Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 172 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
La sombra proyectada por la luz de la luna se cernía sobre la ciudad de Mosiam.
Era una ciudad sin señor, una urbe que todavía no lograba sobreponerse a las cicatrices de la guerra. Tras haber caído ante las fuerzas enviadas desde las tierras centrales, Mosiam permanecía desnuda e indefensa, incapaz siquiera de reparar sus derruidas puertas.
"Haaam..."
Por tal razón, quienes custodiaban Mosiam en aquellos momentos no eran más que soldados desprovistos de todo entusiasmo. Los centinelas que cabeceaban adormilados eran tropas enviadas por la Alianza del Norte, hombres que no albergaban el menor afecto ni sentido del deber hacia aquella ciudad.
"Monseñor Pierre. Ya está hecho."
"Bien."
A lo lejos, había quienes observaban su negligente postura.
A ojos de los centinelas, la oscuridad de esa noche, por razones que no alcanzaban a comprender, se sentía más densa, suave y envolvente. Comenzó con uno solo, pero pronto los bostezos resonaron por todas partes. Bajo la caricia apacible de la noche, que parecía acariciarles la cabeza con lentitud, los párpados de los guardias empezaron a volverse pesados.
"Se han dormido."
Los centinelas que cerraban los ojos creerían que solo se trataba de un breve instante; no obstante, para otros resultaba tiempo más que suficiente para franquear las puertas. Aquellas misteriosas figuras, que habían deslizado una bendición de sosiego sobre la penumbra fluyente, lograron penetrar en la ciudad de Mosiam sin hallar la menor resistencia, tal como habían planeado.
"Mosiam..."
Guardias entregados a un sueño profundo, puertas hechas pedazos y figuras enigmáticas cruzando entre ellos.
Pierre, que se había detenido brevemente en medio del grupo que avanzaba, alzó la mirada hacia el derruido portón.
"¿Acaso esto también fue destruido deliberadamente?"
Era un hombre de estatura inusualmente desgarbada para su cuerpo enjuto. Al echarse hacia atrás la capucha, sobre su pecho quedó al descubierto un desgastado rosario que representaba a la Santa Sede.
\* \* \*
Tres viajeros avanzaban abriéndose paso a través de la bruma matinal.
Dos de ellos cabalgaban: uno a lomos de un corcel negro y el otro sobre un joven asno.
"Haa... haa."
Y junto a ellos marchaba a pie un hombre de la raza de las bestias, desprovisto de montura alguna.
"¿Apenas has caminado ese trecho y ya te falta el aliento?"
"No, es que... seguirles el paso resulta algo duro, la verdad."
"¿No se decía que todos los de la raza de las bestias gozaban de una resistencia envidiable? Al menos eso tenía entendido."
"Eso varía según cada individuo. No debería dejarse encadenar por los prejuicios, señor caballero."
"El problema es que ahora mismo me resulta muy fastidioso si no te ajustas a ese prejuicio."
"..."
Nibelung, que caminaba con la lengua afuera por el esfuerzo, cerró la boca de inmediato ante los reproches que Vlad comenzaba a dirigirle. A diferencia de su apariencia, aquel caballero de temperamento atravesado aún no bajaba la guardia frente a él.
"Tome un poco de agua."
"¡Vaya! Se lo agradezco muchísimo, sacerdote."
"Aún soy solo un diácono. No debe llamarme sacerdote."
"Je. Aun así, la caridad que prodiga es ya digna de un sacerdote ejemplar."
Las orejas de Nibelung se crisparon al recibir el odre que Jean le tendía. Jean, que por mediación de Nibelung veía a alguien de la raza de las bestias por primera vez, lo contemplaba fascinado en su fuero interno.
"Llegaremos a Mosiam dentro de poco, así que mantén la boca cerrada allí."
"Sí."
"Y ni se te ocurra soltar cuanta ocurrencia se te pase por la cabeza inventando habladurías como en la última aldea."
"... Sí."
Fuese un reproche o una advertencia, Vlad tenía motivos de sobra para insistir con tanta severidad.
'Dijo que no hablaría, pero...'
Aunque apenas llevaban unos días viajando juntos, Vlad había logrado comprender a grandes rasgos qué clase de persona era Nibelung.
Un hombre presa de una pasión insólita.
Aquel hombre llamado Nibelung podía aparentar cordura en circunstancias normales, pero en cuanto se trataba del campo al que consagraba su vida, mutaba de pronto en un auténtico demente. Y Vlad, tras haber sobrevivido durante largo tiempo en los callejones, sabía a la perfección que ese tipo de hombres eran los más peligrosos.
"¡Alto los de adelante! ¡Desmontad e identificad vuestra condición!"
Aun entre rencillas y discusiones, el destino se aproximaba, hasta que por fin las murallas de la ciudad se vislumbraron más allá de la densa niebla.
Mosiam. La urbe que había cobijado a una presencia siniestra.
Los guardias apostados para custodiarla cerraron el paso al divisar a las tres figuras que se aproximaban a las puertas.
"¿Uno de la raza de las bestias?"
"Buenos días. Un placer. Es nuestra primera vez viéndonos, ¿verdad?"
Aunque encajaba en la situación, el saludo de Nibelung destilaba un matiz perturbador. Al ver que Nibelung le dirigía la palabra al guardia a pesar de haberle ordenado expresamente que guardara silencio, Vlad frunció el ceño.
"¿Es vuestra primera vez en esta ciudad?"
"Así es. Es la primera vez, pero deseaba entrar a toda costa. Las puertas destrozadas lucen realmente magníficas."
"..."
Basta un breve cruce de palabras para discernir entre la cordura y el desvarío. El guardia ya había detectado ciertas piezas desencajadas en las palabras de Nibelung.
Tal como aquella advertencia que había sonado a maldición en la aldea anterior, Nibelung era un individuo totalmente incapaz de comprender el mundo ajeno.
"Tú, el de ahí. Desmonta y declara tu identidad."
Un caballero sumamente joven, un tierno diácono y un individuo estrafalario de la raza de las bestias. Ante una comitiva que resultaba aún más sospechosa fuera de la bruma, los centinelas de Mosiam bajaron sus lanzas sin vacilación.
"¿Es imprescindible que desmonte?"
"Déjate de rodeos y baja de la montura. Trayendo contigo a alguien de la raza de las bestias, no esperarás cruzar pacíficamente como si nada, ¿verdad?"
"Visto así, tienes razón."
A decir verdad, hasta yo habría hecho lo mismo. Incluso ahora, la amplia sonrisa dibujada en el rostro de Nibelung se asemejaba a una máscara grotesca, dándole un aspecto sumamente bizarro. Aun dejando a un lado el desprecio hacia la raza de las bestias, la sola apariencia de Nibelung bastaba para justificar que lo detuvieran.
"Declarad vuestro propósito e identidad."
"Un momento. Lo tenía guardado por aquí..."
El tono de los guardias ante aquellos sospechosos era cortante, pero el porte de Vlad permanecía del todo sereno.
"Ah, aquí está."
¿Qué importaba si Nibelung era un lunático o si Jean era demasiado joven? El muchacho que solía escarbar madrigueras por carecer de derecho a cruzar las puertas de una ciudad ya no existía. El Vlad que se hallaba en ese lugar era un hombre capaz de franquear puertas cerradas, no solo para sí mismo, sino también para otros.
"Toma esto un segundo."
"¿Eh?"
Los documentos fueron entregados con pasmosa naturalidad. Pese a la indiferencia con que Vlad los extendió, la expresión del guardia que los tomó comenzó a petrificarse al comprobarlos.
"Este es un salvoconducto expedido en Shoara... y, a título informativo, lleva el sello directo del señor conde Bayezid."
"G-gh..."
"Y esta es una certificación remitida por el mismísimo obispo Andrea."
"¡Hic!"
"Soy un caballero llamado Vlad. Espera un momento, el pomo de mi espada tiene grabado el blasón de Bayezid."
Un caballero investido personalmente por el conde Bayezid y el protector de un joven diácono avalado por el obispo Andrea. Y, además, un caballero del norte cuya sola mención bastaba como testimonio irrefutable de su propia valía: Vlad.
"Esta placa de identidad fue expedida directamente por la iglesia de Barna, y si miras aquí, también se aprecia la garantía de monseñor Andrea."
"L-lo lamento... Les ruego que nos disculpen..."
El rostro de Jean se tornó compasivo al contemplar a los centinelas. Las credenciales que Vlad extraía con tanta parsimonia eran un peso excesivo para que un simple guardia de puerta pudiera soportarlo. Con cada documento que Vlad sacaba de su pecho, los rostros de los centinelas circundantes se descomponían en una palidez mortecina.
"¿Podemos pasar ya?"
"Por favor, se lo suplico... pasen adelante..."
La sonrisa que Vlad dedicó a los soldados aún conservaba la frescura de un muchacho. Se asemejaba a la de un niño ansioso por presumir sus tesoros más brillantes.
\* \* \*
Al cruzar las puertas, Vlad alzó la mirada hacia los estandartes que ondeaban en lo alto.
Aunque la densa niebla impedía distinguirlos con absoluta claridad, entre ellos ondeaban varios estandartes inconfundiblemente familiares.
'Baranov, Bayezid y Heinal...'
Eran los estandartes que representaban al norte. La única diferencia radicaba en que el pendón de Utman había sido arriado y, en su lugar, colgaba recién izado el de Heinal.
Tal como sugería la estampa de múltiples enseñas ondeando al unísono en lugar de una sola, la ciudad de Mosiam se hallaba en ese momento bajo la administración conjunta de la Alianza del Norte, sin encontrarse sujeta al dominio de ningún señor feudal en particular.
"¡Síganme! ¡Yo los guiaré!"
"De acuerdo."
Siguiendo a los guardias, cuya disciplina militar resultaba casi excesiva, se adentraron en un Mosiam que desprendía un aire extrañamente tétrico. A pesar de tratarse de la gran avenida que cruzaba la urbe de parte a parte, a su alrededor solo había comercios con las puertas cerradas a cal y canto. Fuese por la espesa bruma o no, ni un alma transitaba por allí, lo que confería al entorno una atmósfera inquietante.
"Está demasiado silencioso..."
"Por esa misma razón ha venido usted aquí, señor diácono. Porque esta es una ciudad que necesita la palabra de Dios más que ninguna otra."
Vlad consoló con voz templada a Jean, quien se encogía intimidado ante la estampa de aquella urbe desconocida. Tal como decía Vlad, la ciudad de Mosiam era ahora mismo un lugar que requería el consuelo divino con mayor urgencia que cualquier otro rincón del norte. Según le había confiado Andrea, no solo Jean, sino casi todos los diáconos a quienes les llegaba el momento oportuno acabarían siendo destinados allí, a Mosiam.
"Ver este paisaje cubierto de niebla me recuerda a aquellos tiempos. Estoy seguro de que lo hará muy bien."
"¿Se marchará hoy mismo?"
Aunque hasta ese instante se hubiese esforzado por mostrarse valiente, Jean no dejaba de ser un muchacho joven. Consciente de que la misión del caballero que lo había custodiado con tanta firmeza terminaba aquí, Jean contemplaba a Vlad con expresión inquieta.
"No me iré de inmediato; es probable que permanezca aquí por un tiempo. Alrededor de una semana."
"Ah. Menos mal."
Vlad esbozó una leve sonrisa al ver a Jean soltar un involuntario suspiro de alivio. Si bien a partir de este momento comenzaba su senda en solitario, el joven diácono aún se encontraba en una etapa donde requería el auxilio de alguien.
'Cuídalo bien, por favor.'
Vlad conocía de sobra el motivo por el cual Andrea había insistido en encomendárselo. Más que una simple escolta formal, deseaba para él un protector que velase por el muchacho de corazón. A pesar de hallarse sujeto a las reglas de la Iglesia, aquel pequeño diácono al que había criado desde que era un bebé representaba para Andrea algo que trascendía con creces el significado de un simple discípulo.
"Un momento."
"¿Sí?"
Fue por esa misma razón que Vlad se interpuso en ese instante frente a Jean. Si bien su deber como guía había concluido en el preciso instante en que cruzaron las puertas de la ciudad, Vlad no dudaba en erigirse todavía como el protector del joven.
"Guardia que va al frente. Detén el paso un momento."
Tanto Jean como el guardia quedaron desconcertados ante el repentino alto de Vlad. Sin embargo, Nibelung, al pertenecer a la raza de las bestias, aguzó las orejas y siguió con atención el sonido que provenía del otro lado de la niebla.
"Alguien está llorando."
"..."
"Parece ser una mujer."
El eco que flotaba desde el velo invisible de la bruma eran los sollozos de una mujer. Aunque tenues y apagados, constituían un llanto incesante. Al percatarse de la niebla, de la mujer y de aquel llanto, Vlad experimentó un vívido déjà vu, como si ya hubiese vivido aquello alguna vez, y posó con lentitud la mano sobre la vaina de su espada.
"Snif... snif..."
En medio de la avenida desierta de la ciudad. Solo al advertir que los sollozos se aproximaban, Jean y los guardias tragaron saliva y giraron la vista hacia la dirección de donde procedía el rumor.
"Por favor, encuentren a mi niño. Señor, mi hijo..."
Quien emergió rasgando la densa niebla de la urbe fue una mujer envuelta en llanto. Llevaba a sus espaldas un lienzo portabebés vacío y, al divisar al guardia, se desplomó apoyándose en él mientras comenzaba a llorar desconsoladamente.
"¿Qué sucede?"
El ambiente guardaba cierta semejanza, pero no se trataba de la misma entidad. La mujer que lloraba en ese instante no albergaba malicia alguna ni derramaba lágrimas negras.
"Ah, esto..."
El guardia, que no tuvo más remedio que sostener a la mujer en brazos, puso una mueca de apuro e intentó explicarle la situación a Vlad.
"En esta ciudad abundan bastantes mujeres enloquecidas como ella."
"¿Por qué?"
"Verá..."
Tras pasar apresuradamente a la mujer a manos de otro soldado, el guardia se rascó la cabeza con incomodidad.
"Dicen que una presencia siniestra que habitaba aquí causó daño a muchísimos niños pequeños. Aunque la verdad es que yo tampoco conozco los pormenores con exactitud."
La mujer desconsolada se acercó de pronto hacia Jean y apretó contra él el paño de arrullo que cargaba a cuestas. Resultaba imposible que Jean cupiese en semejante lienzo, pero la afligida mujer parecía incapaz de soportar el vacío que dejaba aquella tela desocupada.
"En esta ciudad apenas quedan criaturas de hasta la edad de este señor diácono. E incluso si queda alguna, los padres jamás se atreven a dejarlos salir a la calle."
"...¿Es así?"
Vlad escuchó el llanto de la mujer alejarse poco a poco mientras los soldados se la llevaban, acariciándose en silencio el pecho de su armadura. Aquella coraza concedida por los elfos y reparada por los enanos. En el peto de esa armadura, que ahora se sentía más cálida que antaño, aún permanecían grabadas las palabras recibidas en San Rozino.
※※※※
"Les ruego que nos disculpen. El comandante se encuentra ausente en estos momentos."
"Comprendo que nos presentamos sin previo aviso. Esperaremos."
En el ayuntamiento de la ciudad, que ahora era una sede desprovista de señor feudal, se hallaban acuartelados los paladines pertenecientes a la Iglesia Ortodoxa del Norte.
"Mmm..."
Sentado en una silla a la espera del comandante que había salido a cumplir una misión, Vlad reprimió un bostezo que pugnaba por escaparse de sus labios.
'Tengo demasiado sueño.'
Al observar a Jean y a Nibelung, quienes ya se habían quedado dormidos apoyando las cabezas sobre sus hombros, Vlad se enjugó con un dedo un par de lágrimas provocadas por la somnolencia y forzó la vista para mantener los ojos abiertos. Sin embargo, el sopor que había comenzado a invadirlo era denso y pesado, y sus párpados se volvían cada vez más pegajosos, negándose a separarse.
"Ugh..."
A diferencia del frío exterior, el aire dentro del recinto resultaba tibio y acogedor. El desgaste de haber acampado a la intemperie durante los últimos días, sumado al inmenso alivio de haber alcanzado por fin su destino. Pensando en aquel comandante que nadie sabía cuándo regresaría, Vlad se cruzó de brazos, dejó caer la cabeza y sucumbió a un profundo letargo.
※※※※
Giremos, giremos, giremos en torno a la cerilla.
Giremos en torno a la cerilla que canta con alegría.
Hasta que su cabecita tan roja se vuelva renegrida.
Hasta que la canción que entonamos llegue a su fin...
"..."
Un lugar oscuro, pero a la vez brillante. ¿Acaso se celebraba algún festival? Desde allí enfrente llegaba el canto de unas voces infantiles. En el sueño, en el que se hundía como si fuese un cenagal, ardía una colosal hoguera que, albergando una suave danza de llamas, iluminaba las tinieblas a su alrededor.
"..."
Aquel espacio dentro del sueño resultaba tan reconfortante como el regazo materno. Era un lugar seguro y dichoso. Embriagado por esa sensación, Vlad no pudo evitar sonreír involuntariamente, tal como lo hacían los niños que reían y correteaban ante sus ojos.
'Si tan solo hubiese existido un lugar como este en los callejones.'
Vlad, quien tanto había sufrido en aquel submundo siempre azotado por el frío y el hambre, comenzó a dar lentos pasos hacia adelante, atraído por el calor que desprendía la hoguera. En el interior de aquellas llamas se hallaba reunido todo aquello por lo que Vlad había padecido carestía durante su infancia. Una sopa caliente, un cobijo provisto de techo, mantas abrigadas y hasta la sonrisa de una madre. Todas esas cosas aguardaban por Vlad en el corazón de la hoguera.
Giremos, giremos, giremos en torno a la cerilla.
Hasta que la canción que entonamos llegue a su fin.
Hasta que todos los que cantan caigan al suelo sin sentir.
\[¡Vlad!\]
"¡...!"
En ese instante, un dolor desgarrador le atenazó el hombro. A pesar de hallarse inmerso en un sueño, Vlad recobró la lucidez de golpe y volvió la cabeza con el rostro desencajado por la sorpresa.
\[¡Sal de esta ciudad de inmediato!\]
Y allí, al volverse.
Un hombre desconocido, con el rostro completamente cubierto de negro, le gritaba con desesperación.
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• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨

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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela)
Capítulo 173
El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 172
Estás leyendo el capítulo 172 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.