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Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 169 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Rondemos, rondemos, giremos en torno al fósforo. Giremos en torno al fósforo que canta alegremente. Hasta que su cabeza bermeja quede negra como el carbón. Hasta que la tonada entonada llegue a su fin. Rondemos, rondemos, giremos en torno al fósforo. Giremos en torno al fósforo hasta que todos caigamos al suelo. ※※※※ El camino real de invierno yacía completamente congelado. El repiqueteo de los cascos de los caballos y el chirrido del carruaje que avanzaba sobre él resonaban con estrépito. El viento del norte, tan seco como la dura superficie del camino, congelaba todavía más el ya apesadumbrado ambiente de la comitiva. "Ha llegado la hora de separarnos." Josef, que a pesar del gélido clima se había empeñado en mantener abierta la ventanilla, contempló a Vlad y esbozó una débil sonrisa. Ante la voz de Josef, que rompía un prolongado silencio, todos los caballeros dirigieron la mirada al frente. Delante del camino real que se extendía en línea recta, se bifurcaban dos sendas. En cuanto alcanzaran aquella encrucijada que se abría más adelante, la comitiva y Vlad tendrían que tomar rumbos distintos. "Cuídate mucho, por favor." "Cuide de su salud usted también, mi señor Josef." Josef y los caballeros debían regresar a Sturma. Era natural que Josef, derrotado en la disputa por la sucesión del linaje, emprendiera la retirada, y los caballeros que lo secundaban probablemente recibirían nuevas órdenes y terminarían dispersándose. Aunque era inevitable lamentar la separación, para los integrantes de aquella comitiva resultaba forzoso que el desenlace tuviera un cariz tan sombrío. "Te lo ruego por lo que más quieras, no andes desbocado como de costumbre. No como lo que hiciste esta vez en el convento." "...... Haré cuanto pueda." En medio de semejante atmósfera, los reproches invariables de Sir Zayar resultaron más bien bienvenidos. Aunque a nadie le agradaba convertirse en el hazmerreír de los demás, las tenues risitas que brotaron aquí y allá parecieron aligerar un tanto la pesadumbre del ambiente. "Es muy probable que para la próxima primavera consiga asentarme. Volvámonos a ver entonces." "Entendido, mi señor Josef." La estampa de Josef prometiendo un futuro reencuentro con los labios descoloridos llegaba a inspirar compasión, pero Vlad confiaba en que sus palabras no eran una promesa vacía. Al fin y al cabo, el Josef que él conocía siempre había sido un hombre que se preparaba de antemano para el peor de los escenarios. "...... Y no olvides lo que te dije." "Sí." Vlad asintió en silencio ante las últimas palabras que Josef pronunció en un susurro. La advertencia que Josef le había transmitido en voz baja provenía de los singulares rumores que la Santa Sede se había dedicado a difundir. "Espero que usted también logre sus propósitos, señor diácono." "Que la paz divina acompañe a su señoría Josef en su camino de regreso." Habiendo intercambiado las últimas palabras de despedida, Josef hizo una discreta seña con la mirada, indicando que el momento había llegado. Gregory, Maksim y Cade. Vlad depositó su adiós final en las miradas con las que cruzó sus ojos y, acto seguido, se separó de la comitiva para enfilar el desvío opuesto. Un caballo negro y un pequeño asno se fueron distanciando poco a poco. A pesar del viento invernal que arreciaba, Josef y los caballeros permanecieron detenidos unos instantes, contemplando sus espaldas mientras se alejaban en la distancia. Soplaba un viento helado, pero la figura de Vlad guiando los pasos del joven diácono ya no parecía en absoluto fuera de lugar. ※※※※ "Seguramente usted no lo sabía, señor caballero. Cada vez que llegaban noticias de Vlad de Shoara, los hombros del señor Andrea se henchían de orgullo." El viejo asno que montaba era la viva estampa de la indiferencia, pero el joven diácono sentado sobre sus lomos no paraba de parlotear con vehemencia, como si por fin hubiera encontrado su elemento. "¡Todos le reprochaban que hubiera arrojado por los suelos un aval que podría haber vendido a cambio de una fortuna! ¡Aunque le aseguro que ahora nadie se atreve a decir semejante tontería!" El joven diácono, que seguía parloteando sin cesar, respondía al nombre de Jean. Portador de un nombre monosilábico poco común en las tierras del norte, el muchacho miraba a Vlad con expresión henchida de satisfacción, como si aquel caballero fuera su propio motivo de orgullo. "¿El nombre......? ¿Acaso se vende un aval por dinero?" "¡Pues claro! Todos lo vendían bajo cuerda a sus conocidos. Sobre todo la gente venida de la Santa Sede, ellos más que nadie." Quizás por ser el diácono directo de Andrea, Jean no ocultaba su hostilidad hacia la Santa Sede. Jean conocía mejor que nadie las penurias de Andrea, quien, a pesar de su intachable renombre, se había visto forzado a errar únicamente por los yermos desolados. "Bien pensado, la Madre Superiora de Shoara también vendía cosas." Al escuchar las palabras de Jean y recordar el convento de Shoara, el ceño de Vlad se frunció. A pesar de haber sido erigido como un asilo para los desposeídos, las mujeres que habitaban en su interior no eran más que hijas de personajes influyentes. Doncellas puras y cercanas a Dios. La Madre Superiora de Shoara no había sido más que una mercader que se valía del nombre del Señor para comerciar con semejante título. "...... Por lo pronto, cambie su cecina por esta." "¿Eh?" Jean abrió los ojos de par en par al contemplar el paquete envuelto en papel que Vlad le tendía de improviso. Sobre aquel fardo de aspecto grueso figuraba grabado el nombre de Cannor. "¿Es de la Familia Cannor?" "Tengo cierta relación con ellos." Incluso un joven diácono sabía que la carne de la Familia Cannor era de una calidad extraordinaria. Y, por consiguiente, sumamente cara. Además, Vlad era uno de los caballeros más respaldados por dicha estirpe. "Es la primera vez que emprende un viaje tan largo, así que será mejor que se alimente debidamente. Si llega a caer enfermo en el camino, el que quedará en una posición incómoda seré yo, que recibí el encargo." "¡Ah... ah! ¡Muchísimas gracias!" Aunque intentó disimularlo, el rubor que encendió sus mejillas delataba con claridad los sentimientos de Jean. Habiéndole ofrecido carne a un muchacho en pleno crecimiento, la alegría que experimentaba no requería de mayores explicaciones. Era de suponer que, bajo la tutela de Andrea y su vida de estricta pobreza, jamás habría llegado a ver de cerca una cecina semejante. "Si hay algo que le resulte incómodo, hágamelo saber en cualquier momento." Aunque ya lo intuía de forma vaga, la magnitud de la benevolencia de Andrea, que acababa de constatar a través de los labios de Jean, superaba cuanto había imaginado. Al contemplar a Jean, que ya mascaba alegremente un trozo de cecina, Vlad albergó el anhelo de compensar siquiera una fracción del favor que le debía a Andrea protegiendo al joven clérigo en aquel camino de penitencia. ※※※※ "Oh......" "¿Qué hacemos ahora, señor diácono?" Se hallaban en la ruta hacia Mosiam, la capital de la Baronía Utman. Ya fuera porque el mapa era deficiente o porque quien lo sostenía carecía de sentido de la orientación, tras varios días acampando a la intemperie, Vlad y Jean lograron por fin divisar una diminuta aldea. Sin embargo, el regocijo de haber avistado la aldea se disipó al instante: ambos se detuvieron en seco ante la insólita escena que se desplegaba al pie de la colina. "¿Qué hacemos? ¿Bajamos?". "Un momento... Espere un momento, por favor". Jean fruncía el ceño en un rostro que aún no lograba desprenderse de sus rasgos infantiles, debatiéndose sobre el proceder correcto. Al verlo vacilar de semejante manera, Vlad se limitó a aguardar en silencio. Después de todo, el protagonista indiscutible de aquel sendero de penitencia era el joven diácono, y Vlad sabía a la perfección que la madurez que el muchacho adquiriese en el camino era la verdadera aspiración del obispo Andrea. "Bajemos. Tenemos que detener esto". "Entendido". Ante la determinación del pequeño diácono, Vlad asintió. No desviar la mirada y encarar la realidad constituía el primer paso de toda penitencia. Al fondo de la cuesta, siguiendo no el sendero apacible sino la senda más abrupta, una festividad bullía en pleno fervor. Se trataba de un poblado tan insignificante que ni siquiera figuraba en el mapa que Vlad sostenía en las manos. Sin embargo, a pesar de su pequeñez, la totalidad de los lugareños parecía haberse volcado a las calles; contemplada desde lo alto, la plaza central semejaba un hervidero colmado por una marea oscura de personas. "¡Piedad! ¡Que les digo que no he sido yo!". Toda festividad que se precie exige una ofrenda a su altura. Atrapado con el fin de servir como víctima propiciatoria para el festejo, alguien forcejeaba y profería alaridos desesperados a voz en cuello. La máscara que llevaba ceñida al rostro, encajada como si se la hubiesen embutido a la fuerza, le confería un aspecto sumamente grotesco. "¡Que yo no he hecho nada! ¡Están cometiendo un gravísimo error!". A pesar de que el hombre, cubierto no solo por la extraña máscara sino de pies a cabeza con ropajes negros, chillaba sin tregua, los aldeanos se limitaban a atizar los leños para avivar las llamas. Algunos de ellos incluso se tapaban los oídos con los dedos, como si rehuyeran escuchar sus súplicas. "¡No os dejéis embaucar! ¡Es propio de los seres inmundos mover sus pérfidas lenguas para engañar a los hombres!". Un individuo ataviado con hábitos talares de un blanco inmaculado se adelantó ante la multitud y clamó con voz tonante. Ignoraban a qué orden pertenecía, pero a juzgar exclusivamente por su apariencia externa, lucía sin duda la estampa de un sacerdote. "¡Todos vosotros conocéis de sobra a las siniestras aberraciones originadas en Mosiam!". En cuanto el nombre de Mosiam brotó de los labios del oficiante, las miradas del gentío convergieron sobre él al unísono. Era una urbe grabada a fuego en la memoria colectiva como un presagio funesto y aterrador. Incluso en aquel remoto rincón, la mera alusión a cualquier asunto vinculado con Mosiam despertaba un estremecimiento de repulsión. "¿Por qué se pudrieron los campos de cebada que antes prosperaban? ¿Por qué se secó el agua de los pozos que antes rebosaban de pureza? ¡Todo es culpa de ese engendro salido de Mosiam!". El dedo acusador del clérigo apuntó directamente hacia el prisionero que se retorcía atado al poste. "¡Por tanto, debemos consumirlo en el fuego!". "¡Maldito demente desquiciado! ¿¡Por qué carajos quemas a un hombre inocente!?". El individuo de aspecto singular vociferaba con todas las fuerzas que le restaban, pero ya se hallaba firmemente amarrado y, desde la base, una densa humareda rojiza comenzaba a elevarse con lentitud. Visto desde la distancia, su figura recordaba a la de un cuervo asándose sobre una fogata de leña. "... Vaya, esto apesta a farsa". Habiendo eludido la vigilancia de la escasa milicia local hasta infiltrarse en el mismísimo corazón de la aldea, Vlad se rascaba la coronilla mientras observaba el centro del festival en llamas. "No lo es, ¿verdad?". "No. Desde luego que no". En ese instante, Jean iba encaramado sobre los hombros de Vlad. Aunque el muchacho también vestía vestiduras de un blanco puro, la atención de la muchedumbre llevaba largo rato cautiva por el sacerdote apostado al frente. Aprovechando aquella distracción, Jean extrajo una diminuta lupa y enfocó la lente sobre el hombre condenado a la hoguera. "Por más que miro, no detecto nada. Claro que podría tratarse de una entidad capaz de ocultarse incluso de esta lente, pero...". "Si fuera un ser de semejante poder, para empezar, jamás se habría dejado capturar de este modo". Cabía la posibilidad de que no lograra percibirlo por ser apenas un diácono; sin embargo, una presencia de tal calibre ni en sueños habría caído en manos de simples campesinos. "De todos modos, creo que no hacía falta comprobarlo para darse cuenta". Vlad y Jean dirigieron la mirada al unísono hacia el mismo rincón. "¡Avivad más el humo! ¡Que alcance una altura suficiente para que el Dios de los cielos pueda contemplarlo!". A medida que el fuego de los maderos se propagaba con un vivo fulgor carmesí, las ofrendas se apilaban a los pies del sacerdote. Subyugados por aquel frenético clamor, los aldeanos depositaban las riquezas que habían traído ante el clérigo y se postraban una y otra vez en ferviente oración. Clamaban el nombre de Dios, pero sus ojos veneraban a un falso sacerdote. Al constatar cómo la voz de aquel impostor se hinchaba de soberbia conforme crecía el montículo de tributos ante él, Vlad torció el gesto con disgusto. "Ese sujeto es un estafador". Los de la misma calaña se reconocen al primer vistazo. Ignoraba si era un clérigo genuino o no, pero al discernir su burdo truco, Vlad sujetó a Jean por los hombros y lo posó en el suelo. "¿Qué hacemos?". "Hay que impedirlo. No podemos tolerar que se cometa una tragedia en nombre de Dios". Jean extrajo con presteza las Sagradas Escrituras que guardaba en su pecho y clavó en Vlad unos ojos rebosantes de determinación. El chiquillo que hacía apenas unos instantes sonreía alborozado por un trozo de cecina se había esfumado por completo. "Comprendido. Proceda como mejor estime, señor diácono". Reconfortado por el asentimiento de Vlad, Jean abrió de inmediato las Escrituras y pasó las hojas. Era el volumen sagrado en cuyas páginas el obispo Andrea había caligrafiado con primor, trazo a trazo, cada palabra para su joven diácono. Las manos del muchacho se detuvieron en la página donde reposaba un himno consagrado al Creador. \*Abandonad los vanos ídolos del mundo.\* \*Desechad toda falsedad e iniquidad humana.\* \*Habiendo recibido el llamado divino, este siervo marchará adondequiera que sea.\* Al compás de los lamentos del desconocido, los aldeanos habían comenzado a girar despacio en torno a la pira. No obstante, aquellos que rodeaban las llamas escarlatas volvieron la cabeza de golpe al resonar una voz noble y cristalina que se alzó sobre el bullicio. "Oiga, usted". "¿Q-qué ocurre?". La voz del joven diácono abrió un pasillo entre la turba, y a través de ese sendero emergió la figura de un caballero. En la cuenca izquierda de aquel guerrero ardía un fulgor dorado visible para cualquiera. "¿Seguro que eres un sacerdote de verdad?". "... G-grrr... ah...". El falso clérigo, al contemplar aquellas imponentes figuras que abrumaban sus ojos y sus oídos, se mordió la traicionera lengua. Las ofrendas apiladas, un charlatán que había perdido el habla y, sobre el lecho de ascuas, un sacrificio inocente que aún se retorcía con desesperación. "¿Qué tal si apagamos el fuego primero y luego conversamos?". Hombres que ocupaban el lugar donde debían estar y cumplían con lo que estaban llamados a hacer. La espada del obispo Andrea y la tierna voz de su diácono contenían ahora las llamas de la mentira. \----- • Autor: Q10 • Traductor: Inmensurable ⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨
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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 169

Estás leyendo el capítulo 169 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.