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Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 166 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Era una mañana colmada únicamente por el trinar de las aves. Quizá por haber desalojado a la clientela habitual, la posada gozaba de una calma serena a través de la cual los empleados se movían con presteza. "Huele de maravilla, Marcela." "¿Ya te has levantado?" Vlad avanzó con paso natural y tomó asiento en la pequeña barra reservada para los empleados. En otros tiempos, aquel había sido el rincón predilecto de Jorge y los miembros de su banda; ahora, frecuentado sobre todo por Vlad y el grupo de Haben, el espacio se hallaba inundado por el aromático vaho de una sopa. "¿Y Haben?" "Salió muy temprano. Dijo que iba a servirles de guía a los enanos." "¿De veras?" Daba la impresión de que Haben estaba resuelto a subir a toda costa a las naves de los enanos. Aun si no fuera con ese propósito, trabar amistad con ellos distaba de ser algo perjudicial, de modo que Vlad no le dio mayor importancia y tomó el cuenco de sopa que tenía delante. "Muchas gracias por la comida, Marcela." "Esa la preparó Jemina, ¿sabes?" "..." Al ver la sonrisa pícara que le dirigía Marcela, Vlad se limitó a sostener la cuchara en silencio. Dentro de la pequeña barra, una cabellera escarlata se movía con afán innecesario. Al contemplar la espalda de Jemina, vuelta con obstinación como si se negara en redondo a cruzar la mirada con él, Vlad no pudo evitar chasquear la lengua. "¿Hasta cuándo piensas seguir enfurruñada? Para empezar, ni siquiera fui yo quien se la cedió." "... Yo no estoy enfurruñada." Incapaz de negarlo con firmeza, los labios de Jemina formaban un puchero mientras mantenía la mirada apartada a la fuerza. "Te he dicho que fueron los propios enanos quienes insistieron en instalarse en la herrería del viejo. Yo también me esforcé por desviar su atención hacia otros talleres." "..." Ella sabía muy bien que era algo inevitable, pero eso no impedía que le doliera el corazón. Aunque atesoraba incontables recuerdos junto a Vlad desde la infancia, la memoria más preciada para Jemina era precisamente la vinculada a aquella espada sin ornamentos. Vlad no era el único que sentía un orgullo inmenso por ella. "Además, en primer lugar, es bueno que la utilicen los enanos. Del mismo modo que La Sonrisa de la Rosa atrae la atención de todos ahora..." "¡Ah, no me importa! Mejor voy a ver a Noir, que él al menos sí es obediente." Si de todos modos iba a quedar abandonada, daba igual quién le diera uso. Es más, que artesanos de la talla de los enanos trabajaran allí antes de marcharse bien podía considerarse un honor; sin embargo, el corazón de Jemina continuaba sumido en una profunda contradicción. "¿Por qué se pone así?" Vlad frunció el ceño al ver a Jemina bajar las escaleras a toda prisa, rehuyendo su presencia, pero quien realmente sentía consumirse las entrañas al contemplarlos era Marcela. "En otros tiempos los habría metido a los dos en la misma habitación y sanseacabó." "¿Qué?" "Nada, olvídalo. La sopa se va a enfriar, date prisa en comer." Lamentándose de tener que andarse con rodeos en lugar de resolverlo todo de un solo golpe como antaño, Marcela se limitó a esbozar una sonrisa dulce. "Por cierto, ¿adónde vas hoy? Parece que el señor Vlad es el hombre más atareado de toda Shoara últimamente." "Pienso pasar primero por la herrería y luego dirigirme a la iglesia. Lord Andrea me encomendó un asunto." "¿Tan íntimo eres con el señor obispo que ya se intercambian favores? Cómo has crecido, Vlad." Marcela le acarició con ternura los cabellos a Vlad mientras este tomaba la sopa. Era inevitable que ambos sintieran cierta amargura mutua. Tal como saltaba a la vista, Vlad tenía una montaña de obligaciones que requerían toda su atención, y Jemina, al contemplar a ese mismo Vlad partirse en tantas direcciones, debía de haber contenido sus emociones con un esfuerzo inmenso. "A todo esto, ¿cuánto pagó?" "¿De qué?" "La donación. La que entregó al convento." Al ver la mano de Vlad extendiéndose para pedir otro cuenco, los ojos de Marcela se abrieron de par en par por la sorpresa. "Me enteré de que en aquella época ni siquiera le abrieron las puertas del convento." "..." Vlad siempre acostumbraba a desayunar de forma ligera, pero hoy, como presagiando una jornada que le exigiría desgastar cada gramo de sus fuerzas, volvía a ofrecer el tazón pidiendo más. "Más tarde me enteré de que a las niñas que estaban allí solo les daban una comida al día." "... Sí. Así me lo dijeron a mí también." Del mismo modo que Jemina guardaba recuerdos imborrables, Vlad también custodiaba los suyos. El día en que acudió por primera vez al convento, con el corazón henchido de esperanza, la niña pelirroja con la que se encontró estaba tan famélica que partía el alma. "¿Por eso vas hoy al convento?" "Esa chiquilla boba no tiene idea de nada." Vlad resopló indignado ante Marcela sin motivo real, y tras contemplar el cuenco recién colmado, volvió a levantar la cuchara. Con lo mucho que se preocupaba por ella, recibir a cambio solo desplantes y pucheros hacía comprensible que Vlad se sintiera agraviado. "Entiendo. Ve y haz bien las cosas hoy." Al contemplar a aquellos dos que, aunque se distanciaran por momentos, al final siempre acababan mirándose de frente, Marcela no pudo contener una risa cálida. Después de todo, había hecho bien en clausurar el burdel. Una estampa semejante jamás habría tenido cabida en la inmunda Sonrisa de la Rosa del pasado. Mientras observaba a Vlad consagrado a su sopa, Marcela volvió a acariciarle la cabeza con ternura aprobatoria. \* \* \* Unas ojeras tan hondas como la pila de documentos que se alzaba sobre el escritorio ensombrecían su rostro. Al contemplar a Josef, el anciano no intentaba ocultar la preocupación en su mirada. Hacía apenas nada que le había llegado la noticia de que se había desplomado por agotamiento, y ahora se encontraba asumiendo una carga de trabajo inhumana; resultaba imposible no angustiarse. "Últimamente he andado algo ocupado, la verdad." Josef sonrió con timidez al cruzarse con los ojos del anciano, pero aquel gesto solo sirvió para acentuar la marcada negrura bajo sus párpados. Por más que Josef ya fuera un hombre adulto, a los ojos del viejo caballero seguía viéndose tan desvalido y frágil como un niño pequeño. "Por muy ocupado que esté, debe velar por su salud, joven señor." "Aun así, volver a encontrarme con Sir Ramund después de tanto tiempo me hace sentir como si el cansancio se disipara." Aquel era un hombre con la autoridad suficiente para llamar "joven señor" a Josef, noble del ilustre linaje Bayezid y actual alcalde de Shoara. El retirado caballero de Bayezid, Sir Ramund, contempló las mejillas hundidas de Josef y, carcomido por el despecho ante tal descuido, fulminó con la mirada a Sir Zayar sin disimulo. "En fin, ¿a qué se debe su visita a estas tierras? ¿Ha surgido algún asunto apremiante?" "No he venido porque me haya sobrevenido urgencia alguna en lo personal." Habiendo cumplido con creces su deber como el más humilde de los hombres y consumado un retiro verdaderamente intachable, Ramund había estado pasando el tiempo ocupado en pequeñas faenas tras regresar a su feudo en las inmediaciones de Barna. Gozaba de la vida de retiro con la que soñaría cualquier caballero, de modo que, tal como decía Josef, era alguien que jamás se habría molestado en viajar hasta Shoara a menos que mediara una circunstancia extraordinaria. "¿Ha venido por causa de Vlad?" "Oh. Por supuesto, ver a ese muchacho es una de las razones." Al escuchar el nombre de Vlad, una sonrisa complacida comenzó a florecer en el rostro de Ramund. Para él, la urbe más cercana era Barna, pero la ciudad más entrañable era Shoara, y era un hecho innegable que parte de esa querencia residía en Vlad. "Aprovechando el viaje pienso evaluar sus progresos, pero no he venido exclusivamente por el muchacho." Sin embargo, la razón por la que Sir Ramund había acudido hasta Shoara no se debía únicamente a Vlad. "¿Tendría la amabilidad de echar un vistazo a esto?" Junto con esas palabras, Ramund depositó sobre la mesa una hoja de papel. Aquel pliego estaba mugriento por todas partes, como si hubiera rodado por el fango, pero los caracteres trazados en su interior se conservaban lo bastante nítidos como para distinguirlos con claridad. "...... Es el emblema de la Santa Sede." "En efecto." No obstante, más que las frases redactadas en la hoja, lo que primero atrajo la mirada de Josef fue el sello grabado en la parte inferior. Un distintivo eclesiástico semejante al de la Iglesia Ortodoxa del Norte, pero dotado de una configuración indiscutiblemente ajena. El vestigio de la Santa Sede, al que la Alianza del Norte había expulsado de sus dominios, se extendía ahora ante los ojos de Josef. "He sabido que recientemente estos papeles han comenzado a propagarse desde las aldeas rurales y las pequeñas comunidades. Desde luego, los siervos de nuestro feudo no saben leer, de modo que no tuvo mayor trascendencia, pero......" El rastro de la Santa Sede se abría paso con refinada astucia por la periferia, eludiendo la vigilancia de los gobernantes. Para los campesinos ordinarios que eran analfabetos no habría surtido gran efecto, pero bastaría con que uno solo de ellos descifrara su contenido para que el rumor brotado de las letras se expandiera a la distancia de boca en boca. Al fin y al cabo, el emblema grabado en el extremo inferior del papel era un símbolo que cualquiera, por indocto que fuera, reconocería al instante. "...... 'Escuchad, gentes del norte. Ante la aparición de una falsa herejía, Dios se ha enfurecido'." Josef leyó en voz alta el pliego que Ramund le había entregado. Con todo, no cabía culpar a Josef por no articular la lectura de corrido y verse forzado a titubear. Aquella caligrafía, vergonzosa incluso para calificarla de mala letra, era un desastre tal que resultaba más acertado afirmar que habían garabateado los trazos en lugar de escribirlos. Como si lo hubiera redactado alguien que jamás hubiese aprendido las letras. "'La devoción hacia un falso ídolo es un ultraje manifiesto contra Aquel que es el Único. Ante nuestros ojos ya se vislumbra la calamidad que caerá sobre vosotros......'." Sin embargo, el mensaje que albergaba era contundente. Una treta superficial, con una intención que saltaba a la vista. Se trataba de un panfleto cuya incitación resultaba palmaria para cualquiera, pero Josef no pudo evitar experimentar una extraña ponzoña de desagrado al contemplarlo. "...... 'Una plaga os azotará. Antes de que concluya este año'." El inicio constituía una advertencia, pero el desenlace no era sino una maldición. Ante aquella última sentencia, que vaticinaba la desgracia sobre quienes acataran falsas doctrinas, un denso silencio comenzó a señorear en el despacho. "...... Es sumamente específico. Ha dejado consignados con exactitud el momento y el suceso." "Así es. Para haber sido redactado con el mero afán de amedrentar, hay algo decididamente anómalo en ello." Si su único propósito hubiese sido infundir pavor, habría resultado más conveniente expresarlo con fórmulas vagas y ambiguas. El dilema estribaba en que, contra toda lógica propagandística, las frases del papel eran perturbadoramente precisas. "...... Si estas palabras yerran su blanco, el efecto adverso será mayúsculo." Josef contempló en silencio el papel profundamente ajado. Un manuscrito tosco, pero henchido de una convicción irreductible. Una instigación de semejante naturaleza habría sido preferible no iniciarla si fallaba, pero Josef sabía muy bien que un poder como la Santa Sede no era un adversario que diera puntada sin hilo. Aquellas palabras, que más bien semejaban el dictado de una profecía, continuaban oprimiendo un rincón en el ánimo de Josef. \* \* \* En una callejuela de los bajos fondos donde ya se hacía sentir un aire frío. No era un rincón bullicioso como La Sonrisa de la Rosa, ni tampoco un paraje donde la gente se congregara para morar; allí no quedaban más que unas cuantas construcciones vetustas al borde del derrumbe. Sin embargo, desde el extremo de aquella gélida calle, comenzó a irradiar una sutil calidez, como si hubieran prendido una fogata. Era un calor que nacía en la vieja herrería que había permanecido clausurada durante tanto tiempo. ¡Clang! ¡Clang! La cadencia era distinta, pero el repique resultaba semejante. Acompañado por el resplandor de una lumbre anaranjada de la que emanaba tibieza, el sonido del martillo proveniente de la herrería empezó a serpentear entre los oscuros callejones tal como lo hacía en antaño. "...... No lo comprendo." Tras detener los incesantes golpes de su maza, Sigurdsson se rascó la cabeza mientras contemplaba un lingote de hierro que aún despedía un calor sofocante. "¿Cómo diablos ha sido posible forjar algo así en este cuchitril?" Ante su murmullo para sus adentros, los enanos a su alrededor sacudieron la cabeza al unísono. El asombro de los artesanos estaba más que justificado: el lingote de hierro, cuya tersa superficie reflejaba los destellos del fuego circundante, era sin lugar a dudas una pieza de calidad suprema a los ojos de cualquiera. Incluso ante la rigurosa mirada de los enanos, que eran artífices natos desde la cuna. "Por donde se mire, esto desafía toda lógica. De verdad." "Con semejante horno jamás se habría conseguido." "Con las herramientas de aquí, a duras penas alcanzaría para reparar un cuchillo de cocina." Tras devanarse los sesos durante un largo rato, Sigurdsson y los suyos volvieron los ojos al unísono hacia el decrépito alto horno de la herrería. ¿...? El pequeño lagarto se mostró perplejo al notar que tantas miradas convergían sobre él. Mas, en franco contraste con su expresión inocente, la criatura nadaba en esos precisos instantes en medio del hierro fundido al rojo vivo. Lucía un semblante que parecía decir que aquel caldo ardiente no pasaba de ser un baño tibio y reconfortante. "Había oído decir que las Chispas existían, pero es la primera vez que presencio una en persona." "Entre todos nosotros no habrá nadie para quien no sea la primera vez, capitán." "Así es. Jamás había sido más que una vieja fábula transmitida de boca en boca." Habiéndose desplomado en una ruina atroz, las escasas tradiciones que aún conservaban los enanos no hacían más que vagar convertidas en meras leyendas, tal como decía Sigurdsson. El orgullo que debían evocar y la dignidad que debían custodiar palidecían por momentos; el porvenir de los enanos se iba extinguiendo con pausada agonía incluso en ese mismo instante. "...... Tenemos que llevárnoslo cueste lo que cueste." Sin embargo, ahora que todo se había reducido a escombros, ante Sigurdsson y sus tripulantes nadaba aquella mismísima Chispa que antaño inflamaba los gloriosos hornos de su linaje. El tierno espíritu que había arribado hasta allí a lomos de la espada de aquel caballero llamado Vlad. Aquellos dos mundos, que apenas rozaban sus confines tras una separación secular, permanecieron así, contemplándose en un largo mutismo. "¿Eh? ¡¿Oigan?!" "¡No, eso no!" ¿Sería acaso porque el reencuentro se producía tras una era desmedida? Habiendo olvidado el arte de comprenderse mutuamente, el pequeño lagarto malinterpretó la angustiosa insistencia en los ojos de los enanos y sacó sus propias conclusiones. 'Vaya, ¿acaso necesitan más de esto?' "¡No! ¡No lo vomites ahora!" ¡Guaaaark! Sigurdsson, intuyendo la catástrofe, agitó las manos con frenesí, pero el pequeño lagarto ya estaba desbordado de entusiasmo. Un horizonte que se ensanchaba al cruzar sus fronteras. Para aquella tierna Chispa, el mundo de los enanos era un engranaje que encajaba a la perfección. "¡Traed arena, no agua! ¡Arena! ¡Se nos va a quemar todo esto! ¡No! ¡Aaargh! ¡Deja de escupir eso ya!" Los alaridos de los enanos estallaron al unísono con el torrente de hierro fundido de pureza inmaculada. Al ver a los artesanos abrir de una patada el portón y salir huyendo en estampida, incapaces de tolerar el calor abrasador, Vlad, que acababa de llegar, no pudo contener una exclamación perpleja: "¿Eh?" Ese fue el insólito cuadro que contempló Vlad, quien había pasado por la herrería para recoger la armadura que se habían llevado con la promesa de repararla: un lagartito que escupía fuego rebosante de regocijo, una vetusta forja al borde de la incineración y una tropa de enanos pegando berridos de pánico. A pesar de que el interior del taller rebasaba la mera calidez para transformarse en un infierno abrasador, el pequeño lagarto divisó a Vlad y comenzó a menear la cola henchido de contento, celebrando su llegada. \----- • Autor: Q10 • Traductor: Inmensurable ⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨
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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 166

Estás leyendo el capítulo 166 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.