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Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 182 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Existía un pacto en verdad arcaico. Aquel juramento, nacido junto con los mismísimos albores del imperio, estaba destinado a perpetuarse eternamente en tanto la sangre y la voluntad de un hombre no se extinguieran. ¡Crash! Acompañado de un agudo estrépito, un líquido de tonalidad carmesí se desparramó sobre el suelo inmaculadamente blanco. Ante el dolor punzante que lo asaltó de súbito, Sarnus se desplomó de rodillas mientras se atenazaba la garganta. "¡Kjjj!" Al compás de sus manotazos a ciegas, las botellas de licor del aparador se vinieron abajo haciéndose añicos. Con desesperación, como si intentara arrancarse algo adherido a la carne, sus uñas arañaron su propia nuca; de las yemas de sus dedos ya brotaban gruesas gotas de sangre escarlata. "¡Ggggh...!" Unos grabados insólitos comenzaron a reptar por la nuca del dragón más antiguo. Aquellos tatuajes renegridos, que ascendían como sierpes, se ciñeron a la garganta de Sarnus como la soga de un cadalso, estrangulando poco a poco su respiración. "Esto... No puede ser..." Los ojos inyectados en sangre de Sarnus contemplaban la lejanía más allá de la ventana. Era una estampa que, en teoría, le resultaba imposible vislumbrar, pero que sus ojos no tenían más remedio que presenciar. A lo lejos, en medio de la tempestad que avanzaba desde el norte, destellaba un relámpago de blancura inmaculada. Aquel blanco nítido y deslumbrante era, asimismo, uno de los recuerdos más punzantes clavados en lo profundo del alma de Sarnus. Y junto a esa memoria permanecía grabado a fuego el nombre del varón más noble y grandioso en toda la historia imperial: el Rey Fundador del imperio y colosal Matadragones. El hombre que fue, además, el único Maestro de la Espada de la humanidad. "... ¡Frausen!" Al contemplar aquel rayo albino que hendía la distancia, el dragón más antiguo profirió un alarido desgarrador. '¿Acaso cumpliste tu promesa, cobarde dragón? ¿Cumpliste la promesa que hiciste al postrarte ante mí suplicando por tu vida?' \* \* \* ¡Ruuuuum! Sobre la ciudad de Mosiam caían implacables relámpagos níveos. Aquellos rayos descendidos del firmamento teñían con su propia luz a la urbe hasta entonces sumida en la negrura absoluta. "\[Me resultan caras conocidas, ¿verdad?\]" Vlad —o más bien Kihano, que ocupaba el lugar de Vlad— sonreía con socarronería mientras señalaba a los caballeros decapitados. "\[Y sus fechorías son un calco idéntico.\]" Aquel perverso clérigo que segaba el aliento de los niños en una aldea anegada de niebla. Al contemplar a aquellos caballeros sin cabeza que lucían una estampa idéntica a la suya, la gélida furia de Kihano se encendió como una hoguera. "\[Eras tú.\]" "¡...!" Y en el sitio exacto hacia el cual apuntaba el dedo de Kihano se hallaba una mujer cuyo comienzo había sido azul, mas cuyo desenlace se había tornado renegrido. Al advertir la inconmensurable entidad que moraba dentro de los ojos azules de Vlad, sus manos se estremecieron involuntariamente. Era un terror que incluso un corazón inerte, desprovisto de latidos, resultaba capaz de experimentar. "¡A ese hombre, de inme...!" La mujer intentó convocar a sus caballeros para frenar a Kihano, pero en el ojo derecho de este ya se había terminado de condensar su propio mundo. "\[¿Hacerme qué?\]" "¡...!" Lo primero en alcanzarla fue una luz blanca pura; lo siguiente en tocarla fue el estruendo. Aunque Kihano aún permanecía en el lugar que su propio dedo señalaba, al mismo instante se erguía ante los ojos de la mujer. Allá atrás, la silueta residual de Kihano, desvaneciéndose en una sombra borrosa, aún le sonreía. ¡Buum! ¡Kraboom! ¡Bum, bum, bum! "¡Es demasia...!" "¡Aaaaargh!" Tras el rugido ensordecedor que arribó con retraso, los caballeros decapitados comenzaron a reventar por los aires uno tras otro. Aquel era un mundo delineado por Vlad, pero pintado enteramente por Kihano. El torpe mundo de Vlad, esbozado por primera vez en su existencia, era del todo incapaz de albergar la sobrecogedora velocidad de Kihano. "¡Kaaaahk!" Al encajar un impacto demoledor contra el abdomen, la mujer no pudo contener un chillido agónico y desorientado. '¡Esto es imposible!' Un cuerpo que no estaba vivo y que, por ende, no debía sentir dolor físico alguno. Y sin embargo, en ese preciso instante pataleaba y se retorcía mientras profería agudos alaridos. La razón era incontestable: una presencia que trascendía las leyes del mundo estaba aplastando su entidad sustancial en sí misma. ¡Daaanng! Acompañados por el tañido clamoroso de las campanas, los edificios apostados alrededor de la plaza comenzaron a desplomarse. Entre la densa polvareda, lo único que se alzaba con firmeza inamovible era el Árbol dorado que Vlad había erigido. Y sobre sus ramas, el mundo albino desatado soltó un rugido colosal. "\[¡Sobre mi tierra, erigida para los desvalidos e inocentes!\]" Con cada trayectoria de esgrima que descargaba, los imponentes edificios se partían de arriba abajo; con cada paso que Kihano estampaba, los adoquines estallaban en pedazos. Era un despliegue arrollador que desollaba violentamente, una a una, las capas del mundo tenebroso que la mujer había urdido. "\[¡¿Qué demonios han estado haciendo ustedes?!\]" "¡Aaaaagh!" Aplastados bajo el peso del colosal mundo de Kihano, los dos pies de la mujer se vieron forzados a tocar la tierra por completo. Sintiendo la presencia de una divinidad a la que durante tanto tiempo le había dado la espalda, la mujer soltó un chillido desgarrador. "\[¡¿Por qué anduvieron por ahí arrebatándole la vida a los niños?!\]" "¡Yo no los maté!" La mujer, que hasta hacía un momento reía con demencia, rompió a llorar. De sus cuencas brotaban lágrimas de tono azabache. El rencor irremediable de una madre despojada de sus hijos, un tormento que nadie en el mundo podría consolar jamás, volvió a emerger desde lo más profundo de su propio plano interior. "¡Solo quería protegerlos! ¡De este maldito mundo!" Había un recuerdo de niños calcinados hasta el carbón sobre los cuales yacía clavado el blasón de la iglesia. Había una monja que lloraba amargamente al pie de las tumbas de infantes exterminados por el mero pretexto de conveniencia de alguien más. Aquella mujer había sido en el pasado un ser noble, dueño de una voz hermosa. "¡Yo voy a protegerlos!" Sin embargo, lo que ahora aullaba era una garganta horriblemente desgarrada, consumida por el remordimiento y la obsesión ciega. De aquellos dos ojos emborronados por la oscuridad, incapaces ya de verter lágrimas transparentes, manaban regueros negros. "¡En un mundo creado por mí, y no por Dios!" "\[¡...!\]" El lamento de la mujer, incapaz de discernir el presente de los fantasmas del pasado, convocó a alguien que aguardaba oculto tras la bruma. ¡Klaaang! "\[¡Kgh!\]" "¡Hup!" Espada contra espada colisionaron despidiendo un estallido fulgurante de chispas. En ese preciso instante, la espada plateada delineada por el mundo de Kihano empezó a estremecerse con violencia, como si la presa de una aguda confusión se hubiera apoderado de su acero. "\[¡...!\]" "..." Kihano exhibió un gesto atónito; Frausen, un semblante pétreo. El hombre que se había manifestado junto a la niebla poseía un rostro que incluso Kihano, habiendo apenas recobrado jirones de su memoria, reconoció a la perfección. "... Parece que las previsiones funcionaron como debían." Al cruzarse sus miradas, cada uno vio reflejada su propia imagen en las pupilas del otro. Jamás imaginaron que volverían a encontrarse de semejante manera; con todo, el caprichoso destino los había colocado frente a frente, obligándolos a encararse. "A fin de cuentas, para ser solo un chiquillo, era un sujeto ciertamente fuera de lo común." ¡Klaang! La turbada espada plateada continuaba temblando. El más grande esgrimista y el más formidable Matadragones se sostenían mutuamente la mirada; la punta del arma vacilaba en el aire, presa del desconcierto al no saber hacia quién debía dirigir su estocada. "¿No vas a matarlo?" "\[¿A quién?\]" Al notar cómo Kihano intentaba desviar el tema a toda costa, Frausen esbozó un gesto enigmático. "A la mayor posibilidad de convertirse en dragón." "\[... ¿Dónde ves tú a un dragón aquí?\]" Un dragón era una entidad inmortal e imperecedera debido a su perfección absoluta. Aunque fuese desmembrado en añicos, bastaba con que sus partes volvieran a reunirse para que resucitara; y aquel hombre había temido esa posibilidad hasta el último suspiro de su existencia. "\[Lo que yo he abrazado es una estrella.\]" No obstante, mientras uno observaba a través del muchacho la silueta nefasta de un dragón, el otro contemplaba a través de él una estrella resplandeciente. Ambos contemplaban exactamente lo mismo, pero en aquel instante sus palabras aludían a verdades distintas. "..." ¿Cuál era el verdadero fundamento de la propia existencia? Habiendo acumulado memorias dispares durante un lapso de separación tan prolongado, a raíz de aquel breve diálogo las identidades de ambos comenzaron a bifurcarse de manera irrefutable: en Kihano por un lado, y en Frausen por el otro. "Parece que el ritual salió mal." Kihano, que soñaba con las posibilidades, y Frausen, que había regresado para cumplir con su deber, ahora podían apuntarse con sus espadas sin la menor vacilación. Porque quien estaba frente a ellos ya no era uno mismo. ¡Claaaang! El ojo derecho y el ojo izquierdo, cerrados, comenzaron a proyectar el mismo mundo. Sin embargo, aunque compartieran el mismo color, la forma que trazaban pertenecía a mundos distintos. "¡Urrrgh!" \["¡Haaap!"\] Golpes mortales a la perfección idénticos se abalanzaron el uno contra el otro. Eran mundos situados en un nivel tan remotamente elevado que nadie podía atreverse a intervenir. ¡Buum! ¡Crash! "¡No regresaste para esto!" \["¡Te equivocas!"\] Con cada embate que colisionaba, un edificio se derrumbaba sin excepción. \["¡Para esto es exactamente para lo que regresé!"\] Dejando a sus espaldas el árbol dorado y a la mujer que lloraba, aquellos hombres comenzaron a despedazarse mutuamente sin retroceder un solo paso. "¿Qué demonios es esto...?" Günter y los paladines, que se disponían a recibir al comandante de los ejércitos celestiales, contemplaban la ciudad que se desmoronaba con la mirada atónita. Era el duelo entre dos hombres que parecían haber surgido directamente de las leyendas. Ante aquel espectáculo que provocaba escalofríos con solo contemplarlo, a nadie le resultaba fácil recuperar la compostura. ¡Kboooom! Las chispas que brotaban cada vez que las espadas chocaban prendían fuego al cielo azabache. A causa de ello, el cielo de Mosiam empezó a recobrar poco a poco su verdadero color. La luz del sol que se filtraba desde las alturas comenzó a bañar el rostro de Günter. "...¡Redirigiré el ritual!" Aquel rayo de sol era semejante a una revelación. La luz solar que rozó a Günter trazó una senda recta y, esta vez, comenzó a iluminar el árbol dorado. Un árbol dorado idéntico al color del cabello de cierta persona. Al observarlo a través del mundo de Dios, allí se encontraban unos niños que sonreían con inocencia, alzando las palmas de sus manos como si la luz del sol, que por fin lograban ver, les resultara deslumbrante. "¡Extraordinario, Vlad!" Ignoraba cómo había sucedido, pero aquello sin duda era un milagro. El fervoroso anhelo de un caballero que deseó con toda su alma en medio de una ciudad consumida por la distorsión debía de haber invocado algo milagroso. "Que por medio de este santo sacramento concedáis la gracia del Espíritu Santo para socorrer a estos niños." La divinidad reunida para recibir al comandante de los ejércitos celestiales ahora no apuntaba al cielo, sino hacia el árbol de Vlad. ¡Kbaaaam! La ciudad se derrumbaba, las murallas se hundían. Sin embargo, aun en medio de aquel caos, las inquebrantables oraciones de los paladines resonaban en lo alto sin titubear. "¡Librad a estos niños del pecado, concededles la salvación y miradlos con piedad!" La última plegaria que se puede escuchar antes de abandonar este mundo. La Extremaunción. Los caballeros de Dios, situados en el lugar donde debían estar, abrían un sendero a través del color dorado sobre la tierra y el blanco inmaculado bajo el firmamento. "¡No! ¡Mis niños!" Las lágrimas negras de la mujer intentaron impedirlo, pero Dios ya había posado su mirada sobre los desdichados infantes. Y así, una puerta hacia el cielo comenzó a abrirse. La radiante luz de la salvación descendía sobre Mosiam. ※※※※ "¿Qué es eso?" En la formación del ejército donde ondeaban los estandartes de las siete familias. Frente a los caballeros sumidos en una tensa guardia, comenzó a divisarse una insólita columna de luz. Era el primer fenómeno anómalo visible procedente de la ciudad que hasta entonces había estado completamente sepultada por la niebla. "Oh... Esa luz..." "¿Reconoce esa luz?" Aunque Timur, el Duque de Acero, ocupaba la posición más encumbrada del norte, incluso él tenía a alguien a quien debía dirigirse con reverencia. "Así es. Esa luz es una noble plegaria que guía a las almas perdidas." Aquel anciano discernió de un solo vistazo la verdadera naturaleza del haz de luz suspendido sobre Mosiam. El Papa Konrad, líder supremo de la Iglesia Ortodoxa del Norte, comprendió que la luminiscencia que brillaba sobre Mosiam correspondía a la extremaunción para el rito de la ascensión. "Parece ser que mis caballeros en el interior han abierto el camino hacia el Señor." "Los paladines..." El Papa Konrad inclinó la cabeza en oración diciendo que aquello también era por la gracia divina. Sin embargo, a pesar de su explicación, el semblante de Timur no se relajó. 'Han pasado ya dos meses... ¿Acaso todavía quedaban supervivientes allí dentro?' La densa niebla de la mujer había terminado por difuminar incluso la frontera entre el tiempo y el espacio. Por ello, aunque en el interior apenas había transcurrido menos de un día, en el exterior ya habían pasado dos meses completos. De modo que la duda que asaltaba a Timur en este momento era del todo comprensible. ¡Ruuuumble! "¡Mi señor duque!" "Ya lo vi." Allí enfrente, las murallas de Mosiam se venían abajo. De una forma atroz, como si algo hubiese detonado desde las entrañas de la urbe. Al ver desplomarse las murallas sin que nadie hubiese lanzado un ataque, los soldados de la Alianza del Norte comenzaron a murmurar consternados. "A los caballeros... Reúnan a los caballeros enviados por cada familia." Timur tartamudeó sin darse cuenta. Incapaz de disimular su turbación, impartió la orden con voz trémula: "Deben congregar únicamente a aquellos capaces de blandir el Aura." "Entendido, mi señor duque." Timur no apartó la mirada de las murallas derruidas ni siquiera mientras daba la orden. Pues allí se manifestaba una resonancia del mundo capaz de sobrecoger incluso al caballero más formidable del norte. "...Es como si un Maestro de la Espada hubiese irrumpido allí." Era la resonancia del mundo que él podía percibir con meridiana claridad precisamente por hallarse en un reino tan elevado. Abrumado por semejante vibración, Timur se apresuró a cerrar su ojo izquierdo. Una presión tan asfixiante que resultaba imposible de soportar sin invocar su propio mundo. En ese instante, sin necesidad de que nadie lo ordenara, todos los caballeros que se erigían en aquel reino cerraron al unísono su ojo izquierdo. ※※※※ "Vaya." El hombre de cabello blanco permanecía de pie en medio de la densa humareda. Frausen percibió la presencia de los caballeros apostados más allá de la ciudad. Caballeros que gobernaban sus propios mundos interiores. Entre ellos, había uno cuyo mundo era de tal magnitud que ni siquiera él podía desdeñarlo a la ligera. \["¡Uf!"\] Kihano, tras emerger apartando los escombros de la muralla, soltó una carcajada. Su aspecto era un desastre cubierto de polvo de roca, pero a diferencia del semblante sombrío de Frausen, él todavía podía sonreír. \["Resulta que aquí en el norte este muchacho tiene muchos amigos."\] "..." \["¿Podrás lidiar con todos ellos incluyéndome a mí?"\] La mirada de Frausen se posó en la punta de los dedos temblorosos de Kihano. "Tiene suerte." \["Este chico siempre ha tenido buena suerte."\] Kihano fingía sosiego a duras penas, pero ya había alcanzado su límite. Aunque la voluntad de ambos era idéntica, la disparidad entre los recipientes que la contenían resultaba insalvable; en este punto, cuanto más se dilatara el combate, más favorable sería para Frausen, quien contaba con su cuerpo original. "No lo olvides. Qué clase de deber cargaba sobre mis hombros." La mujer contemplaba con rencor aquel halo resplandeciente. Frausen cargó a la mujer, que aún permanecía sentada con la mirada ausente, y dirigió sus últimas palabras a Kihano: "Yo he regresado para matar dragones." \["..."\] Tras pronunciar aquellas palabras, el hombre se desvaneció entre la niebla. Con el reflujo pausado de las olas de bruma, el sol de este día comenzó a teñir lentamente los cielos sobre la ciudad de Mosiam. \["Te dije que no es un dragón, sino Vlad..."\] En cuanto la presencia de Frausen se extinguió, la visión de Kihano comenzó a ladearse. Mientras se desplomaba, algo se reveló ante sus ojos. El árbol dorado que aún refulgía. Sobre la espada de Vlad, que había recobrado su auténtico matiz despojándose del plateado, partículas centelleantes susurraban con un tenue murmullo mientras alzaban el vuelo hacia el árbol de Vlad. \----- • Autor: Q10 • Traductor: Inmensurable ⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨
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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 182

Estás leyendo el capítulo 182 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.