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Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 188 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Vlad, que había pasado la noche en vela dando vueltas en el lecho, solo logró conciliar el sueño cuando despuntaba el alba. Y es que, por más que cerrara los párpados, los pensamientos se encadenaban en su mente uno tras otro sin darle tregua. \[¿Cuál es la máxima virtud de un caballero?\] "...... Por favor". No obstante, por muy tarde que se hubiera dormido, el sol de una nueva jornada no estaba dispuesto a aguardar por nadie. \[Solo aquel que mantiene una preparación intachable en todo momento es digno de llamarse un auténtico caballero. Las crisis e imprevistos jamás esperan a que estés listo.\] Tras los aciagos y tensos acontecimientos acaecidos en Mosiam, este representaba el primer momento de sosiego en una larguísima temporada. Por ello, Vlad solo anhelaba holgazanear y dormir un poco más; el infortunio radicaba en que la entidad que anidaba en su interior no era otro que Kihano, el caballero entre caballeros. \[Siempre alerta, con los sentidos despiertos ante cualquier eventualidad......\] "¡Déjame dormir un poco, joder! Por favor". Abrumado por el agotamiento y las cavilaciones que lo asediaban, Vlad protestó con fastidio contra Kihano. La complicación residía en que, además de aquel espíritu ancestral, había otra persona en la estancia escuchando sus lamentos. "¿Hago mucho ruido?". "¿Eh?". Al escuchar una voz familiar dentro de la habitación, Vlad abrió los ojos de par en par. La fatiga entretejida con finas venillas rojizas aún enturbiaba su mirada; sin embargo, este no era momento alguno para cerrar los ojos con despreocupación. "Está bien. Ya me marcho. Sigue durmiendo". "No...... Espera un segundo, Jemina". Incorporándose de golpe como impulsado por un resorte, Vlad alcanzó a Jemina cuando ya se disponía a abandonar la estancia y la obligó a girarse hacia él. "¿Podemos hablar un momento?". "Si es solo un momento......". Apoyando la espalda contra la puerta cerrada, Jemina asintió levemente ante la expresión apremiante del muchacho. \[Míralo tú mismo. Te advertí que las vicisitudes nunca esperan por ti.\] Haciendo un titánico esfuerzo por ignorar las socarronas pullas de Kihano, Vlad hizo que Jemina, quien lucía un aire vagamente distante y reservado, tomara asiento en la cama antes de hablar con cautela: "¿Qué fue lo que ocurrió ayer? ¿Por qué estabais solas lady Alicia y tú?". "Vaya, qué pronto preguntas". Sentada al borde del colchón balanceando los pies, que no alcanzaban el suelo, Jemina alzó la vista hacia Vlad y tomó la palabra: "No hablamos de nada del otro mundo". "¿En serio?". "Sí. Tan solo me pidió que me alejara de ti". \[Vaya, vaya.\] Era una frase demasiado pesada para escucharla recién despierto; no obstante, quien la pronunciaba permanecía sentada con semblante imperturbable. "Es algo que solía ver con frecuencia en La Sonrisa de la Rosa. Aunque nunca imaginé que llegaría a tocarme a mí". Al ver a Jemina encogerse de hombros como si careciera de importancia, Vlad sintió que las entrañas se le revolvían de pura impotencia. "¿Y qué le respondiste?". "¿Qué le iba a responder?". La mirada con que Jemina contemplaba a Vlad se tornó sutilmente melancólica: "Como si yo fuera alguien para ti". "......". Sentimientos que se albergaban en el pecho, pero carentes de un derecho legítimo que empuñar. Aunque existía un sobreentendido tácito entre ambos, si alguien le cuestionaba abiertamente su posición respecto a Vlad, como había hecho Alicia el día anterior, Jemina no tenía una sola palabra con la que replicar. Al fin y al cabo, entre los dos jamás se había formalizado nada. "Así que no tenía nada apropiado que decirle". Al escuchar a Jemina hablar con tanta resignada calma, Vlad comprendió de golpe cuán desconsiderado y negligente había sido durante todo este tiempo. "Lo siento. De verdad". "¿De qué te disculpas?". "...... De no haber sido claro. Siento no habértelo dicho como correspondía". Frente a la muchacha, Vlad se rascó la nuca y reconoció con sinceridad su propia falta. Bastaba con pronunciar una sola frase. Y en la actualidad, él ostentaba la categoría suficiente para declarar con una simple palabra que ella le pertenecía. "Escúchame bien". "¡......!". Al sentir que Vlad le sujetaba de pronto ambos hombros, Jemina contuvo el aliento por un instante. Ante el súbito cambio en la atmósfera del cuarto, alzó los ojos para mirarlo y descubrió que las pupilas de Vlad estaban clavadas íntegra y exclusivamente en ella. "Llevo mucho tiempo queriendo decírtelo. La verdad es que yo......". Toc, toc, toc. "Que yo a ti......". Toc, toc, toc, toc. A pesar de que Vlad intentaba con ahínco sostener aquel instante íntimo, el incesante golpeteo en la puerta se empeñaba en sabotearlo. "...... Se arruinó, ¿verdad?". "El intento no ha estado mal". Toda empresa requiere de su momento oportuno. Al ver a Jemina sonreír con picardía mientras señalaba la puerta con un gesto de la barbilla, Vlad comprendió que hoy no sería el día propicio. "¡¿Quién demonios......?!". Con el orgullo herido por el comentario de Jemina de que "el intento no había estado mal", Vlad abrió la puerta de par en par carcomido por el enojo. No obstante, en agudo contraste con su indignación, lo que apareció al otro lado fue la radiante sonrisa de Alicia. "Buenos días, Sir Vlad". "...... Lady Alicia". "Si aún no habéis desayunado, pensé que podríamos hacerlo juntos". De haber existido una mansión señorial se habría hospedado en ella; sin embargo, Shoara tan solo contaba con un alcalde. Alicia debió de considerar que la lujosa posada de La Sonrisa de la Rosa resultaba infinitamente más digna de su alcurnia que el caótico ayuntamiento, motivo por el cual había instalado allí sus aposentos. "Ayer probé los platillos de este lugar y comprobé que el cocinero posee un talento magnífico. Además, tenemos asuntos pendientes que tratar durante el desayuno". Apenas el sol despuntaba en la mañana, pero la apariencia de Alicia denotaba un esmero meticuloso. Sus cabellos primorosamente trenzados y el suave aroma a polvo cosmético que emanaba delataban que se había levantado mucho antes que el resto. "Para cuando debamos partir hacia Bastopol, la ciudad del Duque de Acero......". Sin embargo, a pesar de su porte impecable, la cabeza de Alicia comenzó a ladearse paulatinamente hacia un costado: "Para cuando debamos, debamos...... ¡Santo cielo......!". Inclinándose cada vez más para atisbar por encima del hombro de Vlad, la noble doncella escudriñó el interior de la habitación. Y al seguir la dirección de su mirada, Vlad se quedó de piedra. "Parece que he venido en mal momento. Qué imprudente de mi parte". "No, no, espere un instante......". Hasta hacía unos segundos, Jemina se hallaba sentada con suma compostura; sin embargo, en ese preciso instante yacía recostada sobre el lecho en una postura desastrosa, contemplándolos a ambos. Sus cabellos revueltos y sus ojos impregnados de un brillo húmedo componían un cuadro que cualquiera malinterpretaría sin vacilar. "...... Será mejor que desayune a solas. Por favor, continúen con lo suyo". Lejos de la gracia propia de una aristócrata de alta cuna, el estruendo de unas pisadas furiosas que hacían temblar las tablas del pasillo expresaba a la perfección el estado de ánimo de Alicia. Y Vlad se hallaba tan consternado que ni siquiera fue capaz de balbucear una excusa para detenerla. \[¿Y bien? ¿Tenía o no tenía razón?\] "......". En efecto, las palabras de Kihano habían dado en el clavo: las contingencias jamás esperan a que uno esté preparado. ※※※※ Existía un recinto que ni siquiera la autoridad secular de un señor feudal podía profanar a su antojo. Un territorio que no pertenecía a hombre alguno, por cuanto en él moraba la voluntad de Dios: la Iglesia. Aquel santuario, vedado incluso para los señores de estas tierras sin previo consentimiento, era recorrido en ese momento por un hombre con absoluta libertad. "Lord obispo, he venido". "¿Has llegado? Pasa, entra, por favor". El caballero Vlad Áureo. El título que antecedía a su nombre estaba respaldado por el poder temporal de los hombres, mientras que el linaje que lo sucedía venía refrendado por el designio divino. "Acércate por aquí. Casualmente me hallaba preparando el té". Vlad contempló a Andrea sirviendo la infusión con sus propias manos y tomó asiento en el lugar que le indicaba. Apenas se acomodó, lo envolvió una profunda atmósfera de paz y serenidad. Tras haber escapado por los pelos del alboroto matutino, Vlad logró al fin exhalar un suspiro de alivio mientras degustaba el té ofrecido por el piadoso obispo. "Ahora que lo pienso, este despacho no difiere en casi nada de aquel que teníais en Barna". "...... ¿Acaso te mostré alguna vez mis aposentos en Barna?". Ante el semblante intrigado de Andrea, Vlad se limitó a sonreír con apacibilidad: "Solo tuve el presentimiento de que sería así". "Vaya ocurrencia tan singular". Andrea dejó escapar una risa indulgente ante la evasiva respuesta de Vlad. No obstante, en estricto rigor, Vlad ya había presenciado aquella estancia con sus propios ojos: aquella alcoba, en exceso austera para corresponder a la jerarquía de un obispo, apenas guardaba diferencia con la que había recorrido dentro del sueño de Jean. "Me han informado de que sucedieron innumerables vicisitudes en Mosiam. Te agradezco desde lo más hondo de mi corazón que hayas salvaguardado a Jean hasta el último momento". "Tan solo hice todo cuanto estuvo en mi mano por devolver la merced recibida". En verdad, la catástrofe de Mosiam no se había divulgado entre el vulgo. Todo ello respondía al férreo control impuesto por el Duque de Acero para impedir que el pánico desestabilizara el ánimo de las gentes del norte. "Sé bien que no se trató de una ordalía que pueda despacharse con tanta ligereza". Sin embargo, aquellos que debían estar al corriente conocían la verdad al detalle. El obispo Andrea de Shoara era plenamente consciente de la infinidad de tribulaciones que Vlad había tenido que superar para rescatar a su joven subdiácono. "Aquel proverbio que sostiene que en el dar y recibir de la caridad se halla la salvación no erraba en lo absoluto. A través de tus obras he vuelto a vislumbrar los insondables designios del Creador". Al contemplar a Andrea recitar una solemne plegaria al pronunciar aquellas palabras, Vlad alzó la taza con cierta torpeza. Aunque ante el mundo exterior pasaba por un devoto caballero de la fe, la realidad era que jamás en su vida había hojeado las Sagradas Escrituras por iniciativa propia. "Aun cuando logramos capear el temporal en Mosiam, no haber zanjado el asunto como es debido me deja un regusto amargo, lord obispo". "Comprendo con creces tu desasosiego". Entre las inquietudes que habían desvelado a Vlad durante toda la noche figuraban la enigmática mujer y aquel guerrero que se presentó a sí mismo bajo el nombre de Frausen. El recuerdo grabado a fuego con el nombre de Yustia constituía una herida imborrable en el alma del muchacho. "¿Acaso los incidentes de esta ocasión guardan algún vínculo con aquella mujer de lágrimas negras que presenciamos al principio?". La mujer de las lágrimas negras que había arrojado su maldición sobre Josef. Y ahora, los estragos presenciados en Mosiam. Siendo el principal testigo de ambos sucesos, Vlad requería una explicación, lo que llevó a Andrea a posar su taza sobre la mesa con gravedad: "Todos transitamos por un sendero; sin embargo, ignorar dónde aguarda su final suele sumirnos en el agotamiento". Con el rostro ensombrecido, Andrea tomó una pluma de ave y comenzó a trazar con cautela un dibujo sobre el papel. Desde sus días como humilde sacerdote en Barna, Andrea no había dejado de rastrear el origen de aquella ponzoña oscura. Y las pesquisas incansables tanto de la Iglesia como las suyas propias habían rendido por fin sus frutos, colocándolos ante un nombre temible: "La providencia divina se halla en las alturas, mientras que las tentaciones sombrías acechan a la vuelta de la esquina. Por esa razón, nuestra carne y nuestro espíritu son el campo perenne donde se libra la santa batalla del Señor". Vlad observó con atención el grabado que Andrea delineaba: guardaba semejanza con el emblema eclesiástico, pero se mostraba aberrante y completamente invertido. "Esto es......". Lo que Andrea acababa de plasmar era el blasón de la Iglesia vuelto del revés. Un símbolo cargado de blasfemia contra la sacralidad, idéntico al estigma que aquel clérigo decapitado había grabado por doquier en la aldea anegada por la bruma. "Es el símbolo de los apóstatas. Representa a las ovejas descarriadas". Las cejas de Andrea se contrajeron al contemplar aquella marca infame: "Habiendo recorrido antaño la senda que conduce a Dios, su apostasía los torna más temibles que cualquier demonio. La mujer con la que os enfrentasteis es uno de ellos". Sintiendo una punzada de desagrado con tan solo mirarlo, Andrea cubrió presuroso el papel con la palma de la mano. Y al retirarla con un suave ademán, en su lugar apareció debidamente dibujado el emblema sagrado de la Iglesia en su posición canónica. "En tiempos remotos existió una religiosa a quien llamaban 'la madre de todos los huérfanos'. Fue la voz de Dios reconocida solemnemente por la Santa Sede y aclamada como la Santa de su tiempo". Andrea no necesitó aclararlo para que Vlad lo comprendiera de inmediato: lo que el obispo se disponía a revelarle era un arcano sepultado bajo siete llaves que jamás llegaría a oídos de nadie ajeno a la jerarquía eclesiástica. "El coro infantil que ella fundó para los desamparados se convirtió en el primer coro sacro de la Santa Sede, y hasta el sol de hoy perdura llevando su nombre: Tramashu". Con todo, existieron verdades tan crueles que ni siquiera una mujer tenida por santa fue capaz de soportar. Lo acontecido aquella aciaga jornada bajo el amparo del nombre de Dios empujó a la devota religiosa a derramar lágrimas negras. "El nombre que voy a pronunciar a continuación constituye una de las máculas más vergonzosas que la Santa Sede se empeña en ocultar. Bajo ningún concepto debes revelarlo a terceros". "Entendido". Como si temiera dejar el menor rastro en el aire, Andrea se aproximó al oído de Vlad. Con un susurro tan apagado que ni la brisa errante podría haberlo capturado, deslizó el nombre prohibido: "Lamashtu". "¡......!". A pesar de haber sido transmitido por los labios de un santo obispo, aquel nombre inundó los sentidos de Vlad con una pestilencia nauseabunda. Al escucharlo, el muchacho no pudo evitar estremecerse con un escalofrío involuntario. Ante Dios respondía al nombre de Tramashu; mas, al darle la espalda, adoptó su reflejo totalmente invertido: Lamashtu. Aquella mujer que rompió en llanto al contemplar los cuerpos calcinados de los niños, reducidos a tizones más secos que las cerillas consumidas por el fuego. Se decía que aquel día, la santa alzó la mirada hacia el cielo y derramó lágrimas renegridas empapadas en ceniza. ※※※※ Hoy era un día en que la bruma marina se espesaba sobre la tierra. Una niebla tan densa que borraba por completo las murallas de la fortaleza de Sturma en el horizonte. "Cof, cof. Ejem......". Y en jornadas tan brumosas como esta, los accesos de tos de Josef se recrudecían irremediablemente. Para sus pulmones maltrechos, aquel aire cargado de humedad constituía el huésped más ingrato. "Respira, hijo. Con calma". "Estoy bien, madre". A pesar de que Josef intentaba restarle importancia, la mano de Oksana permaneció sobre su espalda, propinándole suaves palmaditas de consuelo. "......". En medio del gélido invierno, al percibir el calor que se desprendía de los dedos de su madre, Josef esbozó una sonrisa amarga. Pese a ser un perdedor y un desdichado que solo cosechaba fracasos, la devoción y el desvelo de su madre permanecían inalterables. "Josef, ¿has pensado en lo que hablamos la última vez?". Frente a él humeaba una taza de té caliente, mientras a su espalda se sentía el contacto delicado de la mano materna. Todo cuanto lo rodeaba en la estancia ablandaba el espíritu de Josef; sin embargo, por esa misma razón, una congoja aún más afilada le atenazaba el corazón. "Tu abuelo materno conoce de sobra tu inteligencia. Por eso......". Aunque había tomado la palabra, a Oksana le costaba concluir la frase y su voz se fue apagando. Ninguna madre soportaría ser mera espectadora de cómo su hijo se precipita hacia la perdición. Por esa razón, Oksana albergaba el anhelo de enviarlo con su familia de cuna, la Casa Oscar. "Si marchas allí, aunque no obtengas un cargo de gran relumbrón, dispondrás de la oportunidad de desplegar tu verdadero talento. Además, el clima es infinitamente más benigno que en este rincón". "Madre". Josef sujetó con suavidad la mano de su madre que le acariciaba la espalda. Hacía mucho tiempo que no la tocaba, y la sintió notablemente más áspera de lo que recordaba en sus memorias. "Os agradezco de corazón vuestra preocupación". Al mirarla de cerca, el rostro de Oksana lucía surcado por un sinfín de finas arrugas. Josef sabía muy bien que cada uno de esos surcos se había grabado por culpa de sus constantes toses y tribulaciones. Por eso mismo deseaba demostrarle a toda costa que el vástago que ella había traído al mundo era un hombre digno de orgullo. "Aun así, no pienso detenerme". Por esa razón, Josef tan solo pudo ofrecerle una única respuesta: no estaba dispuesto a arrastrar una existencia resignada a la claudicación. "Deseo vivir entregando lo mejor de mí, luchando con fiereza hasta el final, tal como vos me enseñasteis". "...... Sí. Lo comprendo". En ese instante, madre e hijo se sentían mutuamente como deudores. Aunque las palabras hubieran brotado impulsadas por el más cálido afecto, Oksana sabía de sobra que al calar en el otro se transformarían en una herida punzante. "Con todo, mamá siempre estará aquí esperándote. Cuando las cosas se tornen insoportables, llámame sin vacilar". "Sí, madre". Habiendo constatado una vez más la inquebrantable determinación de su hijo, Oksana abandonó la estancia con paso reticente. Al ver a su madre apresurar la marcha para no dejar entrever el llanto que reprimía a duras penas, Josef no pudo más que inclinar la cabeza en silencio. "...... Os demostraré que mi llegada al mundo no fue en vano". No solo por su propia existencia, sino por la vida entera de su madre, quien lo había sacrificado todo por él. Manteniendo la mirada baja, Josef abrió sigilosamente el cajón de su escritorio. En su interior aguardaba un sobre de carta de una negrura absoluta. "......". Deslizando los dedos con lentitud, Josef procedió a abrir el remitente. A su espalda, más allá del ventanal donde se reflejaba su silueta, la densa bruma marina lo anegaba todo. Hoy, la jornada en que abría aquella siniestra misiva renegrida, era un día sumido en una densa niebla. \----- • Autor: Q10 • Traductor: Inmensurable ⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨
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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 188

Estás leyendo el capítulo 188 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.