Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 173 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
La fogata ardiente era tan cálida como el regazo materno, y la oscuridad tendida a su alrededor resultaba tan reconfortante como una mullida alfombra. A decir verdad, era un remanso tan apacible y colmado de nostalgia que deseaba abandonarse a él en ese mismo instante.
"¡...!"
Sin embargo, en aquel momento Vlad no contemplaba lo que dejaba a sus espaldas, sino lo que tenía enfrente: alguien que le gritaba que saliera de allí de inmediato. Pues la voz de aquel hombre sin rostro era el clamor que Vlad había buscado sin descanso hasta entonces.
"\[¡Vlad!\]"
Ahora que su venganza contra Godin había concluido y su pacto con Josef había llegado a su fin, a Vlad solo le restaba una única promesa: aquella en la que juró desentrañar el verdadero nombre de esa voz. Y Vlad jamás la había olvidado, ni por una sola fracción de segundo.
"Cuánto tiempo."
"\[... Sí.\]"
Al escuchar a Vlad decirle que hacía mucho que no se veían, el hombre retiró la mano con la que le sacudía el hombro, como si al fin respirara aliviado. Aunque el contraluz le impedía distinguir sus facciones, Vlad supo con certeza que le sonreía con genuina alegría.
\*\*\*
"Vlad, ¿Vlad?"
"... Ugh."
Lo primero que sintió al abrir los ojos fue un escalofrío que calaba hasta la médula de sus huesos. Todo su cuerpo se resentía con punzadas de dolor, como si lo consumiera una fiebre implacable, y el aliento que brotaba de sus labios era tan gélido que se condensaba en densas vaharadas. A pesar de que, en su sueño, creía haber reposado en un sitio sumamente cálido.
"¿... Justia?"
"Cuánto tiempo, Vlad."
Ante su vista, que apenas lograba enfocar, se desplegaba una cascada de lustroso cabello rubio platino. La mujer lo contemplaba a través de sus mechones sueltos, con una mirada impregnada de una calidez capaz de disipar el frío que lo atenazaba momentos antes.
"Parece que estabas exhausto."
Justia, la paladín de San Rozino. Ella, que había luchado a su lado en la aldea anegada en niebla, acariciaba en ese instante la punta del mentón de Vlad con semblante preocupado. Su intención no era otra que enjugar las gotas de sudor nacidas de los temblores del joven.
"¿... Acaso tuviste un sueño?"
"¿Cómo?"
Al ver que Vlad aún no recobraba la lucidez por completo, las finas cejas de Justia se fruncieron con honda inquietud. En sus ojos, junto a la preocupación, comenzó a condensarse un vestigio de zozobra.
"Despiértenlo de inmediato."
"Sí, señor."
De improviso, una voz desconocida resonó a espaldas de Justia. Quizá a raíz de aquella orden tajante, el entorno se precipitó en un repentino alboroto.
"¡Señor diácono! ¡Despierte!"
"¡Debe recobrar el sentido!"
Para un Vlad que apenas acababa de despabilarse, aquel bullicio resultaba abrumadoramente estrepitoso. Gritos de hombres y letanías de plegarias resonaban por doquier. Las agudas vibraciones de aquel clamor castigaban con crudeza los tímpanos de Vlad.
"¿... Qué demonios está ocurriendo?"
Al girar el rostro, vio a Nibelung petrificado por el desconcierto. Y a su lado, recostado sobre el hombro del médico de la peste, yacía Jean, todavía sumido en un profundo sopor. Pese a las violentas sacudidas de los paladines, el joven diácono no despertaba; tan solo murmuraba entre sueños los tenues versos de una melodía:
"... Las cerillas... continuad..."
Eran palabras familiares, como si las hubiese escuchado en algún rincón del pasado. El débil cántico de Jean traspasó las oraciones de los paladines y se clavó en los oídos de Vlad.
'¿Cerillas?'
Al compás de la tenue canción de Jean, la armadura y la espada de Vlad empezaron a calentarse por momentos. Se trataba del mismo ardor abrasador de su sueño, cuando aquella voz lo había aferrado con fuerza del hombro para ponerlo en pie.
\*\*\*
"Es un placer conocerte. Soy Günter, comandante de la Segunda Orden de Caballeros de la Iglesia Ortodoxa del Norte."
"Soy Vlad, caballero de Bayezid."
Quizá a causa del manto de niebla que cubría el exterior, ni un mísero rayo de sol conseguía colarse en el despacho a pesar de ser pleno mediodía. Por esa razón, Vlad era incapaz de distinguir con claridad las facciones del hombre que se recortaba a contraluz frente al ventanal.
"Así es, Vlad. He oído hablar con frecuencia de tu nombre."
Era un hombre de porte distinguido, con una llamativa cabellera de tono verdeazulado peinada hacia atrás con pomada impecable. Aquel individuo que respondía al nombre de Günter era, al mismo tiempo, quien gobernaba y mantenía el control sobre la ciudad de Mosiam.
"Es un honor que me conozca."
"El honor es enteramente mío. Venga, estrechemos las manos."
Vlad contempló la mano que se extendía hacia él por encima del escritorio. Para tratarse de un espadachín curtido en el acero, era una mano excesivamente tersa, sin una sola cicatriz que la mancillara.
"Te agradezco que hayas traído sano y salvo al diácono de Su Excelencia Andrea."
"¿Qué va a pasar con Jean?"
No obstante, para Vlad nada de aquello tenía importancia. Ni el porte del hombre que tenía enfrente ni los cumplidos vacíos dirigidos a su persona poseían el menor valor.
"Me han informado de que todavía sigue dormido."
"... Es muy probable que continúe en ese estado hasta la noche. Al menos según lo que han arrojado nuestras averiguaciones."
Günter se mesó el cabello con un gesto de fastidio contenido, abrió un cajón para extraer un grueso puro y procedió a prenderle fuego.
"¿Averiguaciones sobre qué? ¿Acaso Mosiam no ha sido purificada por completo?"
"Quien podría darte una respuesta certera a eso probablemente se encuentre en la Santa Sede."
El humo que Günter había inhalado hasta el fondo de sus pulmones comenzó a filtrarse lentamente entre sus labios.
"Y nosotros somos únicamente los comisionados para investigar el asunto."
"..."
El humo del tabaco, dispersándose en el aire, velaba el tenue haz de luz que apenas lograba abrirse paso a través de la bruma. Una ciudad donde todo se antojaba difuso e incierto. La oscura niebla que flotaba en los contornos no dejaba de evocar en la mente de Vlad la ilustración profética enviada por la doncella del oráculo.
"Me llevaré al diácono."
"Ese muchacho pertenece a la Iglesia Ortodoxa del Norte. No es alguien sobre quien puedas disponer a tu antojo."
"El propio obispo me encomendó la seguridad del diácono."
"E incluso ese obispo está subordinado a nosotros."
\*¡Tap!\*
Al golpear con desdén la superficie del escritorio, el anillo que lucía el comandante resplandeció. Era la sortija que acreditaba la jerarquía de comandante de orden, una dignidad que solo ostentaban dos personas en toda la Iglesia Ortodoxa del Norte. Nadie en aquella estancia poseía la investidura necesaria para desafiar semejante autoridad.
"Te reitero mi gratitud por haber traído al diácono hasta aquí. A partir de este momento, nosotros asumiremos la entera custodia de su persona."
"..."
La mirada de Günter empezó a endurecerse ante la osadía de Vlad al pretender socavar su investidura. Era el líder supremo de los egregios paladines, una figura tan encumbrada que un simple caballero apenas osaría levantar la vista ante él. Sin embargo, Vlad sostenía su mirada imperturbable a través de la cortina de humo.
"Puedes retirarte."
"... La ciudad de Mosiam también es territorio de la Alianza del Norte."
Tenía un cometido asignado y aún no lo había concluido. El obispo Andrea le había confiado expresamente la custodia de Jean, y Vlad, como su protector y guía, no reconocía haber entregado formalmente al muchacho. Ante los ojos de Vlad, la autoridad que ostentaba Günter no era más que un detalle accesorio.
"Sé con certeza que poseo el debido derecho en mi condición de caballero de Bayezid, miembro de la Alianza del Norte."
"¿Qué derecho?"
Un brillo de extrañeza y curiosidad asomó en los ojos de Günter mientras contemplaba a Vlad. Al recapacitar, cayó en la cuenta de que aquel mozo imberbe no había inclinado la cerviz ante él ni una sola vez.
"A partir de este instante, ejerceré mi facultad de investigación."
"¿Qué dijiste?"
Los caballeros no solo cargan con deberes y responsabilidades. También gozan de prerrogativas y derechos inherentes a su condición. Y el caballero Vlad estaba plenamente legitimado para ejercer tales fueros, al menos sobre esta tierra donde ondeaba con orgullo el pendón de Bayezid.
"Puesto que no me explica las razones detalladas por las que pretende llevarse a Jean, ¿acaso me queda otra alternativa que actuar así?".
"...... Vaya. Resultas ser peor de lo que contaban los rumores".
Acompañado por el humo del tabaco que flotaba en el aire, un pesado silencio comenzó a posarse entre ellos. Günter, el dueño de aquel mutismo, no parecía particularmente furioso; se limitaba a clavar en Vlad una mirada teñida de asombro y extrañeza.
"Y pensar que decían que eras un cabeza dura".
"Agradezco el cumplido".
El cigarrillo que se consumía lentamente entre sus dedos reflejaba a la perfección el desconcierto que embargaba su ánimo. Al fin y al cabo, se decía que el muchacho que tenía enfrente era el mismo que había osado rasgar una indulgencia emitida por el mismísimo obispo Pierre.
\* \* \*
"Vlad".
"Lady Justia".
Justia se aproximó hacia Vlad y Nibelung en cuanto ambos abandonaron el ayuntamiento.
"¿Regresan ya a sus aposentos?".
"No".
"Es comprensible, supongo que primero querrán descansar un poco antes de volver".
"...... No se trata de eso".
Ignorante aún de lo ocurrido en el interior, la actitud de Justia hacia Vlad estaba libre de toda reserva. Vlad no pudo evitar preguntarse qué expresión pondría la paladín si descubriera que acababa de tener un tenso encontronazo con Günter.
"Por cierto, ¿por qué Jean todavía no ha despertado? Habiendo sido yo quien lo trajo hasta aquí, no puedo evitar sentirme preocupado".
"Ah..."
Al advertir que Vlad dudaba sobre hacia dónde encaminarse en medio de la niebla, Justia tomó la delantera de manera natural. Vlad y Nibelung comenzaron a seguirla con la misma naturalidad. La cabellera rubia platinada, claramente visible incluso en la penumbra de la bruma, colmaba por entero el campo visual del joven.
"Todavía no hay nada seguro, así que no puedo explicárselo al detalle. Nosotros tampoco hace mucho que nos percatamos de la anomalía que aflige a Mosiam".
"¿Una anomalía?".
Ante la pregunta de Vlad, Justia se volvió y clavó la mirada en Nibelung.
"¿Es alguien de confianza?".
"No".
"......".
Ante la respuesta tan tajante de Vlad, a Justia no le quedó más remedio que hacerle una seña con la mano para que se aproximara. Nibelung, que permanecía apartado y a solas entre la niebla, se limitó a aguzar las orejas con un gesto visiblemente incómodo.
"Mientras la Casa del Barón Utman gobernaba, la ciudad estuvo sometida a un estricto bloqueo, por lo que desconocíamos la situación. Con todo, dado que la Santa Sede había intervenido, creíamos que tan solo quedarían unos pocos vestigios impíos".
Tras dirigir una mirada de advertencia a Nibelung, cuyas orejas no dejaban de temblar más allá de la bruma, Vlad prestó oídos al relato que ella le transmitía en un susurro.
"Sin embargo, en esta urbe se percibe, aunque sea de forma tenue, el influjo de una presencia maligna. Aunque todavía no logramos discernir dónde se halla su origen".
La cruzada proclamada en la Baronía Utman había sido imponente, si se juzgaba únicamente por su envergadura; tanta como para hacer vacilar al mismísimo Duque de Acero, que por entonces intentaba levantar en armas a la Alianza del Norte. No obstante, en la tierra de la que habían partido aún permanecía arraigada una raíz de naturaleza desconocida, y la Iglesia Ortodoxa del Norte apenas acababa de confirmar la verdadera existencia de dicha raíz.
"De modo que por eso Jean......".
"Por eso debemos investigar al diácono que usted trajo".
Ahora que la espesa niebla lo empañaba todo en una penumbra difusa, la única pista al alcance de los paladines era aquel joven diácono sumido en un profundo letargo.
"Aunque sea bajo un estado desdichado, de un modo u otro, el diácono llamado Jean ha quedado enlazado con el origen que estamos rastreando. Es muy probable que se trate de una maldición dirigida contra los niños pequeños, pero......".
Si había una consecuencia, forzosamente debía existir un principio, y desenredar la madeja que los unía era el fundamento elemental de cualquier indagación. Sin duda, Günter pretendía valerse de la existencia de Jean como hilo conductor para dar con la siniestra raíz que se propagaba por Mosiam.
"Por cierto, hace un momento noté que estabas cubierto de sudor frío".
Habiendo comunicado lo necesario, Justia deslizó con discreción la duda que la inquietaba desde hacía un rato. Una incertidumbre estrechamente ligada a la maldición recién mencionada.
"¿Acaso tú también has tenido un sueño extraño, Vlad?".
"¿Un sueño?".
"Sí".
La primera pesquisa emprendida por los paladines al ingresar en Mosiam se centró en la extraña afección que afligía con exclusividad a los infantes. Se decía que los niños de Mosiam, aquellos que caían dormidos al nacer el alba y abrían los ojos al ocultarse el sol, compartían todos, sin excepción, el mismo sueño.
"Una fogata que arde, y niños que entonan cánticos juntos a su alrededor... Una visión de esa índole".
"......".
"Constan testimonios de padres cuyos hijos relataron haber tenido esa visión antes de perecer. Si por ventura tú también hubieras soñado algo semejante......".
¿Cuál era, al fin y al cabo, el lindero que separaba a un niño de un adulto? Al evocar su propio sueño, idéntico punto por punto al de aquellos infantes, Vlad sintió un vértigo sofocante de pura consternación.
'Maldita sea'.
En aquella ciudad privada de la luz del sol, el joven diácono continuaba cautivo del sopor. El muchacho que Andrea le había confiado parecía seguir cantando todavía junto a los niños de Mosiam.
\* \* \*
"Bien. Aunque no te lo haya explicado con pelos y señales, ya habrás captado a grandes rasgos la situación".
Tras acudir a la iglesia bajo la guía de Justia y comprobar que Jean seguía profundamente dormido, Vlad se encaminaba ahora hacia la posada. Si bien la espesura de la niebla impedía ver el cielo, la noche ya comenzaba a tender su manto.
"Se supone que eres un mago, ¿no se te ocurre nada?".
"Eh... esto...".
A pesar del apremio de Vlad, Nibelung continuaba balbuceando, incapaz de salir de sus propias cavilaciones.
"Me temo que han ocultado la maldición en algo tan inasible como la niebla. Al carecer de cuerpo físico, tampoco hay forma de apresarla, supongo".
"Déjate de vaguedades inútiles".
Despeinándose el cabello con frustración, Vlad enseñó los dientes y soltó un gruñido:
"Te pregunto si existe algún remedio. Si no lo hay, mañana mismo te largas de aquí sin demora".
"¡Oh! ¡Eso no! ¡Bajo ningún concepto!".
La advertencia de Vlad surtió un efecto fulminante, devolviendo la lucidez a los ojos ambarinos de Nibelung.
"A decir verdad, yo también recomendaría el método que emplean los paladines. Sea cual fuere el mecanismo de la maldición, ahora mismo está anclada a una entidad física concreta: Jean".
"¿Y qué pasará con Jean?".
"Bueno, Jean......".
Ante la interpelación de Vlad, Nibelung se rascó la nuca con gesto apesadumbrado.
"Si lo dejamos tal como está, dudo mucho que termine bien".
"...... Ni siquiera esperaremos a mañana. Lárgate de mi vista ahora mismo".
Había recurrido a él pensando que hasta las patas de un gato podían prestar auxilio en tiempos de apuro, pero, al final, un gato no era más que un gato. Siendo así, ¿qué sentido tenía seguir cargando con él......?
\*¡Puf! ¡Puf, puf, puf!\*
"¿Qué demonios es eso?".
"Un ahumador. Es un artilugio que suelen utilizar los apicultores para ahuyentar a las abejas".
Acosado por la urgencia de la amenaza, Nibelung extrajo apresuradamente de su morral un objeto que Vlad jamás en su vida había visto.
"¿Y para qué sacas eso?".
"La niebla, por su propia naturaleza, es algo que vela lo que realmente existe. La intención tras ella salta a la vista".
\*¡Puf! ¡Puf, puf!\*
Al tirar Nibelung de la palanca, el fuelle del ahumador comenzó a accionarse emitiendo un sonido ridículo y ligero. Sin embargo, lo insólito radicaba en que, contra toda lógica respecto a su nombre, no brotaba ni una brizna de humo por la boquilla del artefacto.
"¿Está roto?".
"Temí que pudiera estarlo y por eso quise ponerlo a prueba, pero parece operar a la perfección".
A juzgar por cómo se le encendían las mejillas por el esfuerzo al bombear, accionar la manivela no debía de ser tarea liviana, mas Vlad pareció intuir al instante el propósito de semejante afán.
"...... ¿Se está disipando?".
"Porque es una niebla ilusoria. Este ahumador fue concebido precisamente para esa función".
En mitad de la gran avenida desierta de la urbe, Vlad contemplaba con asombro a Nibelung, quien bombeaba el fuelle con todas las fuerzas de su cuerpo. A medida que aquel sonido cómico se intensificaba, el paisaje circundante se tornaba cada vez más límpido y despejado. El insólito artefacto del hombre bestia devoraba la niebla, devolviendo la claridad a su alrededor.
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• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨

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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela)
Capítulo 174
El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 173
Estás leyendo el capítulo 173 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.