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Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 158 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Había un hombre que ascendía a solas por la colina de Deomar. En agudo contraste con su distinguida y cuidada vestimenta, sus manos iban colmadas de utensilios de limpieza. Tras comprobar cómo el crepúsculo se dilataba en la misma medida en que los días menguaban, Vlad se detuvo en mitad de la pendiente y depositó las herramientas en la hierba. "Hoy no he venido a verte a ti." ¿...? Aunque la Serpiente Blanca meneaba la cola hacia Vlad a medida que este subía, él no había acudido a visitarla hoy. Había ido a cuidar del panteón de la Casa Heinal, emplazado en el corazón de la colina. "Parece que Lady Alicia ha estado muy ocupada." Pese a tratarse del camposanto de otra estirpe, no pudo evitar que una punzada de lástima le oprimiera el pecho al contemplar aquellas lápidas cubiertas de musgo espeso. A fin de cuentas, ella no debió de hallar ni un solo instante de sosiego para ocuparse de esto. Había sido una época en la que los vivos estaban demasiado apremiados por sobrevivir como para acordarse de los muertos. "Tendré que dejarlas limpias antes de marcharme." De entre los aperos que había soltado, Vlad extrajo un haz de paja empapado en agua y, valiéndose de su superficie áspera, comenzó a frotar las lápidas. Al contemplar aquellas sepulturas, tan numerosas para algunos pero inexistentes para él, Vlad selló los labios en silencio y se dedicó a raspar el verdín. "... Al menos he sobrevivido sano y salvo, sin heridas." Puesto que la batalla había sido feroz, daba gracias por seguir con vida. Algunos manifestarían su gratitud a Dios y otros a sus antepasados, pero Vlad carecía de alguien a quien consagrar tales sentimientos. A diferencia de las almas que reposaban ante sus ojos, la figura de su madre, sepultada sin una sola lápida, comenzaba a desdibujarse ya en sus propios recuerdos. "Muchas gracias. Por velar por mí." Sin embargo, que fuera tenue no significaba que hubiese desaparecido. Aunque pertenecieran a otra sangre, Vlad tomó aquellas lápidas como un puente y comenzó a susurrar sus plegarias hacia el firmamento lejano. "Fuu." Limpió la tumba de los padres de Alicia. Luego la de los padres de sus padres. De ese modo, dedicando una palabra en su corazón con cada lápida que pulía, Vlad se topó finalmente ante la más antigua de todas. 'Así que fue este hombre.' Entre los trazos desgastados por el paso del tiempo, figuraba el nombre del más remoto de los Heinal. El hombre que había legado la piedra de ámbar amarilla hasta las manos de Alicia y el primer señor de la casa, quien plantó el árbol donde ahora moraba la Serpiente Blanca. '...' La primera vez que estuvo allí no lo comprendió, pero ahora podía tener la certeza: el fundador de la Casa Heinal sin duda guardaba relación con la voz. Entre el primer señor de Heinal, que plantó un árbol habitado por un espíritu, y las andanzas de la voz, que recorrió las tierras en busca de los espíritus para protegerlos, existía una indudable coincidencia. Y en la cúspide de aquel punto de unión, se erigía el nombre del Maestro de la Espada. "¿Qué hacéis aquí, Sir Vlad?" "... Ah." Vlad, que se hallaba profundamente sumido en sus cavilaciones en torno al Maestro de la Espada, volvió la cabeza a toda prisa ante aquella repentina voz. "Lady Alicia." "Sois más devoto que yo misma." Allí se encontraba Alicia, sonriendo mientras se sujetaba los cabellos alborotados por el viento. Quizá fuera porque acababa de volver en sí, pero la visión de su melena del color del agua revoloteando bajo la vívida lumbre del ocaso, junto a la súbita intensidad que cobraron aquellos colores, provocaron en Vlad un leve mareo. "Dicen que a los caballeros jamás se les debe tomar la espalda. ¿Acaso no estabais demasiado absorto en vuestro ensueño?" "Tenéis razón. No tengo excusa alguna." Sin duda era una broma, pero Vlad no fue capaz de reír. Las palabras de Alicia eran ciertas, y también lo era el hecho de que no había percibido su presencia en absoluto. Con todo, si Alicia se le hubiera acercado de frente y no a sus espaldas, se habría percatado: al meditar sobre el concepto de Maestro de la Espada, los ojos de Vlad habían comenzado a extraer, por voluntad propia, el mundo que yacía en su interior. "Uf." Al constatar que Vlad lo había limpiado todo y que ya no quedaba sepulcro alguno del que ocuparse, Alicia se sentó a su lado con resignación y contempló en silencio el pie de la colina. "Habéis vuelto a hacerlo. Tanto la última vez como ahora." Sintiéndose fuera de lugar al quedarse allí de pie, Vlad tomó asiento a su lado de forma natural y contempló Deomar junto a ella. "Gracias." "... Gracias a vos." Apenas fue un breve cruce de palabras, pero en su interior anidaba una multitud de emociones. Él la había protegido del falso sucesor y había salvaguardado Deomar del usurpador del oeste. En ese proceso, el muchacho se convirtió en caballero y por fin pudo encontrarse cara a cara con la luna que tanto se había fijado como meta. Ni Vlad de Shoara ni la baronesa Alicia Heinal existirían hoy si no fuera el uno por el otro. "A esta ciudad... desearía regresar sin falta alguna vez." Por eso, una sincera devoción impregnaba la voz de Vlad en ese instante. Pues aunque el ser humano llamado Vlad nació en Shoara, el caballero Vlad prácticamente había comenzado en este lugar. "Seréis bienvenido siempre que queráis." Alicia, que rodeaba sus rodillas con los brazos, curvó los labios en una suave sonrisa ante las palabras de Vlad y contempló en silencio su rostro bañado por el crepúsculo. Quería retener en la memoria las facciones de aquel joven que partiría al día siguiente, aunque solo fuera un poco más. Ninguno de los dos decía nada; se limitaban a observar con calma aquello que anhelaban contemplar, pero la brisa que rozaba sus cuerpos impedía que se formara la más mínima incomodidad. Desde lo alto de la colina, la Serpiente Blanca que los observaba erguía su cabeza hacia el firmamento para que, al menos por ahora, soplara un viento cálido. \* \* \* "Ha sido un placer conoceros." "El placer ha sido mío, caballero de los humanos. Vlad." Caía la lluvia de otoño. No era la lluvia grata de la primavera ni el refrescante aguacero del estío, sino una llovizna preñada de frío que azotaba sin tregua los hombros de los hombres congregados a las puertas de Deomar. "Tendremos ocasión de vernos de nuevo algún día. De todos modos, ya tenía la intención de investigar el norte." La mirada de Baradis atravesó las gotas de lluvia y se posó en Noir, que aguardaba junto a Vlad. Aquel caballo negro, el Hijo de la Estepa. Siendo indiscutible que portaba la sangre de un unicornio, para los elfos era sin duda una criatura digna de ser examinada al menos una vez. "No te inquietes demasiado por la revelación que te ha sido entregada. Guárdala en tu pecho como un amuleto, pues llegará el día en que tu intuición te la haga comprender." "Entendido." Al escuchar a Baradis, Vlad se llevó la mano al pecho sin motivo aparente para palpar el dibujo de la doncella del oráculo. Un pájaro amarillo, él mismo, y aquellas tonalidades negras que los envolvían de forma siniestra. A todas luces se trataba de una advertencia, pero la propia doncella que se lo entregó confesó no recordar mayor significado tras de sí. Con seguridad, se había disipado entre sus recuerdos nebulosos, al igual que las brumas de un sueño tenido la noche anterior. "¡Todo está listo!" Al oír aquel grito que resonaba a lo lejos, Vlad esbozó una leve sonrisa y volvió la cabeza. Vlad se marcharía, pero los elfos permanecerían en Deomar. Puesto que el mundo de los humanos era para ellos semejante a un océano desconocido, pensaban quedarse fondeados durante algún tiempo en aquella isla llamada Deomar que con tanto esfuerzo habían logrado hallar. "Todo está dispuesto, Lord Josef." "... Bien. En marcha." El semblante de Josef, sentado en el interior del carruaje, era ceniciento. Aquella tos crónica suya era en extremo sensible a las variaciones de temperatura, y con un clima semejante, debía guardar una cautela absoluta. "Entendido." Vlad asintió con la cabeza ante la orden de Josef. Quien comandaba la comitiva de regreso en esta ocasión no era otro que Vlad de Shoara. Aunque para un Vlad inexperto resultaba aún algo prematuro, Josef le había confiado el mando de aquella comitiva de regreso, y Vlad correspondió a su confianza con la escena que se desplegaba en ese instante. "¡Tropa, firmes!". Al compás de una seña con la mirada de Vlad, la voz de alguien resonó por los aires. A esa orden, los estandartes de Bayezid, empapados por la lluvia, comenzaron a alinearse frente a las murallas de Deomar. Aunque exhaustos y cubiertos de heridas, en aquel momento eran los vencedores. Por ello, por muy maltrechos y deslucidos que estuvieran los estandartes, se habían ganado el derecho a alzarlos con orgullo. "……". Alicia advirtió que aquellos ojos azules, al pie de la muralla, la contemplaban. Era la mirada de Vlad, anunciando que había llegado la hora; sin embargo, a ella le resultaba imposible despegar los labios, dominada por el irremediable pesar de la despedida. "…… Les agradezco de corazón a todos ustedes, que acudieron a salvar a Deomar en su hora más aciaga". Pero había llegado el momento de partir, y también la hora de dejarlos marchar. La voz de Alicia, forzada a pronunciar el adiós por su propia boca, temblaba ligeramente. "Jamás olvidaremos esta paz que se ha erigido sobre vuestra sangre". Soldados que habían arribado en pleno verano y que ahora marchaban entrado ya el otoño. En honor a aquellos hombres que habían librado la batalla más encarnizada de toda la guerra contra el oeste, Alicia alzó la voz con todas sus fuerzas. Se esforzaba al máximo para que sus palabras de gratitud sirvieran, al menos, como un pequeño orgullo para ellos. "¡Deomar siempre os dará la bienvenida cuando deseéis regresar!". Sin embargo, las últimas palabras que exclamó estaban consagradas por entero a una sola persona. Aunque la mirada de Alicia había abarcado a todos los soldados, en aquel instante acogía en su plenitud a Vlad, erguido bajo el estandarte. Sus ojos le decían con elocuencia que siempre sería bienvenido si decidía volver a su lado. La guerra había terminado. Había llegado la hora de volver. Aunque bajo la lluvia otoñal parecían un ejército de derrotados, en el rostro de cada soldado asomaba una tenue sonrisa. \* \* \* "¡Jemina! ¡Jemina!". En los confines de la urbe, en una callejuela donde jamás penetraba la luz del sol. Como aún no era el atardecer y ni siquiera habían concluido los preparativos para abrir el negocio, la voz de alguien comenzó a retumbar con estruendo en La Sonrisa de la Rosa. "…… Ese desgraciado nunca hace el trabajo que le mandan". Con una pequeña horquilla entre los labios mientras terminaba de recogerse el cabello, Jemina frunció el ceño ante el vocerío que ascendía desde la planta baja. A diferencia del anterior vendedor de velas, aquel muchacho recién contratado no era en absoluto de su agrado. ¡Pum! ¡Pum! "¡Jemina! ¿Estás ahí?". Aporreando sin contemplaciones la puerta de los aposentos de una dama, como si los modales carecieran de la menor importancia. Ned, el hermano menor de Otar, golpeaba con insistencia la habitación de Jemina. "¿Qué quieres?". "…… Si estabas dentro, ¿por qué no contestabas?". Sin embargo, a diferencia de su premura de hacía unos instantes, Ned no pudo evitar achantarse un poco al ver a Jemina abrir la puerta. "¿A qué viene semejante escándalo? Más te vale que no sea una tontería, o te las verás conmigo". No se debía únicamente a la fiereza de su mirada. Aunque todavía no terminaba de arreglarse, bastaba con disimular sus pecas para que una auténtica flor floreciera ante él. Su cabellera roja, recogida en lo alto con llamativas horquillas, dejaba al descubierto una esbelta nuca que bastaba con creces para cautivar la mirada del muchacho. "¡Ah, no, a esto no venía!". Ned, que se había quedado embobado contemplándola, dio una palmada al recordar el verdadero motivo de su visita. "¡Es que todos los sacerdotes de la iglesia acaban de salir corriendo hacia las puertas de la ciudad!". "¿Y qué con eso?". ¿Qué le importaba a ella la iglesia? Quizá debido a su experiencia en el convento, Jemina se había vuelto especialmente cínica respecto a todo lo relacionado con el clero. "¡Dicen que hasta el mismísimo obispo ha salido! ¡El nuevo que acaba de tomar posesión del cargo!". "…… ¿Hasta el obispo?". A pesar de que no guardaba la menor simpatía por la iglesia, no podía ignorar una señal tan extraordinaria. Al fin y al cabo, ahora era ella quien llevaba las riendas de La Sonrisa de la Rosa. "¿Y por qué hacen eso? Si has armado tanto escándalo, supongo que habrás averiguado el motivo, ¿no?". Al ver cómo los grandes ojos de Jemina se entrecerraban con agudeza, Ned tragó saliva sin darse cuenta. Por mucho que se dijera que el estatus transformaba a las personas, en la Jemina de ahora no quedaba el menor rastro de la antigua fregona de cocina. Daba la impresión de estar ante una versión más joven de Marcela. "Dicen que llegarán en cualquier momento…… Todos salieron a recibirlos porque regresan los soldados que fueron a Deomar". "…… ¿Qué?". Sin embargo, en la expresión que afloró en el rostro de Jemina pareció asomar, tras una larguísima ausencia, su semblante de antaño. "Digo que los soldados que fueron a Deomar acaban de volver". Porque en las palabras de Ned latía el rastro de la persona a quien tanto había aguardado. "¿Vlad también?". "¿Tal vez?". En ese momento, una serie de destellos centellearon ante los ojos de Ned. Era el fulgor que despedía el par de pendientes suspendidos junto a las orejas de Jemina. Aquellas joyas eran el obsequio que el caballero Vlad había entregado a Lady Jemina antes de partir de Shoara. \* \* \* "¿Por qué habrán salido todos a esperarnos?". "Porque no son sacerdotes de la Santa Sede". Al divisar a lo lejos la estampa de Shoara, comenzaron a brotar vítores y aclamaciones a lo largo de la columna. Resultaba natural que los soldados se entusiasmaran tras haber concluido una prolongada campaña militar, pero en ese momento Vlad era el responsable de comandar la comitiva. Y por ser quien era, ante la multitud de clérigos que abarrotaba los accesos a la puerta de la muralla, no pudo evitar posar sobre ellos una mirada de recelo antes que de regocijo. "¿Acaso los de la Iglesia Ortodoxa del Norte siempre salen a recibir así a la gente?". "No necesariamente". Josef lucía un semblante aún más pálido que cuando partió de Deomar, pero en sus labios se dibujaba una tenue sonrisa. Aunque Vlad se mantenía alerta, como correspondía a su posición, Josef sabía muy bien por qué habían salido en tropel. "Si te parece sospechoso, adelántate e investígalo tú mismo. ¿Acaso no es ese tu cometido?". "Entendido". Albergando dudas ante una bienvenida clerical que jamás en su vida había presenciado, Vlad avanzó en solitario hacia Shoara. Aquel era su hogar natal, un sitio al que no había podido contemplar durante largo tiempo a causa del destierro. Sin embargo, el Vlad de hoy no regresaba como un miserable proscrito que había caído en desgracia ante los ojos de la Iglesia, sino con el porte marcial de un comandante que encabezaba a las huestes de Bayezid. "¿Quién es ese?". "Parece demasiado joven". "¡Es Vlad! ¡Vlad de Shoara!". Los soldados apostados ante la puerta comenzaron a cuchichear al ver aproximarse a Vlad con paso pausado. El estandarte que sostenía en la mano daba fe de la elevada posición que ocupaba en aquel instante. "…… Espera". Vlad alcanzó el pie de la muralla en completa soledad. No obstante, en agudo contraste con su extrema cautela, allí se encontraba un sacerdote que extendía ambos brazos de par en par, dándole la bienvenida. "Al fin has regresado, Vlad de Shoara. ¿No has sufrido ninguna herida?". El sacerdote Andrea vestía ahora la túnica escarlata correspondiente a la dignidad de un obispo, habiendo dejado atrás los hábitos albos. Una radiante y desbordante sonrisa iluminaba el rostro de aquel hombre que salía al encuentro del muchacho a quien él mismo había otorgado un nombre y un porvenir. "¡Sacerdote Andrea!". "¡Ja, ja! ¡Hasta has crecido de estatura!". Reconociéndolo por fin, Vlad corrió presuroso hacia él y se fundió en un abrazo. El pecho que acogía a Vlad tras el extenuante sendero recorrido era tan cálido y reconfortante como aquel pan blanco de trigo que había probado por primera vez en su vida. Sobre el sacerdote y el joven, unidos en un abrazo, fue descendiendo el crepúsculo del día. Y la luna azul, aquella que una vez alcanzó pero no logró traspasar, se alzaba nuevamente en el firmamento nocturno. Aquel muchacho que un día cayó al vacío entre las lágrimas de una doncella, regresaba hoy cobijado por la luz de la luna azul. \----- • Autor: Q10 • Traductor: Inmensurable ⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨
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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 158

Estás leyendo el capítulo 158 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.