "¡Aaaagh!" "¡Maldito seas!" Desde el flanco del maltrecho Guillermo, otro caballero se abalanzó con ímpetu feroz. Al encontrarse con la hoja clavada en su adversario, era un flanco que forzosamente debía quedar desguarnecido. Aprovechando la crisis de Guillermo como su mejor oportunidad, Ralf de Maringen, un veterano curtido en mil batallas, descargó su estocada sin vacilar. '¡Si es aquí...!' Al tener la mano derecha ocupada empalando a Guillermo, le resultaría imposible reaccionar con presteza ante aquella embestida. Incluso si lograse reaccionar, no pasaría de ser una simple maniobra evasiva... ¡Baaam! "¡Cof!" Sin embargo, Ralf sintió una pesada y brutal presión aplastándole el abdomen y salió despedido hacia atrás de manera estrepitosa. Como si lo hubiese estado aguardando desde el principio, una patada se había disparado con precisión milimétrica justo hacia la trayectoria de su avance. Incluso en medio de la consciencia que comenzaba a nublársele, Ralf comprendió con amarga certeza que su oponente había previsto la contienda con varios movimientos de ventaja. "¡Atrás!" "¡Gugh!" Guillermo, que tenía el hombro atravesado de parte a parte, solo pudo zafarse gracias a la oportuna intervención de Volkov. Con aquel movimiento desesperado de repliegue, un chorro de sangre escarlata salpicó el corredor. "Pensar que los caballeros de los que tanto se enorgullece el norte no eran más que esto. Vaya decepción." "..." Tras haber puesto a salvo a Guillermo, Volkov alzó su jabalina apuntando hacia el hombre que se erguía frente a ellos. Cuando la luna, que antes asomaba a medias, maduró por completo en lo alto, el panorama se reveló en toda su crudeza. Tres caballeros derribados en un estado lamentable se retorcían en el suelo a espaldas de Volkov. Todos y cada uno de los hombres que yacían allí postrados eran guerreros cuyos nombres jamás habrían podido tomarse a la ligera. "Mircea... Dragulia." "Cuánto tiempo sin vernos, Sir Volkov." Y allí estaba el hombre que había despachado a semejantes caballeros en el escaso tiempo que toma beber una taza de té. La Orden de Caballeros Matadragones, una fuerza que disputaba la cúspide indiscutible entre las incontables órdenes del imperio. "He venido a ver al Duque de Acero. ¿Tendría la amabilidad de apartarse del camino?" Y aquel no era otro que el mismísimo comandante de dicha orden, Mircea Dragulia. "En parte, también para saldar la deuda de gratitud por haber cuidado con tanto esmero de mi hermano menor, Radu." En aquel instante, él sonreía sobre la ciudad que jamás había sido doblegada. \*\*\* "¡...!" Apenas unos cuantos pasos lo separaban del umbral del salón del consejo. Estando a una distancia tal que ya podía distinguir con claridad los rostros de Peter y Alicia al frente, Vlad detuvo sus pasos en seco. ¡Dum-dum! Los extraños latidos que venía experimentando desde el mismísimo instante en que puso un pie en la ciudad se tornaban cada vez más salvajes. Hasta un punto en que ya no le resultaba posible mantenerlos bajo control. "... ¿Qué es esto?" A medida que avanzaba, a medida que acortaba la distancia hacia Timur, aquel corazón escapó por completo al dominio de su voluntad y comenzó a galopar a su propio albedrío. Un corazón que emprendía una carrera desatada impulsado por el instinto, no por la razón. Habiendo experimentado una sensación semejante en el pasado, Vlad se mordió los labios en silencio y permaneció inmóvil en su sitio. "... Mi señor duque." "Habla." Los señores feudales que permanecían sentados parecieron advertir la anomalía en Vlad, pues giraron la cabeza al unísono hacia Timur. Sin embargo, aun bajo el peso de todas aquellas miradas, Timur se limitó a clavar los ojos únicamente en Vlad. La mano derecha de Timur, que descansaba con naturalidad, se encontraba en una posición desde la cual podía tanto tomar el decreto que reposaba a su lado como empuñar la espada que pendía de su cinto. "¿Qué ocurre?" Aquel hombre que finalmente había arribado ante su presencia tras abrirse paso a través de los últimos fulgores del ocaso. Ante la pregunta de Timur, la balanza que vacilaba en el pecho de Vlad terminó por inclinarse de forma definitiva. "... Es un dragón." La pesa que señalaba la vieja balanza encargada de revelarle la verdad apuntaba directamente hacia el sitio donde se encontraba aquel broche primorosamente labrado con la silueta de un dragón. ¡Ching! "¡...!" Ante el repentino estruendo metálico, Timur dirigió la mirada al frente a toda prisa. Allí se encontraba Vlad, quien había desenvainado su acero mientras mantenía el ojo izquierdo cerrado. '¡Vlad...!' Vlad había desenvainado su espada apuntando directamente hacia los señores feudales. Ante una actitud tan sumamente profana, Peter se estremeció de pies a cabeza, mientras que Alicia ahogó un chillido en su garganta al percatarse de que las pupilas de Vlad refulgían con un azul infinitamente más intenso de lo habitual. "¿Qué significa esta conducta, Vlad Áureo?" "..." Frente a la imprevista reacción de Vlad, los señores versados en el arte de la espada comenzaron a ponerse de pie con pausada severidad. Un señor del norte solo podía llegar a serlo si era capaz de sobrevivir a la crudeza de los inviernos más inclementes. Todos los que ahora se incorporaban eran, al igual que Peter o Timur, caballeros que habían sido los máximos estandartes de la era precedente. "Todavía no te he concedido permiso para desenvainar tu espada, Vlad Áureo." Apenas un solitario paso de distancia separaba el umbral del salón del consejo del corredor exterior. En pie sobre aquella mismísima frontera, Vlad agachó la mirada de sus ojos encendidos en un fulgor azul y se aferró el pecho con fuerza. Abriéndose paso a través del ensordecedor retumbar de sus latidos, la voz de Kihano resonó en las profundidades de su mundo interior: 'No mires hacia abajo. Lo que yace en ese lugar no te pertenece.' Había un punto inequívoco hacia el cual lo arrastraba la sangre con la que había nacido. Era el abismo más profundo situado en los cimientos de la ciudad de Bastopol; un paraje que desprendía una intensidad tan abrumadora que ni siquiera el misticismo de los hechiceros más avezados había sido capaz de ocultar por completo. '¿Hacia dónde mirabas siempre? ¿Dónde colgaba esa luna azul llamada Godin?' Sin embargo, ahora Vlad también era capaz de comprenderlo. Que bajo aquella ciudad existía un fragmento perfecto que lo estaba llamando. Un fragmento que, con el mero hecho de caer en sus manos, tenía el poder de transformar a este nacido del fango en un ser digno y sublime. 'Recuerda de dónde colgaba aquella espada sin ornamentos que tanto anhelabas tener.' Como si pretendieran borrar la voz de Kihano, los latidos de Vlad comenzaron a volverse aún más violentos y erráticos. Ante el llamado de aquel fragmento, que inundaba sus oídos con creciente estrépito, el juicio de Vlad se precipitó al borde del abismo. '¿... Kihano? ¿Acaso yo... era un dragón?' Su madre había sido una prostituta de los bajos fondos y de su padre ni siquiera se conocía el nombre; no era más que un huérfano común y corriente de los callejones. Y sin embargo, ante la estirpe que aquel fragmento oculto en las profundidades le susurraba al oído, el desconcierto se apoderó por completo de Vlad. Ven a mí sin demora. Joven dragón. Encuéntrame a mí, que yazgo prisionero en este lugar. Soy una existencia capaz de otorgarte la más alta nobleza con tan solo empuñarme. Si estás conmigo, alcanzarás una perfección imperecedera. Aquel susurro, un murmullo que únicamente un ser nacido con la naturaleza de un dragón era capaz de escuchar, continuaba resonando sin tregua en los oídos de Vlad. Era una vibración tan arrebatadoramente seductora que resultaba del todo imposible ignorarla. \----- • Autor: Q10 • Traductor: Inmensurable ⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨
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Estás leyendo el capítulo 193 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.