Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 164 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Ante la noticia de que había aparecido un navío jamás visto, las gentes de Shoara comenzaron a congregarse en tropel como una densa nube.
Aquel barco en el que supuestamente habían arribado los enanos bastaba para avivar la curiosidad de la multitud y, sin habérselo propuesto, infundía un cálido fervor en unos ánimos encogidos por la tensa situación política.
"… Es imponente."
La muchedumbre acudía a los muelles como si se estuviese celebrando un festival. Entre aquel mar de personas apiñadas también se encontraban Haben y Otar.
A pesar de que los vaivenes de la marea humana empujaban a Haben de un lado a otro, su mirada permanecía fija en el barco, inmóvil y absorta.
"¿Es verdad que se movía por sí solo a pesar de tener las velas recogidas?"
"Mh."
"¿Cómo es posible? ¿Será por esa rueda hidráulica adosada al costado?"
"Hum."
Haben parloteaba sin pausa embargado por la agitación, pero Otar, quien debía responderle, no disponía del sosiego mental para hacerlo. En todo momento debía sostener y guardar el equilibrio de Haben, cuyos sentidos estaban por entero cautivados por la nave.
"Un navío que avanza por su cuenta sin depender del viento…"
El estrépito estridente resonaba en sus oídos y el vaivén del gentío era tan turbulento que provocaba mareos aun estando en tierra firme. Sin embargo, para Haben en ese instante solo existía la majestuosa figura de aquel barco enano que se alzaba ante sus ojos.
El fulgor inquebrantable de su mirada, firme a pesar de los bandazos de la multitud, guardaba una viva semejanza con la de aquel muchacho que antaño se erguía sobre el fango.
"Cómo desearía… abordarlo al menos una vez."
Era un lisiado que, muy a su pesar, no tenía más opción que tambalearse al no poder sostenerse sobre sus dos pies. No obstante, el brillo de sus ojos al contemplar el objeto de su devoción no vacilaba en absoluto.
Haben ansiaba con desesperación una nave como aquella, capaz de avanzar por su propio esfuerzo sin apoyarse en nada ni en nadie.
Y tal como el anhelo que brotaba lentamente en el pecho de Haben, una tenue humareda se esparcía desde las entrañas del desconocido navío enano. Según aseguraban los curiosos apostados allí desde temprano, aquel humo había sido visible desde el mismísimo instante de su llegada a puerto.
\* \* \*
Un aroma fragante colmaba el despacho de la alcaldía de Shoara.
Era una fragancia de la que incluso Vlad, un completo ignorante en materia de té, podía adivinar su elevado coste; sin embargo, el semblante del enano que contemplaba la taza resultaba inexplicablemente severo.
"Uhm… El agua donde se han remojado piltrafas de hierba no es muy de mi agrado."
Al parecer no se trataba de una mera cuestión de preferencias. El enano, que se había presentado como Sigurdsson de Nidavellir, observaba a Josef con un ademán ambiguo. A juzgar por el desconcierto que tampoco ocultaban los demás enanos que lo escoltaban, algo iba manifiestamente mal.
"Si el té no es de su agrado… ¿preferiría que se lo cambie por licor?"
"Si tenían licor, debieron haberlo servido… desde un principio."
La entonación de Sigurdsson se elevó con fuerza al final, como si hubiese estado aguardando precisamente aquellas palabras.
"Según nuestras costumbres, ofrecer té equivale a decirle al huésped que se largue de inmediato. Claro que lo hicieron por puro desconocimiento."
"Ah, ya veo. Le ruego disculpe nuestra torpeza."
Ante la apresurada seña visual de Josef, Vlad abrió con presteza las puertas de la vitrina y comenzó a extraer las botellas de licor más preciadas del noble. A diferencia del oeste, el norte no mantenía intercambio alguno con los enanos, por lo que una situación semejante resultaba inevitable.
"Menudo sobresalto me he llevado. A decir verdad, para mí también es la primera vez que paso por semejante trance."
Sigurdsson prorrumpió en una carcajada franca al contemplar el vaso que por fin le habían servido. No tenía la menor intención de afilar asperezas por un yerro nacido del mutuo desconocimiento.
"Examiné con detenimiento la carta que enviaron. Nuestro caudillo tribal también se mostró bastante complacido."
"… ¿Es así?"
Al oír a Sigurdsson, Josef alzó su taza y disimuló una leve sonrisa tras ella.
'Complacido, dice.'
Aunque no había sido más que una misiva de cortesía que no comprometía a grandes promesas, saltaba a la vista que los enanos también abrigaban intenciones que deseaban sondear a través de la Alianza del Norte.
"Y el presente remitido junto con la carta fue sumamente grato."
"¿…?"
Sigurdsson levantó el vaso de licor y lo alzó en dirección a Vlad, que aguardaba de pie a un lado. La brusquedad de su ademán dejó a todos desconcertados, pero Sigurdsson de Nidavellir tenía sobradas razones para obrar así.
"Te doy las gracias, Vlad de Shoara. Por habernos devuelto a nuestros niños."
"Ah."
Al ver el guiño cómplice de Sigurdsson, los recuerdos de lo acaecido en Nassau brotaron en la mente de Vlad.
"Jamás en el pasado se nos habían restituido enanos vendidos como esclavos. De no haber mediado ese gesto, dudo que me hubiese molestado en venir hasta estos confines."
Lo que aquel caballero de los humanos había hecho llegar a los enanos no se limitaba a una fría carta. En las profundidades de aquel mercado de esclavos encubierto bajo la fachada de una taberna no solo yacía el guerrero Vulcano, sino una multitud de pequeños chiquillos enanos.
De no ser por Vlad, aquellos niños confinados entre barrotes de hierro jamás habrían regresado a su patria y habrían vagado como siervos por el oeste por el resto de sus días.
"Creíamos que todos los humanos estaban cortados por el mismo patrón, pero juzgamos que tal vez algunos obraban de manera distinta según la tierra que habitasen. Resolvimos darles ese voto de confianza."
"Ya veo."
Aunque no hubiese actuado con segundas intenciones calculadas, el proceder de Vlad había bastado para granjearse la más honda gratitud del pueblo enano. Pues a diferencia del oeste, que durante generaciones los había tratado como al ganado, aquellos norteños que recién se adueñaban de Nassau les enviaban un mensaje sustancialmente distinto.
"Gobierno una de las doce tribus que conforman Nidavellir. Poseo autoridad de sobra para manifestar la postura de mi gente."
'¿Acaso todos los enanos son así, o es este Sigurdsson quien resulta una rareza?'
Tras vaciar el licor de un trago impetuoso, Sigurdsson fue directo al meollo sin andarse con rodeos ni preámbulos.
"Queremos aplastar el oeste. Nos encargaremos nosotros mismos, pero requerimos una pizca de ayuda."
"Eh… ajá. Ya veo. Me figuraba que los tiros iban por ahí."
Era un ritmo conversacional tan vertiginoso que a Josef, habituado a los rodeos y florituras de la alta cuna, le costaba horrores seguirle el paso. Aturdido ante la elocuencia de aquellos enanos, que oscilaba a su antojo entre la deferencia y el descaro más crudo, Josef se apresuró a verter whisky en su propia taza de té.
"Y entre todos ellos, los canallas de Gaidar eran unos malnacidos de la peor calaña. Tengo entendido que ustedes están enfrascados en una guerra contra ellos."
"En efecto. Por ahora nos hallamos en una tregua tácita, pero tarde o temprano habremos de zanjar la contienda de raíz."
Aquella determinación de zanjar la contienda pareció encantarle a Sigurdsson, pues no solo él, sino todos los enanos de su comitiva prorrumpieron en sonoros aplausos.
Al contemplar cómo el ambiente degeneraba rápidamente en el alboroto de una taberna de mercado, Vlad movía los ojos con nerviosismo, mientras Sir Zayar empezaba a tantearse con disimulo el parche del ojo. Los hombres del norte aún carecían de defensas contra la idiosincrasia de los enanos.
"¡El enemigo de mi enemigo es mi camarada, de modo que tenemos motivos sobrados para aliarnos!"
Al ver la mano que Sigurdsson le extendía como si el asunto estuviera consumado, Josef experimentó una sincera estupefacción después de muchísimo tiempo.
La resolución de sellar una alianza con un único apretón de manos. Al contemplar a Sigurdsson despachar en apenas el tiempo de beberse una taza de té lo que a la Casa Heinal, aun colaborando con absoluta entrega, le habría tomado varios días, Josef no pudo más que estrechar la mano que le ofrecían.
"Hagámoslo juntos. Bayezid y la Alianza del Norte dan la bienvenida a Nidavellir".
"¡Excelente!".
Josef se preguntaba si estaba bien que las cosas avanzaran a semejante velocidad, pero, de cualquier modo, era algo que debía llevarse a cabo. Los enanos, cuyos aplausos desacompasados ni siquiera guardaban ritmo entre sí, comenzaron a clavar los ojos en las botellas de licor dentro de la vitrina de Josef, como si preguntaran si por fin había concluido el asunto formal. Y eso a pesar de que apenas había transcurrido el tiempo necesario para terminarse una sola taza de té.
※※※※
"¿Qué es esto? ¿Qué está pasando?".
La Sonrisa de la Rosa apenas acababa de encender sus luces. No obstante, Goat, que había llegado corriendo a toda prisa, le había ordenado despejar el establecimiento por el resto del día. Desde el vestíbulo principal hasta las habitaciones destinadas a alojar a los clientes, todo por completo.
"Han saqueado el ayuntamiento".
"¿Qué?".
"¿Tenemos suficiente licor hoy? Necesitaremos al menos el doble de lo habitual".
Jemina, quien aguardaba con inquietud a Vlad temiendo que hubiese ocurrido algún percance, divisó pronto a una tropa de hombres menudos que gritaban estrepitosamente a sus espaldas. Su estatura apenas les alcanzaba para llegar al pecho de Vlad, pero sus hombros eran extraordinariamente robustos y anchos. Además, el hecho de que todos lucieran luengas barbas sin excepción denotaba una indumentaria y un porte jamás vistos en las tierras del norte.
"¿Acaso esa gente...?".
"Así es. Son enanos".
Vlad sacudió la cabeza con expresión de absoluto agobio y sujetó a Jemina por ambos hombros.
"Dicen que prefieren la carne. Carnes rojas antes que pescado. Y cuanto más fuerte sea el licor, mejor".
"Sí, sí".
La mirada con la que Vlad la encaraba no era en absoluto ordinaria. Parecía idéntica a la que ponía en sus días como vendedor de velas en los callejones, cuando venía a advertirle en secreto que un cliente indeseable acababa de entrar al local.
"Y nada de servirles verduras. Dijeron que las patatas sí están bien".
"Entendido".
Josef aguantaba bien el alcohol, pero su constitución física era endeble, por lo que hacía rato que había caído rendido, y los únicos sitios capaces de saciar a unos enanos todavía sedientos de bebida eran las tabernas de los bajos fondos. Entre todas ellas, La Sonrisa de la Rosa era el único lugar que poseía la amplitud y la categoría suficientes, de modo que la decisión de Vlad de guiar a los enanos hasta allí había sido del todo natural.
"¡Vlad, el caballero de los humanos!".
"Sí, en efecto. Yo soy Vlad".
"¡El honorable rescatador de nuestros pequeños! ¡Tendrías que haber presenciado la escena cuando los niños llegaron a salvo!".
"Sí, sí. Ojalá lo hubiera visto".
En cuanto Vlad acomodó diestramente a los enanos como si de un curtido mesonero se tratase, la comida que aguardaba preparada empezó a desfilar sobre las mesas. Al no haber tiempo, lo primero en servirse fueron salchichas simplemente recalentadas, pero bastó solo eso para que los ojos de los enanos se abrieran de par en par.
"¡La gente del norte sí que sabe cómo atender a sus invitados! ¡Magnífico!".
"¡Qué aroma tan descomunal tienen estas salchichas!".
Complacidos con tan solo una colación elemental, los enanos comenzaron a caldear el ambiente con un griterío festivo. Era una algarabía tan desbordante que ni siquiera Bordan, quien llegó a destiempo con la intención de agasajar a Sigurdsson, pudo hallar la manera de intervenir.
"Compréndelos. Todos estaban exhaustos tras una larguísima travesía marítima".
"En absoluto. Lo comprendo perfectamente".
Se decía que Nidavellir, el Frente de Liberación Enano, tenía su base oculta en una isla. Habiendo remontado las corrientes desde aquel enclave secreto hasta la lejana Shoara, resultaba imposible que no estallaran en júbilo ante la primera comida decente que veían en tanto tiempo.
"Le agradezco profundamente que se haya tomado la molestia de visitarnos hasta aquí. Y más habiendo mediado tan solo una carta".
"Nuestros momentos y necesidades coincidieron; no es nada del otro mundo".
Sigurdsson le restó importancia agitando la mano ante las palabras de Vlad, pero no cabía duda de que se trataba de un proceder insólito. Por mucho que hubiera rescatado a sus niños, había navegado hasta este remoto confín al mando de semejante navío colosal. Con toda certeza, este lazo con Nidavellir le brindaría a Josef una fuerza formidable en su disputa por la sucesión del linaje.
"Tengo entendido que hay una herrería cerca de aquí, ¿verdad? Hoy resultará imposible, pero mañana le echaré un vistazo a tu armadura".
"No, en verdad no es necesario...".
El motivo primordial por el que Sigurdsson había venido expresamente a Shoara era corresponder a la misiva de Josef, pero también saldar su deuda de gratitud con Vlad. Retribuir un favor con otro favor era una tradición arraigada entre los enanos y, al mismo tiempo, representaba una magnífica oportunidad para estrechar los lazos con la Alianza del Norte empleando a Vlad como símbolo mediador.
"No te niegues. Al fin y al cabo, la única razón por la que los bastardos del oeste buscan esclavizarnos es por nuestra pericia con las manos".
Aun cuando el intercambio comercial hubiera sido escaso en el pasado, la legendaria destreza artesanal de los enanos era de sobra conocida. No en vano, la afamada reputación de la caballería del oeste se debía en gran parte a las armaduras y lanzas de manufactura enana, ligeras a la par que indestructibles.
"Aunque la metalurgia no sea mi especialidad, sigo siendo mejor que casi cualquier humano. Así que no te sientas incómodo...".
Sin embargo, al tener a Vlad frente a frente, Sigurdsson ansiaba despojarlo de su armadura por razones muy ajenas a todo aquello. Estaba abollada en múltiples puntos, pero el acabado era prodigioso. Además, bastaba una rápida mirada para que sus ojos expertos detectaran los minuciosos mecanismos dispuestos para amortiguar el impacto. Sin la menor duda, era la obra de un verdadero maestro forjador.
"De paso, también le echaré un vistazo a tu espada. Para los caballeros, el estado de su hoja está directamente ligado a sus vidas, ¿no es así?".
"......".
Sigurdsson le lanzó una mirada incitadora, como exigiendo verla allí mismo. Al notar el brillo ávido que comenzaba a encenderse en sus pupilas, Vlad frunció el ceño a disgusto, pero no le quedaba más remedio.
"Exigirle a un caballero que desenvaine su espada es tan descortés como ofrecerle una taza de té a un enano".
"Aun así, insisto en verla aunque sea una vez".
Incapaz de contener sus verdaderos deseos, Sigurdsson acabó soltando aquellas palabras, pero no era el único: los enanos a su alrededor sentían exactamente lo mismo. Dotados desde su nacimiento con la mirada innata de un artesano, habían intuido hacía rato que ni la armadura ni la espada de Vlad eran piezas ordinarias.
"...... De acuerdo".
No le agradaba en absoluto exhibirse como si fuera un saltimbanqui mostrando trucos de feria, pero los enanos que tenía delante eran huéspedes de gran valor. Pensando que no pasaría nada malo si solo la desenvainaba un poco desde cierta distancia, Vlad tiró suavemente del acero hacia fuera de la vaina.
"......".
Un fulgor azulino flotaba en el aire, emanando del acero de Vlad aun cuando apenas lo había asomado a la vista. Al toparse con esa luz trémula y etérea, varios enanos se quedaron tan estupefactos que dejaron caer de sus bocas las salchichas que masticaban. Al percibir algo inquietante en el súbito cambio de las miradas de los presentes, Vlad devolvió con rapidez la espada a su vaina, pero la alegre atmósfera de hacía un instante se negó por completo a regresar.
"¿Acaso le ocurre algo a mi espada?".
"......".
Sigurdsson, que prácticamente se había abalanzado sobre la mesa atraído por aquel resplandor, continuaba contemplando la vaina de Vlad con la mirada perdida.
En medio de aquel fulgor azulino que acababa de desvanecerse a toda prisa... sin duda alguna, Sigurdsson había visto entre sus destellos a una pequeña cría de lagarto que escupía fuego hacia él, como si se alegrara de verlo.
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• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨

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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 164
Estás leyendo el capítulo 164 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.