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Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 174 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
¡Puf, puf, puf... puf! Hay quienes dicen que la madrugada, justo antes de que despunte el sol, es la hora más oscura. Y en aquel instante, en la ciudad de Mosiam, dos hombres hendían la densa niebla precisamente a esa hora de tinieblas absolutas. Acompañados, además, de un sonido sumamente frívolo. "¿Hasta cuándo tengo que bombear esto?" "Hasta que lo encontremos." "¿Y cuándo lo encontraremos?" "Hasta que aparezca ante nuestros ojos, supongo." "......" En la frente de Vlad, que tiraba de la manivela sin descanso, ya comenzaba a brotar una pequeña vena. En apariencia se trataba de un ahumador común y corriente, pero ofrecía una resistencia tan espantosa que resultaba arduo sostenerlo de continuo incluso con su formidable fuerza de agarre. "De cualquier modo, más nos vale hallarlo pronto. Nuestras pintas ahora mismo son de lo más sospechosas." "En eso concuerdo plenamente." Tal como señalaba Vlad, el aspecto de ambos era tan sospechoso que, si los guardias de la ronda los interceptaban, no tendrían justificación alguna que ofrecer. Nibelung con una estrafalaria máscara de cuervo y Vlad cubriéndose la boca con una mascarilla. Quienquiera que los contemplase en ese momento se llevaría un susto de muerte, aunque ambos tenían sobradas razones para ataviarse de semejante guisa. "Se lo advierto una vez más: bajo ninguna circunstancia se baje la mascarilla. Lo que arde dentro del ahumador son hierbas venenosas." "Que ya lo sé." Una advertencia afilada interceptó a Vlad justo cuando intentaba bajarse la mascarilla con disimulo. Para purgar una falsedad se requería algo aún más maligno y virulento. El ahumador empleado para disipar la niebla ilusoria rebosaba de polvo de hierbas ponzoñosas especialmente preparado por Nibelung. 'Maldito gato de los demonios.' Vlad soltó una maldición para sus adentros, mas no podía exteriorizar su queja. Ante una circunstancia tan insólita como aquella, incluso alguien de sus recursos precisaba de un guía. Y Nibelung, siendo hechicero, poseía talento de sobra para desempeñar semejante papel. "Espere un momento." "¿Lo encontraste?" Ante la indicación de Nibelung de detener la marcha, Vlad fue incapaz de disimular su alivio. Aunque su orgullo como caballero le impedía admitirlo, accionar aquel ahumador extrañamente correoso ya era una labor sumamente extenuante. "...... Sí. Parece que lo he encontrado." Nibelung bajó la vista hacia la palma de su mano con expresión tensa. Sobre ella danzaba un diminuto muñeco de trapo. Quienquiera que lo hubiese cosido carecía por completo de destreza, de modo que los botones que le servían por ojos colgaban a punto de desprenderse; no obstante, sus movimientos al bailar eran tan ágiles y vívidos como si cobrase auténtica vida. "Es hacia allí." "Hum." Hacia donde apuntaba el muñeco danzarín. Pegados al muro del callejón, Vlad y Nibelung dirigieron la mirada en la dirección que señalaban las romas yemas del muñeco. "...... Parece que hemos dado con el sitio correcto." "Eso parece, en efecto." Los suburbios de la ciudad, desprovistos de un solo transeúnte. Hacia donde convergían sus miradas se alzaba un letrero que rechinaba con lentitud al vaivén del viento. \[Cementerio Comunal de San Focas\] Aquel rincón al que habían arribado guiados por el muñeco mientras consumían la falsa niebla era el camposanto comunal dispuesto para la ciudad de Mosiam. "¿Por qué no entra?" "Tú fuiste quien abrió la marcha todo el camino." "Ya alcanzamos el destino, así que mi tarea concluye aquí. Vaya usted en cabeza." "...... Ahora que lo pienso, creo que siempre he detestado a los gatos." Refunfuñando que, a fin de cuentas, los perros eran mil veces mejores, Vlad y Nibelung intercambiaron sus puestos. Al contemplar el camposanto, de las gargantas de ambos escapó al unísono el sonido seco de tragar saliva. \* \* \* La insólita maldición que se había propagado entre los niños de Mosiam se manifestaba acompañada de los siguientes síntomas: Un sueño profundo, un mismo sueño idéntico y una temperatura corporal en constante descenso. Y allí, en el joven diácono que acababa de despertar, comenzaban a manifestarse exactamente los mismos signos. "¿Tiene frío? ¿Quiere que le traiga una manta?" "Bbrrr...... Sí." Al ver a Jean estremecerse nada más abrir los ojos, los paladines congregados a su alrededor no pudieron evitar componer semblantes amargos. Aquella ciudad de Mosiam rebosaba de padres que habían perdido a sus retoños, y el agónico relato que estos escupían al recordar los últimos instantes de sus pequeños coincidía con milimétrica precisión con el comportamiento que mostraba Jean. "¿Acaso sentiste algo extraño o sospechoso en ese sueño?" Rodeando los temblorosos hombros de Jean con sus brazos, Justia hacía cuanto podía para evitar que el muchacho se aterrorizara, pero ya habían quedado demasiadas cosas a la vista como para lograrlo. Los paladines que cercaban el lecho y los escribanos que tomaban nota minuciosa de cada una de sus palabras. Por muy ingenuo que fuese un niño, en semejante tesitura le resultaba inevitable percatarse de que algo marchaba terriblemente mal. "...... Es que, verá..." "Hable sin temor." La voz de Justia destilaba calidez, pero los labios de Jean no hacían más que balbucear con timidez. Abrumado por el desasosiego en medio de aquel entorno desconocido y rodeado de extraños, el joven diácono desvió los ojos hacia una familiar cabellera rubia. Ante la mirada del muchacho, que parecía implorar auxilio, Vlad se aproximó en silencio hasta la cabecera de la cama. "Dígalo, señor diácono. Si no habla, nos será imposible ayudarlo." "Pero......" "No se preocupe." Vlad sostuvo con firmeza los hombros temblorosos de Jean y clavó una mirada serena y resuelta en el joven clérigo. "Míreme. Todavía no lo he soltado." El protector que, por encargo expreso del obispo Andrea, lo había acompañado y guiado en todo momento. Ante las palabras de Vlad que le aseguraban que aún permanecía bajo su custodia, el desconcierto que titilaba en los ojos de Jean comenzó a sosegarse poco a poco. "No sabría decir si se trataba de una presencia maligna, pero......" "Le escucho." "Hubo algo que pude sentir con total certeza." No se trataba de un niño cualquiera, sino del diácono personal del obispo Andrea. El testimonio procedía de un jovencito criado desde su más tierna infancia al amparo de la iglesia. "La fogata que vi en el sueño... Dentro de ella, indudablemente, se sentía un hálito sagrado." "...... ¿Cómo?" Ante la inesperada respuesta de Jean, tanto Justia, que lo interrogaba, como Günter, que permanecía de brazos cruzados a sus espaldas, detuvieron en seco sus movimientos. Una hoguera cálida y acogedora como el regazo materno. El joven diácono aseguraba haber sentido en su interior una presencia sagrada. "...... ¿Una presencia sagrada?" "¿Qué demonios significa esto?" Que un hálito divino estuviese entremezclado en una pesadilla tan funesta resultaba inconcebible. En medio del desconcierto que sacudió a todos los presentes ante la insospechada declaración de Jean, hubo un solo hombre que actuó con silenciosa presteza. "¡Ay!" "Buen trabajo." Jean soltó un chillido agudo ante el repentino tirón que sintió en la coronilla, pero Vlad, que lo estrechaba contra sí, se limitó a acariciarle la cabeza como si no hubiese ocurrido nada en absoluto. "No se preocupe más. Ahora descanse un poco." "...... Sí." Observando a Jean frotarse la nuca con perplejidad, Vlad se apresuró a arroparlo con la manta. En las yemas de los dedos que habían acariciado al joven clérigo descansaban, disimulados, varios mechones de cabello húmedos de sudor. Eran cabellos de Jean. \* \* \* "Es el sitio exacto, pues apunta hacia donde señala la maldición que conjuré. Vaya usted al frente." "Que ya voy, pesado." Al muñeco que todavía no dejaba de danzar se encontraban atados los cabellos de Jean. Un hechicero de mal agüero, un médico de la peste que perseguía las huellas de la muerte. Para desentrañar el origen de aquella maldición que se contagiaba a través de los sueños, el método que Nibelung había elegido consistía en imponer él mismo una maldición sobre Jean. "No tenemos tiempo. En breve despuntará el alba." "Ya lo sé, no hace falta que lo repitas." Habiendo atado su propio hilo al cabo de aquel sueño insondable, Nibelung había cumplido su cometido a la perfección, tal como Vlad lo requería. Y a partir de aquel instante, tal como el hechicero acababa de manifestar, era el turno de Vlad de tomar la vanguardia. 'Tampoco es que pueda pedir refuerzos......' La cuestión no radicaba en la procedencia de las tropas, sino en la premura del tiempo. La maldición que envolvía a Mosiam yacía oculta en la niebla, flotando a la deriva como una sutil burbuja errante. Aquello significaba que, de no intervenir de inmediato, incluso aquel lugar que tanto esfuerzo les había costado localizar se tornaría inservible en un abrir y cerrar de ojos. "Yo no puedo saltar el muro, ¿sabe?" "¿Acaso no eres un gato?" "No soy un gato, sino un miembro de la raza de las bestias". "No me jodas. De verdad". Aunque Vlad había escalado con agilidad el muro del cementerio, Nibelung se había quedado abajo, inmóvil, limitándose a parpadear atónito. "¡Kjiik!" "Vaya que das trabajo". Tras sortear el muro cargando prácticamente a Nibelung a cuestas, Vlad escudriñó los alrededores a toda prisa en cuanto puso pie en el interior. La atmósfera del cementerio aplacó de golpe la irritación de hacía unos segundos. Bajo la espesa niebla extendida sobre el terreno se apiñaban los nombres de incontables difuntos. 'La niebla se ha vuelto más densa'. Ante aquel presagio cada vez más sombrío, incluso Nibelung, que siempre parecía tener un tornillo suelto, aguzaba las orejas con tensa rigidez. No sabía si era mera sugestión, pero creyó percibir una sutil vibración bajo la tierra que pisaban. "Si en las tinieblas hay una voz que me llama y hacia allí vuelvo el rostro..." El sonido de un conjuro llegó hasta ellos mientras permanecían agazapados y conteniendo el aliento entre las lápidas. Aquella salmodia, inequívocamente sospechosa para cualquiera que la oyese, procedía de lo más recóndito del camposanto. "Vamos". "Sí". El caballero que ansiaba disipar la maldición y el mago que deseaba presenciar la muerte hicieron brillar sus miradas al unísono. Conforme seguían el rastro del conjuro, la danza de la marioneta se volvía más frenética. "Confío en que, si permanezco junto a Vos, no me dejaré seducir ni por aquellos ojos que acechan en las tinieblas..." "¿Tres o cuatro?" "A mi juicio, son cuatro". El cementerio se hallaba sumido en la madrugada más oscura, justo antes del alba. En aquel paraje había un círculo mágico que emitía un tenue resplandor; un trazo mágico dibujado por hombres de identidad desconocida que merodeaban por la tierra de los muertos. "Están completando el círculo mediante el cántico. No sé con exactitud qué pretenden hacer..." "De cualquier modo, significa que es mejor detenerlos antes de que lo completen". A medida que avanzaba la tenue salmodia, el círculo mágico trazado sobre el suelo resplandecía con mayor fuerza. Y cuanto más brillaba, mayor impaciencia anidaba en el pecho de Vlad. '¡Aun así!' Aun así, era indispensable conocer al enemigo y sopesar la situación para resolver la crisis. Las enseñanzas de Auguste, capaces de hender las tinieblas, le señalaban el camino a Vlad. Eran cuatro los hombres que rondaban el cementerio. De ellos, dos se hallaban dentro del círculo. Y en el interior de la figura mágica reposaba una vasija de naturaleza desconocida. "¿Puedes romper esa vasija?" "Si es solo la vasija, sí". "Bien". Ante las palabras de Vlad, Nibelung rebuscó en su mochila y extrajo un tirachinas. Al verlo erguir las orejas indicando que estaba listo, Vlad cerró con serenidad el ojo izquierdo. 'El primer golpe debe ser deslumbrante'. En medio de una honda respiración, un viejo consejo que la voz le había brindado en el pasado afloró en la mente de Vlad. En el ojo izquierdo que mantenía cerrado anidaba un fulgor dorado más esplendoroso que cualquier otro color. \* \* \* "¡...!" "¡¿Quién anda ahí?!" Un haz de luz dorada hendió el aire, del todo ajeno a aquel paraje sombrío. La acometida de Vlad, que por fin se reveló, fue tan fulgurante que aquellos hombres no tuvieron la menor oportunidad de reaccionar. "¡Kjg!" '¡Uno!' Había segado a uno de los dos que montaban guardia fuera del círculo. Aquel hombre ni siquiera llegó a percatarse de la llegada de Vlad. "¡Detenedlo!" "¡No! ¡Proteged primero al obispo!" El hombre apostado dentro del círculo intentó desenvainar su espada a toda prisa. Sin embargo, ya era tarde. ¡Crack! '¡Dos!' El segundo hombre vio aproximarse a Vlad, pero no logró desenvainar a tiempo. Había quedado fascinado y cegado por el deslumbrante color de Vlad. "¡Proteged la reliquia sagrada!" "¡Kyaaaah!" El hombre que parecía el cabecilla señaló con urgencia la vasija, pero aquella sospechosa pieza le correspondía a Nibelung. Del proyectil disparado por el tirachinas brotó un agudo e inquietante lamento espectral. ¡Crash! La vasija estalló en pedazos entre un alarido semejante al llanto desgarrador de una mujer. La fragancia que emanó de su interior desprendía un diáfano aroma a hierbas. "¡Vaya, miren a quién tenemos aquí!" En un parpadeo, Vlad había abatido a dos de los cuatro hombres y hecho añicos la sospechosa vasija. Plantado frente al cabecilla del grupo, Vlad constató su rostro y esbozó una sonrisa feroz. El hombre, incapaz de disimular su estupefacción ante la espada que lo encañonaba, era alguien a quien Vlad conocía de sobra. "¿Qué asuntos lo traen por aquí, obispo Pierre?" "¡Maldita sea!" Fue cuestión de un suspiro. El único hombre que aún no había sido reducido intentó abalanzarse hacia ellos, pero el tirachinas de Nibelung ya lo tenía en el punto de mira. "¡¿Acaso es usted quien ha propagado la maldición en este lugar?!" "¡Soy un devoto siervo de Dios y un obispo de la Santa Sede! ¡¿Crees que cometería semejante atrocidad?!" "¡¿Entonces qué demonios hace aquí?!" La vasija destrozada, sus hombres derribados y el círculo triangular perdiendo luz por momentos. Pierre estalló en cólera contra Vlad, quien acababa de arruinar todo cuanto había planeado. "¡Vine para disipar la maldición! ¡Pedazo de idiota!" "Y pretende que le crea..." ¿Cómo iba a creerle? Era el mismo hombre que había vendido indulgencias fraudulentas y le había cargado la culpa a él. Un retumbo sordo y trepidante comenzó a sacudir el suelo. Sin embargo, Vlad no llegó a pronunciar las palabras que ya asomaban a sus labios. "¡Ya todo se ha echado a perder! ¡Es por tu maldita culpa!" "¡...!" Bajo el firmamento más sombrío, el círculo triangular se apagaba poco a poco. La vibración proveniente del subsuelo creció con tal magnitud que terminó por desestabilizar el equilibrio de Vlad. "¡¿Qué demonios hizo usted en este sitio?!" "¡Aaaaargh!" Un terremoto descomunal que tragó incluso la voz de Vlad. Sin embargo, un alarido desgarrador hendió aquel cataclismo. "¡Piedad, sálvenme!" El hombre al que apuntaba el tirachinas de Nibelung colgaba ahora en el aire, pataleando en el vacío. A las puntas de sus pies se hallaba aferrada una masa de lo que parecían tentáculos informes. "¡Es el Árbol de Qliphoth! ¡La voluntad de Dios proclamada a la inversa!" Una mole colosal quebró al fin la tierra de los difuntos y emergió a la superficie. Las ramas se orientaban hacia la tierra; las raíces, hacia el firmamento. Y sus hojas se alimentaban de tinieblas en lugar de luz. Aquello que por fin se reveló ante ellos era un árbol gigantesco que subvertía por completo las leyes del mundo. "¡Señor obispo...!" ¡Zas! El hombre que suplicaba lastimeramente en el aire fue desgarrado en dos a lo largo de aquellas raíces. Una lluvia de entrañas cayó a borbotones, desplomándose sobre los restos de la vasija rota. "Qué demonios es eso..." "¡Ahora ni siquiera podemos escapar!" En la tierra de los muertos solo permanecían en pie Vlad, Nibelung y Pierre. A sus pies, el círculo triangular trazado emitía apenas una débil y titilante luminiscencia. "¡Ayúdame si quieres seguir con vida! ¡Hay que completar el círculo!" "¡Sir Vlad! ¡Démonos prisa! ¡Este anciano tiene razón!" Ante los bramidos de Pierre exigiendo completar la formación, Nibelung comprendió la gravedad de la situación y apresuró a Vlad a colocarse sobre uno de los vértices del triángulo. "¡¿Qué se supone que haga?!" "¡Libera tu Aura!" Nibelung corrió a ocupar la posición de la vasija rota. Vlad se plantó en el punto del hombre al que había derribado. "¡Invoca ese mundo interior del que tanto te jactas!" Y Pierre comenzó a entonar su oración. Tres almas de pie frente a aquel árbol profano. "Aunque en las tinieblas resuene una voz que me llame y hacia allí vuelva la cabeza..." La voz se lo había advertido antaño: solo existían tres métodos para quebrar una maldición impía. "¡Confío en que, si permanezco junto a Vos, no me dejaré seducir ni por aquellos ojos que me acechan!" Un caballero dotado de su propio mundo interior. Un mago que desafiaba las reglas del mundo. Y un sacerdote exorcista que blandía la voluntad de Dios. La plegaria clamada bajo el firmamento más lúgubre resonó con imponente fuerza a través de la niebla de Mosiam. Junto a ella, el círculo triangular resplandeció. Aquel trazado era un círculo de exorcismo, consagrado a purgar a las entidades profanas. \----- • Autor: Q10 • Traductor: Inmensurable ⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨
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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 174

Estás leyendo el capítulo 174 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.