Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 161 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Había dos hombres enfrentados, bañados por la luz del ocaso que entraba a través de la ventana. Aunque la estancia era espaciosa y fastuosa, entre ambos no reinaba más que el silencio, y el único rumor perceptible era el leve tintineo de una taza de té. Quien rompió primero aquel pesado silencio fue un anciano que parecía incluso más antiguo que aquel sol poniente.
"……Un emperador de cinco años. Y por si fuera poco, un chiquillo de una rama colateral del que ni siquiera sabíamos dónde se hallaba."
Los dedos envejecidos con los que sostenía la taza de té temblaban, incapaces de soportar el peso de los años. Sin embargo, la mirada con la que lo encaraba seguía siendo afilada y feroz.
"Jamás reconoceré esta sucesión, duque Sarnus."
El rostro del anciano se deformó en una mueca grotesca al fruncir sus profundas arrugas. En su semblante se albergaba una cólera que las simples huellas del paso del tiempo jamás podrían borrar.
"¿Qué otra cosa pretendes hacer, si ese niño es el pariente vivo más próximo a la sangre de Frausen?"
"Más bien te aseguraste de que fuera él quien quedara más próximo."
El discurrir del tiempo le había arrebatado muchas cosas al anciano, pero a cambio le había legado una perspicacia igual de incisiva. Armand, el Duque de la Corte. Habiendo renunciado a un ilustre apellido a cambio del título ducal, comprendía con lucidez que el viejo dragón sentado ante sus ojos era el origen de toda esta tragedia.
"En fin, tras haberte contenido en silencio a lo largo de cuatrocientos años, debiste de haberte sentido asfixiado, duque Sarnus."
"……"
El señor de la Orden de Caballeros Matadragones, aquel que durante cuatrocientos años había defendido el imperio de los dragones supervivientes. Más allá de tan dilatado tiempo, los ojos azules que por fin revelaban sus verdaderos designios se entrecerraron en un arco suave. La menguante luz del atardecer proyectaba sombras densas sobre el rostro de Sarnus.
"Conforme al pacto jurado con el rey fundador Frausen, sigo consagrado enteramente a la defensa del imperio hasta el día de hoy. Mi respaldo a ese niño es, al fin y al cabo, para preservar el imperio."
"Ese chiquillo carece de la dignidad para ascender al trono imperial."
"Incluso si carece de ella, ¿qué piensas hacer? ¿Acaso cortarás el linaje de Frausen?"
"……"
Armand no halló palabras con las que rebatir las afirmaciones de Sarnus. Si el linaje de Frausen llegara a extinguirse, quien más se complacería sería el propio Sarnus. Después de todo, la lealtad que había guardado durante cuatrocientos años solo se sostenía por el pacto contraído con el rey fundador Frausen. Aquel que podía recibir las últimas voluntades de Frausen junto al pacto con el viejo dragón no era otro que el sucesor que ascendiera a la dignidad de emperador.
"Eso es algo que no puedo permitir."
Al intuir el desenlace, las cejas del viejo duque se agitaron con crispación. En los hechos, la estirpe de sangre ya se había extinguido. Siendo así, lo único que restaba era la voluntad.
"……El imperio comenzó en la punta de una sola espada."
Bajo las garras de los colosales dragones, hubo un hombre que se alzó radiante como las estrellas: Kihano Frausen. Al contemplar cómo blandía su acero cargando con el destino de todas las razas, las gentes lo llamaron el Señor de las Espadas: el Maestro de la Espada.
"Si es la voluntad del Maestro de la Espada… y la elección del arma que él empuñó."
Aunque la familia imperial perpetuara el apellido de Frausen, lo que heredaría el nombre de Kihano sería aquella única espada. Pues la espada que empuñó aquel hombre partió en dos al dragón más perfecto y grabó el final de una era.
"Eso sería mucho más digno que esa endeble línea de sangre que pretendes imponer."
"……Armand. No sigas por ese camino."
Al ver al anciano aferrarse a una leyenda desvanecida, Sarnus mostró un gesto de pesadumbre. Puesto que jamás se anunció su final, la historia del rey fundador se había transformado en un mito, convertida ahora en un mero cuento de hadas reservado para niños.
"Una espada que no ha podido hallarse pese a haber sido buscada durante siglos……"
"Por mucho tiempo que haya transcurrido, sin duda existirá en alguna parte."
En la voz con la que Armand hablaba de la Espada del Maestro de la Espada habitaba una extraña e indudable certidumbre.
"Igual que ahora mismo hay un dragón sentado frente a mis propios ojos."
"……"
Había un despacho enviado por un caballero cuya pista se había perdido. En aquel breve mensaje cifrado en claves secretas figuraban unas palabras inequívocas:
\*Ausrina. La Espada del Maestro de la Espada. Desenvainada.\*
Aquel había sido el último despacho que Auguste, el antiguo comandante de la Gendarmería, había enviado.
\*\*\*
El muchacho nacido en los confines tenebrosos de los callejones sentía afecto por el sol poniente. Para aquellos que habitaban en las grandes avenidas más allá de los pasajes oscuros marcaba el fin de la jornada; pero para la gente como ellos, era el astro que proclamaba el comienzo. Quizá el anhelo de Vlad por las estrellas del firmamento nocturno fuera algo arraigado en él desde el instante en que vino al mundo.
"¿Verdad que es un canto agradable?"
"……Así es."
Vlad, que contemplaba el exterior a través del ventanal, cerró los ojos en silencio ante las palabras de Andrea. La respiración acompasada de Cade, tendido en el lecho. El suave chapoteo del agua que lavaba la sangre y el pus. Entrelazado entre aquellos sonidos, el canto del joven diácono flotaba al compás del crepúsculo agonizante y acariciaba suavemente los oídos de Vlad.
"Tal como predijo Lord Josef, de habernos retrasado un poco más, le habrían quedado secuelas permanentes. ¿Dijiste que este muchacho empleaba el arco?"
"Sí."
Andrea explicó que, si hubiese tardado apenas un poco más, Cade probablemente nunca más habría podido ejercer como caballero. La guerra contra la Casa Gaidar no solo había causado estragos en Deomar, sino que también había dejado profundas heridas entre los caballeros de Josef, y Cade, postrado ante ellos, era la prueba viva de ello.
"Muchas gracias, señor obispo."
"No hay motivo para darme las gracias; no es más que lo que siempre he hecho. Aunque la costumbre hasta ahora haya sido no inmiscuirse en los asuntos seculares……"
La mirada apesadumbrada de Andrea se posó en las banderas de luto negras izadas fuera de la ventana. Aquellos estandartes a media asta anunciaban la muerte del emperador. Al presagiar la marea de muertes que tales pendones desatarían, el devoto clérigo ya no podía permitirse apartar la vista.
"Por estas cosas era que no deseaba aceptar el puesto de obispo."
Obligado ahora a ocuparse incluso del terreno de la política, Andrea exhaló un leve suspiro y se dejó caer pesadamente sobre la silla junto al lecho. En cuanto ambos cesaron la conversación, volvió a flotar en el aire la tenue melodía del canto.
Aquel era el sonido que en su momento había consolado a la mujer de lágrimas negras. Un himno sagrado.
"… De no habernos enemistado entonces con la Santa Sede, tenía la intención de enviarlo al coro de Tramache. Deseaba que pudiera palpar los vestigios de aquella a quien llamaban la Voz de Dios, pero resultó ser una verdadera lástima".
"¿Es así?".
Aunque no lo expresara en voz alta, Vlad compartía con sincera empatía el pesar de Andrea. En cualquier disciplina, las almas jóvenes capaces de desplegar su propio mundo eran seres de incalculable valor. Sin embargo, en el presente, aquel joven diácono carecía del maestro idóneo que pudiera guiarlo para hacer florecer semejante universo. Andrea era indiscutiblemente un sacerdote admirable, pero no compartía esa singular naturaleza del muchacho.
"Aun así, es formidable. Jamás había escuchado en parte alguna que alguien fuera capaz de sanar a las personas a través del canto".
"Ja, ja. Ahora mi único consuelo sois tú y ese muchacho que canta en este momento".
La manifestación de aquella aptitud bien podía ser una cualidad innata del individuo, pero imbuir en el cántico propiedades curativas se debía, sin duda alguna, a la guía de Andrea. Si aquella melodía resonaba ahora, era porque había existido un mentor que encauzó los pasos del niño.
"¿Acaso mi existencia también le sirve de consuelo, señor obispo?".
"… Por supuesto que sí".
Andrea volvió el rostro al percibir la voz de Vlad, teñida inexplicablemente de una sutil melancolía. Sin que lo advirtieran, el crepúsculo en declive envolvía ya con densa penumbra el rostro del joven caballero.
"Vlad de Shoara es, sin lugar a dudas, mi consuelo y mi orgullo. Y ten por seguro que todos los caballeros que te instruyeron piensan exactamente lo mismo".
"¿Usted cree?".
Surgiendo desde las sombras teñidas por el ocaso, el semblante de Vlad dibujó una sonrisa. Aunque al detenerse y contemplar el camino recorrido dudara de sus pasos, mientras aquellos que iban por delante asintieran con la cabeza, adentrarse en la noche oscura no le infundiría temor.
"Desde luego".
Al compás del himno sacro entonado por el joven diácono, el manto de la noche descendió denso y solemne. Al escuchar que su propio nombre se había convertido en el orgullo de alguien, la sonrisa de Vlad, bañada por el firmamento nocturno, resplandeció con serena claridad.
Deseando para sus adentros que aquella voz también pensara lo mismo.
\*\*\*
En algún rincón bajo una noche lóbrega donde no penetraba ni una brizna de luz.
En una noche en la que ni siquiera el fulgor de las estrellas suspendidas en lo alto lograba horadar las nubes, una comitiva avanzaba por un sendero forestal desconocido para todos. A todas luces se trataba de una procesión que conducía corceles y se desplazaba a bordo de carruajes; no obstante, de manera insólita, a su alrededor no se escuchaba el más mínimo rumor.
"Es aquí".
"…".
Al no haber un solo haz de luz, lo único visible eran tinieblas impenetrables; sin embargo, la mujer que descendió del carruaje cubría su semblante con un velo aún más oscuro. Como si ansiara ocultar su rostro de todo cuanto existía en este mundo.
"Es lo que hallamos mientras rastreábamos los núcleos de los espíritus conforme a vuestras órdenes".
Un caballero cubierto de armadura depositó sobre la palma de la mujer un orbe resplandeciente y señaló con el dedo hacia el árbol que se alzaba frente a ellos. En un efímero instante en que las nubes se abrieron, la luz lunar se filtró entre la hendidura e iluminó al guerrero. No cabía duda de que había hablado; sin embargo, sobre su cuello faltaba aquello que allí debía descansar.
"Guíame".
"Sí".
En marcado contraste con el tétrico aspecto de aquella comitiva, la voz de la mujer era semejante al dulce trino de un ave. Una tesitura tan cristalina que despertaba el impulso irrefrenable de arrancarle el velo para contemplar sus facciones. Siguiendo la orden dictada por aquella voz, los caballeros se adentraron en la espesura y no tardaron en descubrir un amplio claro de hierba que contrastaba con la tupida arboleda que los había cercado hasta entonces.
"…".
Y lo que los aguardaba en aquel paraje era un único árbol podrido. Su colosal tronco, postrado y derribado, parecía el cadáver inerte dejado atrás por una criatura titánica.
"Es en el interior".
Bajo la guía del caballero decapitado, penetraron hacia la base del árbol, revelando un tronco completamente hueco. Era tan descomunal que su interior asemejaba un vasto descampado, sobre el cual descendía un haz de luz estelar que lograba filtrarse incluso a través del denso manto de nubes.
"… Está muerto".
Aunque las nubes eran espesas, bajo aquella luz astral que se colaba como perforada por una aguja yacía, en completo abandono, el cadáver de un hombre desconocido. El cuerpo reposaba apoyado contra un pequeño peñasco, con el semblante de quien se ha rendido al agotamiento. Al cerciorarse de la presencia del cadáver, la mujer se despojó del velo negro como si la curiosidad se hubiera encendido en ella y se aproximó con lentitud.
Lenta. Flotando ingrávida. Sin posar los pies sobre la tierra.
"Murió hace ya mucho tiempo, y aun así…".
Al examinarlo de cerca, las raíces de aquel árbol ya muerto sostenían el cadáver del hombre como si le rindieran tributo. Ante semejante disposición, que parecía haberle forjado un solemne sarcófago natural, la mujer pudo discernir que el cuerpo allí tendido era dueño de un pasado extraordinario.
"El cadáver no se ha descompuesto".
El cuerpo no se había corrompido, pero el polvo acumulado sobre él era tan espeso que delataba el fluir de una incontable cantidad de eras, y las vestiduras que portaba se deshacían en cenizas al más leve contacto. Entre los ropajes que se disolvían ante la fría yema de los dedos de la mujer, se vislumbraba un blasón imperial sumamente arcaico, en desuso desde hacía siglos.
"Y la espada que empuña es…".
Pese al místico aspecto de aquel difunto, la espada que descansaba en sus manos era en verdad ordinaria en extremo. Sin embargo, más que en el arma que el cuerpo sostenía, la mujer redondeó los labios en un gesto de asombro ante la formidable huella que albergaban las yemas de sus dedos.
"¿Sangre de dragón…?".
Al descifrar la historia del hombre a través del tacto inerte de aquellos dedos, la mujer no pudo evitar una expresión de absoluto desconcierto, en marcado contraste con su propio corazón carente de latidos. En las yemas de los dedos de aquel guerrero, como si hubiera desgarrado y hecho estallar el corazón de un dragón con sus propias manos, se hallaba grabado a fuego un rastro draconiano tan violento que resultaba imposible pasarlo por alto.
"Este hombre… No, ¿quién demonios sois vos para…?".
En el confín del imperio adonde nadie acudía, en lo más recóndito de una selva virgen. Yacía un cadáver preservado con reverencia por el árbol colosal en el que antaño habitaron los espíritus. En las yemas de los dedos de aquel cuerpo inerte, desplomado como consumido por el cansancio infinito, palpitaba intacto el vestigio de un dragón tan sobrecogedor como jamás se había presenciado. Una huella tan densa y profunda que no se habría obtenido ni aun habiendo segado la vida de todos los dragones de este mundo.
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• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨

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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela)
Capítulo 162
El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 161
Estás leyendo el capítulo 161 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.