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Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 160 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Al caer la noche, tenues faroles comenzaron a encenderse por todos los rincones de los callejones. Esos callejones de Shoara que solo cobraban luz tras la puesta del sol. Sin embargo, en aquellos días, tanto de día como de noche, todo el lugar parecía una ciudad que jamás dormía. "¡Otra copa por aquí!" "¡Estas salchichas están para chuparse los dedos!" Por los rincones de los callejones se propagaba el estruendo de los vítores masculinos. Aunque la guerra aún no había concluido, quienes habían regresado a Shoara eran vencedores y en los bolsillos de cada uno tintineaban unas cuantas monedas de oro. "Parece que todos volvieron cargados de dinero, ¿verdad?" "Al fin y al cabo, vencimos." A pesar de ser la hora de mayor ajetreo, Jemina contemplaba el vestíbulo desde el cuarto piso junto a Vlad. Abajo se distinguía a los mozos y camareras moviéndose ajetreados entre los bebedores bulliciosos, pero Jemina, que ya había agotado sus fuerzas, necesitaba al menos un instante de tregua. "¿Y tú también ganaste mucho dinero?" "Los caballeros cobran todo de una vez a fin de año. Por ser una retribución por méritos." En el vestíbulo inferior, varios soldados advirtieron a Vlad apoyado en la barandilla y comenzaron a alzar sus copas hacia él. De entre los incontables establecimientos de los bajos fondos, la presencia de Vlad sin duda contribuía a que La Sonrisa de la Rosa estuviese especialmente abarrotada. "Pero ¿por qué tienes esa cara tan agria? Has estado así desde que regresaste de la iglesia." "¿Dónde está Marcela? Ahora que me doy cuenta, no la he visto por aquí." Para eludir el escrutinio de Jemina, Vlad se apresuró a cambiar de tema. Sabía de sobra que ante la muchacha con la que había compartido casi toda su vida, las mentiras jamás surtían efecto. "Últimamente Marcela casi no baja al local." Por fortuna logró desviar la mirada de Jemina, pero lo que brotó de los labios de ella fue otra preocupación. "¿Por qué? ¿Acaso está enferma?" "No es que esté enferma, pero..." Como instándolo a que la escuchara, Jemina se aproximó a Vlad, se puso de puntillas y descansó ambos brazos sobre la barandilla. "Dice que ya quiere retirarse. Y que ya tiene edad para hacerlo." "...Ah. Ya veo." Al escuchar la aflicción de Jemina, Vlad inclinó la copa que sostenía en la mano con una mueca amarga. En realidad, no tenía edad para retirarse aún. Pese a todo, Vlad asintió sin replicar porque comprendía a la perfección las penurias y quebrantos que Marcela había soportado con los años. Dejando a un lado el retiro formal, no cabía duda de que ya le correspondía descansar. "¿Y qué pasará con este sitio?" "..." Vlad preguntó con tono serio, pero la respuesta esperada no llegó. Jemina, quien debía responder a la interrogante, se limitó a apoyar la cabeza sobre la barandilla mientras lo contemplaba en silencio. "Oye, si te estoy preguntando, ¿por qué no..." "¿Qué tal yo?" El tumultuoso local, los borrachos gritando sin decoro... pero lo único que acariciaba el oído de Vlad era la sosegada pregunta de la joven. "¿Cómo me ves? ¿Crees que yo pueda hacerlo?" La mirada con la que Jemina lo contemplaba desde abajo contenía una súplica casi imperceptible. Aunque Jemina había omitido gran parte de las palabras, al sostener el fulgor titubeante de sus ojos, Vlad lo comprendió. Había llegado el momento de decírselo. "...Claro que puedes." Al lado del muchacho que contemplaba la espada con anhelo infinito, plantado sobre el fango, siempre había estado aquella chica de cabellos carmesíes. Era una espada que costaba nada menos que cinco monedas de oro, una suma inalcanzable para toda su vida, pero ella había sido quien le prometió que le compraría una insignificancia como esa. "Aunque te falte talla en varios aspectos comparada con Marcela, con alguien como tú basta y sobra." "...Oye. ¿Te volviste loco?" Al ver a Jemina disponerse a armar un escándalo, Vlad dejó escapar una risita entre dientes. Después de todo, ver a una Jemina enérgica y desafiante era mil veces mejor que contemplarla sumida en dudas. Habiendo recibido tanto, le correspondía retribuir. Puesto que aún no le había saldado la deuda de aquella espada sin ornamentos. Vlad decidió que, a partir de ese instante, devolvería el coraje y el consuelo que la doncella le había entregado aquel día. \* \* \* La noche anterior, siguiendo la marea nocturna junto a los niños huérfanos, Vlad y Haben habían llegado a la iglesia y, guiados por un sacerdote que salió a recibirlos, se encaminaron hacia el despacho episcopal donde se encontraba Andrea. "Vaya. ¿Cuánto habrán tenido que frotar esto? El suelo hasta refleja la cara de uno." "Por favor, no te quedes mirando a todos lados como un pueblerino, Haben." Aunque le recriminaba a Haben que guardara compostura, los pasos de Vlad por los corredores de la iglesia estaban teñidos de idéntica tensión. Era comprensible: salvo cuando compareció allí para afrontar un juicio sangriento y despiadado, jamás había pisado este lugar, de modo que le resultaba imposible albergar un solo recuerdo grato. "Sir caballero. Lo estaba esperando." "¿Eh?" Al alcanzar las estancias interiores tras seguir al sacerdote anónimo, el rostro que aguardaba a Vlad era el de un muchacho familiar. "Ah. Joven diácono." "Cuánto tiempo sin vernos. ¿Ha estado bien durante este tiempo?" Aquel muchacho parecía tener una edad similar a la de Charl. Por mucho que se calculara, difícilmente superaría los trece años; se trataba del pequeño diácono que en todo momento acompañaba a Andrea. "Me alegra verte. Todavía recito mañana y noche la oración que me enseñaste." "Oh. Esa oración no se reza en esos momentos." Había sido este mismo diácono quien asistió a Vlad cuando oró por primera vez en el templo de Barna. Vlad no olvidaba aquel instante en que hincó las rodillas ante Dios, aunque, al parecer, las plegarias debían memorizarse en mayor variedad. "Aun así, no importa. Mientras alberguen sinceridad, Dios sabrá escucharla." "Agradezco tu comprensión, joven diácono." Con un porte algo más maduro que la primera vez que se vieron, el diácono esbozó una sonrisa apacible y encubrió el desliz de Vlad. La risita socarrona de Haben a sus espaldas resultaba exasperante, pero Vlad decidió pasarlo por alto ante la satisfacción de reencontrarse con aquel viejo conocido. "El señor obispo lo está esperando." "Oh, el señor obispo..." En cuanto oyó la palabra 'obispo', Haben se despojó a toda prisa del sombrero de capitán y se puso a acomodarlo con esmero. Que un don nadie de los callejones fuera a presentarse ante el altísimo prelado de la ciudad... Para Haben, probablemente aquel instante resultaba tan conmovedor como el día en que sostuvo su propio barco por primera vez. "¿Qué tal me veo? No tengo nada sucio, ¿verdad?" "...Casi preferiría que tuvieras una mancha para poder limpiarla." Pese a las pullas, ambos comprobaron con rapidez el atuendo del otro y echaron a andar hacia el despacho episcopal guiados por el diácono. Toc, toc. "Señor obispo. Sir Vlad ha llegado." Al plantarse por fin ante las puertas del despacho del obispo, Vlad y Haben inspeccionaron los alrededores al mismo tiempo. Cerciorarse de las vías de escape en una edificación extraña era una costumbre arraigada en los hombres criados en los callejones. Sin embargo, el joven diácono no pudo evitar sonreír al verlos, pensando que semejaban a un par de loros balanceando la cabeza al unísono. "¡Adelante! ¡Pasad, caballero Vlad!" "Adelante, por favor." Al escuchar la voz de Andrea recibiéndolo con entusiasmo desbordante, Vlad giró el picaporte. Con un chirrido, la puerta se abrió y, al igual que en las puertas de la ciudad, Andrea aguardaba en su interior haciéndole una seña a Vlad con la mano. "Bienvenido. ¿Has cenado ya?". "Cené, pero todavía puedo comer más". "¡Ja, ja! En efecto, estás en la flor de la juventud". La mirada con la que Andrea contemplaba a Vlad rebosaba afectuosa benevolencia. No podía ser de otra manera. Hasta ese momento, el obispo Andrea había respondido por Vlad y le había servido de aval, pero aquel joven que había madurado tanto se había convertido ahora, por el contrario, en el testimonio vivo que respaldaba el honor del propio Andrea. "¿Y quién te acompaña?". "Soy Haben. Capitaneo un pequeño navío, señor obispo". Quizá porque lo había aprendido de Vlad, su saludo denotaba cierta torpeza, mas en los ojos de Andrea brilló un destello de genuina curiosidad al mirarlo. Pues junto a la pierna renqueante de aquel hombre se distinguía a las claras un bastón y, no obstante, Haben se proclamaba a sí mismo capitán. "No os habéis doblegado ante unas tribulaciones tan fieras como las olas del mar. Es admirable". "No es para tanto, señor obispo". Al contemplar al joven de los callejones que, a pesar de sus impedimentos físicos, surcaba los mares, una sonrisa floreció una vez más en el rostro de Andrea. Después de todo, parecía que su decisión de amparar los callejones de Shoara no había sido equivocada. "Bien, bien. Tomad asiento todos, por favor". Lejos de comportarse como un dignatario eclesiástico encumbrado, Andrea guio en persona a los invitados hacia la mesa y comenzó a preparar el té con ademanes diestros y familiares. Los movimientos del joven diácono que lo asistía también denotaban una gran soltura. "Hay bastante bullicio". "El comedor benéfico aún no está terminado, de modo que usamos el edificio de la iglesia para salir del paso". En cuanto aplacó la tensión con un sorbo de té, Vlad percibió el vocerío que resonaba afuera. A juzgar por los agudos parloteos y risas, sin duda pertenecían a los niños de los callejones que habían llegado a la iglesia junto a ellos. "De hecho, me interesa esta labor y desearía hacer una modesta donación...". "Oh, no, no hace falta. Últimamente entran bastantes donaciones". Andrea, que intuía bien la situación de los bolsillos de Vlad, agitó la mano y soltó una franca carcajada. Los niños le habían contado que Vlad les había comprado incluso mantas, de modo que ya habría gastado bastante dinero por aquí y por allá. "Parece que todos querían presentar sus respetos ante la llegada de un nuevo obispo. A decir verdad, aborrezco este tipo de cumplidos y por eso jamás quise aceptar tal cargo". Para algunos habría sido una meta codiciada, pero para un clérigo devoto no pasaba de ser un fardo engorroso. Al contemplar a Andrea quejarse con total sinceridad de lo molestas que le resultaban las donaciones enviadas por los magnates de la ciudad, Haben ocultó a toda prisa bajo sus ropas la bolsa con monedas de oro que traía preparada. "¿Acaso hay algún motivo particular por el que me haya convocado a solas?". "... A decir verdad, también tenía ganas de verte". Conocedor del temperamento de Vlad, Andrea posó la taza de té con un semblante sutil. Por lo que sabía de él, Vlad era un hombre que prefería las palabras directas antes que los rodeos. "La Iglesia Ortodoxa del Norte... tiene en verdad sus raíces en San Rozino. Ya lo sabes, ¿no es así?". "Así es". La Iglesia Ortodoxa del Norte era una vertiente nacida de la archidiócesis septentrional de San Rozino. La discriminación hacia el norte no entendía de excepciones en ningún ámbito, y la relación entre la Santa Sede y San Rozino no era distinta. "En el pasado, aunque fuera una miseria insignificante, al menos contábamos con el sustento que enviaba la Santa Sede. Sin embargo, ahora...". "Se ha cortado por completo". Vlad creyó vislumbrar al fin la razón por la que Andrea lo había convocado allí. Tal como decía el clérigo, la falta de fondos no era el verdadero dilema. Lo que más escaseaba en la Iglesia Ortodoxa del Norte en aquellos instantes era, sin duda, personas de valía. "Deseaba pedir un favor, pero, por sorprendente que parezca, resulta difícil hallar a hombres verdaderamente piadosos entre los caballeros. Y aquí mismo, en Shoara, no hay nadie a tu altura". Al pronunciar la palabra 'piadoso', Andrea señaló el pecho de Vlad. Allí figuraba la inscripción reconocida por San Rozino: el caballero que protegió el aliento vital de los niños. "Ya he obtenido la venia de lord Josef. Le pregunté si me permitiría disponer de ti durante un tiempo". "Disponga de mí cuanto guste. Al fin y al cabo, Vlad de Shoara nació gracias a su merced, señor obispo". Andrea era un sacerdote ilustre, pero debido a la naturaleza de su ministerio carecía por completo de lazos con quienes ostentaban cargos especiales como inquisidores de herejías o paladines. En otras palabras: para cualquier asunto que exigiese el empleo de la fuerza armada, no le quedaba más remedio que recabar el auxilio de la Casa Bayezid. "Sabía que me responderías con esa presteza". Andrea estalló en carcajadas, complacido por la franca respuesta de Vlad, y Haben, ajeno a los pormenores, se sumó a la risa. Su esfuerzo desesperado por encajar en el ambiente resultaba encomiable. "¿Y de qué labor se trata exactamente...?". "En principio, hay un encargo que quisiera confiarte dentro de Shoara, pero...". Como si ya tuviera resuelto el destino de Vlad, Andrea posó los ojos directamente en su joven diácono. "Desearía que le prestases tu ayuda a este muchacho". "¿Al señor diácono?". Ante aquellas palabras totalmente imprevistas de Andrea, Vlad dirigió la mirada hacia el joven diácono, que recogía el juego de té con pausada calma. "Pronto llegará el momento de que pase de diácono a sacerdote formal. Para ello, habrá de someterse a una prueba". Habiendo compartido tantos años juntos, Andrea le profesaba un cariño inmenso a su joven diácono. Dado que lo había acogido y criado prácticamente desde su más tierna infancia, en la práctica era igual que un hijo para él. "¿Es una prueba en la que yo pueda intervenir?". "Así será. Después de todo, este examen no consiste en sentarse a trazar garabatos sobre el papel". En boca de la Iglesia, la palabra 'prueba' era asimismo sinónimo de 'tribulación'. Del mismo modo en que Andrea había consagrado su vida a la purga de abominaciones y monstruos, los sacerdotes verdaderos solían partir en pos de sus propias tribulaciones con el fin de propagar la voluntad divina. "Pienso enviar a este chico a la Baronía Utman. Aunque la Santa Sede haya eliminado a los entes perversos que allí anidaban, aún podrían quedar restos de oscuridad". "... La Baronía Utman". La Baronía Utman y los entes perversos. Al escuchar las palabras de Andrea, Vlad dejó la taza de té con serenidad y contempló al joven diácono. "Ahora que lo pienso, ciertamente es alguien dotado de gran poder". "Así es. Tú también lo escuchaste en aquel momento, ¿verdad?". Tal como aseguraba Andrea, Vlad lo recordaba con meridiana claridad. Aquel cántico sagrado entonado por el joven diácono resonando a través de una niebla tan espesa que no permitía ver un palmo por delante. Si no hubiese sido por aquel himno clamado hasta desgarrarse la garganta, con toda seguridad Josef habría sido asesinado por la mujer que vertía lágrimas negras. "Ja, ja. Despeja esa expresión, muchacho. No te estoy pidiendo que partas de inmediato y, a estas alturas, tampoco debería de ser un lugar tan peligroso". "¿Eh?". Sobresaltado por la suave reconvención de Andrea, Vlad volvió con presteza la mirada hacia un espejo situado a su lado. El ceño profundamente fruncido y un semblante severo y pétreo. Aquella expresión que hasta hacía un instante había mantenido ante el joven diácono se asemejaba, sin duda alguna, al rostro que había contemplado en el dibujo de la doncella del oráculo. \----- • Autor: Q10 • Traductor: Inmensurable ⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨
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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 160

Estás leyendo el capítulo 160 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.