Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 189 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
El despacho del alcalde de Shoara estaba sumido en un absoluto silencio. Sentado con calma en el asiento del alcalde, Rutger no pudo evitar soltar una risa incrédula tras escuchar el informe que acababan de presentarle.
"¿Dejaste ir a los enanos sin más? ¿Y encima sin ninguna promesa a futuro?"
"Lo lamento, Lord Rutger."
Aunque Rutger proyectaba una impresión jovial y abierta ante cualquiera, la feroz agudeza que anidaba en sus pupilas oscuras era un rasgo innato. El alcalde de Shoara, incapaz de reunir el valor suficiente para sostenerle la mirada, agachó la cabeza.
"Hice todo lo posible por retenerlos, pero..."
"¿Pero?"
Pensar que habían despedido a unos enanos a los que tanto costó convocar sin haber logrado nada. Aunque aquel informe rayaba más en la irresponsabilidad que en la mera incompetencia, el alcalde tenía sus propios descargos.
"Exigían hablar exclusivamente con Sir Vlad o con Lord Josef, por lo que a mí me resultó absolutamente imposible hacer algo más."
Quizás por haber nacido con el temperamento propio de los artesanos, los enanos eran obstinados hasta la médula. Pese a los ruegos del alcalde pidiéndoles por favor que aguardaran, se habían limitado a darle la espalda, afirmando que no entablarían conversación alguna si no era con uno de aquellos dos.
"Además, el río ya comenzaba a congelarse, de modo que se me hacía difícil pedirles que esperaran más tiempo. Le ruego me disculpe, Lord Rutger."
"...Entendido. Puedes retirarte."
Sin duda se trataba de una muestra flagrante de incompetencia, pero reprochárselo ahora no cambiaría nada. Sin ganas siquiera de reprenderlo, Rutger despachó al alcalde y dirigió la mirada hacia el hombre cubierto de cicatrices que aguardaba sentado ante la mesa de visitas.
"El señor conde desea reclutar a los enanos a como dé lugar."
"Lo sé."
Sin embargo, Marcus no cruzó miradas con Rutger. Se limitó a sostener su taza de té mientras pronunciaba lo que debía decir.
"¿Acaso ha logrado persuadir a Sir Vlad?"
"...No. Todavía no."
"Eso es un problema."
El cuervo negro sentado frente a Rutger no era más que una paloma mensajera. Por consiguiente, cada una de sus palabras equivalía a un mensaje transmitido por el mismísimo patriarca, Peter.
"Le sugiero que se apresure. Incluso en este preciso instante, varias facciones se están movilizando para atraer a Sir Vlad a sus filas."
"Lo tendré en cuenta."
Al oír a Marcus, Rutger se puso de pie con parsimonia y contempló el paisaje de Shoara a través de la ventana. Una ciudad con la que no guardaba mayor afinidad. No obstante, para alguien nacido en sus entrañas, debía de ser un lugar imposible de abandonar con ligereza.
"¿Qué ocurrió con el asunto de la Baronesa Alicia?"
"Parece que nuestra pequeña señorita se las ingenió para protegerlo con éxito."
"Es una buena noticia."
Ante el comentario de Rutger celebrando el resultado, Marcus posó su taza de té con delicadeza sobre la mesa.
"En realidad, no del todo."
Rutger, que miraba hacia el exterior, se giró con expresión de desconcierto ante la respuesta de Marcus.
"¿A qué te refieres?"
"Dijo que, a partir de ahora, no aceptará nada más."
Jemina: la mujer a la que le habían concedido los favores de la Casa Bayezid con el fin de atar a Vlad.
"Afirmó tajantemente que no aceptará ningún beneficio relacionado con Sir Vlad. Parece que al fin comprendió el verdadero trasfondo de la generosidad que le ofrecimos."
"...¿Es así?"
Ella se negaba a convertirse en los grilletes que encadenaran a Vlad. Había asegurado que, de haber conocido tales intenciones desde el principio, jamás habría aceptado nada.
"Será porque Josef puso sus manos aquí... En este sitio nada sale a derechas."
Qué difícil resultaba agenciarse a un solo caballero sin señor. Una ciudad que desobedecía tanto a su legítimo alcalde como a las órdenes del futuro patriarca. Rutger se limitó a esbozar una sonrisa amarga mientras observaba el panorama que se extendía tras el cristal.
\*\*\*
\*Prrrff...\*
En un establo de la posada acondicionado especialmente para albergar a un único caballo, Noir mantenía los ojos suavemente cerrados, disfrutando de las caricias de Jemina por primera vez en mucho tiempo.
"No entiendo por qué a todos les cuesta tanto tratar con él. Si es tan obediente."
"...¿En serio?"
Vlad y Goat observaban con asombro cómo Noir no manifestaba la menor queja pese a los torpes cepillados de Jemina. Los ojos del corcel, firmemente cerrados como si saboreara cada roce, no parecían tener intenciones de abrirse en el corto plazo.
"...Ese bribón jamás se comporta así normalmente."
"Tal vez hagan buena química."
Goat, quien antaño fuera mozo de cuadras, se rascaba la nuca ante una escena que desafiaba toda explicación lógica. Si bien Goat se enorgullecía de ser uno de los pocos capaces de manejar a Noir, ese orgullo siempre terminaba empequeñeciéndose ante la presencia de Jemina.
"¿Tu madre se encuentra bien?"
"No solo mi madre, sino también mi hermana y su esposo están de maravilla. Aunque, claro, hace bastante más frío que en nuestro pueblo original."
Goat, quien se había refugiado allí junto a su madre para escapar de los estragos de la guerra, a estas alturas ya se había establecido con firmeza en Shoara. A pesar de que el antiguo alcalde que lo contrató como mozo de cuadras ya no estaba, gracias al peso del renombre de Vlad, Goat aún conservaba su puesto en las caballerizas del ayuntamiento.
"Por cierto, ¿es verdad que los enanos se llevaron el alto horno de la herrería?"
"Sí. Dicen que se lo llevaron tratándolo como si fuera un tesoro de incalculable valor."
Sin embargo, aun gozando de un empleo respetable, la inclinación natural de Goat por husmear en todas partes no había cambiado en absoluto. Y eso aplicaba no solo al ayuntamiento donde trabajaba, sino también a los callejones donde se alzaba La Sonrisa de la Rosa.
"¡No te imaginas cómo le insistían a la madama para que les entregara ese horno! Aunque ella les decía que debían esperar a que el jefe regresara para decidir, ellos suplicaban una y otra vez que se lo diera por favor. Así que, ¿qué otra opción le quedaba a la madama? Al ser huéspedes tan distinguidos, no tuvo más remedio que cedérselo."
"Mmm. ¿De verdad?"
Aunque no lo hubiera presenciado con sus propios ojos, Goat, provisto de oídos siempre atentos para recolectar toda clase de rumores, relataba al detalle los acontecimientos acaecidos en Shoara durante ese tiempo.
"Además, parece que la salud de Lord Josef ha empeorado considerablemente. Dicen que la señora condesa anda buscando médicos por todas partes."
"..."
En cuanto las noticias sobre el estado de Josef brotaron de los labios de Goat, el semblante de Vlad comenzó a ensombrecerse con gravedad.
"¿Dicen que está muy grave?"
"Eso quién sabe. Después de todo, siempre fue un noble de salud endeble."
Aunque su contrato formal hubiera concluido tras el fracaso en la disputa por el liderazgo de la casa, la confianza mutua que ambos habían forjado no se había extinguido. Puesto que Vlad consideraba que aún tenía una deuda moral pendiente con él, los malos augurios sobre la condición de Josef distaban mucho de ser una grata noticia.
"Goat. Cambia el cubo de agua de aquí, por favor."
"¿Eh? Pero si se ve bastante limpia."
"¡Pues a mis ojos no lo está para nada!"
Junto a Noir, que mostraba las encías con gesto de disgusto por la interrupción de los mimos, Jemina permanecía de pie con ambas manos apoyadas en la cintura, clavando su mirada en Goat.
"¿Qué prefieres? ¿Voy yo a cambiarla?"
"No, no..."
"Madame no debería ocuparse de tales faenas".
Aunque para Vlad la presencia de Jemina fuera la de una entrañable amiga de la infancia, para Goat representaba a una de las figuras más influyentes y temibles de los bajos fondos. Dejar que alguien como ella cargara con un cubo de agua le resultaba sumamente inquietante en muchos sentidos.
"A decir verdad, estaba esperando a ver cuándo me llamabas".
Goat no expresó queja alguna ante las instrucciones de Jemina. Tan solo sonrió con afabilidad y se puso en marcha a toda prisa. Sabía muy bien que, para permanecer pegado al costado de Vlad —quien ahora había ascendido al rango de la nobleza—, necesitaba la aprobación de Jemina.
"¿Por qué despachaste a Goat?".
"Porque tengo algo que decirte solo a ti".
Con la partida de Goat en busca de agua, frente a las caballerizas quedaron únicamente un caballo y dos personas. Vlad, percatándose de que Jemina lo había apartado a propósito, la miraba con extrañeza.
"¿Qué recado?".
"Es un mensaje de los enanos. Como has estado tan ocupado, no había encontrado el momento de dártelo".
Dicho esto, Jemina sacó una moneda del seno de su ropa y se la tendió a Vlad. El modo en que miraba a su alrededor por si alguien los observaba daba la impresión, por algún motivo, de que estaba disfrutando de la intriga del momento.
"Esto es...".
"Me pidieron que te la entregara".
Aunque los enanos habían partido sin ofrecerle promesa alguna al regente de Shoara, a Jemina sí le habían dejado una vía para comunicarse con ellos.
"Dicen que se verán en Nassau. Aseguran que podrás contactar con ellos en la taberna donde se conocieron por primera vez".
"...La taberna donde nos conocimos por primera vez, eh".
De ese modo, tal como los enanos deseaban, Jemina le transmitió su recado a Vlad.
'He visto esta moneda en alguna parte'.
No obstante, antes que en la propuesta de los enanos de encontrarse en Nassau, la atención de Vlad se concentraba en la moneda que le acababan de entregar.
"¿Eh? ¿Tenías más de esas?".
"...A ti también te parecen idénticas, ¿verdad?".
Tras examinar la pieza remitida por los enanos, Vlad extrajo las dos monedas que había guardado a buen recaudo en lo más profundo de sus pertenencias hasta ese instante. Una proveniente de Ramund, y la otra de Auguste. Al comparar aquellas con la de los enanos, los ojos de Vlad se entrecerraron pensativos.
Eran monedas cubiertas de herrumbre y de aspecto insignificante. Aunque los lugares y las manos de las que las recibió diferían por completo, posadas sobre la palma de su mano, las tres piezas lucían exactamente iguales.
※※※※
Mientras todo el norte se encogía ante un gélido frío que calaba hasta la médula de los huesos, los habitantes de las tierras de Deomar vivían una realidad muy distinta. En aquel feudo todavía flotaba una tibia calidez, tanta que aún era posible divisar hierba fresca y verde por diversos rincones.
Algunos ancianos, al contemplar un Deomar más cálido que en ningún otro tiempo, evocaban recuerdos del pasado y ofrecían su gratitud al limonero erigido sobre la colina. Aquellas muestras de agradecimiento, que los viejos solían rendir en su remota niñez, habían sido una estampa impensable mientras la implacable iglesia de la Santa Sede mantuvo su dominio en la comarca.
"...Crece a un ritmo descomunal cada día que pasa".
Baradis, el montaraz supremo de los elfos, contemplaba el Árbol de Heinal que coronaba la colina, sopesando con la vista la altura de su rama más elevada.
"Ni siquiera ha pasado medio año".
El Árbol de Heinal parecía haber duplicado con creces el tamaño que ostentaba cuando lo vio por primera vez. Incluso para el criterio y la sabiduría de los elfos, profundamente versados en la flora, se trataba de una velocidad de desarrollo inexplicable. Y lo insólito no radicaba únicamente en la envergadura del árbol.
"Señor Baradis. Al parecer, hay otro niño más capaz de ver a los espíritus".
"¿Es ya el cuarto?".
"...Sí. Hemos confirmado que puede distinguir a los espíritus jóvenes".
Con el de hoy sumaban cuatro: el recuento de infantes capaces de percibir a los espíritus.
Al escuchar el informe de su subordinado, Baradis trazó en silencio un pentagrama en su ojo izquierdo. De inmediato, el mundo de los espíritus se reveló ante su mirada con prístina nitidez.
"¿Acaso todo esto se debe a este espíritu?".
En la realidad perceptible únicamente a través de los ojos de los elfos, la Serpiente Blanca reposaba enroscada sobre las ramas. Un espíritu ancestral que no procedía del Árbol del Mundo de Ausrina, sino del mismísimo Árbol del Mundo Madre. Aunque aparentaba una calma absoluta como si durmiera una siesta, sobre su cuerpo níveo se distinguían numerosos espíritus jóvenes correteando y jugando de un lado a otro.
"Señor Baradis. Se aproxima un ave mensajera desde Ausrina".
"¿Un ave mensajera?".
Antes de que su subordinado pudiera señalar hacia las alturas, Baradis vio cómo la Serpiente Blanca estiraba el cuello en dirección al firmamento. Pese a que sus párpados entreabiertos denotaban la modorra de quien acaba de despertar, hacia el punto al que apuntaba la mirada del reptil descendía un halcón, una especie endémica que solo anidaba en Ausrina.
"Eso es. Buen chico".
\*Prrr...\*
Girando los ojos con inquietud, el halcón, exhausto tras una extenuante travesía desde tierras lejanas, se posó con suavidad sobre la muñeca de Baradis. Mientras acariciaba con delicadeza a la criatura venida de su distante patria, Baradis sintió sobre su cabeza la fija mirada de la Serpiente Blanca, que examinaba con sumo detalle al ave mensajera. Como si el espíritu le pidiera echar un vistazo juntos, Baradis desplegó de par en par el pliego recibido.
"...Es una revelación".
En el pergamino llegado de Ausrina figuraba el sello que solo los ancianos del cónclave tenían permitido estampar. Y tras dicha marca, se extendía un trazo tosco e irregular cuya autoría resultaba inconfundible.
"Sobre un mar azul... un dragón plateado".
Parecía el dibujo de una criatura pequeña, pero precisamente por ello la impresión que transmitía resultaba todavía más sobrecogedora y vívida. Sobre una mancha azul tan intensa que parecía como si hubieran derramado el océano entero sobre el papel, navegaba una pequeña embarcación. Y abalanzándose contra aquel navío, en la revelación remitida figuraba la silueta de un dragón plateado.
"...Que todos preparen sus pertrechos. Debemos ponernos en marcha de inmediato".
Sin embargo, en medio de la marea azulina de la ilustración, Baradis había descubierto un punto diminuto y discordante. En aquel pequeño barco que surcaba las aguas... en la cofa de su mástil, se hallaba estampada una solitaria mota de luz dorada, dibujada como un punto.
"¿Hacia dónde nos dirigiremos?".
"Nuestro destino es...".
Una revelación siempre se manifiesta ante su receptor a través de la intuición. Aunque no fuera más que una minúscula mota, Baradis tuvo la certidumbre absoluta de que representaba a Vlad.
"Al norte".
Pese a no conocer el paradero exacto de Vlad, la imponente sombra que se proyectó sobre él le permitió determinar el rumbo. Fue una sutil inclinación de cabeza de la Serpiente Blanca, como señalando que era justo allí.
"Probablemente sea Shoara".
Y, en efecto, tal como aseguraba Baradis, la dirección que marcaba la Serpiente Blanca apuntaba directamente hacia Shoara.
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• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨

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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 189
Estás leyendo el capítulo 189 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.