Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 192 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Aunque se encontraba completamente rodeado por ladrillos de un gris negruzco, era un espacio más bien luminoso gracias a la luz que descendía desde el tragaluz del techo. Al contemplar la sala de reuniones, ornamentada de punta a punta con espadas y escudos en claro contraste con el estilo refinado de las tierras centrales, Alicia no pudo evitar sentirse impresionada. Había comprendido al instante que aquellos pertrechos bélicos, colmados de mellas y fracturas, no habían sido forjados con fines meramente decorativos.
"Habéis pasado muchas fatigas para llegar desde tan lejos, baronesa Alicia."
Desde el extremo opuesto de la sala de reuniones, Timur, el Duque de Acero, contemplaba a Alicia con una cálida sonrisa.
"En este gélido día de invierno, el trayecto hasta aquí debió de haber acarreado no pocas penurias."
Ciertamente había sido la última en llegar, pero resultaba comprensible habida cuenta de que procedía del confín más remoto. Es más, dado que Alicia acudía a ocupar el asiento que había quedado desierto por causa de la Casa del Barón Utman, los seis señores feudales allí sentados la habían aguardado de buen grado.
"Espero sinceramente que el aposento que dispuse para vos no os haya resultado incómodo."
"Agradezco profundamente su consideración, mi señor duque."
Si la otra parte mostraba consideración, correspondía responder con la debida cortesía. A pesar de comparecer en calidad de señora feudal por derecho propio, Alicia inclinó serenamente la cabeza ante uno de los cuatro únicos duques que ostentaba el imperio.
"Bien, parece que ya estamos todos los que debíamos reunirnos."
Siete pendones. Siete sillas. Y siete señores feudales.
Al ver que Alicia tomaba asiento y la sala de reuniones quedaba por fin colmada, Timur esbozó una sutil sonrisa.
"Demos inicio a la asamblea a partir de este instante."
Siguiendo el ademán de la mano del Duque de Acero que señalaba el comienzo, las pesadas puertas de la sala empezaron a cerrarse con lentitud.
\*Chirriiiiido—\*
Partículas de nieve azulada que flotaban a la deriva arrastradas por un viento helado. El hielo inmaculado de un lago que no se quebraba ni descargando un golpe con todas las fuerzas. El frío del norte, más que riguroso, poseía una intensidad tan implacable que resultaba incluso portentosa. Sin embargo, esa naturaleza indómita que jamás sucumbía ante semejante crudeza era precisamente la esencia y la identidad de las gentes del norte. Una identidad tan inquebrantable que, hasta el final, jamás había podido mezclarse con el resto.
Contemplando la rendija de la puerta que se estrechaba por momentos, la mirada del Duque de Acero cobró una honda intensidad. Aquel orgullo con el que habían resistido durante generaciones, portando incluso la discriminación infligida por el imperio cual si fuera una condecoración de honor, había sido consagrado para este preciso instante.
\*\*\*
'Qué imponente.'
Aunque a lo largo de su vida había visitado las mansiones de numerosas casas nobles, era la primera vez que veía un corredor tan largo y espacioso. Vlad no pudo evitar rascarse la mejilla mientras contemplaba a lo lejos el gran portalón de la sala de reuniones.
'No parece haber ningún resquicio por donde escapar.'
Examinar minuciosamente los alrededores al entrar en un lugar desconocido era uno de los hábitos más arraigados de Vlad. Si bien buscar de antemano una vía de escape podía considerarse el instinto propio de los débiles, Vlad jamás olvidaba la realidad de que su camino había comenzado en el fango más profundo.
"A partir de ahora, todo lo que nos toca es quedarnos aquí de guardia."
"Así parece."
Vlad giró la cabeza siguiendo la voz que procedía a sus espaldas. Al darse la vuelta, vio a Rutger encogiéndose de hombros con una sonrisa en los labios, acompañado por los seis caballeros que aguardaban allí para escoltar y proteger a sus respectivos señores feudales.
"Aunque en tu caso, más que montar guardia, encajas en el perfil de un invitado que debería entrar ahí dentro."
Rutger asintió con la cabeza e hizo el ademán de trazar una línea en el suelo con el dedo. Tal como señalaban sus palabras, existía una distancia prudencial entre la posición de Vlad y la de los caballeros de la escolta. Tras haber conducido sana y salva a Alicia hasta la entrada de la sala, Vlad aguardaba allí no en calidad de escolta armada, sino con el estatus de un huésped formalmente invitado.
'De modo que todos los hombres reunidos allí son los confidentes más cercanos de los señores feudales.'
Escuchando las palabras de Rutger, Vlad examinó los rostros de los caballeros apostados junto a él. Se hallaban Rutger de Bayezid, Duncan de Heinal... y entre aquellos guerreros cuyos nombres todavía desconocía, una figura familiar le dirigía una mirada fija.
"Por fin tengo la ocasión de saludaros como es debido, Sir Vlad."
"Es un inmenso honor que aún os acordéis de mí, señor Volkov."
Aquel guerrero que observaba a Vlad de entre los caballeros no era otro que Volkov de la Jabalina, una espada de ilustre renombre incluso en el seno de la Casa Baranov. Al ver a Vlad estrechar la mano de Volkov con naturalidad a pesar de su corta edad, varios de los caballeros abrieron los ojos desmesuradamente por la sorpresa.
"En Mosiam ambos estuvimos tan atareados que ni siquiera dispusimos de tiempo para saludarnos apropiadamente."
"Así fue, ciertamente."
Aunque en Mosiam apenas se habían cruzado de paso, Volkov recordaba con perfecta nitidez al joven ojeador de dragones que se había arrojado con fiereza hacia el espécimen más veloz de la bandada. La estampa de Vlad rugiendo con el acero completamente astillado en mano había quedado grabada en la memoria de Volkov de aquel día como una pintura indeleble.
"De escudero a caballero, y ahora un noble investido con apellido propio... Mis más sinceras felicitaciones."
"Muchas gracias."
Al escuchar el saludo de Volkov, Vlad sintió que su corazón, al que tanto esfuerzo le había costado serenar, volvía a latir con fuerza. Porque aquellas palabras le habían permitido cerciorarse una vez más del arduo camino que había tenido que recorrer para encontrarse hoy de pie en este lugar.
"Soy Ralf, caballero de Maringen."
"Guillermo, de Romnie."
"Ernst, de la Casa Podmils."
"Soy Karoly, de Harkita. ¡Vaya, qué inmenso placer conocer en persona a alguien de quien tanto se habla en los rumores!"
Tan pronto como Volkov abrió la compuerta de la conversación, los caballeros comenzaron a aproximarse como si hubiesen estado esperando pacientemente su turno. Algunos eran los herederos legítimos de sus linajes, otros eran consejeros de guerra, y otros tantos eran los protectores más cercanos de sus respectivos señores. Más allá de las diferencias en destreza y rango marcial, se trataba de figuras cuyos nombres cualquier habitante del norte habría escuchado pronunciar al menos una vez.
"Por lo que cuentan los rumores, se dice que llegasteis incluso hasta la tierra de los elfos."
"Así es."
"¿Habéis contraído matrimonio ya?"
"Aún no..."
"A mi padre le complacería enormemente mantener una charla con vos."
"Con toda certeza buscaré el momento oportuno para ello."
Es muy probable que algunos de los caballeros hubiesen visto con cierto recelo o desagrado a un joven de ascenso tan meteórico como Vlad. No obstante, todos los presentes eran los hombres de mayor confianza de sus señores territoriales, individuos obligados a anteponer los intereses y el beneficio de sus feudos por encima de cualquier envidia o recelo personal.
"... Antes de marcharnos de aquí, me gustaría pediros un duelo de práctica."
Con todo, por mucho que ocuparan posiciones consagradas a una causa mayor, la viva curiosidad que despertaba la figura de Vlad era algo inevitable. Al sostener la mirada ardiente de Guillermo, Vlad pudo comprender con claridad que todos los presentes, si bien bajo distintas formas y aspiraciones, albergaban alguna expectativa hacia él.
"Lord Vlad. Ya debe prepararse".
"Entendido".
Justo cuando el fervor de la conversación amenazaba con avivarse aún más, Vlad, al ser llamado por el mayordomo, comprendió que pronto llegaría el momento de ingresar. Mientras permaneciera junto a los caballeros era Sir Vlad, pero al cruzar el umbral del salón de asambleas se transformaría en Vlad Áureo.
"Ve y hazlo bien".
Al ver a Rutger sonreírle con los brazos cruzados, Vlad asintió con la cabeza en un gesto discreto.
"Sí".
Aunque su corazón latía con un pulso involuntario y la tensión aún no se disipaba del todo, saber que Rutger cubría sus espaldas le infundía un tímido alivio.
\*\*\*
"... En verdad es acero. Acero puro".
Mientras Vlad aguardaba el llamado de los señores feudales, su mago, Nibelung, deambulaba por diversos rincones de la ciudad, entregado por entero a saciar su curiosidad personal.
"Pero ¿cómo es posible fabricar acero con semejante facilidad?".
El varón de la raza de las bestias extrajo una lupa de su mochila, se pegó a la muralla cual cucaracha y no cesó de murmurar para sí. Ante una estampa que a ojos de cualquiera resultaba a todas luces sospechosa, los centinelas entrecerraban la mirada con desconfianza; sin embargo, al propio Nibelung no parecía importarle en lo más mínimo la atención ajena.
"Por mucho que esta región sea un yacimiento de hierro, este no es un mineral que uno pueda limitarse a extraer de la tierra...".
Desviar la atención de un mago absorto en su objeto de estudio resultaría una tarea titánica para cualquiera. Por ello, Nibelung, sumido por completo en su concentración, ni siquiera escuchaba el rumor de las voces que comenzaban a propagarse a su alrededor.
"¡Miren allá...!"
"¡Hay algo en el cielo...!"
'¿Acaso habrá un volcán en las inmediaciones?'.
Por naturaleza, el acero era un material forjado bajo un calor y una presión tan formidables como para fundir el hierro puro. Únicamente tras calcinar toda clase de impurezas en un ardor semejante al de un alto horno podía obtenerse un acero de semejante calidad; resultaba inconcebible que semejante volumen de metal hubiera sido producido en simples herrerías...
"¿Eh?".
"¡Le dije que corra! ¡¿Qué demonios está haciendo?!".
Nibelung, que continuaba con los ojos fijos en la muralla, sintió de pronto cómo su cuerpo flotaba en el aire. El soldado asignado para guiarlo lo había cargado a toda prisa sobre sus hombros.
"¿Por qué hace esto?".
"¡¿Cómo que por qué?!".
Al ver a Nibelung todavía aturdido, el soldado gritó con desesperación:
"¡Allí! ¡Mire al cielo!".
"¿El cielo?".
Ante el clamor del guardia, Nibelung alzó instintivamente su lupa hacia las alturas; al descubrir lo que allí aguardaba, sus ojos se abrieron desmesuradamente por el asombro.
"... ¿Qué... qué es eso?".
Tal como había advertido el soldado, un punto plateado y destellante avanzaba desde la lejanía en dirección a Bastopol. Al principio no parecía más que una mota distante, pero a medida que se aproximaba, fue revelando con nitidez su verdadera forma.
"¡Es un ataque! ¡Nos atacan!"
"¡Vienen desde el cielo! ¡Preparen los arcos!"
A espaldas de los soldados que comenzaban a tensar las cuerdas de sus armas, resonaron los alaridos aterrorizados de la multitud. Mientras avanzaba hacia la mansión a través de las calles de Bastopol teñidas por el caos, Nibelung logró distinguir al fin la identidad de los asaltantes a través del cristal de su lupa.
"¿Guivernos?".
Según una remota leyenda que el tiempo iba desvaneciendo en el olvido, la muralla de Bastopol se erigió en sus orígenes a partir de simple mineral de hierro. Sin embargo, si aquel mineral ordinario había conseguido transformarse en el acero impenetrable de hoy en día, fue gracias al aliento ardiente e implacable de algo que azotó la fortaleza.
"¡Los dragones escupen fuego!"
"¡Pónganse a cubierto!"
El aliento supremo de un dragón. Se decía que la cólera del dragón, empeñada en purificarlo todo hasta dejar únicamente lo incorruptible, fundió la muralla de Bastopol para transformarla en puro acero.
"... Abran paso, caballeros del norte".
Junto con el aliento de dragón desatado desde el firmamento, un hombre descendió sobre la tierra.
"He venido aquí en cumplimiento de los designios de Su Majestad Imperial, el legítimo emperador".
Era un guerrero de resplandecientes cabellos dorados y ojos azules, que arribaba bajo el estandarte de un dragón degollado.
"Anuncien al señor de estas tierras que Mircea, de la Orden de Caballeros Matadragones, ha llegado".
Por muy alto que ondearan en sus mástiles, jamás alcanzarían la inmensidad del cielo abierto. Ante el aleteo del dragón nacido en las más excelsas alturas, los siete pendones que colgaban sobre Bastopol comenzaron a oscilar con peligrosa inquietud.
\*\*\*
'Hay algo que quisiera preguntarte'.
\[Pregunta.\]
Vlad, de pie ante las puertas y con los caballeros a sus espaldas, decidió formular una duda que llevaba tiempo albergando en su interior. Era una pregunta nacida al evocar la época en que aún no se adentraba en el encumbrado mundo de la nobleza, cuando no era más que un muchacho varado sobre el fango.
'¿Por qué tuve que ser precisamente yo?'.
\[¿Mm?\]
'Digo que por qué viniste precisamente a mí'.
Cuando Vlad no era más que un chiquillo de los callejones arrastrándose por el lodo, Kihano descendió junto al Rayo Negro. Al principio pensó que se trataba de una desafortunada casualidad, pero ahora que conocía la identidad de Kihano, Vlad comprendía muy bien que él no era alguien que se aproximaría por un simple y vano capricho del azar.
\[... Que por qué tuviste que ser tú, dices.\]
Ante la pregunta de Vlad, la voz de Kihano pareció distanciarse en el eco de su mente. Si Vlad hubiera cerrado su ojo izquierdo en ese instante, habría podido contemplar a Kihano observando la puesta de sol bajo el cobijo de un arce de hojas carmesíes.
"¡Hace su entrada Lord Vlad Áureo!".
\[Cuando contemplaba desde los cielos...\]
Acompañadas por un estruendo solemne que resonó en todo el recinto, las puertas del salón de asambleas comenzaron a abrirse. Se abrió la colosal cancela exterior, y tras ella, el portal siguiente. Al franquearse las sucesivas puertas que cerraban el paso ante Vlad, las siluetas de los señores feudales sentados a lo lejos comenzaron a revelarse ante su mirada.
\[... de entre todos los fragmentos dispersos sobre la tierra, tú fuiste el que más brillaba.\]
Al escuchar las palabras de Kihano, Vlad esbozó una tenue sonrisa y comenzó a avanzar. Aunque había nacido en el fango, ahora se encaminaba hacia el mundo de la nobleza. Sin embargo, antes que la aprobación de los señores norteños que aguardaban al frente, a Vlad le colmaba de infinita dicha el reconocimiento de Kihano, quien habitaba en su propio ser.
Porque, sin importar quién se encontrara en ese salón, no existía en el mundo nadie que brillara más que el propio Kihano dentro de su alma.
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• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨

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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela)
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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 192
Estás leyendo el capítulo 192 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.