Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 170 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Su mandíbula cuadrada era tan imponente como sus anchos hombros. Era un hombre de baja estatura, pero a quien de ningún modo se le podía calificar de menudo. La mirada que aquel individuo dirigía no flaqueaba en lo más mínimo, ni siquiera ante la abrumadora presencia de Peter, que llenaba por completo la estancia.
"Para ser franco, no me agrada en absoluto".
Sigurdsson contempló a Peter con una expresión tan torcida y displicente como las palabras que acababa de escupir. En cierto modo, podía considerarse un acto de insolencia, pero Sigurdsson tenía motivos de sobra para comportarse así.
"¿Por qué demonios cambiaron de forma tan repentina al alcalde de Shoara? Por dondequiera que se mire, esto parece un absoluto desprecio hacia nosotros".
"...... Jamás se hizo con semejante intención".
La noticia de la destitución de Josef, que prácticamente equivalía a una caída en desgracia, había provocado una profunda conmoción entre los enanos. La persona con la que habían estado negociando y coordinando los asuntos en los mejores términos se había esfumado de improviso, por lo que era natural que cualquiera se sintiera desconcertado.
Peter había creído que sería capaz de subsanar aquel vacío sin dificultades, pero el mundo de los enanos, al que se enfrentaba por primera vez en su vida, no se regía según sus expectativas.
"La calurosa acogida de Bayezid hacia Nidavellir no ha cambiado en absoluto. Tan solo ha cambiado la persona encargada de llevar a cabo los asuntos, por lo que no deberían...".
"¡Ese es precisamente el problema!".
Un chirrido estridente resonó en el suelo cuando la silla en la que estaba sentado Sigurdsson fue empujada hacia atrás. Al ponerse en pie, su figura dejaba patente para cualquiera su rotunda negativa a seguir escuchando.
"Que hayan cambiado a la persona es exactamente el problema, señor de los humanos. Peter Bayezid".
"......".
El hombre sentado justo frente a él era el amo absoluto de Bayezid, pero a Sigurdsson eso no le importaba en lo más mínimo. Para él, el criterio primordial en ese momento no residía en la posición que ocupase un individuo, sino en cuán digno de confianza resultara ser.
"Si vinimos hasta esta ciudad de Shoara fue únicamente por Josef Bayezid y el caballero Vlad. De no haber sido por ellos dos, ni por asomo habríamos considerado entablar intercambios comerciales con ustedes".
La prolongada historia de persecución sufrida por los enanos los había vuelto herméticos y desconfiados, y eso seguía siendo igual en el presente. Lo único que hasta entonces había logrado mitigar en parte el recelo de los enanos había sido la respetuosa carta que Josef les había enviado junto con los niños enanos rescatados.
"Traigan de vuelta a Josef Bayezid, o al caballero Vlad. Si es que de verdad desean volver a dialogar con nosotros".
Sigurdsson se cruzó de brazos con firmeza, como si no tuviera nada más que añadir. La elocuencia de los enanos, tan recta como tajante, apuntaba sin rodeos a lo que querían.
"...... Josef Bayezid o el caballero Vlad".
Era una exigencia tan directa que incluso el consejero Ragmus, de pie a su lado, se mostró consternado; sin embargo, Peter, el destinatario directo de aquella demanda, permaneció sumido en un silencioso mutismo reflexivo. Sin desconcertarse ni ofenderse ante las palabras de Sigurdsson, Peter tan solo necesitaba unos instantes para ordenar sus propios pensamientos.
'Esos nombres... ciertamente no dejan de repetirse'.
Sigurdsson no lo sabía, pero en los últimos tiempos él no había sido el único que acudía ante Peter reclamando por ambos. Tanto la señora de Heinal como la muchacha de cabellos verdes andaban buscando a los dos desaparecidos intempestivamente.
'Conque por esto insistía en que lo intentaría'.
Comprendiendo por fin con absoluta certeza las verdaderas intenciones de Josef, Peter inclinó la cabeza en silencio, sofocando una maraña de complejas emociones.
'Vaya si te esforzaste en reunir todo esto a lo largo de este tiempo'.
El aislado Nidavellir. La caída Casa Rabnoma. La insignificante Casa Heinal. E incluso aquel muchacho famélico de los callejones.
Al parecer, mientras su hermano mayor acaparaba deslumbrantes glorias en el exterior, su segundo hijo se había dedicado a permanecer agazapado en silencio, recogiendo una a una las cosas descartadas y caídas en el fango del suelo. Limpiándolas y puliéndolas con esmero hasta que comenzaran a brillar con luz propia.
\*\*\*
"¡Piedad, perdónenos la vida, mi señor!".
"¡Nos equivocamos! ¡Por favor, al menos la vida...!".
En el interior del granero comunal de la aldea. En aquel recinto oscuro y gélido, varios hombres colgados boca abajo suplicaban por sus vidas con murmullos ahogados.
Entre ellos, el falso sacerdote, suspendido a mayor altura que los demás, ya había recibido una paliza tan brutal que su otrora níveo hábito clerical había quedado teñido de un rojo encendido.
"¿Que al menos les perdone la vida?".
Al oír las súplicas de aquella banda de estafadores, Vlad soltó una risa burlona teñida de incredulidad y extrajo una daga de su pecho.
"Lesiones con agravantes, amenazas, estafa, extorsión de caudales ajenos... y por si fuera poco, blasfemia y sacrilegio".
Con cada pecado que enumeraba, rebanaba con calma un pedazo de carne seca. Era un ademán casual, pero la sed de sangre que emanaba de cada uno de sus movimientos era auténtica y aterradora.
"Si tuviera que saldar cada uno de estos crímenes, tendría que resucitarlos después de muertos solo para volver a cortarles la cabeza, ¿no les parece?".
"¡Perdónenos! ¡Sir caballero!".
"¡Solo perdónenos la vida! ¡Por piedad!".
Ante las palabras de Vlad, semejantes a una sentencia inapelable, el falso clérigo y sus compinches chillaron aterrorizados implorando clemencia. Porque sabían perfectamente que el hombre que sonreía allá abajo poseía la autoridad y el poder necesarios para cumplir cada palabra.
"¿Quieren vivir?".
"¡Sí! ¡Sí, queremos vivir!".
"Entonces, suéltenlo".
"¿C-cómo dice?".
Vlad extendió la palma vacía con naturalidad descarada. Colgado de cabeza, el falso sacerdote contempló aquella mano abierta, completamente desconcertado.
"Deben de haber amasado un buen botín haciendo esto todo este tiempo. Por lo que vi, no es ni de lejos la primera vez que despliegan este truco".
"......".
No parecía el tipo de persona capaz de actuar así.
Hacía apenas unos instantes, la estampa de Vlad desenvainando la espada al son de un himno sagrado había resplandecido con más nobleza y fulgor que la de cualquier caballero.
Sin embargo, su porte en ese instante no era más que el de un bribón cínico y descarado propio de los peores callejones.
"Si no quieren, solo díganlo. Les recuerdo que el fuego de la hoguera allá afuera todavía no se ha extinguido".
"¡Se lo daremos! ¡Le daremos todo lo que tenemos!".
Probablemente, aquellos estafadores suspendidos en el aire jamás llegarían a saberlo:
Que el joven caballero que sonreía frente a ellos ya había perpetrado con consumada maestría en el pasado agresiones con agravantes, intimidaciones, engaños, extorsión de bienes ajenos y hasta blasfemia sacrílega.
Un mal mayor sometiendo al mal menor.
En la penumbra del granero, la mirada risueña de Vlad destilaba una frialdad lúgubre.
\*\*\*
"¡Habías prometido que nos perdonarías la vida!".
"¡Malditos estafadores bastardos! ¡Púdranse en el infierno!".
El alboroto fue ensordecedor cuando la turba de aldeanos se llevó arrastrando a la banda de impostores.
Habiéndose aprovechado de la fe ingenua de la gente para arrebatarles sus riquezas y habiendo estado a punto de quemar viva en la pira a una persona inocente, estaba claro que no tendrían una muerte plácida.
"¿Estafadores? ¿De qué están hablando?"
"No le preste atención, señor diácono. Esa clase de alimañas siempre busca urdir tretas hasta el último aliento."
Tras palmearse sin motivo aparente el bolsillo —que ahora se sentía pesado y repleto—, Vlad tomó a Jean por el hombro para hacerlo girar y se encaminó con paso firme hacia la casa del alcalde. Aunque a sus espaldas todavía resonaban los desgarradores alaridos de los hombres, en el rostro de Vlad solo flotaba una plácida sonrisa.
"Por cierto, ¿qué ha sido del hombre que tenían colgado? ¿Acaso murió?"
"Por fortuna, sigue con vida. No cabe duda de que la providencia divina veló por él."
Mientras Vlad escarmentaba a los timadores en el almacén, Jean se había entregado en cuerpo y alma a sanar al desventurado que estuvo a punto de perecer en la hoguera dentro de la residencia del alcalde. El clérigo Andrea gozaba de un renombre intachable gracias a sus milagros de curación, y Jean, habiendo heredado la noble templanza de su mentor, era un muchacho capaz de canalizar, cuando menos, una modesta medida de gracia sagrada.
"¡Oh...! ¡Nobles señores! Por favor, pasen al interior, se lo ruego."
Como si la espera lo hubiese consumido en la zozobra, el alcalde, que aguardaba apostado a la intemperie frente al umbral, se inclinó tanto que la cintura apenas le daba para más mientras los escoltaba hacia adentro.
"En verdad, si no fuera por ustedes dos, válgame el cielo, qué habría sido de nuestra aldea..."
Al percatarse de que había estado al borde de ser vilmente embaucado por una tropa de farsantes, el anciano no cesaba de inclinar la cerviz con un servilismo casi exagerado. Aquel desvarío de hoguera que acababa de perpetrarse constituía, ante la ley secular, un delito castigable por el caballero que tenía delante; y ante los ojos de la fe, una atrocidad digna de la más severa reprimenda por parte del joven clérigo.
"Verán, con la peste asolando las aldeas vecinas, caí como un necio en sus patrañas. Me aseguraron que, si no quemábamos a ese hombre de inmediato, la plaga se propagaría también a nuestros hogares..."
Con todo, haber seguido los designios de los estafadores había sido una salida casi inevitable para el regente. El engaño y la demagogia germinan siempre sobre el fértil terreno de la angustia humana. Acosado por el desamparo de no contar con un señor feudal que velara por la seguridad de los suyos, y aterrorizado ante la certidumbre de que una presencia maligna rondaba los contornos, el alcalde no había podido permanecer impasible ante aquel misterioso forastero al que acusaban de acarrear el contagio.
"Uuugh..."
"¡Parece que está recobrando el sentido!"
Siguiendo las indicaciones del alcalde, penetraron en la vivienda justo cuando el hombre empezaba a salir de su letargo. Al verlo batallar para incorporarse tras el atroz suplicio padecido, Jean corrió a sostenerlo por los hombros, mientras Vlad procedía en silencio a inspeccionar los enseres depositados junto al lecho.
Haciendo valer la agudeza visual forjada en sus días de ratero en los callejones, una simple mirada le bastó para desentrañar lo que ocultaba el ropaje del individuo: un sinfín de baratijas y objetos desconcertantes.
'Este tipo tampoco me da buena espina.'
Sus vestiduras no estaban ennegrecidas por efecto del tizne, sino que habían sido teñidas de un negro absoluto desde el principio. Cosidos en el interior de su andrajosa túnica, incontables bolsillos albergaban manojos de hojas chamuscadas y enigmáticas esquirlas óseas.
"¿Dón... dónde estamos...?"
"¿Has vuelto en ti al fin?"
Y más turbia aún resultaba la insólita máscara que le pertenecía. Los charlatanes que Vlad había dejado colgados boca abajo le habían confesado que aquel artilugio extravagante ya lo portaba el forastero antes de su captura.
"¿Quién... es usted?"
"Soy Vlad, caballero de Bayezid."
Vlad tomó la máscara que sostenía y la aproximó al semblante del hombre tendido. Las dimensiones y los contornos coincidían a la perfección con la silueta de sus facciones. En efecto, tal como aseguraban los farsantes, aquella máscara pertenecía a este desconocido.
"Puesto que ya te he revelado mi nombre, supongo que ha llegado tu turno, ¿no?"
"... Mi nombre es Nibelung."
Una voz trémula y tenue brotó con dificultad de los labios del maltrecho viajero. Sin embargo, lo primero que pronunció tras romper el silencio no fue más que una sentencia sombría.
"He llegado hasta este rincón persiguiendo a la muerte."
"... ¿A la muerte?"
La máscara que Vlad le acercaba poseía una factura bizarra, semejante al rostro disecado de un cuervo. Una túnica negra coronada por una máscara con pico de ave. Al escudriñar a través de las cuencas oculares, el rostro del forastero revelaba rasgos felinos.
Aquel individuo, que afirmaba vagar tras la huella de la muerte, pertenecía a la raza de las bestias, una estirpe apenas vista en las frías tierras del norte.
\*\*\*
Bajo la lívida luz de la luna, la silueta de la mansión desprendía un aura lúgubre y espectral. En un pasado ya remoto debió de ostentar una estampa noble y señorial; mas ahora, abandonada a merced de la ruina y la desidia, no hacía más que languidecer despojada de sus antiguos colores.
En el corazón de un bosque tan profundo donde no cantaba una sola ave, el caserón recibía en soledad el resplandor argentado que descendía del firmamento.
\*Chapoteo... chapoteo...\*
"... Conque fue por eso."
Un rumor tenue y apagado emergió de las entrañas de la residencia en ruinas. El murmullo parsimonioso de agua vertida con cautela, como si alguien se encontrara lavando a otra persona en aquel caserón desmoronado.
"Por eso no pudo partir."
El techo del vestíbulo se había derrumbado por completo, dejando al descubierto la inmensidad de una noche renegrida. No obstante, en medio de tanta decadencia, la bañera sobre la que descansaba la mujer irradiaba un brillo de marfil pulido, fundiéndose en perfecta armonía con las tinieblas.
"Pobre alma desdichada."
Los cabellos de la dama comenzaban en un tono azulino para disolverse en puntas tan oscuras como la pez. Con paciente esmero, vertía el agua en la tina para asear al hombre que reposaba en su interior. La destreza con la que frotaba a aquel cuerpo exánime denotaba la soltura de quien lo había hecho incontables veces.
"Seguramente le preocupaba aquello que dejaba atrás. Yo lo comprendo muy bien."
La luna, encaramada en las alturas, comenzó a derramar su claridad al interior de la mansión a través del boquete abierto en la techumbre. Fue entonces cuando la macabra escena de la tina quedó expuesta a la luz.
Lejos de contener agua, la bañera rebosaba con un denso licor de sangre escarlata.
Y allí dentro, con la cabeza gacha y la cabellera blanca como la nieve, descansaba un hombre. La silueta que la mujer sostenía con maternal delicadeza estaba surcada de profundas arrugas, idéntica a un cadáver reseco y momificado.
"... Cuánto debió de temerle al dragón para llegar a tales extremos."
La dama, cuyos pies flotaban sin posarse jamás sobre la tierra, esbozó una sonrisa tibia y acogedora antes de extraer la mano del muerto de aquella ciénaga carmesí. Aunque en el presente no era más que una extremidad marchita y apergaminada, las proezas obradas en el pasado por esa misma mano habían sido más insignes que las de cualquier otro mortal sobre la faz de la tierra.
"Por lo tanto, ya es hora de que despierte. Majestad."
Al compás de aquella voz que resonaba como un conjuro, la mano inerte comenzó a desentumecerse. Como raíces sedientas que beben la humedad de la tierra, aquellas yemas funestas empezaron a abrirse con lentitud milimétrica. Y con cada espasmo en que los dedos se extendían, la sangre contenida en la bañera menguaba poco a poco.
Habiendo alcanzado el cenit de la noche, la luna iluminaba con fría impiedad la decadente mansión.
Allí, en el único rincón que solo los ojos del astro podían contemplar, yacía esparcida una dantesca masa de cadáveres decapitados.
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• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨

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Capítulo 171
El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 170
Estás leyendo el capítulo 170 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.