Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 183 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Tras disiparse la niebla, Mosiam no era más que un paraje colmado de profundas cicatrices. Las murallas, otrora formidables, se habían venido abajo, y la plaza, corazón palpitante de la urbe, había quedado barrida sin dejar el menor rastro. Lo que aguardaba a las tropas de la Alianza del Norte, llegadas a toda prisa ante la calamidad desatada en Mosiam, era el espectáculo de una ciudad tan atrozmente devastada que bien podía describirse como semiderruida.
"...¿Me estás diciendo que este panorama es obra de apenas dos personas?"
Al contemplar la ciudad, sobre la cual se arremolinaban toda clase de escombros, el Duque de Acero se rascó una ceja en silencio.
"¿Acaso tiene algún sentido?"
Era un informe difícil de asimilar. Ni siquiera un ejército entero penetrando en la urbe habría sido capaz de sembrar semejante ruina; que aquello hubiera sido la labor de solo dos individuos resultaba inconcebible.
"¿Y encima uno de ellos es el mocoso de Bayezid?"
"...Según el testimonio de Günter, comandante de la orden de la Iglesia Ortodoxa, así es."
Al escuchar el reporte de Volkov, el Duque de Acero dejó escapar una risa seca, incrédulo ante semejante disparate. Sin embargo, por difícil de creer que resultaran aquellas palabras, el mismísimo comandante de los caballeros de la Iglesia Ortodoxa del Norte lo atestiguaba con meridiana claridad, por lo que no cabía margen para la duda.
"No sé ni cómo procesar esto... No logro hacerme una idea."
Apostado sobre los cascotes de lo que antaño había sido un edificio, Timur contempló a la distancia la plaza de Mosiam. Allí, sobre los desoladores restos, se alzaba imperturbable y solitario el árbol dorado. En aquella urbe despojada por completo de sus colores, era lo único que manifestaba su presencia con radiante nitidez.
Günter, el comandante de los paladines, lo había atestiguado con certeza: en una ciudad donde todo se había distorsionado, hubo un caballero que plasmó su propio mundo interior.
Aquel caballero cuyo nombre, a partir de ese instante, el hombre más poderoso del norte jamás olvidaría.
El nombre de aquel caballero era Vlad de Shoara.
\* \* \*
"¿Y qué fue del obispo Pierre?"
Vlad preguntó mientras bebía un sorbo de té, sentado en el alféizar de la ventana. Aunque sus manos temblorosas apenas parecían capaces de sostener la taza, el brillo de su mirada había recuperado por completo su viveza original.
"Vaya uno a saber. Desconozco adónde habrá ido."
"¿No estuviste con él hasta el final?"
"Así fue, desde luego."
\*Flup, flup, flup.\*
Tras revisar por última vez el ahumador que acababa de emplear, Nibelung respondió mientras guardaba sus artefactos mágicos dentro del morral. Aunque poseían un volumen que jamás debería caber allí, la bolsa se los tragaba uno tras otro con pasmosa desenvoltura, ante lo cual Vlad comenzó a clavarle una mirada llena de recelo.
"En cuanto vio entrar a las tropas de la coalición, dijo que iba a hacer sus necesidades y se esfumó. Todavía no ha regresado."
"Se dio a la fuga."
Vlad apuró de un solo trago el té que debió haber saboreado con calma y frunció el ceño. Por fuera parecía un madero inerte, pero en sus mañas aquel viejo era taimado como un zorro. Ya lo había constatado durante el incidente de las indulgencias: sin duda alguna, no era una persona con la que se pudiera bajar la guardia.
"Habríamos necesitado que estuviera aquí para conocer la verdad de todo lo ocurrido."
Tal como señalaba Vlad, la crisis inminente se había resuelto de algún modo, pero respecto a la artífice que había desencadenado semejante calamidad, todavía no sabían absolutamente nada. Ni el propósito tras arrasar la ciudad hasta tal extremo, ni siquiera su nombre.
Al observar a Vlad apretar los labios con frustración, Nibelung rebuscó en el interior de sus ropas.
"A decir verdad, encontré esto tirado al pie del árbol."
"¿Qué es?"
Nibelung era un mago consagrado a la búsqueda de los misterios arcanos. Por norma general, los hechiceros atesoraban como tesoros los indicios de lo ignoto que descubrían y jamás se los mostraban a otros a la ligera; sin embargo, Nibelung no actuaba con tales reservas ante Vlad.
"Yo tampoco lo sé con certeza, pero no parecía algo ordinario."
Lo que Nibelung le tendió eran fragmentos de algo semejante a trozos de vidrio. Aquellas esquirlas, parecidas a las de una esfera de cristal hecha añicos, le resultaban extrañamente familiares por alguna razón.
"Están en plena investigación, ¿acaso puedes llevarte cosas así como así?"
"Lo que cae al suelo carece de dueño original, ¿no le parece?"
"Bueno, en eso tienes razón."
Era una respuesta sumamente propia de un miembro de la raza de las bestias, y un razonamiento que alguien criado en los callejones comprendía a la perfección.
"¿Y no tienes idea de qué es?"
"Solo alcancé a percibir que algo residía en su interior. Quedó destrozado de una forma demasiado atroz."
Aunque sabía que no entendería nada con solo mirarlo, movido por el tedio, Vlad alzó las esquirlas de vidrio hacia la luz del sol. En el corazón de los brillantes fragmentos yacía un azul intenso y diáfano.
\['Es una semilla.'\]
"¿Mm?"
Pese a estar fracturado, el fragmento de vidrio albergaba un resplandor enigmático. Al observarlo a través de los ojos de Vlad, Kihano discernió de inmediato la verdadera naturaleza de la esquirla.
\['Contémplalo a través de tu mundo. Los demás caballeros tal vez no puedan, pero tú serás capaz de reconocerlo.'\]
Si bien los caballeros ordinarios jamás lo lograrían, Vlad, moldeado bajo la impronta del mundo de Kihano, sí podría discernirlo.
"......"
Ante sus palabras, Vlad cerró con serenidad el ojo izquierdo y contempló los fragmentos de vidrio a través de su plano interior. Aquel mundo de Vlad, arraigado ya con la firmeza suficiente como para proyectarse hacia la realidad exterior.
"¿Eh?"
En aquella esquirla contemplada a través de su mundo interior yacía grabada una escena. La estampa de olas encrespadas meciéndose sobre un mar azul profundo. Un árbol erguido sobre el acantilado al borde de las aguas contemplaba a diminutos espíritus que nadaban bajo el vaivén del oleaje. Eran espíritus con la silueta de aquella criatura marina que Haben solía describirle: un calamar.
"Esto es..."
Un recuerdo breve pero impregnado de un azul sobrecogedor emanó del fragmento. Al presenciar aquella escena, Vlad comprendió que la sensación era idéntica a la que experimentó ante la reliquia de la Casa Heinal.
\['Imaginé que no era un árbol común, pero después de todo recurría a este método.'\]
Al escuchar a Kihano, Vlad comprendió al fin de qué procedían los pedazos que sostenía en su mano. La colina de Deomar donde moraba la Serpiente Blanca. El ámbar amarillo que servía de reliquia a la Casa Heinal. Y aquel claro en el bosque de Dobrechti donde se alzaba el trol decapitado. En todos y cada uno de aquellos lugares siempre se erguía un árbol.
"...Tengo que atrapar a esa mujer sin falta."
"¿Cómo dice?"
Del mismo modo en que aquellos árboles cobijaban a los espíritus, el árbol invertido también había albergado las almas de los niños pequeños. Aunque la dirección que hubiera tomado fuera torcida y profana.
Al contemplar el núcleo destrozado de aquel árbol de los espíritus, Vlad cerró con cautela los dedos en torno a los fragmentos.
\*Toc, toc, toc.\*
"Adelante."
A pesar de no ser el dueño de la alcoba, Nibelung concedió el permiso para entrar, y la puerta se abrió apenas una rendija.
"¿Cómo os encontráis de salud?"
Quien llamaba a la puerta era Jean, el joven diácono del obispo Andrea. Al ver a Jean ataviado con sus vestiduras litúrgicas de un blanco inmaculado, Vlad se apresuró a suavizar el ceño fruncido de su semblante.
"¿Y vos, señor diácono? ¿Cómo os encontráis?"
"Me encuentro bien. A fin de cuentas, yo apenas hice nada."
Inclinaba la cabeza con timidez aduciendo que no había hecho nada meritorio, pero Vlad recordaba con total nitidez cómo Jean se había enfrentado al canto de aquella mujer.
"He venido a avisaros de que el funeral ya está dispuesto. Si aún os sentís indispuesto..."
"No, en absoluto."
Vlad se puso en pie dejando escapar un quejido sordo. Extendió la mano hacia la armadura dispuesta junto al lecho y le sonrió al joven diácono que aguardaba pacientemente.
"Será la última vez que podamos despedir a Lady Justia, así que deseo acompañarla sin falta."
"Entendido."
Aunque había afirmado que se encontraba bien, Vlad aún gruñía por el dolor de sus heridas, por lo que el joven clérigo se aproximó para ayudarle a colocarse las piezas de la armadura. La luz dorada del sol, filtrada a través de la ventana, caía con calidez sobre las espaldas de ambos.
Nibelung, que contemplaba la escena en silencio, alzó su taza de té con la mirada fija en el lejano templo eclesiástico.
\* \* \*
\*¡Tolón... tolón!\*
Un paladín pulcramente ataviado con su armadura hacía tañer la campana de Mosiam. Aunque se trataba de una campana abollada tras haberse precipitado desde el campanario derruido, aún cumplía con devoción su sagrado cometido.
"Todo ha volado por los aires."
"Aun así, la primera planta se conserva intacta."
"Es una fortuna".
Aunque todo lo que se alzaba por encima del segundo piso había sido arrancado de cuajo, tal como Jean había dicho, la planta baja donde se hallaba la capilla había permanecido milagrosamente intacta.
"¡Avanzad despacio y formad una fila!"
"¡Los heridos, a un lado!"
Por esa misma razón, no existía otro lugar donde la gente pudiera congregarse. Los soldados de la coalición eran incapaces de disimular la estupefacción en sus rostros ante el hecho de que aún quedaran tantos supervivientes en Mosiam.
"Es Sir Vlad de Bayezid. ¡Por favor, abrid paso!"
Al escuchar las palabras de Jean, los soldados comenzaron a contemplar a Vlad con asombro, e hicieron lo propio incluso los habitantes de Mosiam que se hallaban a su alrededor.
"¡Es un honor conocerlo!"
Los movimientos de los soldados al abrir el paso fueron impecables y marciales. Para aquellos que habían permanecido atrapados en la ciudad apenas había transcurrido una noche, pero para quienes aguardaban en el exterior habían sido dos largos meses. Los soldados, ignorantes de lo ocurrido en las sombras, creían erróneamente en ese instante que Vlad era el héroe que había defendido a Mosiam de las fuerzas demoníacas a lo largo de todo ese tiempo.
"¿Has llegado?"
"Es un honor presentarme ante usted por primera vez, mi señor duque".
Y Timur, el Duque de Acero, que esperaba a Vlad frente a la iglesia, no se molestó en disipar semejante malentendido. Para sanar una herida tan honda, era menester una alegría de idéntica magnitud. En un momento en que la ciudad de Mosiam yacía destruida y el prestigio del norte se había desplomado por los suelos, los únicos asideros capaces de calmar el convulso corazón del pueblo eran los paladines de la Iglesia Ortodoxa y el nombre de aquel caballero llamado Vlad.
"Por fin contemplo con mis propios ojos a la renombrada nueva estrella del norte. Aunque, a decir verdad, durante todo este tiempo Volkov ya me ha gastado las orejas hablándome de ti".
Vlad reconoció al caballero erguido junto a Timur y le dedicó una leve inclinación de cabeza. Quien escoltaba al duque en ese instante no era otro que Sir Volkov de la Jabalina, a quien había conocido tiempo atrás durante la cacería del lindwurm.
"Entremos".
"Sí".
Timur le rodeó los hombros con el brazo con absoluta llaneza, pero Vlad no se desconcertó en absoluto. En su mente, más que el complacido favor de un ilustre duque, solo cabía la última imagen de Justia interponiendo su propia espada para protegerlo.
"¡El duque Baranov hace su entrada!"
Al adentrarse en la capilla sorteando los escombros que aún no habían terminado de retirar, el recinto ya se encontraba abarrotado de hombres con armadura. Eran los caballeros de las siete familias congregadas bajo el pendón de la Alianza del Norte. Los caballeros de Bayezid y Heinal, con quienes ya guardaba familiaridad, asentían con orgullo al ver entrar a Vlad en compañía de Timur, el Duque de Acero.
"Permanece a mi lado. Te has ganado con creces el derecho de hacerlo".
"..."
Ante las palabras de Timur afirmando que era digno de ello, Vlad fue incapaz de responder y acabó bajando la cabeza. Siempre había buscado pretextos para erguirse con dignidad, pero en ese preciso instante sintió una punzada de vergüenza ante semejante elogio. Pues aquellos que de verdad merecían tal honor eran los que yacían ordenadamente frente a ellos.
"Hoy nos encontramos reunidos en este sagrado lugar para encomendar al lado de Nuestro Señor a quienes obraron guiados por un noble propósito".
A su lado se hallaba el único duque de todo el norte, y frente a él, el anciano venerable que regía la Santa Iglesia Ortodoxa como Papa. Eran vínculos colosales que cualquiera codiciaría tener a su favor, pero Vlad se limitó a clavar sus ojos en un único féretro que reposaba al frente.
Destellando al compás de la luz del sol, aquellos cabellos de oro blanco no habían cambiado en lo más mínimo desde el primer instante en que la vio.
"Recordaremos por toda la eternidad a aquellos que cumplieron con su deber incluso frente a un mal colosal".
Era el funeral de los paladines y sacerdotes, oficiado solemnemente bajo la guía del Papa. Sin embargo, la voz del pontífice, propagándose con pausada gravedad, alcanzaba con nitidez incluso a las gentes apostadas fuera del templo. Pues aquella ceremonia no pertenecía a nadie en particular: era un homenaje consagrado a todos los que habitaban en Mosiam.
"..."
Allá adelante, el Papa continuaba pronunciando sus plegarias, pero Vlad se limitaba a contemplar el féretro de Justia con la mirada perdida.
Aquella noble paladín que había expirado envolviéndolo en un abrazo para protegerlo. Pese a no haber compartido un vínculo prolongado, Vlad había recibido demasiado de ella; y ahora, había perdido para siempre toda posibilidad de saldar esa deuda.
"Vamos".
"Sí".
Cuanto más profunda era la herida grabada en el alma, mayor solemnidad revestía el consuelo. Cuando los caballeros del norte terminaron de rendir tributo a los caídos, las únicas personas que permanecían en el centro eran el Duque de Acero y Vlad.
"No te sorprendas demasiado".
"¿Cómo dice?"
Vlad, que ascendía por los escalones, inquirió desconcertado ante las palabras que Timur le soltaba al pasar, pero el duque se limitó a sonreír mientras contemplaba al Papa que los aguardaba al frente.
"Puesto que ha decidido concedértelo, recíbelo con gratitud".
Tras pronunciar aquellas enigmáticas palabras, Timur depositó con reverencia las flores que sostenía y comenzó a inclinar la cabeza ante aquellos que yacían en el reposo eterno.
"..."
Los sacerdotes que habían elevado sus rezos por Jean y por él, y los paladines que habían alzado sus aceros contra aquella mujer abominable... Vlad fue depositando una flor para cada uno de ellos, hasta que finalmente se detuvo frente al féretro de Justia.
"Gracias por todo, Justia".
Cuando enjugó las lágrimas negras de Anna, ella también había permanecido de pie a sus espaldas. Sin embargo, ahora era Vlad quien debía depositar con cautela la flor que sostenía en honor a la mujer que yacía ante él.
Le pareció como si el regusto salado de la manzana que ella le había pelado antaño aún rondara en la punta de su lengua.
"Vlad de Bayezid. El caballero que defendió Mosiam".
Tras depositar con devoción la última flor ante Justia, Vlad vio que el Papa avanzaba hacia él. Sus arrugas se asentaban con tanta naturalidad como la sonrisa que había esbozado durante incontables años.
"¿Sientes tristeza?"
"¿Santo Padre...?"
El anciano pontífice sonreía mientras contemplaba las pupilas de Vlad, que temblaban sin reposo en un mar de aflicción.
"Todos nosotros debemos partir algún día".
Acercándose a Vlad, el Papa fijó serenamente la mirada en su pecho y continuó:
"Aunque todos tengamos que partir en algún momento, la razón por la que nuestras vidas no quedan vacías es porque dejamos algo tras de nosotros al marcharnos. ¿Acaso no es así?"
"¿Cómo dice?"
Sin que se diera cuenta, la yema de los dedos del Papa ya acariciaba la coraza de Vlad. El lugar que tocaba era el rincón donde descansaba el orgullo de Vlad, aquella pieza que se había empeñado en conservar incluso después de haber cambiado de armadura.
"Justia me dijo que debía transmitirte estas palabras sin falta".
\*El caballero que protegió el aliento de los niños.\*
La inscripción otorgada en San Rozino aún permanecía grabada en el pecho de Vlad. Eran las palabras que Justia le había conferido al muchacho que trepó hacia el campanario abriéndose paso a través de la lluvia torrencial.
"Aunque Justia haya partido al lado de Nuestro Señor, al final ha dejado algo tras de sí".
\*Tssss—\*
Una densa humareda de un blanco inmaculado comenzó a brotar sobre la palma del Papa que cubría la inscripción.
"¡...!"
Vlad se sobresaltó al sentir cómo su armadura ardía con un calor incandescente, pero el semblante del pontífice al obrar el milagro reflejaba una absoluta serenidad.
"Ruego de corazón que te conviertas en el testimonio viviente de todos aquellos que perecieron".
Los muertos partían, pero a los vivos les correspondía cargar con su legado. El Papa Konrad comenzó a grabar una nueva inscripción sobre el pecho de Vlad en memoria de aquellos que habían sido como sus propios hijos, con la certeza inquebrantable de que sus muertes resplandecerían con gloria eterna bajo ese nuevo nombre.
"Confío en que así lo harás, Vlad de Shoara".
"...Santo Padre..."
Vlad abrió los ojos de par en par mientras contemplaba su coraza ardiente.
Cuando el humo blanco se disipó por completo, lo que quedó a la vista fueron dos palabras recién grabadas justo debajo de la inscripción legada por Justia:
\*El caballero que protegió el aliento de los niños.\*
\*Vlad.\*
\*Vlad Áureo.\*
"Aunque el nombre con el que naciste sea Vlad, bajo el nombre de Nuestro Señor serás Áureo".
Hubo un tiempo en que fue un muchacho que ni siquiera podía pronunciar su propio nombre con orgullo. Sin embargo, a partir de ese instante, una palabra que relumbraría con un fulgor inextinguible acompañaría para siempre su nombre.
Con los caballeros de las siete familias como testigos solemnes, esa palabra se convertiría en un nombre que fluiría por toda la eternidad junto a la sangre de Vlad.
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• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨

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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela)
Capítulo 184
El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 183
Estás leyendo el capítulo 183 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.