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Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 165 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
El carmesí que el hombre paladeaba era espeso. Una viscosidad que apenas se agitaba dentro de la copa en vaivén. Sin embargo, Sarnus sonreía, complacido por un trago tan denso y pesado al deslizarse por su garganta. "Al final, el Duque Armand actuó según lo previsto." Incluso ante el sol matutino que despuntaba, Sarnus apuraba la copa con absoluto sosiego. Su cabello rubio, peinado hacia atrás con esmero gracias a la pomada, y sus ropajes arcaicos, ajenos a cualquier moda, encarnaban la viva estampa del aristócrata tradicional a ojos de cualquiera. "En diversos puntos de las tierras centrales estallan disputas territoriales esporádicas. No solo por causa del Duque Armand; parece que todos guardaban demasiados agravios acumulados." "Se los mantuvo atados durante demasiado tiempo. Al fin y al cabo, el ser humano es una criatura que persigue sus propios deseos." Ante el informe de Mircea, Sarnus se limitó a asentir con la cabeza, como si ya hubiera previsto semejante desenlace. Aquel caballero que fundó el colosal mundo del imperio creyó tal vez que su obra permanecería por siempre inmutable, pero, en verdad, una criatura como el dragón yacía dormida en el alma de todo ser humano. "Cuanto más pisoteas, más alto te alzas; y cuanto más devoras, más grande te vuelves. ¿Quién podría resistirse a ello?" Cuanto más prolongada había sido la paz, más se habían contenido, acumulando fuerzas y justificaciones. Si uno continúa vertiendo agua en una copa pequeña, tarde o temprano rebosará. Expandirse hacia un mundo más vasto no era una aspiración exclusiva de las tierras del oeste. "Cualquiera obraría igual que yo." Sarnus apuró la última gota de vino que le quedaba y depositó la copa con sigilo sobre el escritorio. Al volverse hacia el espejo, este solo devolvía el reflejo del noble y distinguido Sarnus Dragulia. Aquel vestigio marchito de antaño, encogido y oculto en las tinieblas, parecía haberse desvanecido por completo de su semblante actual. "El de esta ocasión no resultó del todo puro." Entre su resplandeciente melena rubia despuntaba una hebra rojiza. Al descubrirla, Sarnus sonrió con una mueca burlona y comenzó a rebuscar entre su cabellera. Tan insatisfactorio como había sido, causaba molestias hasta el último instante. "Aunque regresó hecho un hazmerreír, al menos cumplió con su cometido en la baronía Utman, por lo que merecía cierto elogio." "...... ¿Es así?" Un cabello arrancado con indiferencia. Aquella hebra que se había mezclado entre las doradas lucía un tono carmesí que traía a la memoria a cierta persona. "Espero que el muchacho del norte tenga un matiz más denso. También ha llegado la hora de cosecharlo a él." Había sembrado, así que era momento de recoger el fruto. Habiendo marchado hasta el lejano norte para plantar su semilla precisamente sobre el fango, ¿qué clase de potencial llegaría a revelar? Una copa de vino vacía y una hebra rojiza arrancada. Aguardando a que ambas volvieran a llenarse, el viejo dragón sonreía. \* \* \* "Mmm... Mmm..." Sigurdsson estaba absorto en su inspección, pero Vlad, de pie a su lado, denotaba cierta inquietud. El enano, provisto de un estrafalario monóculo que Vlad jamás había visto, escrutaba la espada como si quisiera devorarla con la mirada. Al contemplar cómo aquella espada azul era desnudada palmo a palmo por manos ajenas, a Vlad le invadía el impulso de arrebatársela en ese mismo instante. "...... Parece que es auténtico." A la mañana siguiente de aquella noche de desenfreno, los enanos habían dejado a un lado hasta las jarras de licor que tanto adoraban y se agolpaban en torno a Sigurdsson. La estampa de aquellos hombres barbudos tan apretujados unos contra otros resultaba cómica, pero la mirada que proyectaban era de una solemnidad y cautela absolutas. "...... No hay duda, es una chispa viva." Ante la solemne y queda afirmación de Sigurdsson, todos los enanos apretaron los puños al unísono. Una vorágine de clamores pugnaba por estallar entre ellos, pero si ninguno profería el menor sonido era, sin duda, por la pequeña lagartija que mecía la cola con suavidad sobre la hoja de la espada. Después de todo, ninguno quería asustar a aquel joven espíritu. "¿De dónde dijiste que habías sacado a esta criatura?" "Ya se lo dije antes. De Ausrina." Ante la pregunta de Sigurdsson, Vlad recuperó su arma arrebatándosela con premura. A través del monóculo, la pupila deformada y gigantesca de Sigurdsson contempló con aflicción cómo la pequeña lagartija volvía a deslizarse al interior de la hoja. "Pero ¿cómo puede haber un espíritu tan joven? Se suponía que el más perfecto de los dragones había devorado a todos los espíritus en el origen de los tiempos......" "No comprendo muy bien a qué se refiere, pero ¿por qué no les pide explicaciones a los elfos?" Vlad gruñó mientras apartaba de un empujón a los enanos, que se le arrimaban como hipnotizados. El áspero roce de tantas barbas punzantes comenzaba a crisparle el humor. "¡Fueron ellos quienes forjaron esto! ¡En serio, dejen de pegarse tanto a mí!" Vlad les increpó recordando que un caballero exigía su propio espacio vital, y solo entonces los enanos empezaron a retroceder chasqueando la lengua con resignación. No obstante, aun tras ocupar sus puestos, sus ojos destilaban una fascinación persistente e inconsolable. '...... ¿Acaso es la primera vez que estos enanos ven a un espíritu?' El Gran Anciano de los elfos, Gerónimo, le había contado que el Maestro de la Espada partió hacia el pueblo enano. Sin embargo, viendo cómo aquellos artesanos se regocijaban tanto ante la mera vista de un espíritu recién nacido, era palpable que los vestigios del Maestro de la Espada no habían alcanzado a esta estirpe. La imagen de aquellos enanos que cotejaban la existencia de un espíritu a través de ajados pergaminos distaba por completo de la comunión que tenían los elfos. "...... Como ya mencioné ayer, me gustaría examinar tu armadura." Aquella repentina insistencia con la armadura no engañaba a nadie; cualquiera en la sala podía adivinar la verdadera intención de Sigurdsson. Su ojo, grotescamente magnificado por el monóculo, continuaba clavado en la espada de Vlad con evidente codicia artesanal. "De paso, también convendría aprovechar la ocasión para poner a punto algunas piezas del equipo que llevamos en el barco." "...... ¿Lo decía de verdad?" Al ver a Sigurdsson asentir con vehemencia, Vlad sonrió para sus adentros. Poner su espada en manos ajenas había sido una experiencia molesta, pero tener la oportunidad de que los enanos examinaran y repararan su equipo era un privilegio extraordinario. Parecía una buena ocasión para comprobar de primera mano por qué el oeste se había esforzado con tanto celo en impedir la fuga de los herreros enanos. "Hay una herrería abandonada cerca de aquí, aunque......" Aunque modesta y desprovista de lujos, en la memoria de Vlad pervivía el recuerdo de una herrería. Ahora yacía fría y en desuso al no quedar nadie que la habitara, pero para labores sencillas bien podría bastar. "¿......?" Sin embargo, un repentino tirón en el cuello de sus ropas obligó a Vlad a volver la vista. Allí estaba Jemina, mirándolo con los ojos desorbitados por la alarma. '¡Ahí no, bajo ningún concepto!' Aunque guardaba absoluto silencio, la mirada de Jemina le hablaba a gritos. A todas luces, la muchacha pelirroja no estaba dispuesta a entregar a semejante horda de borrachos aquella entrañable herrería, custodia de los recuerdos de su infancia. \* \* \* "...... Este enfado le va a durar un buen rato." "No había otra salida. Es la única herrería disponible." Haben murmuraba al oído de Vlad mientras observaba de reojo a Jemina, quien frotaba la mesa con los labios apretados y en riguroso mutismo. Desde que los enanos subieron a las habitaciones pretextando que necesitaban dormir una siesta, no había cambiado de actitud. "Aun así, podrías haber fingido negarte frente a ellos." Vlad sabía que aquel malestar no se debía únicamente a la herrería. Seguramente se había enfadado porque Vlad, quien compartía con ella aquellos mismos recuerdos, le había dado una respuesta tan indiferente. Durante todo ese tiempo ella se había contenido con notable paciencia, pero los recuerdos ligados a la espada sin ornamentos eran algo en lo que ni siquiera Jemina estaba dispuesta a transigir. "Por cierto, ¿desde cuándo estás aquí? ¿Acaso no sabías que desde ayer este lugar tenía el paso prohibido?" "No descargues tu furia conmigo. Sus rencillas deben resolverlas entre ustedes dos." Haben esbozó una sonrisa socarrona e intentó eludir la pregunta de Vlad. Tal como acababa de señalar, la entrada a La Sonrisa de la Rosa había estado vedada desde la jornada anterior, pero, aun así, Haben había querido concertar un momento a solas con ellos. Después de todo, anhelaba abordar, aunque no fuera más que una sola vez, aquel navío que todavía bailaba ante sus pupilas. "...Y bien. ¿Acaso sacaste algo de provecho?" "No saqué nada en limpio, pero sí logré escuchar un par de cosas." Haben se había colado a sabiendas de la prohibición, y Vlad, pese a percatarse de ello, no lo había expulsado. Hacía ya muchísimo tiempo que ambos navegaban en el mismo barco y existía entre ellos un interés compartido que se entendía sin necesidad de articular palabra alguna. "Hablo del barco en el que llegaron los enanos." "Te escucho." Haben bajó el tono de la voz, como si custodiara un secreto de colosal trascendencia. Siguiéndole la corriente, Vlad también aguzó el oído. Tanto la estirpe de los enanos como el bajel en el que habían atracado constituían uno de los temas más candentes que sacudían a toda Shoara; una maravilla capaz de cautivar la mirada incluso de alguien como Vlad, que poco o nada entendía de naves. "Dicen que calientan agua ahí adentro." "¿Qué?" Sin embargo, a pesar de las enormes expectativas que se había forjado, la respuesta que recibió fue un completo despropósito. Calentar agua. Y al hacerlo, según contaban, una rueda hidráulica comenzaba a girar. "¿Qué clase de estupidez sin sentido es esa?" "...Pues sí. Ahora que lo digo en voz alta, suena a soberana tontería." A veces ocurría que una idea parecía verosímil dentro de la cabeza, pero se tornaba un disparate en cuanto cruzaba la barrera de los labios. Haben puso de inmediato una expresión de 'vaya, esto no era así', consciente de que entre calentar agua y hacer girar una rueda se habían omitido demasiados pasos intermedios. "¿Y qué se supone que significa? ¿Acaso metieron una casa de baños dentro de la nave o qué?" "No, la cosa es que el vapor de agua... ¿Y luego qué demonios decían que hacía?" Al contemplar a Haben, que a pesar de haber tenido semejante ocasión en bandeja solo había conseguido embriagarse en balde, Vlad chasqueó la lengua con pesar. De haber descubierto aunque fuera un solo misterio sobre el barco, habrían podido sacar un provecho inmenso. "Quítate de en medio. Tengo que ir a rendir informe al ayuntamiento." "Espera, hoy mismo pondré mis ideas en orden. Seguro que lo consigo." "Ayer bebiste con los enanos hasta trasegar el licor que prepara Hoover. Es imposible que recuerdes nada." "...Ah." Ante la amarga advertencia de Vlad sobre haberle puesto las manos encima a un veneno que jamás debió probar, Haben se sujetó la cabeza en silencio. Por la dura experiencia de haberlo trasegado en unas cuantas ocasiones, sabía que Vlad tenía toda la razón: no recordaría absolutamente nada de lo sucedido la noche anterior. "Me largo." "Uuugh..." Dejando a sus espaldas aquel gemido lastimero de Haben, Vlad abandonó La Sonrisa de la Rosa y enfiló sus pasos hacia el ayuntamiento. Había cumplido a la perfección la hospitalidad encomendada ayer y les había procurado un hospedaje a su entera satisfacción, de modo que ahora solo le restaba informar a Josef. 'Tendré que pasar a echar un vistazo antes.' Aunque fuera dando un pequeño rodeo. Aprovechando que el tema había salido a relucir, Vlad resolvió visitar la herrería del anciano después de tanto tiempo. Pese a que era un sendero que había transitado durante casi toda su vida, recorrer los callejones a plena luz del día resultaba sumamente extraño. La fisonomía que ofrecían la noche y el día era marcadamente distinta, y lo mismo se aplicaba a aquella vieja herrería de puertas clausuradas. El reencuentro con la estampa de su tierra natal tras una larga ausencia le causaba tanta calidez como desconcierto. "No hay rastro de que nadie haya entrado." Era una morada vacía, pero también un sitio por el que ningún vagabundo osaba merodear. No es que hubiera recibido cuidado alguno, pero cualquiera que hubiera bregado un poco por los bajos fondos sabía que profanar a la ligera un lugar vinculado a Vlad equivalía a buscarse la muerte. "Cof, cof. Agh." La puerta de la herrería, que se abrió con un crujido forzado idéntico al de aquellos gélidos días de invierno, albergaba una espesa capa de polvo acumulado. La silla donde solía descansar el viejo, el desgastado yunque que antaño resonaba con estridentes martillazos, e incluso la pequeña fragua que en otra época permanecía encendida a todas horas. '¿Acaso servirá... de algo en este estado?' Al contemplar sus alrededores con una mirada tan turbia como el polvo amontonado, Vlad no lograba determinar si era prudente cederle aquel rincón a los enanos. Llegó a pensar que, en verdad, resultaría preferible conservarlo como un mero santuario de recuerdos, tal y como había sugerido Jemina. ¡——! Sin embargo, a diferencia de Vlad, que suspiraba con desaliento, el pequeño lagarto que en algún momento se había asomado desde la espada resplandecía con ambos ojos chispeantes. A pesar de que el horno de fundición yacía frío y apagado, le resultaba familiar. El pequeño lagarto, que antaño había vacilado sobre las flores del Árbol del Mundo, recordaba sin duda alguna aquel viejo horno que solía arder en llamas junto al anciano. "Bueno, si no es de su agrado, ya me pedirán que les busque otra herrería." Los compañeros que habían viajado junto a él a lomos del acero se habían marchado uno tras otro al encontrar parajes afines a su naturaleza, pero aquel pequeño lagarto no había dado todavía con un rincón que colmara sus deseos. No obstante, aquel viejo horno, tan menudo y deslucido, le complacía más que cualquier otro lugar de cuantos había contemplado en su existencia. \*Creeeech...\* A través de la rendija de la puerta que se cerraba con lentitud, una diminuta semilla descendió en silencio desde la espada. En cuanto sus inquietas ancas desaparecieron en el interior del horno, un hálito de cálida energía comenzó a manar de aquella herrería que, hasta hacía un instante, reposaba sumida en un letargo sepulcral. \*\*\* Se trataba de un trigal familiar que no difería en apariencia de ningún otro; sin embargo, daba la vaga impresión de que una gota de tinte negro se hubiera derramado sobre su faz. ¿Acaso era una simple sugestión que no solo el trigal, sino todo cuanto existía en este feudo transmitiera esa misma sensación? "Lady Justia. Por aquí." "..." Eran los paladines que antaño habían pertenecido a San Rozino, pero que en el presente formaban parte de la Iglesia Ortodoxa del Norte. En esos momentos se encontraban inspeccionando los augurios de una presencia perversa en las tierras que en el pasado recibían el nombre de Baronía Utman. "Se ha podrido por completo." "Y la podredumbre no es lo único." Como instándola a observar de cerca, el caballero comenzó a frotar con fuerza los granos de trigo entre las palmas de sus manos. Eran aquellos pocos que, entre el mar de espigas ennegrecidas por la descomposición, aún conservaban algo de su color natural. No obstante, en el interior de aquellos granos no se hallaba lo que legítimamente debía estar allí. "Incluso los que aún viven no son más que cáscaras vacías." "..." Justia contempló los despojos de trigo que se dispersaban sin fuerza desde la palma de la mano del caballero. Granos desmenuzados que flotaban lánguidos al compás del viento. "¿Por qué habrá ocurrido esto únicamente aquí?" Había sido la peor sequía de la que se tuviera memoria. Sin embargo, lo insólito radicaba en que, con excepción de la Baronía Utman, los demás territorios mostraban un rendimiento de cosecha tan ordinario como el de cualquier otro año. Ante aquel panorama donde solo los campos de este lugar parecían haber sido mancillados por una yema impregnada en tinta, tanto Justia como el resto de los paladines quedaron sumidos en un mudo desconcierto. "Debemos investigar esto con mayor profundidad. Solicitaré refuerzos." "Entendido, Lady Justia." Incluso en ese instante, a espaldas de los caballeros, se escuchaba el llanto desconsolado de los campesinos, lamentándose por la ruina de la faena de todo un año. Para aquellas gentes que carecían tanto de un señor feudal que los amparase como de otras tierras dispuestas a acogerlos, aquel trigal marchito hasta la negrura equivalía a una sentencia de muerte irremisible. "..." Al contemplarlos, las finas cejas de Justia se fruncieron, surcando un profundo pliegue en su entrecejo. La Baronía Utman, aquella que en el pasado había conmocionado a todo el norte con sus escándalos, se había desvanecido, pero las cicatrices que dejaron tras de sí parecían seguir arraigadas en esta tierra. \----- • Autor: Q10 • Traductor: Inmensurable ⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨
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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 165

Estás leyendo el capítulo 165 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.