Leer El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 155 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Gerónimo, el Gran Anciano y el más longevo entre los elfos, lo había dicho: él había partido con rumbo al oeste.
"No comprendo por qué buscas sus pasos, pero..."
Aquel era el bosque de los elfos al que había llegado persiguiendo los vestigios de la voz, mas lo que en verdad aguardaba en ese lugar no era la voz misma, sino las huellas dejadas por el Maestro de la Espada. Cuantos más enigmas lograba disipar, mayores incertidumbres aguardaban a Vlad.
"Aun así, si de verdad deseas encontrar su rastro, primero habrás de comprenderlo a él."
"¿Qué es... lo que debo comprender?"
El arte que él blandía era la esgrima de la corte imperial. Siendo así, ¿por qué razón la voz empuñaba la espada imperial? Las andanzas de la voz sin duda habían buscado cobijar y proteger a los espíritus. Entonces, ¿por qué la voz se había consagrado a salvaguardarlos?
"No al rey fundador Frausen, sino al hombre de a pie, a Kihano Frausen."
"..."
Las preguntas, que se encadenaban una tras otra sin tregua, apuntaban inequívocamente hacia un único destino.
El rey fundador Frausen.
El primer Maestro de la Espada.
Y Kihano, el ser humano que se había despojado de toda gloria terrenal.
"Espero que seas capaz de comprender las tribulaciones que lo llevaron a obrar así."
Habiéndose vuelto sabio al compás de sus incontables inviernos, Gerónimo pudo señalarle al joven caballero el sendero que debía recorrer. Para conocer el desenlace, primero es menester contemplar el principio. Sin duda, antes de pronunciar aquellas palabras, el anciano debió de haber revolvido infinidad de veces en los rincones más remotos de su memoria.
"Marcha hacia el oeste. Pues él dijo que partiría hacia allá."
"¿Hacia el oeste?"
Aunque todos cantaran loas al glorioso inicio del hombre llamado Frausen, nadie era capaz de articular palabra sobre su final. Como si se tratara de una fábula legendaria, el rastro de Frausen se había desvanecido en el misterio. Quizá, aun sin proponérselo, el Vlad del presente era quien más cerca se hallaba de rozar aquellos vestigios.
"Sí. Hacia el oeste. El lugar donde antaño se alzaba nuestro Árbol del Mundo Madre."
Había caminado hasta ese punto sin saber siquiera a quién buscaba. Sin embargo, unos tenues rastros aún perduraban con claridad, testimonio, con toda certeza, de la lucha desesperada librada por aquellos que intentaron protegerlo todo.
"Ve en busca de los enanos que habitan allí."
El hito erigido por el anciano señalaba el siguiente rumbo para el joven caballero. Hacia el oeste, convertido ahora en un yermo desolado. Hacia los enanos que aún permanecían en el lugar donde alguna vez se erigió el Árbol del Mundo Madre.
"Los enanos..."
Al entrar en contacto una vez más con un mundo desconocido, un noble fulgor plateado se posó sobre el rostro de Vlad. Era un haz de luz que nacía de la espada plateada, que descansaba apaciblemente a su lado. Aquella claridad, esparcida de manera tan sutil que Vlad, absorto en sus cavilaciones, ni siquiera pudo percatarse de ella, permaneció contemplándolo largamente, como si lo examinara con minucioso detenimiento.
\*\*\*
Alicia contenía el desbocado latido de su pecho, fingiendo serenidad a duras penas.
"¿Dicen que... desean compensarme por la reliquia de nuestra familia?"
Aquel vestigio de su añorado padre y tesoro transmitido a lo largo de incontables generaciones en su linaje. El motivo por el cual Alicia le había entregado a Vlad aquel ámbar tan preciado no se debía a una simple inclinación personal. Había sido una especie de inversión. Una apuesta calculada hacia el porvenir de Deomar.
Un caballero de tan brillante porvenir como Vlad representaba, sin lugar a dudas, una pieza espléndida capaz de subsanar la debilidad más vulnerable de Deomar, y Alicia había ansiado con fervor adueñarse de tan reluciente fragmento.
"Así es. Señora de los hombres, Lady Alicia Heinal."
El elfo que se había presentado con el nombre de Baradis la trataba con una cortesía intachable. Mostraba una actitud que contrastaba por completo con los rumores que aseguraban que su pueblo repudiaba a los seres humanos. Los vasallos de la Casa Heinal, al contemplar a aquellos elfos, mantenían la boca sellada, presas del desconcierto.
"La preciada reliquia familiar que vos pusisteis en manos de Vlad fue de una inmensa ayuda para nuestra Ausrina."
Aunque Vlad había traído consigo una misiva de los elfos, aquella no había sido más que un simple saludo formal. En favor de la señora de los hombres que había custodiado tan valioso vestigio del Árbol del Mundo Madre para luego perderlo, los elfos habían resuelto concederle una justa retribución.
"Aunque temo que se trata de una modesta ofrenda, confío en que sea de vuestro agrado."
Tras la solemne inclinación de Baradis, trajeron desde atrás una refinada arqueta de madera antigua. Su mero aspecto exterior denotaba un valor extraordinario. Sabiendo que bastaba anteponer el nombre de los elfos para que el valor de cualquier objeto se multiplicara de inmediato, todos contuvieron el aliento mientras contemplaban cómo el cofre se abría con lentitud.
"¿Qué es... esto?"
En cuanto el arcón terminó de abrirse, una fragancia sutil y penetrante brotó de su interior. Era un aroma capaz de disipar al instante la sombría pesadumbre que impregnaba aquel recinto, dotándolo de una luminosa calidez.
"Es azafrán. Una especia que nosotros apreciamos con particular predilección."
Eran hebras rojizas, idénticas a pétalos desecados. El aroma que de ellas emanaba poseía una presencia tan rotunda y tangible que casi parecía palparse con las manos.
"Ah, esto... es decir..."
Aunque Alicia intentaba articular palabra, era incapaz de concluir sus frases. Enfrentándose por primera vez en su vida a un fruto de la cultura élfica, supo discernir al instante que el azafrán que tenía ante sus ojos poseía un valor exorbitante.
"Baronesa Alicia. Deseamos aprovechar esta ocasión para forjar un vínculo estrecho y leal con la Casa Heinal."
Los elfos no recurrían a circunloquios. A diferencia de los seres humanos, que ocultaban sus verdaderas intenciones tras velos de palabras para obtener provecho, ellos transmitían su voluntad de forma recta y franca.
"Aunque la distancia entre nosotros sea vasta, si en aquel paraje residen almas en las que se pueda confiar, no existirá motivo alguno para vacilar. Os ruego que consideréis profundamente nuestra propuesta."
La fragancia embriagaba los sentidos y las palabras que resonaban resultaban dulces como la miel. Los vasallos de Alicia apenas podían respirar ante lo que Baradis pronunciaba al oído de la corte.
¿Acaso podía existir una oportunidad tan inconcebible?
Habiendo topado con semejante fortuna en su momento más aciago, las miradas de los vasallos giraron de manera instintiva hacia Alicia, sentada en el trono del señorío.
"He escuchado vuestras palabras con suma atención..."
Y allí, presidiendo la sala, aguardaba la única descendiente de la estirpe: Alicia Heinal.
Al sostener la mirada de sus vasallos, sus hombros se irguieron con porte triunfal.
"Sed bienvenidos. Vosotros, que habéis llegado desde tierras tan remotas".
La sonrisa que Alicia dedicó a los elfos iluminó con fulgor la gran sala de Deomar. Pues ante Alicia, quien mejor que nadie sabía discernir el valor de las cosas, se desplegaba el obsequio de Vlad: una recompensa a los aciagos años que había soportado.
※※※※
El diálogo con los humanos había sido todo un éxito. Siendo los elfos una estirpe forzosamente exigua en comparación con el imperio, siempre habían vivido sumidos en el recelo hacia la humanidad; sin embargo, en el vasto mundo que por fin se abría ante sus ojos, ya soplaba un impetuoso viento de cambio.
"El alzamiento de una fuerza como la Alianza del Norte redundará sin duda en nuestro beneficio".
"Tal vez llegue a ser una alternativa capaz de plantar cara al imperio".
Se decía que la Iglesia Ortodoxa del Norte, enarbolada por la Alianza del Norte, mantenía ciertamente un criterio tolerante hacia otros cultos y creencias. No una doctrina única y excluyente, sino la coexistencia de posibilidades mutuas. Una nueva fe que garantizaba tal premisa constituía, sin vacilación, una senda distinta y prometedora para los elfos.
"Es aquí".
Tras descifrar el curso de un mundo exterior del que hasta entonces eran ajenos, los montaraces solicitaron la venia de Alicia para examinar el árbol de Heinal, erigido en la colina, y dar cumplimiento a su propósito original. Pues la razón primordial por la que habían abandonado Ausrina residía justamente allí.
"Así que a esto se refería Vlad...".
No hacía falta una confirmación formal para percibirlo: un solitario limonero que a todas luces revelaba una profunda ancianidad. El denso aroma que desprendía guardaba una innegable semejanza con la fragancia de un joven Árbol del Mundo.
"Después de todo, sí era una serpiente".
Aunque no cerró su ojo izquierdo, el pentagrama que afloró en su iris colmó de luz la mirada de Baradis. La dimensión de los elfos que comulgaba con el Árbol del Mundo. Allí donde los matices cromáticos se condensaban con mayor vigor a través de aquella visión, una serpiente blanca chasqueaba la lengua en dirección a ellos.
"Ha sobrevivido".
"Emana la misma presencia que el topo que encontramos en Dobrechti".
Guiados por el testimonio de Vlad, Baradis y los elfos habían seguido la pista de los espíritus. Tras dejar atrás Ausrina, hallaron primero al topo de Dobrechti y, por último, lograron alcanzar Deomar, el rincón donde la esencia del Árbol del Mundo Madre perseveraba arraigada.
"¿Habrá sido él quien la preservó con vida de este modo?".
En épocas remotas, los elfos se vieron forzados a huir con la sola posesión de las semillas del Árbol del Mundo con tal de no perecer. No obstante, incluso en medio de la conflagración que devoró su pasado, hubo legados que resistieron: vestigios que alguien había diseminado en secreto por el ancho mundo en beneficio de su estirpe. Y uno de ellos era, sin duda, la serpiente blanca que ahora se alzaba ante sus ojos.
"Lord Baradis. Mire allá".
"¿Eh?".
Al girar el rostro siguiendo la dirección que señalaba su camarada, Baradis no pudo evitar que una cálida sonrisa se dibujara en sus labios. A espaldas de la serpiente blanca, asomaban discretamente sus cabezas unas menudas criaturas. Eran, sin sombra de duda, los jóvenes espíritus del Árbol del Mundo que habían enviado albergados en la hoja de Vlad.
"Han hallado su morada".
El extenuante viaje había valido la pena. Pues no solo seguían con vida, sino que echaban raíces con vigor. Al contemplar a aquellos tiernos espíritus nacidos en Ausrina, vivas sonrisas florecieron en los rostros de los elfos.
"Solicitaremos la anuencia de la señora de Heinal para permanecer aquí por un tiempo. Es muy probable que aún subsistan otros vestigios".
"Comprendido".
Pequeños mundos que habían sido aplastados y consumidos sin dejar rastro bajo el yugo de un imperio monolítico. Pese a ello, los elfos, recién asomados al mundo exterior, fueron capaces de reconocer la verdad: que aun así sobrevivían pequeños mundos que continuaban respirando. Y tales vestigios se extendían en hilera siguiendo los pasos del joven caballero cuyo rastro habían perseguido. Aquella senda guardaba una conmovedora similitud con las andanzas del Maestro de la Espada que, en eras remotas, acudió a su encuentro.
※※※※
Frente a los muelles del puerto, donde el crepúsculo se posaba con lentitud.
Apostado en la orilla, Vlad contemplaba en silencio cómo la nave se disolvía tras la línea del horizonte. Desde la cubierta de aquel navío que había partido de Nassau entre crujidos de maderas, multitud de enanos aún mantenían la mirada fija en el puerto donde él aguardaba.
"Dudo que a Lord Rutger le agrade lo que has hecho".
"... Lo sé".
Al oír la voz de Marcus a sus espaldas, Vlad asintió con ademán pausado.
"Seguramente no le complazca en absoluto".
Era indudable que Rutger reprobaría su proceder. Semejante maniobra había sido concebida única y llanamente en favor de Josef, lo que se entrelazaba de forma directa con la enconada disputa fratricida por la sucesión del condado.
"¿No te arrepentirás?"
Acompañada por el rumor del oleaje, la interrogante de Marcus resonó en los oídos de Vlad.
'¿No te arrepentirás? Rutger, que con tanto aprecio te distinguía, sin duda quedará decepcionado'.
"Arrepentirme... creo que lo haré".
Rutger Bayezid. El guerrero junto a quien había dado muerte al dragón. Cada instante vivido a su lado había sido una experiencia vibrante y, al recordarla, colmada de júbilo.
"Pero si no daba este paso, mi remordimiento habría sido infinitamente mayor".
Dar la espalda al afecto de Rutger entrañaba una decisión lacerante. Sin embargo, Godin ya se lo había advertido en su día: que observase con detenimiento, antes que cualquier otra cosa, el suelo mismo que sostenía sus pies.
"Porque yo soy el caballero del señor Josef".
"... Es verdad".
La guerra contra Gaidar era un factor que ahogaba el porvenir de Josef mientras encumbraba el valor y la gloria de Rutger. De seguir por ese derrotero, resultaba palmario que Josef acabaría marchitándose en las sombras sin llegar a destellar con luz propia. Por tal motivo, Vlad no había titubeado en remitir a los enanos de vuelta a su patria natal.
"Me parece que con esto he concluido todo cuanto debía hacer aquí".
Con las palabras de Vlad, el navío que rozaba el horizonte se redujo a una mota minúscula hasta fundirse por completo en el ocaso. Y en el seno de aquella embarcación desvanecida en la lejanía, todavía habría enanos contemplando la ribera donde permanecía erguido el joven caballero.
"Es hora de volver".
Por Josef, quien lo había arrancado del fango, y por la voz. Valiéndose del enano Vulcano a guisa de paloma mensajera, Vlad había lanzado una misiva hacia un mundo que jamás había alcanzado a vislumbrar.
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• Autor: Q10
• Traductor: Inmensurable
⚔️ El juramento de un caballero y el filo del primer Maestro de la Espada se forjan en cada batalla. ¡Deja tu reacción y comentario para avivar la llama del acero y traer pronto el siguiente capítulo! 🛡️✨

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El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela)
Capítulo 156
El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) Capítulo 155
Estás leyendo el capítulo 155 de El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela), un novela. En los rincones más oscuros y putrefactos de la ciudad, donde la luz jamás penetra y la vida no vale nada, sobrevive Vlad: un muchacho callejero que lucha a diario entre el barro, la violencia y el hambre por un mísero… Este capítulo tiene publicado el 21 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Maestro de la Espada que Abraza las Estrellas (Novela) tiene 285 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.