Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 156 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
La vista que se abría tras la ventana de aquel despacho desconocido rebosaba con la inmensidad de un mar azul. Peter, de pie junto al vano, contempló el ocaso que se derramaba poco a poco sobre aquel azulino fulgor y habló con voz queda.
"¿Despediste bien a los enanos?"
El señor de Bayezid contemplaba el exterior con las manos a la espalda. El hombre surcado de cicatrices, que miraba a Peter, respondió a su pregunta:
"Así es. Eran unas veinte personas en total."
Más allá del ventanal, vista a través de sus ojos entornados, se divisaba una pequeña embarcación que avanzaba poco a poco hacia la luz del crepúsculo. Era el modesto barco en el que debían navegar los enanos apresados como esclavos y Vulcano, quien se había infiltrado con el propósito de rescatarlos.
"Los dejé marchar tal como me ordenó."
"Bien. Has hecho un buen trabajo."
Aunque Vlad creyera haberlos hecho partir en secreto, la ciudad de Nassau ya pertenecía por entero a Bayezid. Aquel navío que portaba los anhelos de Josef solo había podido zarpar porque Peter lo había consentido.
"Al final, ese muchacho ha elegido a Josef en vez de a Rutger."
Incluso ahora, el joven caballero permanecía a solas en el muelle contemplando cómo se alejaba el barco. Peter, erguido como de costumbre en las alturas, no apartaba la vista de Vlad mientras este miraba a lo lejos.
"Mostraba una resolución firme a su manera. Sin duda alguna, el señor Josef ha ganado a un excelente caballero."
"Así es."
Peter no pudo reprimir una sonrisa amarga ante el informe de Marcus. Lo que había de heredarse intacto era uno solo, pero quienes pugnaban por recibirlo eran dos. Al presenciar la lucha desesperada de Josef por sobrevivir como fuera, Peter no podía evitar verse abocado a incontables tribulaciones.
"...Nassau es un lugar templado, aun en pleno invierno."
Su hijo Josef era perspicaz y sensato, mas había nacido irremediablemente débil de complexión. Desde luego, no era culpa de aquel muchacho. Sin embargo, el mundo solía a veces cargar injustos fardos sobre ciertas personas.
"Con un clima como este, su cuerpo sufrirá mucho menos que si permaneciera en el norte."
Peter contempló en silencio la palma de su mano. En ella, iluminada por el moribundo resplandor del ocaso, se extendía un tinte de un rojo escarlata vivo. Parecía una mano empapada en sangre. Ante aquel color que con certeza jamás podría borrar en toda su existencia, Peter evocó a sus hermanos, aquellos que ya no moraban en este mundo.
"...Aun así, por mi deber como padre, quisiera ofrecerle al menos una alternativa."
Dado que sus hijos habían alcanzado la madurez, la historia de Bayezid estaba condenada a repetirse de nuevo. Pese a ello, Peter deseaba disponer al menos una pequeña salida de emergencia para que pudieran escapar de esa tragedia recurrente.
"Entendido, señor conde."
Peter se debatía incesantemente entre el deber como patriarca y la compasión paternal. Adivinando el estado de ánimo de su señor sin necesidad de palabras, Marcus se desvaneció en silencio en las sombras del despacho.
"..."
En el lugar que la sombra sin nombre acababa de abandonar, Peter, ya en soledad, cerró con fuerza el puño de su mano teñida de carmesí y alzó la cabeza para contemplar el mar tras el ventanal. Un vasto océano al que no lograba acostumbrarse por más que lo mirase. No obstante, aun si para él no era más que una inmensidad extraña, para alguien más bien podría convertirse en un resquicio para respirar.
Peter ansiaba de corazón que así fuese.
\*\*\*
Una comitiva de unos veinte hombres montados a caballo avanzaba al paso con lentitud. Eran los miembros de la tribu Buda-at liderados por Age, la Banda de Mercenarios del Espino al mando de Stefan, y Vlad encabezando la marcha en medio de ellos. Habiendo dejado atrás Nassau, el grupo remontaba hacia el norte con rumbo a Deomar.
"Nos ha venido de perlas. De haber tenido que seguir corriendo en estas condiciones hasta el invierno, habríamos quedado deshechos."
Por fortuna no había víctimas mortales, pero contaban con no pocos heridos entre sus filas. Eran guerreros que se habían batido desde las primeras y encarnizadas fases de la contienda, de modo que, tal como decía Stefan, todos necesitaban un merecido descanso.
"...Por cierto, ¿conque ustedes ya lo sabían?"
"¿El qué?"
"Me refiero a la Iglesia Ortodoxa del Norte."
La mirada que Vlad clavó en Age era en verdad afilada. ¿Cómo osaba un simple subordinado ocultarle secretos a su superior? Frente a aquel incisivo reproche, Age se limitó a esquivar la mirada de Vlad y a sonreír con descaro.
"Más que saberlo, digamos que nos dimos cuenta."
Los ojos de Age, que bebía con desparpajo de la cerveza que Vlad había traído, se agrandaron de pronto.
"¿Pero qué es esto? ¡Estando fría sabe todavía mejor!"
"Limítate a responder a lo que te pregunto."
Un caballero del norte, mercenarios de las regiones centrales y bárbaros. Entre individuos que no compartían rasgo en común alguno, el único asunto sobre el que podían cruzar palabras era la Alianza del Norte y la Iglesia Ortodoxa del Norte, temas que estaban en boca de todos por aquellos días.
"En realidad, yo tampoco sé bien cómo fue el proceso. Bayezid soltó una insinuación y mi padre la captó al vuelo; no pasó de eso."
Existen mundos que resultan por completo imposibles de mezclar. Como los súbditos del imperio y los bárbaros, que profesaban la fe en deidades distintas. No obstante, al abrirse una brecha llamada Iglesia Ortodoxa del Norte en la mayor barrera que separaba a ambos mundos, para los propios bárbaros había sido algo que bien valía la pena sopesar al menos una vez.
"Porque dijeron que reconocerían incluso a los espíritus ancestrales que adoramos. Si no hubiera sido por esa promesa, ni siquiera nosotros habríamos colaborado jamás."
Aunque la tribu Buda-at había visto decaer su fuerza de forma drástica debido al asalto del Lindwurm y a la Orden de Caballeros Matadragones, aun así no habrían colaborado a la ligera con un imperio que ni siquiera se dignaba a tratarlos como personas. Sin embargo, el nuevo receptáculo forjado por el norte, a diferencia del imperio, había sido concebido teniendo muy presente la capacidad de integración, por lo que resultaba una alternativa que los bárbaros podían permitirse meditar al menos una vez.
"Aun así, me han dicho que varias tribus andan fuera de sí, jurando que nos matarán a nosotros también. Por eso tenía pensado regresar con mi tribu este invierno."
Con todo, nada podía borrar un pasado de animadversión mutua tan prolongado. Precisamente por ello, el caudillo de los Buda-at había enviado de antemano a su propio hijo hacia el mundo exterior. La determinación de si era correcto continuar colaborando con Bayezid provendría, con toda probabilidad, de los labios de Age.
"¿De verdad?"
Aunque la pregunta de Vlad había sido incisiva, su respuesta fue parca. Al escuchar sobre los asuntos de la Alianza del Norte, de los que hasta entonces no tenía la más remota noticia, los pensamientos se agolparon de forma caótica en la mente de Vlad. Había creído haber ascendido ya a cierta altura, pero las mareas que sacudían al mundo continuaban arremetiendo con violencia, al margen de su propia voluntad.
"¡Ahí adelante está Deomar!"
De pronto, un grito interrumpió el silencio. Al dejar atrás el sendero del bosque, apareció una planicie de la que aún no se había disipado el hedor a sangre. Sin embargo, lejos de aquel aroma funesto, la vista de la urbe que se extendía al frente resultaba ahora extrañamente familiar y reconfortante.
"¿Eh?"
Mientras los demás se mostraban exaltados al divisar el destino al que al fin habían llegado, Vlad entornó los ojos por completo al percibir una sensación insólita proveniente de Deomar.
"¿Qué ocurre, Sir Vlad?"
"...Un momento."
Cerrando apresuradamente su ojo izquierdo, Vlad comenzó a despertar su aura.
Conscientes de los aguzados sentidos de Vlad, los hombres se apresuraron a montar guardia en torno a ellos. Habiendo compaginado sus movimientos durante todo ese tiempo, los mercenarios y los bárbaros se coordinaron en un instante para adoptar una sólida postura defensiva.
"¿Qué es eso?".
Mas para desconcierto de aquella tensa vigilia, Vlad no había encendido su aura con tal propósito.
Deomar se antojaba familiar, pero a la vez extrañamente diferente.
"¿Acaso están de fiesta?".
"¿Cómo dice?".
Más allá del crepúsculo que languidecía, a lo lejos, el árbol de Heinal titilaba con estrépito. En lo alto de aquel árbol que centelleaba sin tregua con un regocijo contagioso, la Serpiente Blanca alzaba la cabeza hacia lo alto, con las fauces abiertas de par en par.
"¿Hum?".
Tras observar durante un buen rato las estrafalarias payasadas de la Serpiente Blanca, Vlad sintió una gota de agua caer sobre su hombro.
"... Maldición. Se puso a llover".
Bastaba avanzar un poco más para alcanzar Deomar. Mas, como si los cielos no pudieran contenerse ese breve instante, el entorno comenzó a oscurecerse en un abrir y cerrar de ojos. Caía la última lluvia del verano, convocada por alguien. Aquella lluvia, precipitada antes de que el otoño tendiera su manto, aún abrigaba una cálida tibieza entre sus gotas.
\*\*\*
"... Azafrán. Conque azafrán".
Vista a través de la lente de aumento, la pupila de Alicia se apreciaba grotescamente dilatada. Aquella especia que los elfos le habían entregado, llamada azafrán. Ellos mismos aseguraban que se trataba de un condimento empleado principalmente en la cocina, pero desprendía un aroma tan exquisito que bien podría utilizarse como perfume.
"¿No será esto también algo semejante? Se dice que aquel té de los elfos, el absilon, resultó ser en realidad una droga...".
El curtido Sir Duncan, lejos de regocijarse ante aquel repentino golpe de fortuna, se mantenía en guardia. No era para menos. Había oído que la serie de purgas desatadas en la lejana Brigantes se había originado precisamente en el absilon, el té de los elfos.
"Puesto que ellos aseguran que lo ignoraban, por ahora no queda más que concederles el beneficio de la duda".
Para los elfos no era más que una infusión corriente, pero para los humanos constituía una droga. La explicación de Baradis, quien arguyó que obraba de tal modo debido a las diferencias en sus constituciones físicas, resultaba del todo convincente. Aunque, desde luego, nadie conocía cuáles eran sus verdaderas intenciones.
"Bastará con que experimentemos entre nosotros antes de ponerlo en circulación. Es un artículo por el que vale la pena asumir semejante riesgo".
Lo que Baradis había traído consigo no era un simple obsequio. Ausrina anhelaba con sinceridad estrechar lazos con Deomar y, como prueba de ello, no solo les había entregado azafrán procesado, sino que puso en sus manos los mismísimos bulbos de aquella flor. Todo ello acompañado por las enigmáticas palabras de que, si bien ignoraba qué sucedería en otros lares, en Deomar florecerían sin duda.
"¿De verdad piensa cultivarlo?".
"¿Acaso hay alguna razón para no hacerlo?".
Al deponer la lente de aumento, sus ojos del color del agua centellearon con agudeza.
"En un feudo tan diminuto como el nuestro, cosechar bienes baratos solo acarrea pérdidas. Apenas alcanza para alimentar a duras penas a los vasallos".
A través de esta contienda, Alicia lo había comprendido con desgarradora lucidez: Deomar era, en verdad, un feudo insignificante.
"Ahora mismo somos unos auténticos pordioseros. No tenemos dinero".
Al contemplar a Deomar, zarandeada sin remedio entre el choque de linajes colosales, Alicia no pudo sino tragarse la indignación. Toda aquella humillación, en última instancia, se debía a la carencia de poder.
"Mi padre también era consciente de ello, y por eso se volcó en el negocio de los limones; sin embargo, nosotros necesitamos un cultivo de valor infinitamente mayor. Solo así podremos amasar riquezas y reunir caballeros".
Su difunto padre, anterior señor de la casa, también se había esforzado sobremanera por quebrar aquel estancamiento, pero las fuerzas de Heinal tenían un límite infranqueable. Sin embargo, ahora descansaba ante Alicia un cultivo diez veces más valioso que los limones, de modo que no cabía la menor vacilación.
"... Bayezid no se quedará de brazos cruzados ante semejante negocio. Ellos también saben olfatear el rastro del dinero".
Alicia no era la única estupefacta por la visita de los elfos. Incluso Josef, postrado en su lecho de convalecencia, había querido incorporarse de un salto para entrevistarse con ellos; con todo, por mucho que se tratara de Bayezid, esta era una prerrogativa que no pensaba ceder bajo ningún concepto.
"Aun así, no me importa".
Poco importaba. Alicia ya había forjado una determinación inquebrantable, y si había de jugarse su destino, el momento era ahora.
"Esto no pienso cederlo jamás".
Ciertamente, se decía que en el lejano oriente, el Condado de Bitskaya también había engrandecido su fortuna en un abrir y cerrar de ojos gracias al comercio con los elfos. No existía ley alguna que impidiera a Deomar seguir el mismo camino.
\*Toc, toc, toc.\*
Mientras Alicia sopesaba sus dilemas, un respetuoso toque a la puerta llegó a sus oídos. Era un sonido incomparablemente más comedido que el del arribo de los elfos.
"Mi señora Alicia. Informan de que Sir Vlad acaba de llegar a Deomar".
"¿De verdad?".
Los ojos de Alicia brillaron al escuchar las palabras del mayordomo. En medio de aquella incertidumbre donde nada estaba asegurado, para ella la presencia más grata no podía ser otra que la de Vlad.
"Transmitan a Sir Vlad que venga a verme de inmediato".
Aquel hombre que invariablemente le traía algo mucho mayor de lo que ella le concedía. De no haber sido por Vlad, con toda certeza esta oportunidad jamás se habría presentado.
"... La última vez estaba tan atareada que ni siquiera pude expresarle mi gratitud".
Alicia hilvanó apresuradas justificaciones al toparse con la mirada suspicaz de Sir Duncan; aun así, su orden de hacer comparecer a Vlad se mantuvo inamovible.
Ante sus ojos descansaba el azafrán. Recorriendo las colinas se hallaban los elfos. Y la figura que acababa de arribar no era otra que su propio caballero, Vlad.
Al contemplar cómo las piezas dispersas parecían cobrar forma y ensamblarse, una tenue sonrisa se dibujó en el rostro de Alicia.
\*\*\*
"¿Tanto te alegra? ¿De verdad?".
Ante el portón de la fortaleza, donde la lluvia comenzaba a caer bajo un cielo ensombrecido.
Tras resguardarse a toda prisa en el interior del portón, Baradis sonreía mientras contemplaba al espíritu con forma de felino que parloteaba sobre su hombro. El espíritu de apariencia gatuna, rebosante de salud a la vista de cualquiera, atestiguaba que la Serpiente Blanca había cuidado de aquellas criaturas con devoción absoluta durante todo este tiempo.
"Sí. Justo como dices, ahí viene".
Al compás de los maullidos del espíritu, el nombre de Vlad empezó a resonar entre los clamores de los centinelas.
Los portones de Deomar comenzaron a abrirse con lentitud. Tras distinguir la espléndida melena dorada entre la penumbra de la abertura, Baradis extrajo una carta que guardaba con celo en el pecho.
"Será mejor que le entregue esto cuanto antes, tal como me pidió esa pequeña".
Aquella misiva, de la que aún emanaba una intensa fragancia a arce, le había sido confiada por su hermana menor, la doncella del oráculo del Árbol del Mundo. Una carta enviada por la doncella del oráculo que ni siquiera portaba sello.
Sin embargo, en su interior, en lugar de frases escritas, solo yacía un dibujo infantil, como si hubiera sido trazado por las manos de una niña pequeña. En aquella profecía de la doncella del oráculo, ininteligible hasta que llegase el momento inexorable, se hallaba plasmada la figura de un caballero rubio que contemplaba con viva preocupación a un pequeño canario.
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• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 156
Estás leyendo el capítulo 156 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.