Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 171 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Los elfos perdieron el Árbol del Mundo Madre. Los enanos perdieron el alto horno destinado a arder por toda la eternidad, y los humanos perdieron un reino resplandeciente. Cada raza perdió algo distinto, pero, al fin y al cabo, todas aquellas pérdidas no eran más que otros nombres para la posibilidad.
Hubo una era en la que una sola entidad acaparó para sí todas las posibilidades de este mundo. Una época en la que reunió bajo la planta de sus pies las luces estelares que pugnaban por alzarse. Aquel tiempo fue llamado por los hombres la Era de los Dragones.
Y he aquí que existía otra estirpe que también perdió su posibilidad en aquellos tiempos aciagos. Aquellos dotados de orejas de bestia: la raza de las bestias. Se decía que lo que ellos habían perdido era, precisamente, el misterio.
\* \* \*
"¡Señor caballero! ¡Señor sacerdote!"
Un caballo negro y un asno joven avanzaban al paso por un estrecho sendero de herradura. Sin embargo, aquel viaje que debió haber sido apacible se veía despiadadamente perturbado por el hombre de la raza de las bestias que los perseguía a la zaga.
"¡Vayamos juntos! ¡Les aseguro que seré de gran ayuda!"
El hombre llamado Nibelung, a quien Vlad y Jean habían rescatado de las fauces de la pira, continuaba trotando tras ellos mientras vociferaba que marcharan juntos.
"¿Qué le parece si voy y le rompo una pierna con cuidado para que no pueda seguirnos?"
"Dios nos observa en todo momento y en todo lugar, Sir Vlad."
"Cierto. Es verdad."
Al oír la solemne advertencia de Jean, Vlad se rascó la cabeza y frunció el ceño. El mundo de los caballeros, donde imperaban el acero y la violencia, por muy encumbrado que fuese, guardaba cierta afinidad con su propia naturaleza; sin embargo, lidiar con un joven diácono como Jean le resultaba todavía incómodo en más de un sentido.
"Entonces, sin rompérsela, ¿estará bien si tan solo le suelto unas cuantas palabrotas para que deje de seguirnos?"
"...... Supongo que el Señor sabrá perdonar eso."
Aunque Vlad era el mayor y quien guiaba la marcha, el verdadero protagonista de aquella travesía era Jean. Era a la vez la persona a la que debía proteger y la regla viva a la que debía ceñirse. Se trataba de un niño al que bien habría podido ignorar, pero Vlad ya había determinado tratarlo con respeto en lugar de desdén.
"Oiga. Señor Nibelung, el que persigue a la muerte."
"¡Sí, sí! ¡Dígame, señor caballero!"
Aun así, la irritación acumulada no se disipaba por las buenas. El resoplido colérico de Noir, tan exasperado como su propio amo, rozó las erguidas orejas de Nibelung.
"¿Hasta cuándo demonios piensas seguirnos? ¿Acaso no te dije claramente que no?"
El tono de Vlad rezumaba una fiereza implacable, pero Nibelung se limitó a juntar las manos y esbozar una sonrisa bonachona.
"¡Ay, vamos, no lo tome como una molestia tan grande!..."
Una andrajosa túnica negra colmada de remiendos. Y aquella máscara estrafalaria que, si bien no llevaba puesta en ese instante, aún colgaba a su espalda, haciendo emanar del hombre de la raza de las bestias el mismo aire ominoso que en el primer encuentro.
"¡Aunque no lo parezca, resultaré de provecho! ¡Después de todo, soy un mago!"
"¿En qué rincón del mundo se ha visto a un mago dejarse atrapar por vulgares estafadores para terminar hecho una barbacoa?"
Nibelung, quien afirmaba ir tras el rastro de la muerte, se presentaba a sí mismo como mago. Para colmo, uno que perseguía enfermedades y maldiciones. Al contemplar a aquel sujeto que, desde el instante en que cruzaron miradas, no hacía más que escupir palabras que cualquiera desearía eludir, Vlad volvió a arrugar el semblante con disgusto.
"Es que, por la naturaleza de mi magia, necesito algo de tiempo para manifestarla."
"Sí, claro. Cuanto más te escucho, más inútil me parece esa dichosa magia."
A juzgar por los estrafalarios cachivaches que cargaba consigo, bien cabía la posibilidad de que fuese un mago, tal como pregonaba. Sin embargo, si lo habían apresado unos timadores peores que vulgares bandidos de camino, su verdadero nivel quedaba sobradamente en evidencia.
"Hablo en serio, esta es mi última advertencia. Si continúas persiguiéndonos, date por seguro de que terminarás con una pierna rota."
No necesitaban una boca inútil a la que alimentar. Mucho menos si se trataba de alguien que, a simple vista, no inspiraba el menor agrado. A Vlad, aquella máscara de cuervo que Nibelung aún llevaba colgada le resultaba profundamente inquietante.
"¡La Baronía Utman!"
Sin embargo, a Nibelung le trajo sin cuidado la advertencia de Vlad y se limitó a repetir lo que tenía en mente.
"¡Permítame acompañarlos solo hasta entrar allí! Puede que a usted no le sirva de nada, Sir Vlad, pero le juro que seré de gran ayuda para los demás."
"...... Este sujeto es de los que solo viven para escuchar su propia voz."
Vlad posó la mirada en el grueso volumen que Nibelung aún sostenía con devoto celo entre sus brazos. Aquel libro, que había hojeado mientras el sujeto yacía inconsciente, estaba atestado de ilustraciones botánicas y descripciones minuciosas sobre las propiedades de toda clase de hierbas.
El mago Nibelung. Aquel sujeto era tanto un hechicero como un médico de la peste.
\* \* \*
"¿Que viniste siguiendo a la muerte?"
"Así es... O mejor dicho, sí, señor."
El hombre de la raza de las bestias, que apenas acababa de recobrar el conocimiento, parecía todavía aturdido, pero insistía en describirse como alguien que había venido siguiendo a la muerte.
"¿Qué clase de muerte? ¿Acaso la muerte acecha en este lugar?"
La fisonomía de la raza de las bestias, insólita para los habitantes del norte; la andrajosa túnica negra colmada de remiendos y aquella máscara de cuervo de aspecto tan grotesco. Al contemplar el compendio de malos presagios que encarnaba Nibelung, el alcalde de la aldea, apostado en silencio detrás de ellos, comenzó a mascullar entre dientes que, en efecto, debieron haberlo quemado en aquel mismo instante.
"¡Así es! He venido siguiendo a la muerte y... tal como usted señala, la muerte también se encuentra aquí. ¡Porque si se quedan en este sitio, de todos modos acabarán muriendo todos!"
"¡Señor caballero! Por piedad, ¿no podría permitirnos quemar a ese gato endemoniado? ¡Ese bastardo no para de arrojar maldiciones sobre nuestra aldea!"
"¡Esta aldea ya está condenada! ¡Deben evacuar a la gente de inmediato, antes de que sea tarde!"
"¡Señor caballero, se lo suplico!"
Desde un principio, Nibelung parecía la clase de individuo que terminaría subiendo a la pira por su propio pie, incluso sin la intervención de aquella banda de estafadores. Fuese por hallarse aún conmocionado o no, en sus palabras inconexas y desbocadas no cabía la menor consideración hacia su propia seguridad ni hacia el sentir de quienes lo rodeaban.
"La tierra ya ha sido contaminada. Esto no se limitará a una simple mala cosecha."
"......"
El alcalde vociferaba fuera de sí, alegando que las brasas de la pira todavía no se habían extinguido. Sin embargo, Nibelung, como si nada a su alrededor le importase lo más mínimo, extrajo un mapa y se lo plantó a Vlad delante de las narices mientras le pedía que le echara un vistazo.
"Mire, mire esto, por favor."
"Por alguna razón, cada vez te vuelves más sospechoso."
El mapa que Nibelung extendía ante él contenía detalles trazados con demasiada minuciosidad como para pertenecer a un simple viajero.
No solo la ubicación aproximada de los caminos, sino también los ríos, la elevación de las colinas e incluso la escala de las aldeas circundantes. Resultaba demasiado sospechoso para llevarlo consigo con el simple propósito de viajar.
"Es justo la clase de mapa que llevaría un espía."
Sin embargo, pese a la mirada suspicaz de Vlad, el hombre llamado Nibelung se limitó a erguir las orejas con atención, sin mostrar ninguna turbación. Solo aguardaba la respuesta del joven.
"...¿Qué son estos círculos?"
"Marcan la propagación de las plagas."
Sobre el detallado mapa se extendía una multitud de círculos de un negro azabache. Aquellas marcas, trazadas al parecer por la mano de Nibelung, abarcaban incluso la aldea en la que Vlad y Jean se encontraban en ese momento.
"Pero esto..."
Tras contemplar el pergamino durante un buen rato, Vlad advirtió una anomalía y frunció el ceño.
"Así es. ¿A que resulta extraño?"
Como si se alegrara de que Vlad lo hubiera notado, Nibelung señaló un punto sobre el mapa.
"A juzgar por esto, ¿no da la impresión de que la Santa Sede jamás llevó a cabo una purificación adecuada?"
"..."
Los círculos sobre el mapa se volvían más grandes, más numerosos y más densos a medida que convergían hacia un mismo destino. El lugar exacto al que apuntaban era Mosiam, la capital de la Baronía Utman.
※※※※
A primeras horas de la mañana, cuando el joven diácono aún no había salido de su saco de dormir, la luz del alba comenzó a despuntar entre los leños a medio consumir de la hoguera, que desprendían un humo blanquecino.
"Mírelo usted mismo. ¿No le dije que sería de ayuda?"
"...Al final sí que eras un mago de verdad."
Removiendo sin necesidad las cenizas de la hoguera ya fría, Vlad respondió con sequedad, reacio a darle la razón a Nibelung.
Un gran círculo rodeaba al grupo a modo de cerco protector. Aquel trazo, dibujado la noche anterior por Nibelung mientras aseguraba que no necesitarían hacer guardias, producía una distorsión insólita y difícil de describir, perceptible incluso a través del ojo izquierdo cerrado de Vlad.
"Pero ¿qué pretendes hacer exactamente cuando lleguemos a Mosiam?"
Entre las súplicas de Nibelung y los ruegos de Jean, el grupo había acordado viajar juntos hasta Mosiam por el momento. No obstante, Vlad sabía muy bien que para permitir la entrada de aquel sospechoso hechicero a la ciudad se requeriría su propio aval como caballero.
"Si no me lo dices con exactitud, jamás permitiré que entres."
"¡Oh...!"
Al percibir una apertura en las palabras de Vlad, los ojos ambarinos de Nibelung brillaron de entusiasmo.
"¿Me permitirá entrar, entonces?"
"Te he dicho que primero me expliques con claridad por qué quieres entrar."
En la ciudad de Mosiam ya debían de haberse congregado los paladines de la Iglesia Ortodoxa del Norte para dar caza a cualquier posible entidad impía. Al fin y al cabo, la razón por la que el obispo Andrea enviaba a su joven discípulo a Mosiam era para que acompañara a aquellos caballeros y ganara experiencia en el campo.
"Ya lo ha visto usted mismo. Soy un mago que persigue plagas y maldiciones..."
Vlad recordaba la silueta de Nibelung en aquella aldea: a pesar de que los campesinos habían intentado quemarlo vivo, él les había gritado hasta el último instante que debían abandonar el lugar. Aunque su advertencia fue recibida con desprecio por ir directa al grano sin ofrecer explicaciones previas, él se había limitado a reiterar lo que debía decirse sin titubear en lo más mínimo.
"Porque la muerte aguarda allí."
Y, al igual que en aquella ocasión, Nibelung soltaba las palabras sin ordenar previamente sus pensamientos. Parecía tratarse de una naturaleza incorregible.
"¿Y qué tiene que ver la muerte?"
"La muerte es lo desconocido, ¿no es verdad?"
Guardaba reflexiones profundas en el pecho, pero al exteriorizarlas solo brotaban fragmentos inconexos. Vlad comprendió que aquel hombre de la raza de las bestias era aún más torpe para comunicarse que él mismo, a pesar de haberse criado en la crudeza de los callejones.
"El misterio reside en aquello que se ignora. Se oculta en las profundidades del mundo inexplorado. Nosotros nos hemos pasado la vida vagando de un lado a otro en su busca."
"¿Nosotros?"
Sin embargo, ante esa pregunta, Nibelung respondió no con palabras, sino con un ademán de la mano para disipar cualquier malentendido.
"¿La raza de las bestias?"
"Sí, sí. Nosotros, los que vagamos sin rumbo fijo en todo momento y lugar."
Lo que Nibelung señalaba eran las orejas que se mecían con atención sobre su cabeza.
"Por favor, permítame entrar en Mosiam. Allí aguarda la muerte, y dado que la muerte es algo que ningún vivo ha experimentado, deseo presenciarla con mis propios ojos."
"..."
Un mago de la raza de las bestias que anhelaba atestiguar la muerte en pos del misterio. Sobre la hoguera, ahora extinguida por completo, comenzaron a derramarse los primeros rayos del sol matutino. Bañadas por esa luz, las pupilas ambarinas de Nibelung conservaban un fulgor límpido, en marcado contraste con su dispersa forma de hablar.
'Hay informes de que, tras las malas cosechas, pronto podría desatarse una plaga. Ten especial cuidado con eso.'
Antes de partir, Josef le había advertido a Vlad en un susurro que se mantuviera alerta ante aquello. Ese aviso lo había traído el veterano caballero Ramund, originado a partir de una nota sellada con un tosco blasón de la Santa Sede.
"...Por lo pronto, hablaré con el responsable que esté al mando allí. Aunque no te garantizo que funcione."
"¡Oh, muchísimas gracias, Sir Caballero!"
Debido a la estruendosa voz de Nibelung, ajena a cualquier noción de discreción, Jean comenzó a desperezarse en su pequeño saco de dormir con el rostro hinchado por el sueño. Un corcel negro, un joven asno y un gato. Los tres se miraban fijamente bajo el sol naciente de aquel nuevo día.
※※※※
"\[Aquello se mueve impulsado por una maldición. No es algo que pueda hendirse con una espada ordinaria\]."
El canto del joven diácono había resonado en el campamento cubierto de niebla. En medio de aquella melodía, mientras contenía el aliento en el más absoluto silencio, la voz le había dicho a Vlad:
"¿Entonces qué se supone que haga?"
"\[¿Acaso eres capaz de blandir el Aura en este instante?\]"
"¿Se está burlando de mí ahora mismo?"
"\[Escucha con atención\]."
La mujer que derramaba lágrimas negras más allá de la bruma. Aquella no era más que una madre desdichada que vagaba llorando en busca de su hijo.
"\[Para quebrar semejante maleficio se requiere a un sacerdote exorcista que esgrima la voluntad divina, a un caballero dotado de su propio mundo interior y a un mago que desafíe las leyes del mundo\]."
La voz lo había sentenciado con total certeza: solo aquellos tres, cuyos mundos se hallaran firmemente consolidados, serían capaces de enjugar el llanto de aquella desdichada frente a semejante entidad impía.
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• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨

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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela)
Capítulo 172
El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 171
Estás leyendo el capítulo 171 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.