Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 159 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Nada hay que no incline la cabeza ante el paso del tiempo. Por hermosa que sea una flor, tarde o temprano se marchita; por templada que sea una espada, algún día terminará cediendo ante el orín. Y lo mismo ocurría con el sol que se alzaba en lo alto del firmamento.
Sobre Brigantes, la capital del imperio, el resplandor crepuscular, teñido de un bermejo cada vez más denso, proyectaba sombras interminables. Siguiendo el vacilante declive del astro, aquellas siluetas oscuras fueron alargándose hasta alcanzar, al fin, la edificación más gloriosa de toda la urbe.
El mismísimo corazón del imperio: el Palacio Imperial.
\*Talán... Talaan... Talán...\*
Ante el repentino tañido de las campanas, todos los habitantes de la ciudad interrumpieron sus quehaceres al unísono y alzaron la cabeza. Era un repique solemne que resonaba a una hora insólita, cuando jamás debía tañer. Mientras la multitud se preguntaba desconcertada qué ocurría, no tardaron en divisar un estandarte negro que comenzaba a izarse con lentitud sobre las almenas del Palacio Imperial.
El sol se estaba poniendo. Aquel sol que resplandecía en la cúspide más alta del imperio.
Y desde los confines donde sucumbían los últimos rescoldos del crepúsculo, una noche tenebrosa comenzaba a desplegar su manto.
\*\*\*
Al abrir los ojos, se topó con un techo desconocido.
"Parece que cambiaron el papel tapiz".
Con una voz embotada por el letargo, Vlad abrió los párpados y se puso a contar perezosamente los patrones grabados en el techo. No obstante, a medida que aumentaba la cuenta, su vista no hacía más que nublarse. Una sola noche de reposo resultaba insuficiente para disipar el cansancio acumulado durante tantos meses.
"... ¿Debería dormir un poco más?".
Aunque lo había dicho en voz alta, en su fuero interno ya rebosaba el firme anhelo de seguir durmiendo. Como una larva perezosa, se encogió y volvió a sepultarse bajo las mantas. Hacía casi un año desde que fuera desterrado de Shoara. A lo largo de todo ese tiempo siempre había tenido un rincón donde recostar el cuerpo, pero jamás un lecho donde revolverse con holgura. Por primera vez en una eternidad, Vlad resolvió entregarse a la holgazanería.
"Qué delicia".
'Hoy pienso dormir hasta hartarme'. La fatiga acumulada durante tantas penurias era densa y pegajosa, y el hogar al que regresaba tras tan prolongada ausencia resultaba sumamente tibio. Apenas acababa de instalarse el otoño, pero el aire frío que ya le rondaba la punta de la nariz lo empujaba a enrollarse todavía más en las colchas.
"Oye".
"..."
"Oye. Oye".
"... No me toques".
Sin embargo, frente a la férrea determinación de Vlad, hubo una mano que no vaciló en sacudirlo. Una mano menuda, pero resuelta. Aquella mano que al principio le movía el hombro con cautela subió de pronto con insolencia para revolverle el cabello sin miramientos.
"Te dije que no me tocaras el pelo".
"«Ti diji qui ni mi ticiris il pili»".
"... Oye".
La callejuela rara vez recibía los rayos del sol, pero la cabellera pelirroja que asomaba entre el hueco de la manta alzada bastó para iluminarle los ojos a Vlad.
"Solo un poco más... Hasta el almuerzo".
"Ya es mediodía".
Los ojos de Jemina, curvados en una medialuna traviesa, señalaron de súbito hacia la ventana. Entre las cortinas corridas se filtraba la luz de las primeras horas de la tarde. Para Vlad, acostumbrado a despertarse siempre bajo la tenue penumbra del alba, aquel resplandor le resultaba tan luminoso que rozaba lo insólito.
"Si piensas seguir durmiendo, levántate al menos a comer. Marcela preparó los ingredientes desde la madrugada solo porque venías tú".
La mano de Jemina, que no dejaba de alborotarle los cabellos, aferró el cuello de la ropa de Vlad y tiró suavemente hacia arriba. A medida que su torso se incorporaba, el rostro de Jemina se fue acercando, radiante y lozano.
"Tú... ¿te maquillaste?".
"Je".
Se lo había preguntado al percatarse de que las pecas que solían cubrir el puente de su nariz ya no estaban a la vista, pero Jemina se limitó a sonreír con orgullo, como si le recriminara haber tardado tanto en darse cuenta.
"¿Qué tal? ¿Luzco bien?".
"A este nivel, raya en el delito".
Seguramente se debía a que todavía no despertaba del todo. O tal vez a la penumbra de la estancia. Pero la Jemina que tenía frente a sus ojos difería tanto de la imagen que conservaba en su memoria que apenas daba crédito.
"Baja deprisa. El almuerzo está casi listo".
"..."
Con un leve chirrido de goznes, la puerta se cerró lentamente. A través de la rendija que menguaba, Vlad contempló la espalda de Jemina durante un largo rato.
"Se ha vuelto insolente".
Aquella Jemina atiborrada de pecas que Vlad esperaba encontrar ya no existía. Ni tampoco la chiquilla desmirriada que estrujaba trapos con manos esqueléticas. La mujer que acababa de estar ante él no era otra que Jemina, la señora que se había alzado por mérito propio para regir La Sonrisa de la Rosa.
"¿Tanto cambia una persona solo por ponerse un poco de maquillaje?".
En el espacio que ella acababa de abandonar flotaba un aroma sutil e indefinible. Vlad supuso vagamente que sería el perfume del polvo cosmético, pero, en realidad, el afeite que Jemina se había aplicado no podía ser más tenue y discreto.
\*\*\*
"¿Descansaste bien, Vlad?".
"Sí. ¿Usted pudo dormir bien, Marcela?".
"Poco pude pegar ojo. Y todo por tu culpa".
Ante las palabras juguetonas de Marcela, Vlad alzó la mirada hacia ella. Unos ojos hinchados y enrojecidos desentonaban con las facciones delicadas de su rostro. Quien lo había estrechado entre sus brazos deshaciéndose en un mar de lágrimas el día anterior al verlo regresar no había sido Jemina, sino la propia Marcela.
"Con los años cuesta cada vez más serenar las emociones. Me parece que ya me va llegando la hora de retirarme".
"Todavía está en la flor de la vida".
El curtido instinto de su época como vendedor de velas le advirtió con urgencia: este era el instante preciso en el que debía negarlo con rotundidad.
"¿Tú crees?".
Y como si aquella respuesta hubiera sido la más acertada del mundo, el plato que le sirvió apareció colmado de enormes porciones de carne. Si tan solo hubiera tenido semejante tacto con Alicia en su momento, las cosas habrían sido muy distintas.
"..."
Vlad comenzó a comer en silencio los manjares que Marcela le había servido mientras observaba discretamente a su alrededor. El día anterior, recién llegado, todo había sido demasiado caótico, apresurado y vertiginoso. Por ese motivo, no había podido entregarle a ella lo que correspondía.
"Marcela".
"¿Dime?".
"Tome esto".
Tras cerciorarse de que no había nadie más en el cuarto piso, Vlad le tendió con sigilo una pequeña faltriquera.
"¿Qué es esto?".
"... No sé si con esto será suficiente".
Vlad no había sido el único cautivo del fulgor de aquella luna azulina en esa trágica velada. En cierto sentido, quien más había perdido aquella noche había sido Marcela; por consideración hacia ella, era indispensable entregarle al menos una prueba tangible.
"¿Qué es? ¿Un anillo?".
"Era de Godin".
Por encima del monótono movimiento de la cuchara, resonó un nombre de un peso abrumador.
"¿De... Godin?".
Desconcertada por las palabras de Vlad, la punta de los dedos de Marcela comenzó a temblar mientras abría el saquito. O quizás fuera el puro espanto. La pálida luz de luna que aún parecía impregnar cada rincón de La Sonrisa de la Rosa era, para Marcela, nada menos que una pesadilla viviente.
"Yo no pude matarlo con mis propias manos, pero... de todos modos, está muerto".
Lo que descansaba en el interior de la faltriquera entregada por Vlad era un anillo. Concretamente, un anillo de sello empleado para lacrar la correspondencia, y sobre su superficie metálica llevaba grabado en relieve el emblema del águila, blasón de la Casa Gaidar.
"Eso es para usted, Marcela".
"... Ya veo".
Al haber sido el vencido y no el vencedor, no había sido posible traer un trofeo entero.
A pesar de ser un objeto que bien habría servido como un espléndido trofeo de guerra, Vlad decidió entregarle el anillo de Godin a Marcela. Tras recibirlo de sus manos, Marcela se quedó contemplándolo durante un largo rato. Aquello que desfilaba sin cesar a través de sus pupilas negras eran, con certeza, los recuerdos de alguien y el dolor de aquel fatídico instante.
"¡Ea!"
"¡Cof!"
Sin embargo, Marcela no deseaba conservar semejante sortija. Al ver cómo la arrojaba de improviso sobre el brasero, Vlad no pudo evitar escupir el agua que acababa de llevarse a la boca.
"¿Marcela?"
"¿De qué estará hecho? A pesar de ser un anillo, arde de maravilla."
Sobre las brasas, el anillo de Godin comenzaba a fundirse al rojo vivo. No obstante, a diferencia del desconcierto que embargaba a Vlad, en el rostro de Marcela no tardó en dibujarse tan solo su sonrisa de siempre.
"A veces los hombres resultan ser mucho más sentimentales que las mujeres."
"¿Cómo dice?"
Lo único capaz de cicatrizar una herida no era la venganza, sino el transcurso del tiempo. Marcela lo comprendía a la perfección, y por esa misma razón había arrojado el anillo de Godin al fuego. Aquella sortija no servía para curar el dolor, sino que era un mero recordatorio que lo traía a la memoria una y otra vez.
"Es loable que lo trajeras pensando en mí y agradezco el detalle, pero a estas alturas ya no necesito nada semejante."
Vlad debía continuar avanzando. Por eso mismo, pensando en él, Marcela arrojó el anillo del pasado a las ascuas y se limitó a servir los platos de hoy.
"Tú tampoco lo necesitas ya, ¿verdad?"
"...... No, en efecto."
Vlad tomó el tenedor y, al observar la serenidad imperturbable de Marcela, esbozó una tenue sonrisa. Ciertamente, la Rosa de Shoara aún no se había marchitado, y en su forma de encarar la vida todavía quedaban valiosas lecciones por aprender.
"Tiene razón. A partir de ahora, ya no hará falta."
Sobre la cacerola caldeada por el fuego donde ardía el anillo reposaba un festín preparado por Marcela, una estampa que no presenciaba desde hacía mucho tiempo: puré de patatas, salchichas asadas e incluso morcilla elaborada con sangre de buey. Eran, sin excepción, todos los platos predilectos de Jorge.
\* \* \*
"¿Has disfrutado del almuerzo?"
"Habrías podido venir a comer con nosotros."
Cuando Vlad descendió a la planta baja dispuesto a marcharse, Haben se le acercó pegándose a su costado. Aunque la gorra de capitán que coronaba su cabeza había sido reemplazada por una de aspecto imponente, el bastón en el que se apoyaba continuaba siendo el mismo pedazo de madera tosco y desvencijado de antaño.
"Ya que te compraste una gorra nueva, podrías haber aprovechado para cambiar también de bastón."
"¿Este? ¿Y por qué demonios querría cambiarlo?"
Haben levantó el bastón como si la sola sugerencia fuese un disparate y comenzó a frotarlo con ademanes exagerados. Quizá debido al prolongado uso que le había dado, la madera relucía con tal intensidad que hasta reflejaba la luz.
"De hecho, esta cosa me ha servido de maravilla. En cuanto les digo a esos tipos rudos de altamar que me lo fabricaste tú, se vuelven dóciles y me obedecen al pie de la letra."
"¿En serio?"
La nueva estrella del norte. Vlad de Shoara. La figura más deslumbrante entre los jóvenes caballeros de Bayezid, quienes durante largo tiempo habían permanecido a la sombra, y el hombre que había atravesado las líneas de aquel oeste que provocaba cual espina clavada en el ojo. El orgullo de sus paisanos y la tranquilidad respecto a la próxima generación: de todo eso era responsable el Vlad de hoy.
"Además, últimamente suelen añadir la palabra 'elfo' detrás de tu nombre. ¿De verdad te codeas con elfos auténticos?"
"Quítate de en medio. Tengo que ir a la iglesia."
Abrumado por una repentina timidez ante las palabras de Haben, Vlad apresuró el paso para salir de La Sonrisa de la Rosa. Quizá por haberse demorado de más, el crepúsculo ya teñía de tonos cobrizos los callejones de Shoara. Hacía mucho tiempo que no contemplaba un atardecer en aquella ciudad. Para la gente común, el ocaso representaba el final de la jornada; no obstante, para los habitantes de los bajos fondos, equivalía al amanecer de un nuevo día.
"¿Desde cuándo te ha dado por frecuentar la iglesia?"
"Desde hoy mismo."
Que no hubiera acudido a ella en el pasado jamás había sido por una decisión voluntaria. Simplemente no había podido ir porque nadie se dignaba a aceptarlos allí. Dios era una presencia suprema y gloriosa, pero el sendero que conducía hacia Él resultaba un camino inalcanzable para la gente de los callejones.
"...... Mírala, ¿por qué estará tan atareada?"
Vlad, que se disponía a poner un pie en la calle, detuvo la marcha y giró la cabeza en silencio para contemplar el interior de La Sonrisa de la Rosa. Era el nido de su infancia, un lugar que en apariencia apenas había cambiado, pero en el que algo se sentía irremediablemente distinto. En medio de aquel recinto, se distinguía la silueta de Jemina, moviéndose sin un solo instante de descanso.
"Hay que ver, qué rápido crecen los chiquillos, ¿verdad?"
"Ella tiene mi misma edad."
"Por eso mismo lo digo."
Al observarla desde la distancia, en la figura de Jemina ya no quedaba ni el más mínimo rastro de aquel aspecto desharrapado de otros tiempos. Aunque la estampa le resultaba un tanto extraña, le infundió un alivio nada desdeñable, y con ese sosiego Vlad decidió reanudar sus pasos hacia el exterior.
"¿Qué tal va el barco?"
"Como es pequeña, no da ningún problema."
"No, a esa Jemina no me refería."
"Pues por eso, ¡de Jemina te estoy hablando!"
Ambos se echaron a reír entre dientes, refiriéndose cada uno a una Jemina distinta. Al ver que Vlad parecía por fin el de siempre, Haben se acomodó la gorra de capitán.
"Por cierto, si vas camino de la iglesia, podrías llevarme contigo."
"¿Desde cuándo te ha dado a ti por frecuentar la iglesia?"
"A decir verdad, da igual si no me llevas."
"¿Eh?"
Siguiendo el gesto de la cabeza de Haben, Vlad desvió la mirada hacia un rincón diminuto y desolado de los callejones. Era una callejuela donde jamás entraban los rayos del sol. Y desde la penumbra de aquella noche incipiente, había pequeñas luces que comenzaban a alumbrar con cautela.
"El obispo anterior prohibía la pederastia, pero ¿sabes qué ha prohibido el nuevo obispo?"
"...... ¿El qué?"
Entre las sombras que caían con el avance del crepúsculo, la oscuridad comenzó a filtrarse lentamente por las callejuelas. Y desde aquel fondo umbrío, unos seres que emergían con timidez tenían los ojos fijos en Vlad.
"La discriminación."
Eran niños pequeños. Los chiquillos de los bajos fondos, que hasta ese momento habían permanecido ocultos rehuyendo la luz, observaban con recelo las reacciones de Vlad mientras comenzaban a seguirlo paso a paso.
"Todos ellos van ahora mismo hacia la iglesia. Porque a partir de hoy, ese es un lugar al que cualquiera tiene derecho a entrar."
Camino del templo, Vlad no tardó en percatarse de la larga procesión de infantes que se extendía a sus espaldas. Aunque todos lucían exhaustos y hambrientos, el andar de aquellos niños con rumbo a la casa de oración resultaba infinitamente ligero.
"El obispo suele decir que nunca se sabe cuándo podría volver a surgir de aquí otro tipo como Vlad de Shoara."
"......"
Los niños que albergaban posibilidades podían existir en cualquier rincón del mundo, pues Vlad de Shoara se había encargado de demostrarlo con creces. Y habiendo sido testigo presencial de semejante milagro desde la posición más cercana, el sacerdote Andrea jamás vaciló a la hora de rebajar los umbrales de la iglesia para ponerlos al alcance de todos.
"Habías dicho que ibas a la iglesia, ¿no? ¿A qué esperas?"
"...... Habrá que ir."
A través de los callejones donde el sol ya se había ocultado, daba comienzo una nueva noche. Y en medio de la penumbra que se esparcía por los bajos fondos, comenzaban a elevarse diminutas estrellas. El destino hacia el que se dirigían esos astros era la iglesia de Shoara. Con toda seguridad, en esta jornada aquellos niños tendrían la dicha de recibir una cena caliente de manos de un devoto clérigo, exactamente igual a como le había sucedido a Vlad en aquel gélido invierno.
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• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨

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Estás leyendo el capítulo 159 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.